miércoles, 26 de agosto de 2009

Fin de semana en Diomo: Ajuste de cuentas.

Llegaron a puerto a la hora programada. El mercado empezaba a ganar vigor a esas horas, y la mercancía había llegado a tiempo. Cuando el capitán abandonó la cubierta y comenzó a hablar con un comerciante flacucho y débil, Phill abandonó la barcaza y se escabulló rápidamente por algunas callejuelas. Ahora que al fin había llegado a Diomo, era el momento de hallar a sus dos próximas víctimas. No sabía exactamente por dónde comenzar. No sabía exactamente qué hacer en esta sociedad que conocía por primera vez. Pero era cierto que en esas tierras nadie le conocía, y nadie sospecharía de él, sobre todo cuando los ropajes negros son más comunes de lo que había esperado. Encontrar a sus víctimas era cuestión de tiempo, lo sabía. Había escuchado que son dos de las figuras más conocidas de la costa oeste, y que mantener un bajo perfil no era precisamente uno de sus mayores intereses. Sólo debía confundirse con los pueblerinos y esperar a que sus presas hicieran su aparición. Así lo hizo. Se despojó de su máscara y puso su mejor cara de buena persona y empezó a recorrer el mercado.

En el mercado encontró varios objetos que le interesaron. Dagas doradas con filos perfectamente trabajados. Anillos que presentía podían tener imbuidas algunas propiedades mágicas. Pergaminos de hechizos simples que en más de una ocasión le han salvado el pellejo. Joyas. Venenos. Por unos segundos recordó a Klain, su antiguo compañero de fechorías, y sospechó que quizás había cometido un error al deshacer su sociedad. Con él aún cerca, todos esos objetos de interés ya serían suyos... sin tener que derramar una gota de sangre por ellos.

De pronto, un grito desgarrador seguido de un chillido de mujer llamó la atención de todo el mercado. Se movió ágil hasta su origen y pudo observar con perfecta claridad cómo Cid Dubois, presa número uno, destruía el espíritu de un comerciante. Una joven atrás no podía contener su terror. Cuando Cid soltó al hombre y le pateó hasta dejarlo en una posición extraña, todos los pueblerinos y guardias, a pesar del acto criminal, continuaron impotentes sus actividades rutinarias. Aquello parecía ser algo recurrente en el pueblo de Diomo. Le empezaba a seducir tal ostentación de autoridad y poder. Luego, tres hombrecillos tomaron a la mujer y se la llevaron a la fuerza por los caminos hacia un destino desconocido.

Luego fue una explosión la que captó sus sentidos. Más allá del mercado divisó una columna de humo que provenía desde el muelle donde había llegado. Vio que su presa se encaminaba hacia esa dirección, y pensó en seguirle, pero había algo que debía hacer antes, para asegurarse que algunos indiseables se involucraran. Se adentró en un sector residencial por donde creyó que los hombrecillos se habían perdido. Con gran rapidez les dio alcance y se interpuso en su camino. Puso su mano derecha por entre sus ropas.

- Eh, ustedes tres...

Los tres mequetrefes de los hermanos Dubois se sorprendieron al ver aparecer de la nada a un individuo que jamás habían visto en sus años en Diomo. Y lo peor... ¡les hablaba como si fueran cualquiera! Uno de los tres hombres dio un paso adelante y airado contestó.

- ¡¿Qué demonios?! ¿Acaso no sabes quiénes somos? ¡Sal de nuestro camino, o le informaremos a los amos Dubois para q... *Ggh*!

«¿Los amos Dubois, eh?» No pudo continuar hablando. Su garganta había sido perforada por un kunai lanzada por Phill. Los otros dos mequetrefes no reaccionaron a la agresión y pronto sintieron sus corazones ser atravesados por dos filosas cuchillas que Phill lanzó un instante después. Unos segundos más tarde, sólo se mantenían en pie Phill y la muchacha, paralizada por el horror y el miedo. Se acercó hasta los individuos sin siquiera mirar a la joven y les retiró los cuchillos de sus cuerpos. Luego de limpiarlos con las mismas ropas de sus víctimas, los volvió a guardar. Lo mismo hizo con la kunai. Luego de sacar algunas monedas de cobre de los cuerpos, partió velozmente hacia el muelle. Con suerte, aún estarían sus presas en ese lugar. No había tardado más de dos minutos en terminar esta pequeña actividad. La joven, en tanto, cayó de rodillas aún sin habla, viendo cómo ése hombre que le había salvado de las garras de los hombres de los hermanos Dubois se alejaba por las calles del sector. Con la sangre fresca de tres hombres a su alrededor, la crudeza de lo que había vivido vino de golpe y acompañada de los tres cuerpos empezó a llorar.

Cuando Phill llegó al muelle, vio a Cid Dubois contemplando a Clyf, su segunda presa, quien estaba enfrascado en una pelea contra el mismo capitán del barco en el que había llegado. Se sonrió indisimuladamente y extrajo su máscara de sus ropas. Por fin vería con sus propios ojos el poder de los hermanos Dubois, y pronto llegaría el momento de entrar en acción y dar el golpe que culminaría su misión en estas tierras.


-- o --


Balthasar ya estaba más tranquilo en las puertas de bienvenida a Diomo. Si bien ya estaría varias leguas alejado de Diomo si de él dependiera, la seguridad que transmitía la figura noble y poderosa del jinete que le habái escoltado le hacía respirar con más naturalidad, aunque no por ello disipando sus constantes temores. Wazir había escuchado que era su nombre. No debería tener más de veinte años, pero tenía la entereza y el porte de un veterano. Era alto, y tenía su cabello castaño algo corto. Su piel morena sin embardo indicaba raíces fuera del continente. Un mestizo. Seguramente con madre o padre surgasino.

Apoyado en un pilar de piedra, Wazir descansaba con los ojos cerrados, con una mano tras su cabeza y con la otra jugando con un trozo de paja.

- Gracias por traerme hasta aquí, gran guerrero. Aquí me siento algo más seguro.

- No me des las gracias a mí, sino a Mu'in. Si por mí fuera, ni siquiera te habría dirigido la palabra -Wazir ni siquiera había abierto los ojos. Hablaba con un tono sereno a pesar de lo hostil de sus palabras -. Detesto a los cobardes, es verdad, pero detesto aún más a los que no son capaces de controlarse a sí mismos.

Hubo un momento de silencio. Balthasar tenía la vista clavada en el piso, avergonzado por su cobardía. La verdad es que nunca podría comprender de dónde reúnen tanto coraje los hombres de guerra como para dar la vida en una batalla. Wazie abrió un ojo y vio el estado depresivo del comerciante. Suspiró y entrelazó sus brazos sobre su pecho.

- Ok, ok. Ahora estás más calmado, ¿no? Explícame qué es lo que sucedió en el muelle.

Un escalofrío recorrió la espalda de Balthasar. De inmediato un sudor frío le cubrió la frente. Intentando ordenar sus pensamientos aplacando sus propias emociones, empezó a hablar.

- La verdad es que lo que ví no fue mucho, pero fue lo suficiente para desear jamás haber puesto un pie en Diomo...


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Mu'in estaba de regreso cabalgando en su caballo. Seguía junto a sus jinetes a galope sereno hacia el muelle, pasando entre civiles y guardias petrificados del miedo, rezando para que Cid y Clyf se calmaran y no siguieran destruyendo la ciudad. Ya presentía que llegaría al lugar de los hechos en medio de una batalla, pero no podía imaginar contra quién. ¿Era la intensidad de esta batalla el común en los conflictos con los hermanos Dubois, o en esta ocasión alguien realmente poderoso les habría dado real pelea? No llegó a una respuesta, ni lo pensó demasiado. Tenía una misión de personas importantes, con grandes regalías por recibir y crímenes por perdonar.

Faltaba poco para llegar a muelle, y de súbito las explosiones cesaron. Aún se podían escuchar algunos gritos y sollozos, pero ningún signo de que la destrucción siguiera. Al parecer la lucha había terminado. Cuando Mu'in llegó a su destino quedando frente al mar, pudo ver el alcance de lo que había ocurrido: trozos de madera y restos del piso de piedra esparcidos por todo el lugar. Algunas viviendas habían recibido impactos increíbles y algunas habían perdido prácticamente toda una pared. Las primeras tiendas del mercado estaban completamente destruidas, con sus mercaderías destrozadas, inservibles. Un montón de maderos y telas flotando en el mar, de lo que en algún momento debió ser un barco. En el muelle, un solo hombre, con algunos años a cuestas, musculoso y con una bandana naranja cubriéndole la cabeza. Sangraba de una herida en su hombro izquierdo, pero no parecía darle importancia. Tenía una patata ensartada en un trozo de madera, la cual tenía sobre un madero prendido en fuego. Cuando vio a Mu'in y sus jinetes acercarse, les miró con una sonrisa en el rostro y levantó la patata hacia ellos.

- ¡Eh, jinete, llegas tarde! Te has perdido de la más espectacular pelea que haya visto en mi vida. ¡Ha ha! Eh, ¿quieres una patata asada? XD



martes, 25 de agosto de 2009

Fin de semana en Diomo: Batalla en el muelle.

El sol comenzaba a asomarse a estribor. Según lo que había oído del capitán la noche anterior, quedaban sólo algunas horas para que el destartalado barco llegara a Diomo. Pronto podría satisfacer su necesidad de revancha, de cumplir su promesa que con la muerte del sucio Eudes Dubois había quedado inconclusa. Pero si no podía cumplirla con Eudes, aún podría cumplirla con alguno de sus hermanos, o ambos. Además, hay mucha gente interesada en ver a esos dos idiotas muertos, además de él. Sus kodachis estaban preparadas para cortar los cuellos de esos dos miembros de la familia Dubois, que había tenido los cojones de meterse con él. Con los primeros rayos del sol, se pudo ver su figura oculta entre algunas cajas de patatas. Ropajes negros, cuerpo delgado y atlético, y la máscara distintiva de uno de los grandes asesinos de Dyloen: Phill Kidnam.

Ya tocaría puerto. Ya llegaría el momento.


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El hombre, arrancando despavorido de al parecer un peligro mayor, no se vio ni ligeramente amedrentado por el gran tamaño ni por las cimitarras de Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto. Llegó a su lado casi sin aliento e imploró por ayuda.

- ¡Por favor, sacadme de aquí! ¡Este pueblo está perdido! ¡No hay esperanza!

- Cálmate, hombre. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que sucede?

- Mi nombre es Balthasar, soy un humilde hombre de negocios que creía ver una posibilidad de éxito en esta tierra, ¡pero ahora comprendo que esto es el infierno! Por favor, dejadme pasar hacia mi libertad y salvación, se los imploro... *cough*

- He dicho que te calmes. ¿Qué está sucediendo en la plaza?

- No es en la plaza, es en el muelle. ¡Es una lucha de demonios! Con tanto poder como para llevar a Diomo a la destrucción en cuestión de un instante! Por favor...

Mu'in comprendió que no podría obtener nada de aquél hombre en su actual estado. Dejó de atender sus súplicas y habló a uno de sus hombres.

- Wazir. Lleva a este hombre a un refugio. No dejes que se pierda de vista. Hablaré con él más tarde. Los demás, síganme hacia el muelle. Descubriremos con nuestros propios ojos qué es exactamente lo que los demonios Cid y Clyf están haciendo en ese lugar.

- Como ordene.

Wazir tomó al comerciante Balthasar y lo guió hacia la entrada, junto a algunos guardias, lugar en donde estarían relativamente seguros. Mu'in y sus demás jinetes continuaron su camino hacia el muelle, sin sospechar lo que encontrarían una vez que llegaran ahí.


-- o --


Clyf estaba furioso, tanto como hace mucho no lo estaba. El golpe recibido había impactado algo más que su estómago, había impactado su orgullo y su arrogancia. Sabía que la única opción para aplacar en parte la humillación recién recibida era arrancar brutalmente la vida del cuerpo de aquél insolente capitán. En contraste, el capitán Dan Hillgar parecía haber adquirido la tranquilidad al ver que sus habilidades aún estaban intactas. Alguien se había metido con su tripulación, con su barco... ¡con sus preciadas patatas! No podía permitirlo, y le calmaba saber que aún tenía la capacidad de defender lo suyo.

Un poco alejado del muelle, Cid estaba atónito tras presenciar el golpe invisible que su hermano había recibido. Ninguno de los dos había sido golpeado desde la antigua batalla contra las autoridades cuando recién habían llegado a Diomo. En ese entonces el general Alois Eichel de Uknean intentó detenerlos en una dura batalla, en donde a pesar de resultar gravemente heridos, lograron juntos vencer al hombre más poderoso del ejército local. Ahora veía a su hermano con dificultades para ponerse de pie luego de recibir un solo golpe que ni siquiera fue capaz de ver. No había llegado a comprender qué clase de magia podía hacer aquello.

Hillgar tras hacer tronar los dedos de sus manos y liberar tensiones en su cuello, habló fuerte a Clyf, con evidente confianza.

- Ahora verás lo que significa meterse con mis patatas... ¡HAAAH!

El capitán estiró su puño en un movimiento rápido de la misma forma que antes. Cid, a la distancia extendió sus brazos hacia adelante intentando detener el golpe con su arsenal de hechizos anti-magia, pero fue inútil. Esta vez el rostro de Clyf se deformó tal como si hubiese recibido un golpe directo. Su labio se hizo añicos y cayó nuevamente unos metros más atrás. De espaldas en el suelo de piedra, con ambas manos cubriéndose la boca sangrante, Clyf emitía gemidos de dolor mientras pataleaba en su lugar. Cid nuevamente se vio presa del desconcierto. ¿Qué clase de poder estaba utilizando ese viejo capitán?

Corrió a socorrer a su hermano. Se hincó frente a él mientras que Hillgar se preguntaba quién era ese muchacho que acababa de entrometerse en su lucha. Clyf abrió un ojo y observó a su hermano mayor frente a él. Su mirada llena de ira e impotencia le suplicó por ayuda para poder sanar su orgullo herido. Cid así lo entendió y empezó a conjurar los hechizos de potenciación que aumentaba en varias veces las capacidades mágicas de Clyf. Dio unos pasos atrás para que su hermano se pudiera reponer, y cuando éste estuvo de pie, el aura que emitía era completamente distinta. Aumentar Fuerza, Aumentar Vitalidad, Aumentar Velocidad, Aumentar Poder Mental. Vigorizar, Dominio Mental, Fuerza de Ira. Había convertido a Cid en una máquina de matar.

Hillgar supo que algo no andaba bien cuando vio a Clyf pararse con suma facilidad. Sus golpes no habían sido livianos, pero parecía no verse afectado ya por ellos. Su mirada había cambiado, había recuperado la confianza que parecía haber perdido luego del primer golpe. Sólo le bastó un breve pestañeo para darse cuenta que Clyf había empezado a correr hacia él y ya casi se hallaba a su lado. Se preparó para lanzar otro de sus golpes invisibles, pero antes de poder extender su brazo, un golpe frío como el hielo y de una fuerza brutal le impactó y le derribó de inmediato. Cuando se puso de pie no pudo divisar al hechicero. Su instinto le alertó y miró hacia arriba, sólo para ver a Clyf equipado con una lanza de hielo que iba directo a incrustarse en su cráneo si no se hubiera movido evitando el ataque. La lanza se hizo pedazos contra el suelo.

Contraatacando, el capitán pisó fuerte y lanzó uno de sus golpes invisibles, pero con los reflejos que no tenía antes, Clyf logró formar un escudo de hielo que se hizo pedazos con la intensidad del golpe. Su mano derecha apuntaba hacia el capitán lanzando una bola de fuego que el viejo recibió en sus brazos, al proteger su cara y su torso con ellos. Hillgar miró con cautela a Clyf quien volvía a reír. Su enemigo había recibido una ventaja enorme y era ahora un rival realmente peligroso. Tendría que buscar otra forma de derrotarlo.

- ¿No te creías gran cosa, naranjito? ¿Qué me dices ahora? ¡Ja ja ja!

El capitán miró de reojo al otro individuo que había aparecido, Cid. Algo había hecho para aumentar los poderes del muchacho, y si había logrado tanto, significaba que él también debía ser un rival poderoso. Ya se encargaría de él también. Concentró su mirada en Clyf, quien ya empezaba a conjurar un nuevo hechizo. Quieto. Perfecto.

Clyf había recuperado completamente su confianza al igual que sus deseos de destripar vivo a aquel hombre frente a él. Preparaba un hechizo tan poderoso que haría de él un montón de carne sin vida unida a unos huesos pulverizados. Su último hechizo que había sido incapaz de probar hasta ahora. No habría tenido la oportunidad hasta ahora. Vio mientras preparaba el hechizo que el capitán levantaba su pierna derecha lentamente, manteniéndola paralela a la que aún tenía en tierra, a la vez que levantaba sus manos entrelazadas por sobre su cabeza. «¿Qué está haciendo ese idiota?» se preguntó, sin buscarle una respuesta. Y sin prestarle mayor atención, continuó murmurando aquel hechizo nuevo, hasta que en un instante, el capitán llevó su pie derecho al suelo con gran velocidad y fuerza, golpeando estrepitosamente el piso y gritando con fuerza desmesurada. Luego de eso, todo se volvió negro, silencioso.

Cid no podía creer lo que habían visto sus ojos. Creía que con las potenciaciones su hermano podría fácilmente dar vuelta la contienda, y hasta hace unos instantes así lo parecía. Pero en un solo segundo, en un solo movimiento, el capitán había vuelto a cambiar la situación. El estallido de su bota golpeando la piedra, el grito lleno de energía, y la mandíbula de su hermano fuertemente castigada por una fuerza increíblemente grande surgida al parecer desde algún sitio bajo él. El impacto fue suficiente para elevar a Clyf varios metros por los aires, para caer como costal y no moverse ni un centímetro más. Había perdido la conciencia, si no la vida. Cid jamás había presenciado tal fuerza en ningún ser viviente, y por primera vez en su vida sintió el temor de la derrota.

Hillgar al comprobar que su rival no se recuperaba, miró de reojo a Cid, mientras distendía los músculos del cuello. A pesar de haber obtenido una victoria impecable, no había sonrisa en su rostro. Después de todo, había perdido sus patatas.

- ¡Hey, tú! No sé qué hiciste hace un momento, pero veo que estás con el mocoso. El insolente arruinó mi mercancía, y alguien tendrá que responder por ell... ¡EPA!

El capitán logró por unos centímetros evadir el ataque de una primera kodachi, y una segunda se deslizó suavemente por la carne de su hombro izquierdo. Apuró un contraataque al agresor desconocido, intentando un golpe con su puño derecho, que sólo movió aire. El agresor ya estaba varios metros alejado.





Fin de semana en Diomo: Rutina en el mercado.

Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto, había sido llamado junto a sus jinetes por el gobernador de Diomo, con el único objetivo de erradicar al par de individuos que había llevado a la ciudad al desastre. No era tarea fácil, para nada. Había oído hablar de Clyf y Cid Dubois, dos de los más grandes hechiceros de estos tiempos, y los relatos de su poder combinado traspasaba las fronteras de Uknean, llenando de temor a los kibetanos cercanos a la ciudad portuaria. Sacarlos de la ciudad por las buenas o las malas era una jugada arriesgada de parte de las familias acomodadas de la región, pero era lo único que les quedaba por hacer.

Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.

Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.

Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.


- o -


Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.

Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.

- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?

Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.

- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.

El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...

En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.

- Me la llevo.

El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.

- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...

- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.

Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.

- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.

- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?

- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!

A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.

- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.

Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.

- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.

La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.

- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.

- ¡Claro, jefe!

Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.

- Clyf...

Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.

- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?

- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!

- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...

El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.

- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...

El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.

El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.

- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!

lunes, 13 de julio de 2009

Por un amigo.

El ambiente era cálido, acogedor. El silencio evocaba una paz que había creído perdida desde hace siglos, y la luz brillante del sol que entraba por el vitral superior caía radiante sobre sus hombros mientras que con mente tranquila rezaba a su Dios. Años atrás, en la peor época de su vida, el paladín Luxor Mallinder había caído en las garras de la impía hechicera Clessenia, y había visitado por momentos los oscuros pasajes del infierno.

Un hombre alto, de cabello dorado hasta los hombros y unos hermosos ojos color del cielo, que usaba toga blanca con detalles bordados en dorado, entró al templo sin hacer ruido alguno. Vio al paladín inmerso en su oración y no quiso incomodarle. Esperó de pie junto a la entrada, con los ojos cerrados y las manos cruzadas, hasta que Luxor luego de persignarse, se puso de pie y notó su presencia. Su corazón lleno de paz se alegró de ver a Alanis, el ser que había rescatado su alma de la eterna oscuridad. Éste inició el diálogo.

- Bendiciones, Luxor. Soy capaz de ver tu alma llena de la dicha de Dios.

- Todo es gracias a vos. Me habéis entregado el más grande regalo y estaré para siempre en deuda con vos.

- La vida sólo es un regalo de Dios, Luxor. Sólo soy un mensajero, un guardián de Su Voluntad en este mundo, al que cuida y ama desde y por siempre.

Luxor besó la cruz que formó con el pulgar e índice derechos.

- Amén, Alanis.

Alanis sonrió contento. La devoción y felicidad que Luxor mostraba en ese momento era algo que sólo podía caber dentro de la infinita bondad del Creador. Verlo a él le llenaba de esperanzas y deseos de conseguir el Bien Supremo. Pero no era su tarea.

- Estáis rebosante de nuevas esperanzas. Creo que ha llegado el momento de hablar sobre lo que Istal tiene preparado para ti.

En su juventud, cuando estudiaba las Sagradas Escrituras, Luxor oyó hablar de Istal, uno de los ídolos de la religión pagana del pueblo oriental de Corión. En su vida pasada pudo haber destruido a cualquier blasfemo que adorara a tal figura. Y tras conocer a Alanis, saber que es un subordinado de Istal, y que ambos siguen las leyes sagradas de Dios al pie de la letra, había comprendido que la Verdad de Dios abarca mucho más de lo que él había imaginado. Tanto Istal como Alanis estaban bendecidos por Su gloria.

- Vos me habéis dado la gracia de servir nuevamente a Dios. Haré lo que me indiquís para demostrar Su grandeza al mundo.

Alanis notó una luz tenue del antiguo Luxor en aquellas palabras. "Demostrar Su grandeza al mundo". Aún le faltarían algunas experiencias nuevas para comprender al fin que Su grandeza no necesita ser demostrada. Pasó por alto sus propios pensamientos y continuó.

- Se acercan días peligrosos para el mundo, e Istal necesita que cumplas con Su mandato, aquél que te dio hace tiempo y que has dejado postergado -los ojos de Luxor se agrandaron y su corazón empezó a golpear fuerte su pecho -. Creo que sabes a quién me refiero...

- Sgarr...

Hubo un silencio prolongado. Luego Alanis agregó.

- Su alma está en caos. Ha perdido la noción de sí mismo, y sólo vaga por esta tierra sin conocer su destino. Debes salvarle.

Luxor bajó la vista, y se perdió en sus recuerdos. Aquella noche en que Él le habló por los sueños y le encomendó la Salvación. Aquella noche en que el fuego consumió su vida. Aquella noche en la que salvó al pequeño Sgarr de las llamas. Sgarr, la llave de Dios para la Salvación.

Alanis continuó:

- Puedes ir a la Fuente y elegir a seis monjes para que te acompañen. Con ellos iniciaréis un viaje y rescataréis a aquellos que necesiten ser rescatados de las maldades del mundo, y los uniréis a vuestra campaña. Ustedes serán el Sendero del Amanecer, y su meta final es salvar el alma de aquél niño. Éste es Su voluntad.

Luxor escuchó cada palabra que Alanis le dijo. La paz de su espíritu se vio perturbada por un momento: con su bajada a los infiernos, Sgarr había quedado abandonado a su suerte. Había quedado solo en una tierra desgarrada por el mal. Y había sido su responsabilidad. Centró su mente y pensó también en la Fuente, lugar donde a esa hora los más hábiles monjes de Azhur ponían a prueba su resistencia física y espiritual bajo las cristalinas aguas que caían desde el cielo. Miró decidido a Alanis.

- No volveré a fallar Alanis. Si es la voluntad de Dios, no me puedo permitir fallar.

Alanis le regaló una nueva sonrisa.

- No lo harás, Luxor. Estoy seguro de ello.

Luxor hizo una reverencia. Luego se inclinó sobre el altar y se persignó una vez más antes de dirigir sus pasos a la salida de la capilla, dejando al monje atrás. Alanis, que dejó su sonrisa, dudó un poco, pero luego habló una vez más.

- Luxor, espera... hay algo más.

El paladín se giró hacia Alanis, quien ahora le daba la espalda. No dijo palabra alguna, sólo esperó a que Alanis prosiguiera.

- Hay otra alma que debes salvar... no es un mandato de Él, pero creo que es importante para ti.

- ¿De quién se trata?

Alanis dio media vuelta y miró a los ojos al paladín. Luxor vio por primera vez un rastro de tristeza en aquellos ojos color cielo.

- De un gran amigo tuyo, que perdió el rumbo y ahora está agonizante... se trata de Guehene...

El corazón de Luxor pareció detenerse por unos segundos para luego acelerarse incontrolable. "Guehene!" Sin agregar ninguna palabra, se giró y apresuró sus pasos fuera del santuario.

- ¡Está en Tabeas! ... ¡ve y sálvale de su tormento!

Fueron las últimas palabras que Luxor oyó cuando ya cruzaba la plaza a toda velocidad camino al establo. No podía permitirse llegar tarde. Desde la entrada del santuario, Alanis observó cómo se alejaba y cuando le hubo perdido de vista cerró los ojos y empezó a orar. Quizás no debería habérselo dicho, no era su obligación, pero no podría verle a los ojos si guardaba aquello para sí. Pensó que quizás había muchas otras cosas que debería haberle contado antes, la verdad. Aún quedaban muchos secretos que Luxor desconocía, y quizás el más importante de todos, que su Dios e Istal eran la misma entidad.


viernes, 15 de mayo de 2009

Ruptura.

Odari Rieelan:
Me disculpará usted, su Majestad, pero vuestros mandatos están siendo injustos. Nuestro pueblo nos está necesitando y es por eso que rogamos por vuestra comprensión y permiso para acudir en su ayuda.

Rey Daylon Ambrós:
¿Pero de qué me habláis? Estáis halando de aquéllos que manifestaron con todas sus fuerzas su desaprobación a la fundación de Caerllion, se han opuesto constantemente a la labor de la Alianza y les ha maldecido a vos y a cada uno de los vuestros que ha decidido abandonar sus hogares para fortalecer la unidad.

Odari:
Puede que tengáis algo de razón, su Majestad, pero aún así son nuestros hermanos.

Daylon:
Y precisamente porque sé qué tan distintos pueden llegar a ser los hermanos entre ellos que digo lo que habéis oído. Las ansias de poder y control corrompen con tanta rapidez y eficacia como la Niebla Púrpura, y por ver su propia cultura opacada por la grandeza de Caerllion es que vuestros sabios conservadores han decidido boicotearla en cada oportunidad que se ha presentado.

Odari:
Su alteza, pecáis de soberbio...

Daylon:
Dios es testigo de que lo que os cuento es sólo la verdad. El futuro que desean vuestros sabios para nuestra Alianza no es distinto al que busca Feliad con cada una de sus acciones.

Odari:
Por favor, no comparéis la espiritualidad de nuestra gente con el orgullo enfermizo de vuestro hermanastro.

Daylon:
Gracias a Dios no formáis parte del mismo tipo de espíritu atormentado en el que ha caído preso Feliad, pero aún así nuestra Caerllion es el enemigo común que comparten tanto Aleith como los rebeldes de mi hermano y las tribus occidentales de Surgas. No me sorprendería que estas traiciones fueran planeadas o consentidas por todas las partes, y que los devastadores incendios sobre sus verdes bosques sean un castigo divino por obrar contra el bien común de esta tierra herida. Que paguen por sus pecados y que sea Dios quien salve a los que merecen ser salvados.

Odari:
Me encogen el corazón vuestras palabras, Rey Daylon. Cuando nosotros elfos decidimos aceptar vuestra oferta de ser parte de la Alianza, fue porque creímos que aceptaría a nuestro pueblo y las diferencias que pudieran existir con el suyo. Pero hasta el día de hoy nos hemos visto discriminados de formas que jamás podríamos haber imaginado cuando llegamos hasta aquí. Veo con descepción que para vos mi gente no ha dejado de ser más que pecadores y renegados.

Daylon:
Mi reinado siempre protegerá a quienes protegen los ideales de esta alianza, y eso os incluye a vos y a tu gente. El pueblo elfo de Dyloen a mis ojos hace años que se encuentra dividido en quienes están con Caerllion y quienes no. Los segundos, son un pueblo diferente, extranjero.

Odari:
Nuestro pueblo siempre será uno solo. Las diferencias que su Majestad aprecia no son suficientes para hablar de tal división imaginaria. No es más que una manera distinta de pensar, y no por eso desistiremos del Juramento Ancestral.

Daylon:
*Sigh*... escuchad bien, Lady: los traidores han mostrado gran astucia y se han mezclado incluso entre mis más grandes colaboradores. Como podéis imaginar, los últimos hechos que han acontecido en Palacio han creado en mi persona una desconfianza tal que dudo de la lealtad de cada uno de vosotros, a mi gran pesar; desconfianza que podéis menguar si acatáis mis órdenes y permanecís en Palacio hasta que todos mis generales estén presentes y podamos en conjunto dar los siguientes pasos.

Odari:
Lo siento, Rey Daylon. El futuro de mi gente está primero...

Daylon:
¡El futuro de Caerllion está primero, maldición!

Odari:
Me duele profundamente que antepongáis vuestra consciente y declarada paranoia a las razones que os he dado para deber partir. Con vuestro permiso, me retiro para ayudar a mi pueblo en estos momentos críticos. O sin él, si así lo preferís.

Daylon:
¡Odari Rieelan, os he dado una orden directa! Si abandonáis esta sala en este instante, puedo considerarlo una insubordinación y tendré todo el derecho de reteneros a la fuerza. No me obliguéis a llegar a tal extremo.

Odari:
Haced lo que debáis, Rey Daylon. Los elfos no estamos aquí en Caerllion por la caridad de vosotros humanos, y no hay vínculo que nos obligue a permanecer aquí si nuestro pueblo nos necesita.

Daylon:
... así lo habéis deseado... ¡Guardias, apresad a la insubordinada!


jueves, 9 de abril de 2009

El Poder Absoluto

La antigua hechicera Clessenia había logrado salir del Salón de Piedra justo antes de que el cielo del mismo colapsara y sellara la salida. Los soldados que esperaban afuera, sorprendidos por lo ocurrido, desenvainaron sus espadas y bajaron hasta los sobrevivientes y les ordenaron arrodillarse con las manos en alto. Así lo hicieron todos, aún confundidos y sin siquiera saber dónde estaban. Los gritos desesperados de un montón de gente dentro alarmó a la guardia más aún y pronto al lugar llegó el mismo Rey Daylon Ambrós y otra delegación del Instituto Schellden, guiados por Duncan Olliffe. Daylon reconoció de inmediato entre los sobrevivientes a Clessenia y desenvainó su espada hasta llegar a su lado.

- Vieja bruja, ¡cómo os habéis librado de vuestro claustro! ¡Ahora no contáis con vuestros artilugios para causar el más mínimo daño!

Clessenia observaba sin saber quién le hablaba ni comprender palabra alguna de las que le dirigía. Aunque Daylon vio esto en los ojos de la hechicera, no se dejó dudar.

- En estos momentos, yo mismo, rey Daylon Ambrós de Radeas, os ajusticiaré y la paz volverá a ser...

La tierra volvió a temblar producto de una explosión. El cielo del Salón de Piedra voló hecho pedazos, dando paso a una columna de fuego que se alzaba por sobre el Palacio. Grandes trozos de piedra y concreto cayeron sobre casas, zonas civiles e incluso en medio del tumulto de gente, produciendo caos entre la población, algunos muertos y varios heridos. En lo alto, se elevaba una figura conocida por muchos, y más temida que la peor de las plagas.El rey Daylon no daba crédito a sus ojos.

- Oh no... esto no puede ser...

Madul, rodeado por fuego, lanzó enormes llamaradas en todas direcciones, causando destrucción e iniciando incendios en varias partes de la ciudad. El cuerpo de arqueros no demoró en apuntar desde todas las torres y disparar, pero toda flecha lanzada terminó siendo cenizas por las llamas alrededor del objetivo. Las siguientes bolas de fuego lanzadas por Madul destruyeron cada una de las torres de vigilancia, reduciéndolas a carbón y escombros con una facilidad impresionante.

Clessenia, al ver toda la atención de la guardia y del propio rey puesta en Madul, se puso de pie y escapó, perdiéndose por entre la multitud que corría en pánico buscando seguridad y refugio. Por su parte, Madul seguía lanzando enormes llamaradas y destruyendo gran parte de las construcciones de Caerllion.

- Ustedes no son nada, y no pueden hacer nada. ¡Soy superior en todo aspecto! ¡HA HA HA!

Como una muestra de poder final, apuntó sus llamaradas hacia palacio. En instantes, una gigantesca bola de fuego estalló frente a la cúpula principal, destruyéndola al contacto. En pocos segundos, el palacio comenzó a caer zona por zona, quedando en ruinas en muy poco tiempo. El rey Daylon, descorazonado, soltó su espada, la que cayó en el piso produciendo un sonido metálico.

- Es el demonio en persona... cómo podremos hacerle frente... sólo una persona podía oponérsele, y esa persona está...

Desde algún lugar, una bola de fuego fue lanzada, esta vez hacia Madul, la cual se fusionó como si nada con el fuego alrededor del hechicero. Aunque no le hizo daño, fue suficiente para llamar su atención. Al voltearse, Madul vio en lo alto de una de las casas más altas aún en pie, al hechicero más molesto que jamás había conocido. De cabellos dorados y ojos rojos, utilizando su conocido traje rojo de cuando era consejero real. Llevaba una espada dorada con incrustaciones de rubí en su mano derecha, y en su izquierda un báculo corto, terminado en una esfera de cristal en cuyo interior una llama ardía eternamente. Madul miró con sorpresa y odio al hombre que en algún momento mostró ser más poderoso que él: el hechicero Matt Jarlians.

El rey Daylon I seguramente era el más asombrado de todos. Observaba con la boca abierta la figura de su antiguo amigo y consejero, al cual las circunstancias le habían declarado muerto desde hace ya bastante tiempo. Pero ahora se hallaba ahí, en Caerllion, desafiando a Madul una vez más para salvar a Caerllion de una inminente destrucción.

- ¡Madul! He venido hasta este lugar con sólo un objetivo, y creo que sabes cuál es.

Madul, que en un comienzo miró con odio al recién llegado, pronto cambió sus ánimos y miró con seguridad y arrogancia. El poder que ostentaba ahora era de un nivel completamente distinto.

- Matt Jarlians, qué maravilla verte en este lugar. ¡Me has evitado buscarte para acabar con tu patética existencia!

Acto seguido, disparó una poderosa llamarada hacia Matt, quien la esperó pacientemente. Utilizando sus propias artes, intentó detener el ataque de Madul, pero efectivamente había superado los límites conocidos, y luego de batallar un momento, apenas logró desviarlo hacia una zona comercial donde las tiendas fuero incineradas al instante.

- ¿Eso es todo lo que tienes? -Matt intentaba provocar al poderoso hechicero, aunque con sólo ese ataque, había caído ya sobre una de sus rodillas y respiraba con dificultad.

- ¡Ya pronto acabaré con tu charlatanería, basura!

Madul se preparaba a lanzar una nueva llamarada, cuando desde otra dirección, un poderoso chorro de agua le impactaba por el costado, apagando por un momento en fuego que le cubría por ese lado, y generando una gran nube de vapor. Casi en seguida, una fuerte ráfaga de viento cortante como el mismo acero apagó parte del fuego que le cubría por otro sector. Le siguió una lluvia de rocas que le empezaron a golpear de varias direcciones distintas, y finalmente un rayo de luz blanco le impactó e hizo desaparecer todo el fuego que aún quedaba a su alrededor. Cuando Madul finalmente pudo reaccionar a la seguidilla de ataques, vio en distintas casas a su alrededor a varios seres que le miraban de una forma reprobativa. Al primero que divisó era un hombre que vestía ropajes azules, de piel morena y pelo blanco, con algunas marcas de pintura en su rostro. Luego vio a un enano, de barba dorada y ojos de fuego, que vestía extrañamente ropajes ligeros y no llevaba armas. Un poco más a la derecha vio a una elfa alta y de cabellos como el trigo, que llevaba sobre ella una máscara que cubría la parte superior de su rostro, sólo dejando ver sus hermosos ojos verdes. Por último, pudo ver a un hombre de rizos rubios y ropajes blancos y elegantes que desprendía un aura de tranquilidad y pureza, la más desagradable de todas.

Los reconoció de inmediato, de hecho, conocía a cada uno de ellos a la perfección, y su presencia en este lugar le irritó de sobremanera, e incluso le hizo sentir una pizca de temor, la cual obviamente desapareció cuando recordó el poder que tenía en esos momentos.

- Iruja... Reinh... Giaeda... Alanis... me sorprende veros aquí. ¿Que acaso queréis morir también?



El Fin del Salón de Piedra.

La tierra tembló fuertemente algunos segundos, producto de la explosión. Desde el ala norte del gran castillo al centro de Caerllion, el lugar conocido como el Salón de Piedra, se levantaba una columna de polvo a la que todo ciudadano guió su mirada de curiosidad. Numerosos guardias dejaron sus posiciones y se dirigieron al lugar. A la cabeza de ellos iba el reconocido caballero Sir Arthur Helling, el hombre de orígenes en las tierras de Aemir, Lid, que reemplazara tiempo atrás al traidor Sir Dargar Rodas como capitán de la 2ª División del Ejército. Hombre valiente y poderoso, educado en el arte de la espada por el mismo Sir Marten Sidan, había sido la carta utilizada por el Rey para mantener el control en una Caerllion cada vez más rebelde. Y lo había logrado dentro de lo márgenes aceptables. Ahora, en la misma sala en que el Rey Daylon Ambrós había permitido la investigación de la Organización Schellden, algo había estallado y había causado el colapso de una de las paredes. Hacia el interior, sólo una pequeña porción del salón estaba iluminada por el sol del mediodía, mientras que el resto seguía en la oscuridad total.

Cuando el polvo suspendido se hubo disipado un poco, Sir Helling seguido de algunos de sus leales avanzó en la oscuridad, esquivando los escombros esparcidos, mientras el resto mantenía a los civiles lejos del siniestro. Al interior, pudo observar las maravillosas esculturas que se apilaban unas a otras junto a las paredes, intactas e imponentes, pero sin rastro alguno del equipo de investigación que debería estar junto a ellos, ni de nada que explicara lo que había ocurrido. Seguro, Sir Helling ordenó a sus hombres preparar sus armas al mismo tiempo en que su acero era blandido, listo para ser usado ante cualquier amenaza. Avanzó sólo unos pasos más cuando varios metros más allá del salón una luz roja apareció de la nada, iluminando a su alrededor y dejando ver a unas tres personas vestidas con túnicas violáceas y con sus cabezas cubiertas por capuchas del mismo color, sentadas circundantes a aquella luz.

- Hey Wigan -habló Sir Helling a uno de sus soldados-. ¿Son aquéllos los hombres de la Organización?

- No, señor. No venían vestidos de esas formas...

La luz comenzó a aumentar su tamaño e intensidad al mismo tiempo en que los hombres encapuchados se ponían de pie. Con más luz, fue posible observar a más hombres encapuchados, los que fácilmente podrían haber sido treinta o cuarenta. Un zumbido se empezó a escuchar hasta que uno de los encapuchados acercó su mano a la luz.

- ¡Les habla Sir Arthur Helling, caballero de Caerllion! -les gritó el capitán. Algunos de los hombres vestidos de túnica parda se giraron hacia él, espectantes -. ¡Subid vuestras manos y venid hasta acá tranquilamente, si es que no tenéis nada que temer!

Pero los hombres siguieron inmóviles unos segundos más y luego se volvieron a la luz. Cuando el encapuchado que acercó su mano hubo entrado en contacto con ella. La intensidad de su brillo iluminó el salón completo, obligando a Sir Helling y sus hombres a cubrirse los ojos con los brazos. Se oyó a la distancia el sonido de un cristal rompiéndose y la luz desapareció por completo. «Pero qué diablos...» pensó para sí el caballero, y luego ordenó que prendieran las antorchas para saber qué fue lo que ocurrió.

No fue necesario. Un momento después, en el mismo lugar una pequeña esfera de color púrpura intenso apareció y comenzó a crecer lentamente. De vez en cuando salían llamaradas del mismo color que se desvanecían al tocar alguna pared del salón, creando un espectáculo espeluznante de movimientos aleatorios y difusos alrededor de la esfera. Todo ese movimiento ondulante hizo creer por un momento que las esculturas de piedra se distorsionaban y se derretían, perdidas en una explosión repentina de colores reflejados en tonos púrpuras debido a la luz imperante. La sorpresa del caballero fue inmensa al darse cuenta que en realidad las esculturas no estaban distorsionándose, sino que estaban cobrando vida, que respiraban como lo hacía él y que se movían de igual forma; sólo se diferenciaban en la furia y la sed de venganza que se reflejaban en sus ojos. Sin darse cuenta, Sir Helling y sus hombres estaban rodeados por estos seres endemoniados, quienes, armados con sus espadas antes de piedra, ahora de acero, se hallaban listos para matar.

- ¡Pero de qué se trata todo esto...! -exclamó el caballero al mismo tiempo en que uno de los hombres le atacaba.

En una reacción acertada, perforó el pecho de su agresor con su propia espada, del cual brotó sangre. Era un hombre de carne y hueso. Los demás soldados empezaron a luchar contra los numerosos esbirros que habían aparecido. De esta forma, ninguno pudo seguir observando lo que más allá, en lo más alejado del salón, sucedía. La esfera púrpura, que había crecido de tamaño hasta alcanzar varios metros de diámetro, comenzó a girar rápidamente y sin que se diera cuenta, de los mismos hombres que antes fueron de piedra, fue extraída un aura del mismo color, que llegó hasta la esfera y se le unió como si se tratara de la misma esencia. Así, los ataques de los hombres cesó de un momento a otro y al cabo de un instante todos soltaron sus armas, totalmente confundidos y desmoralizados. Sir Helling, observó entonces la gran esfera púrpura al final del salón y cómo ésta, cuando no hubo ninguna aura más que ser absorbida, se redujo de tamaño abruptamente y se concentró en una pequeña esfera, que fue envuelta por la mano de uno de los encapuchados.

Por unos segundos, todo estuvo en silencio. Algunos de los que antes fueron esculturas levantaron sus manos y dieron algunos pasos hacia atrás, arrodillándose luego, mientras que otros pocos, luego de soltar sus armas corrieron hacia la salida por el muro caído, en pánico. Frente al hombre que había tomado la esfera púrpura, comenzó a formarse una nueva esfera, la que parecía ser de fuego. Sir Helling no sabía qué pensar... ¿No que la magia no era posible en estas tierras? ¿De qué otra forma se puede explicar lo que aquí estaba ocurriendo? No hallaba respuestas a ninguna de sus interrogantes y eso le inquietaba.

Todo fue aún más confuso cuando la esfera de fuego, un segundo más tarde, se precipitó rápidamente hacia ellos e impactó a uno de los hombres-estatuas, que cayó inmediatamente y no volvió a moverse. Las esferas de fuego entonces empezaron a ser lanzadas sin ninguna restricción al grupo, que entró en caos y muchos empezaron a correr hacia la salida. Sir Helling empezó a moverse zigzagueando por la habitación, intentando acortar distancia entre él y los hombres encapuchados, seguido de cerca por su tropa de valientes. De pronto, una esfera de fuego, mucho más grande que las demás, impactó en el cielo del salón, destrozándolo y dejando caer grandes bloques de concreto sobre los desafortunados que intentaban escapar. Algunos pocos lograron salir, mientras que otros más fueron aplastados por el concreto, que selló la única salida y dejó en el encierro a la gran mayoría de los hombres-piedra. Lo único visible ahora era el fuego de las llamaradas que les eran lanzadas y les producía una muerte instantánea.

Sir Helling se acercó lo suficiente al grupo de hombres misteriosos como para lanzar un estoque y destrozar el corazón de uno de ellos. El resto de sus hombres llegó tras él y empezaron todos a eliminar lo más rápidamente posible a aquellos que mataban sin piedad. Cuando estuvo frente a quien tenía en su poder la esfera púrpura, éste se giró hacia él y Sir Helling pudo ver el que sin duda alguna era el rostro del demonio: piel oscura, cabellos blancos y desordenados, ojos con iris blancos y desorbitados, y una sonrisa maquiavélica, como disfrutando de la muerte de otros. Una bola de fuego empezó a formarse y Sir Helling no podía responder al terror que le produjo ese rostro. La bola de fuego entonces fue lanzada a un blanco que no parecía moverse.

- ¡Señor! ¡Cuidado! -Uno de sus hombres valientemente se interpuso entre él y el ataque del encapuchado. El fuego le impactó de lleno y cayó rodando, con una gran herida en el pecho. Sir Helling observó a su compañero caído, y logró recuperar su temple. «Oh no, Wigan...»

- ¡Ha Ha! ¡Ya no pueden hacer nada, ya tengo el poder absoluto! ¡Ahora todos morirán! ¡HA HA HA!

Otra bola de fuego empezaba a formarse frente a él. Otro de sus soldados intentó atacar al encapuchado, pero éste sólo apuntó hacia él, y una piedra incandescente apareció y le golpeó en la sien, dejándole fuera de combate de inmediato. Sir Helling sostuvo su espada con ambas manos y arremetió con decisión junto a su tercer compañero hacia el encapuchado, al mismo tiempo en que la nueva bola de fuego era lanzada. Con reflejos perfectos, logró esquivar el ataque, el que impactó de frente a su acompañante, quien cayó para nunca ponerse de pie otra vez. Ya a rango, el ataque del caballero fue certero hacia el cuello del encapuchado. Sin embargo, el golpe nunca llegó a destino, sino que fue detenido por algo más, como si se tratara de una fuerza sobrenatural. Sir Helling dio un paso hacia atrás, perturbado.

- ¡Q... quién... qué eres, demonio!

- ¡Ha Ha! Creo que es justo que lo sepas antes de morir, idiota. Antes solía ser un pobre diablo como tú, ¡pero desde ahora soy el ser más poderoso de este mundo! Desde hoy se forjará un nuevo dominio, en donde Madul vencerá hasta a los mismos dioses!

- ¿Madul...?

Sir Helling no pudo decir más. Una llamarada de inmenso poder le había alcanzado a una distancia mínima, y un momento más tarde había dejado en su lugar carne calcinada, que cayó al suelo junto a una espada y un sello real a medio fundir.

- Oh glorioso líder, qué gran poder ostentáis en este momento.

Uno de los demás encapuchados se sacó la capucha y se acercó a Madul, quien había retomado las bolas de fuego a los pobres desafortunados que aún buscaban una salida de aquel infierno. Amad Liverneeth, líder de la Orden Púrpura, se sentía dichoso de ver la misión de su vida cumplida.

- Con ese poder, seremos capaces de gobernar esta tierra e incluso el mundo! Vos teníais razón, ¡ahora seremos imparables!

- Oh, verdad. Me olvidaba de vosotros. Sois basuras.

- ¿Somos b...?

Madul le apuntó con un dedo y una piedra incandescente apareció de la nada y se le incrustó en el cráneo. Cayó cuan largo es y no volvió a respirar. Los demás miembros de la orden, confundidos con el ataque, se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar. Unos segundos más tarde, Madul, extendiendo sus brazos al frente, barrió el aire con ellos en dirección a la orden, mientras que un manto de fuego comenzaba a quemar a cada uno de los pobres hombres, que gritaban de dolor mientras sus miembros eran incinerados por el abrasador fuego.

- Tiempo de terminar eso...

Madul, siempre sonriendo, extendió sus brazos hacia los lados, y de sí mismo empezó a salir más y más fuego. Pudo ver por última vez los rostros de pánico y desesperanza de los que aún seguían vivos, antes de que todo comenzara a arder por completo.



martes, 7 de abril de 2009

Relámpago.

Luego, un destello. En ese preciso momento pude ver el rostro del capitán. El miedo había desaparecido de súbito, y pude distinguir una vez más esos ojos de la muerte. Todo volvió a ser oscuridad al momento en que oí el chirrido aquél de una espada desenvainando. Otro destello, y el capitán ya no estaba contra la pared. No pude ubicarlo y la oscuridad nuevamente envolvió todo con su manto. Oí gritar a Aisac, le oí gritar su nombre, antes de que el grito se ahogara por completo. Con tardía reacción me giré hacia donde estaba ese traidor. Un tercer destello me permitió ver la macabra imagen al mismo tiempo que sobre mí salpicaba una sustancia cálida al tacto, pero que congelaba el alma. El corte fue preciso, mortal. Ella gritó y la luz desapareció una vez más. Oí un cuerpo caer frente a mí, al mismo tiempo en que mis propios fantasmas me llevaban de este mundo a otro, de donde hubiera deseado nunca más volver. Parte de mí había muerto.


viernes, 3 de abril de 2009

Despedida.

Las bocinas están sonando otra vez. ¿Qué habrá sido esta vez? Algún otro idiota que ha despotrincado contra nuestro nuevo rey. O quizás otro pobre amigo que ha visto una oportunidad de conseguir algo de alimento en lo ajeno. Si fuera el de antes, mi curiosidad me llevaría a asomarme por la ventana, arriesgando mi propia vida en estos días negros; pero la verdad es que ya no me importa, no está en mis intereses seguir viendo la nefasta realidad de estas tierras, el salvajismo puro que traspasó las barreras de mi querida/odiada Surgas y llegó al lugar en donde tenía puestas mis esperanzas de un lugar mejor. Qué iluso.

Oigo los gritos de algunos guardias corruptos que tratan a algunas personas de tal forma que no se distingue de una bestia. Los gritos desgarradores de las pobres víctimas del nuevo sistema les siguen, aunque ya sin el mismo efecto de antes. Dos semanas van desde la caída de Daylon, del quiebre irreversible de la paz, y diez días desde la irrupción al Instituto. Por suerte yo no estaba ahí, por suerte muchos ya no estábamos ahí, porque seguramente habríamos sido víctimas de las mismas crueldades cometidas a los desgraciados que aún no dejaban la Organización, que ahora en paz descansen.

Pero no me importa mucho, no me importa mucho ya, a estas alturas. Ni siquiera me importa mucho seguir aún con vida, gracias al asilo del señor Duncan. Sólo quiero irme, dejar esta tierra maldita, dejar de tener miedo por cualquier cosa que quiera hacer. Pero aunque sea esta tarde la última que viviré aquí, no voy a olvidar todo lo que pude aprender en este lugar. Recordaré con especial cariño al señor Mildred, que me acogió en su elitista Organización, como también recuerdo a su hermano, el señor Milton, que en paz descanse. No olvidaré a Kunza, que a pesar de todo fue el único que no me mintió ni me engañó. Tampoco al señor Duncan, que nos mantuvo en pie luego de que el señor Mildred dejara a su suerte a la Organización. De Aisac, sólo quiero que haya logrado su salvación, y Rika... ella da lo mismo.

Si pudiera darles un mensaje a toda esa gente que huye y se oculta del nuevo poder opresor, sería que no dejaran que Caerllion siguiera envenenando sus almas. Es hora de dejar esto atrás y comenzar una nueva vida, en tierras mejores y sin preocupaciones. Dyloen es obra del demonio, Dyloen es la cuna de la desgracia.

Adiós Caerllion, adiós Surgas, adiós Griven. Disfruten de su autodestrucción.


miércoles, 29 de octubre de 2008

Principio imposible de vida/muerte.

La habitación seguía tan oscura como siempre, sólo iluminada pobremente por aquellas teas que a estas alturas parecían eternas. La mesa de madera seguía en el centro, acompañada por las dos sillas del mismo origen. Sobre ella, además de la vela que presenció aquella siniestra conversación entre Eudes Dubois y el asesino Phill la noche anterior, había un conjunto de recipientes de vidrio que contenían sustancias de distintas formas, colores y consistencia; un espectáculo que sólo era posible observar dentro de los muros del instituto Schellden.

La puerta se abrió de golpe y a su interior fue arrojado un hombre de edad que, aunque bien vestido, tenía sus ropas sucias y manchadas con su propia sangre, producto quizás de alguna golpiza recibida hace poco. El hombre apenas podía mantenerse en pie, y el espectacular artefacto que alguna vez adornó su ojo izquierdo, ahora colgaba del bolsillo de su traje, sin la magnificencia y elegancia que le distinguieron en sus mejores momentos. Su monóculo, de hecho, estaba sucio y trizado, inutilizable. Milton Schellden, uno de los fundadores de la institución científica del mismo nombre, el bastión de las artes y el conocimiento en el reino de Caerllion, como pocas veces se hallaba sin habla, silenciado por el dolor que provocaban sus heridas. Detrás de él se asomaba el hombre de negocios dueño de aquel antro. Más regordete y evidentemente menos elegante, Eudes Dubois mostraba confianza en sus actos, incluso cuando estos estuvieran fuera de la ley.

Dos hombres grandes y de aspecto tosco entraron también en aquellas cuatro paredes de piedra para sostener al magullado hombre de ciencias y prevenir que se desvaneciera por falta de fuerzas. Con la sonrisa en su rostro, Eudes habló claro y fuerte.

- Muy bien, Milton. Me pareció sensato que te hayas rehusado a cooperar con mi desinteresada causa aludiendo a que no tenías los implementos y materiales que necesitabas a disposición. Pues en mi más supremo interés en ayudarle, he traído hasta aquí cada uno de los ingredientes y compuestos que mis ayudantes encontraron en tu lugar de trabajo. Espero que ahora no objetes más y te decidas de una vez por todas a colaborar.

Los dos hombres llevaron a Milton hasta una de las sillas frente a la mesa con todos los artefactos sobre ella. Pasó la mirada por los distintos objetos, hasta que finalmente dio la vuelta para mirar a quien le había engañado en primera instancia para llevarlo hasta esta situación.

- Excuse me, ¿qué es exactamente lo que desea de mí, mister?

El rostro de Eudes se tornó serio de un momento a otro.

- Sabes bien lo que quiero, viejo: ¡"la fórmula que revolucionará al guerra"! La que podrá llevar a quien la posea a la victoria, la que... ¡la que me hará inmensamente rico y poderoso!

- ¡Oh God! Pamplinas, no le entregaré tal conocimiento a alguien como us...

Uno de los hombres de Eudes cortó la frase del alquimista de un solo golpe de puño en el rostro. Más sangre emanó de la boca del científico mientras se llevaba ambas manos al rostro. Las fuertes manos del otro hombre que aún le sujetaba evitaron que Milton cayera al suelo. Eudes entonces habló.

- Piénsalo bien, Milton. No estás en posición de negarte. Si lo haces, puedes perder algo preciado... ¿tu vida, quizás?

- Usted no se atreverá a hacer nada. If I die, no podrá obtener lo que desea, y habrá hecho todo en vano. Also, Mildred debe estar buscándome, y cuando le encuentre, usted irá derechito a la cárcel.

- Milton, Milton... espero que la próxima vez que abras tu boca sea para comenzar a cooperar. Créeme que de ello depende también la integridad de tu hermano como la de los estudiantes de la Organización, y por supuesto, de la Organización misma...

- ¡Don't even dare...! -Un nuevo golpe le silenció.

- Por favor, Milton, cuida tu integridad y coopera de una vez, que de verdad no quiero que haya más víctimas en todo esto. Por otra parte, tampoco tengo todo el tiempo del mundo para que se decida. No termine de agotar mi bendita paciencia.

Aguantando el dolor apenas, Milton miró una vez más a los ojos de Eudes, una mirada desafiante, impensada en Milton. La maldita fórmula, ¿eh? Siempre supo que tal conocimiento le traería problemas, y que su suerte terminaría cuando le separaran de su hermano. Comprendía también que Eudes, con aquel conocimiento, podría hacer lo que quisiera. Y no lo permitiría.

- No conseguirá nada de mí, mister Dubois. Además, no tiene usted las agallas para entrometerse con la Organización Schellden. Estaría enfrentándose a la misma Caerllion.

- Milton... te gustan las demostraciones, como buen científico. Te daré una, y espero que sea la única. Así lo has querido, así que luego no vengas a quejarte. ¡Que entren los soquetes!

Otro de los matones de Eudes entró acarreando a dos personas atadas de mano y con bolsas de género en sus cabezas. Los puso frente a Milton y les quitó las bolsas, revelando los rostros de dos estudiantes de la Organización, completamente demacrados e hinchados producto quizás de golpizas varias. Luego de ello, sacó una cuchilla de unas cinco pulgadas.

- Última oportunidad, Milton. Coopere o será responsable de la muerte de un inocente.

- My God... Derek, Sam...

¿Qué era lo que debía hacer? Salvar la vida de sus estudiantes y arriesgarse a que Eudes tenga en su saber la fórmula que desea, o dejarlos a su suerte por un bien mayor. La respuesta fría y calculadora era obvia, pero en su interior, su corazón clamaba por piedad.

Pensó mucho. Eudes dio la orden al matón, quien con extrema frialdad asintió y deslizó la hoja afilada por la garganta de uno de los estudiantes. La sangre brotó de inmediato y dando espasmos el cuerpo cayó al suelo, quedando finalmente inmóvil frente al horrorizado Milton y otro estudiante.

- Por favor, Milton. No quiero que más inocentes mueran. Por favor, decide cooperar de una vez por todas.

«My God» pensó Milton. Después de todo había calculado mal los límites de Eudes. Sam ahora estaba muerto, y si no se decidía, seguramete Derek correría la misma suerte. ¿Valía la pena el sacrificio por mantener el secreto resguardado? ¿Valía la pena aceptar tales actos de inhumanidad para evitar el mal uso de la fórmula? Pero... ¡en qué estaba pensandoo! Aunque les revele la fórmula, serán incapaces de reproducirla, porque uno de los ingredientes sólo se hallaba frente a él. Manteniendo la fuente en secreto, no era necesario ocultar nada más. Además, sin las herramientas para hacer la fórmula más efectiva, Eudes no seriá capaz de causar tanto daño como en un comienzo pensó.

Nuevamente pensó demasiado. Eudes dio un suspiro y dio la señal para que la segunda garganta fuera cortada.

- ¡No, wait!

La reacción de Milton logró llamar la atención a tiempo de Eudes y el matón, quien se detuvo hasta que una nueva señal del hombre de negocios le llevó a retirar el cuchillo de las cercanías del cuello del estudiante.

- You win, Eudes. Ayudaré en lo que quiere. Le enseñaré la fórmula, pero no haga más daño a los estudiantes, please.

- Haha! Eso depende siempre de qué tan bien cooperes, Milton. Su vida sigue dependiendo de ti.

Milton dio un suspiro de alivio, tomó aire profundo y se dio media vuelta, hacia la mesa con toda la parafernalia química. Comenzó entonces a mezclar algunas sustancias por un momento hasta lograr un compuesto oscuro, un granulado de color azabache.

- There... ahí tiene el producto, sólo debe juntar cinco partes de carbón, cino de este compuesto que conocerá como azufre y siete de este otro blanco... que... este... ¡suele usarse como condimento! Anyway, no le será de utilidad sin el aparato para usarla...

- ¿Qué? ¿De qué aparato hablas?

Para variar, a pesar de sus esfuerzos, Milton ya había hablado más de la cuenta. Sabía que faltaba algo, pero fue evidente que Eudes no estaba al tanto de ello. Seguramente toda posibilidad de liberación del estudiante aún vivo, si es que alguna vez la hubo, se había perdido por su indiscreción. Casi. Porque ocurrió algo que no había considerado, y que ahora se manifestaba como una nueva vía de escape, una nueva y valiosa oportunidad para salir airoso de todo esto. Por la puerta apareció alguien más.

- Eudes, tranquilo.

Robert Leaubry, otro hombre de negocios, asociado con Dubois en estos tratos oscuros. Efectivamente, había sido él quien había llevado a las garras de Eudes al pobre Milton, él había sido quien le había engañado en segunda instancia para conseguir la deseada fórmula de destrucción. Junto a él, sujeto por su propia mano, otro hombre cuyo cuerpo se tentaba a caer desparramado en el suelo. Antes de seguir hablando, lo arrojó al piso donde cayó sin reaccionar. Milton, al reconocerlo se sobresaltó. «My God...» Era inconfundible. Su complexión, su cabellos rubios, e incluso sus ropas extravagantes eran inconfundibles. Quien se hallaba en el suelo inmóvil era Mustadio. Pero... ¿cómo habían dado con él? Leaubry continuó.

- Ya conseguí toda la información que nos faltaba, e incluso... -sacó de su cinturón un artefacto extraño, nuevo, uno de los dos únicos ejemplares del arte de Mustadio en este mundo, armas que hacían el trabajo junto a "la fórmula" -tengo aquí un prototipo del invento que nos hará ricos, amigo Eudes. Ya tenemos todas las partes de este rompecabezas; veamos qué tan bien funciona esto.

Robert sacó una bolsa de género, y de ella unos objetos esféricos metálicos. Se acercó hasta donde Milton había preparado el compuesto negro, llenó el tubo, o "cañón" del artefacto con parte de él, presionó con cierta barra de hierro y finalmente introdujo también por el cañón una de las esferas. Y todo estuvo listo.

- Señor Milton: espero que su cooperación con este proyecto haya sido a conciencia. No queremos que este experimento falle, ¿verdad? Mire... si esto llegase a funcionar, tendrá su recompensa.

Dubois quedó sorprendido al ver que su compañero dirigió el cañón del arma hacia él, y muy pronto comenzó a sudar. Levantó las manos en señal de intentar detener a Leaubry en aquella idea descabellada.

- ¡Eh, vamos Robert! No bromees con eso y apunta hacia otro lado... ¿Robert?

Leaubry, sin embargo, mantenía el cañón del arma recto hacia él, con una mirada calculadora, curiosa y por qué no, de confianza.

- Veamos qué hay de verdad en todo este rollo que me has contado, Eudes.

Presionó el gatillo del arma, la que inmediatamente reaccionó yendo con violencia hacia atrás, luego de un estruendoso sonido que llevó a Milton a taparse los oídos. Del cañón del arma comenzó a salir una humareda al mismo tiempo que Leaubry observaba los resultados. Vio cómo Eudes estaba frente a él, aún en pie. Sólo sobre su ojo derecho se podía apreciar un punto rojo. Sin embargo, Dubois no se movía y tenía la vista perdida y estática. No pasó casi tiempo cuando el punto rojo se expandió y comenzó a correr una línea del mismo color, que rodeó el ojo y siguió el camino de su gruesa nariz. Eudes dio un paso atrás, luego otro, hasta que finalmente cayó de espaldas brutalmente azotándose con fuerza contra el piso. Una vez ahí, Eudes no volvió a moverse. Leaubry, viendo sorprendido el resultado y el arma que lo había logrado, se sonrió ampliamente. Por otra parte, los matones que estaban con Eudes ni siquiera se movieron. Ahora esperaban las órdenes de su nuevo jefe. Robert les habló.

- ¿Han visto eso? ¡Esto es una maravilla! -y dirigiéndose a Milton- Ha sido un gusto que haya colaborado con todo esto. Sinceramente no creí que usted daría la fórmula correcta en la primera oportunidad.

Se acercó nuevamente a la mezcla mientras Milton se tapaba el rostro del espanto que había visto. Tomó un poco más de ella y preparó el arma una vez más, siguiendo los mismos pasos tomados anteriormente, mientras caminaba hasta la puerta de salida.

- Señor Milton, de verdad estoy muy agradecido de su colaboración -hablaba mientras le hacía una señal al matón con el cuchillo, idéntica a la que hacía Eudes; el hombre asintió y con la misma frialdad que antes rebanó el joven cuello del segundo estudiante. Milton observó aterrorizado -, pero comprenderá que debo eliminar a los testigos.

- You're a monster, mister Robert. Algún día se hará justicia con usted y no permitiré que cause más mal...

Milton se volteó y con el brazo extendido barrió con todo lo que había sobre la mesa, destruyendo todos los recipientes de vidrio, mezclando todas las sustancias. El sonido ensordecedor se repitió, en el momento en que Leaubry apuntaba esta vez al alquimista. El rostro de Milton se desfiguró de dolor al mismo tiempo en que se desplomaba primero sobre la mesa y luego en el piso, quedando boca arriba respirando dificultosamente. Su pecho comenzó a teñirse de rojo rápidamente, y no tardó mucho en quedarse quieto, sin aliento.

Uno de los secuaces (ahora de Leaubry) se apresuró en revisar el estado de la fórmula.

- Señor Robert, los compuestos están totalmente mezclados, no se pueden recuperar.

- Es lo de menos. Tenemos el conocimiento para hacer toda la fórmula que queramos. Cinco de carbón, cinco de azufre y cinco de ese condimento, ¿cierto? Es tiempo de estudiar esto -señalando el arma que tenía en sus manos- y seremos invencibles, ¡ja ja! Simel, encárgate de deshacerte de los cuerpos. El resto, acompáñenme.

Así lo hicieron. El hombre del cuchillo guardó su arma y comenzó a apilar los cadáveres mientras todos los demás salían de la habitación. Así dejó juntos los cuerpos de los dos estudiantes, y luego fue por Mustadio. Sin embargo, cuando se agachó para tomarle, éste se dio vuelta y le estampó los nudillos en la cara. Sangre y un par de dientes volaron por los aires al mismo tiempo que Simel caía al piso inconsciente.

Por algunos segundos nada se movió en el cuarto. A pesar del feroz golpe que propinó, Mustadio continuaba malherido y cansado. Pasado un momento, se repuso con dificultad y miró a su alrededor. Sólo divisaba cuerpos y sangre, no movimiento. Vio a Milton caído a un costado de la mesa y la sangre se le heló. Se arrastró como pudo hasta llegar a su lado. Tenía los ojos abiertos, alternando la vista entre dos puntos arbitrarios; apenas podía respirar. Seguramente uno de sus pulmones había sido perforado por el proyectil, la sangre había empezado a escurrir por su nariz. El alquimista notó la cercanía de Mustadio y le miró a los ojos. Con evidente preocupación intentó extenderle la mano, pero el esfuerzo era demasiado y cayó con su propio peso. Mustadio le tomó el antebrazo con toda la fuerza que pudo, mientras sus ojos comenzaban a humedecerse.

- Señor Milton, resista por favor, no se rinda... traeré ayuda, lo prometo... todo va a mejorar...

El alquimista miró nuevamente hacia el techo y su respiración se notaba entrecortada y cada vez más dificultosa.

- Too... too late for... that, my friend... mi hora... ha... llegado...

Su mirada, de súbito se centró otra vez en Mustadio, evidenciando nuevamente preocupación.

- ¡Rika! Oh God...

- ¿Rika? -repitió Mustadio.

- You must protect her... debes protegerla... oh, poor Rika... Please, swear to me... protegerás a Rika.. at all... cost...

- Lo haré, señor, pero por favor no gaste sus energías...

Milton miró una vez más el techo, sin prestarle atención a nada. Sus ojos se humedecieron y su vista se nubló antes de volverse todo negro.

- Oh God... what have I... done... forgive me... brother...

Su último aliento se perdió en aquellas palabras. La respiración complicada de Milton cesó completamente y su corazón dejó de latir. Había abandonado este mundo, atormentado por el devenir, por la potencial miseria que él mismo había comenzado a forjar. Ahora todo se había convertido en nada. La muerte era... irreversible.

- Señor Milton... ¡Señor Milton, por favor no se rinda! No... por favor...

Las palabras de Mustadio fueron ahogadas por las lágrimas. Después de todo, Milton había sido una de las pocas personas que le habían ayudado en sus primeros días en esta tierra desconocida, que le habían extendido la mano y le habían otorgado una oportunidad. Fue la única persona a quien le había revelado su más grande secreto, fue a quien le contó los detalles sobre el compuesto que conocía como "pólvora", y le ayudó en la reproducción de dicho compuesto usando elementos de este lado. Milton había sido la persona más importante para él desde que estuviera aquí, pero ahora... ahora Milton estaba muerto.

Le cerró los ojos sutilmente. Se puso de pie con esfuerzo y se acercó tambaleante aún hasta el hombre que había derribado. Le extrajo de sus ropas el cuchillo que había utilizado para degollar a los estudiantes de la Organización y se propuso abandonar aquél sitio. Llegó a la puerta y dio un último recorrido con la mirada a la misma. Vio a Eudes, ex-socio de Leaubry, a los estudiantes asesinados a sangre fría, al matón inconsciente y con la cara destrozada en el piso, y junto a un montón de trozos de vidrio y de sustancias de colores esparcidas, el cuerpo de Milton. "Proteger a Rika". Milton gastó sus últimas energías en pedirle aquello. Decidido, cruzó la puerta, con cuchillo en mano y con sus dos objetivos inmediatos en mente: escapar de aquel lugar y encontrar a Rika, quienquiera que sea y dondequiera que se encuentre.



martes, 28 de octubre de 2008

El Fénix rebelde.

La tienda de antigüedades "El Fénix" (donde lo antiguo renace) terminaba un nuevo día de ventas. Su dueño, un antiguo y conocido hechicero en Astadia, y que hace años había abandonado el camino de la magia, cerraba las cuentas del negocio con una seriedad inusual. Tagh Amarath, el hombre calvo de tatuajes llamativos, terminó de contar el dinero y cerró los ojos en un silencio total. «Ya es hora».

Se dirigió al cuarto tras la tienda, el que usaba como dormitorio. Su cama, una pequeña mesa con su silla, algunas ropas y un pequeño cofre intentaban abarcar el espacio de aquella habitación sin ventanas. Con suma solemnidad se acercó al cofre y lo abrió. En él, una túnica de un vivo color rojo, una vestimenta que usó durante gran parte de su vida, que distinguió siempre a los de su clase. Lentamente dejó las ropas ordinarias para vestirse con la fina y llamativa tela de rojo. «Ha llegado el momento de actuar una vez más. Está ante mí la última oportunidad con la que cuento para enmendar mis errores...»

Dejó la habitación y volvió a la tienda, tomó algunos pergaminos que había en unos estantes y se hizo de un pequeño báculo gris y feo que colgaba inadvertido entre otros trabajos más llamativos y esplendorosos. Luego de ello, dejó el Fénix sin preocuparse de cerrar con seguro. Probablemente no sería necesario.

En las calles del tranquilo pueblo de Rídimas camino a Corión el silencio era total, como de costumbre. Todas las actividades habían terminado al caer la noche, como cualquier otra jornada. Amarath cerró los ojos un momento buscando un poco de tranquilidad, pues a pesar de todo la ansiedad y el miedo a lo que estaba a punto de venir estaban causando estragos en su interior. Abrió los ojos justo para apreciar que llamaradas comenzaban a extenderse a sus alrededores, encerrándole a él y a una nueva figura aparecida en un círculo de fuego danzante.

- Bien, bien, veo que esperabas mi visita, viejo Amarath. No sé cómo le haces, pero sin duda es un arte que me gustaría aprender... supongo que sabes a qué he venido entonces.

Amarath vio frente a él todos sus temores hechos realidad. La aberración de ver una vez más a Madul, su antiguo maestro y poderoso hechicero, frente a él le habían dejado helado. Mas sabía cómo ocultar sus emociones y con temple sereno y voz inquiebrantable habló.

- Sé muchas cosas, maestro, pero la razón de tu presencia en este lejano lugar no es una de ellas. Aun así, sé que no soy de ayuda en mi retiro, y lo que sea que vengas a pedirme me obligará a dejarlo, y no tengo intenciones de hacerlo. Por lo tanto, lo que sea que vengas a pedirme, la respuesta es no.

Madul miró a Tagh con sorpresa. Le hablaba con un extraño tono de voluntad, algo que no esperaba en uno de sus más fieles títeres. ¿Una negativa? ¿Qué se ha creído? Tomando una actitud burlesca, agregó.

- ¡Ha ha! Cómo te ha afectado el retiro, ¿eh? Deberías recordar que no soy de los que piden las cosas, que no vengo necesariamente a "pedirte" algo. Te acogí bajo mi poder cuando pude haberte destruido junto a tus debiluchos amigos, ¿recuerdas ahora? Así que nada de negarse, que lo que yo te ordene, tú lo cumples, ¿me oíste?

- He oído tus palabras, pero te lo aseguro: yo ya no estoy bajo tus órdenes -el rostro de Madul cambió drásticamente de burla a irritación -. Todo este tiempo me habéis engañado, y me habéis obligado a cometer actos impensables en contra de personas buenas e inocenes. Habéis hecho que todos estos años haya sido sólo un gran error.

- ¡Basura insolente! ¡Sabéis bien quién soy!

- Me has mostrado que eres uno de los Guardianes de Istal, y que para evitar la llegada del Áspero necesitabas mi ayuda... ¡Hiciste que traicionara a mis amigos, a Keithros, a Alia... a mis aprendices... a todo lo que quería! Me llevaste a traicionar a quien soy, y lo peor, todo en el nombre de Istal...

- ¡Ingenuo! Ése era el mandato de Istal para ti, y habéis cumplido bien. No importa nada más.

- ¿Era el mandato de Istal, o quizás... -Amarath hizo una pausa, concentrado en todos los movimientos y cualquier reacción que tuviera Madul, quien se veía cada vez más irritado -... era el tuyo, Guardián Caído?

Su precaución resultó adecuada, pues Madul al ser nombrado de tal forma reaccionó con ira y en primera instancia le arrojó una poderosa llamarada. Esperando algo así, Amarath abanicó el aire a su alrededor con destreza utilizando el viejo báculo que traía consigo, y una energía mágica detuvo el fuego que iba hacia él. Acto seguido extendió uno de los pergaminos que luego de formuladas algunas palabras se consumió y el hechicero se sefumó, sin dejar rastro alguno de su paradero.

Ya ofuscado, Madul buscó instintivamente a sus alrededores, y al no hallarlo la frustración y la ira se apoderaron completamente de él. No sólo no había conseguido con la ayuda de Amarath, sino que además ya se había rebelado y se había mostrado conocedor de uno de sus más grandes secretos. Y como Madul no presenta tolerancia a la frustración, pronto estalló en llamas todo lo que estaba a su alrededor. El Fénix y todo lo que le rodeaba quedó reducido a un montón de material ardiente, mientras Madul continuaba maldiciendo.

- ¡Serás cenizas, Amarath! ¡Te lo juro, caerás y serás nada!

Y el fuego comenzaba a extenderse por el resto del pequeño poblado, vidas de inocentes que habían sido puestas en peligro una vez más, deseos de una vida tranquilda deshechos y sueños de un futuro mejor perdidos.

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A un par de millas de Rídimas, el hechicero Amarath observaba el espectáculo de fuego que envolvía al pueblito que le había albergado durante los últimos años. Con pesar en su corazón, volteó la mirada y comenzó su caminar hacia Veldmor, la ciudad portuaria más importante de la antigua Corión. Desde ahí comenzaría su viaje por Dyloen, buscando más pistas que le llevaran a descifrar exactamente qué estaba ocurriendo con Madul y encontrar una forma de enmendar sus errores. Lo primero sería hallar a Zeltoss. Seguramente él también había sido engañado; si no, tendría que eliminarlo... sí, a él sí podría eliminarlo con sus habilidades.

Y así su nuevo camino había comenzado. Después de todo, sí dejó su retiro y volvió a convertirse en lo que esperaba jamás volver a ser: un Mago Rojo.



viernes, 29 de agosto de 2008

Conspiración VIII: Tranquilidad.

Rensic pudo acompañar a su rey hasta su encuentro con Sir Rodas. Cuando comenzaron a hablar, comenzó a sentirse mareado y poco a poco dejó de ecuchar tal conversación. Finalmente vio todo negro y perdió consciencia de sí mismo.

Cuando abrió los ojos, vio frente a él a una muchacha de su edad, pelo castaño claro y tomado, ojos almendrados, de un café delicioso. Llevaba un atuendo blanco, y jugaba con paños, agua caliente y algunos ungüentos. Ese rostro era conocido por él, era familiar.

- Rika...

- ¡Hey! Haces que me sonroje...

Rensic despertó de súbito, dando un respingo y retrocediendo un poco por el suelo de piedra. El sonrojado era en realidad él.

- ¡N... no me malinterpretes! Y... yo sólo...

- ¡Ja ja, obvio que sólo dijiste mi nombre! No dejas de caer, ¿verdad?

Era verdad. Desde su llegada a la Organización Schellden que le ha repetido la misma frase, y siempre ha caído en el juego de Rika Mingston, hija menor de una acaudalada familia de Bridom, en Oryan. Junto a ella se encontraba un soldado, el que reconoció como Benet.

- Saludos, Rensic. El rey me dejó el recado de que apenas te sintieras mejor, fueras al palacio a hablar con él. Seguramente te recompensará por tu participación en los hechos.

Rensic no dijo nada. Sólo quedó mirando cómo Rika le tomaba el brazo herido con delicadeza, le quitaba la venda provisional que le había puesto el rey Daylon y le limpiaba la herida con un paño y agua tibia. Miró luego a Benet y le dijo sonriendo.

- Así lo haré, Benet. Gracias por el recado.

Benet se despidió formalmente de ambos y continuó con sus deberes. Tenía mucho que hacer todavía. Aún quedaba la dura tarea de informar a las familias correspondientes sobre el triste destino de los caídos. Pero estaba aliviado, aliviado depués de todo lo que había ocurrido, y todo lo que se había revelado en poco tiempo. Todo pudo haber sido mucho peor. Gracias a Dios que no lo fue.

Cuando Rika terminó de limpiar la herida, sacó de su bolso de medicinas un pequeño frasco con un ungüento color azul verdoso. Lo destapó y luego con una mano tocó la herida de su amigo, viendo su reacción.

- ¿Te duele mucho? -preguntó Rika.

- La verdad es que ya no mucho, como que se me durmió el braz... ¡AAAHHH!

Rika había aplicado el ungüento en la herida, un preparado de merinia especial para ayudar a la desinfección y cicatrización natural, pero que producía un dolor agudo en las heridas abiertas. Además, Rensic de pronto sintió un agudo dolor localizado en la parte superior de su cabeza. Este dolor no se trataba de una herida ni de un efecto secundario de la merinia, sino del fuerte coscorrón que su amigo Aisac le acababa de propinar.

- No seas escandaloso y deja de gritar como una niña, ¡ja ja!

- ¡Auuu! ¡Eso duele!

Rensic se sobaba la cabeza con la mano de su brazo sano. Aisac había aparecido tan sonriente como siempre, como si no hubiera pasado nada.

- Así que después de todo era verdad lo de la conspiración. ¡Ja ja! Dicen que de los tres involucrados, Sir Grendell está muerto, Sir Rodas fue arrestado y el capitán D'Aubigne logró huir...

- Lo de Sir Grendell es verdad... -dijo Rensic.

- Lo de Sir Rodas también... -agregó Rika.

- ¡Qué lío, ja ja! Pero tú ahora eres un héroe. Seguramente el rey te recompensará bien. ¡No olvides que yo también ayudé, eh!

Rensic nunca se ha acostumbrado al inherente entusiasmo de su compañero.

- N... no sé... me alegra saber que mi vida no corre peligro...

- Tendrá una bella historia para contarle a sus hijos y nietos, joven Rensic.

Una cuarta voz, más madura que la de los tres jóvenes, se unía al hilo de la conversación. Cuando los tres se giraron, vieron a Mildred Schellden, con sus característicos traje, bastón y sombrero de copa.

- Me llena de orgullo que limpiara su nombre y el de la Organización de los sucios rumores que ya habían empezado a circular por la ciudad. También creo que merece un premio. Pase por mi oficina cuando se encuentre con una mejor disposición.

Mildred saludó a los tres muchachos mientras dirigía sus pasos hacia el instituto. Por su parte Rensic se hallaba perdido en dos palabras que Mildred había dicho: «¿hijos?», «¿nietos?». Cuando el Mildred se hubo alejado lo suficiente, Aisac sonrió aún más (¿era eso posible?).

- Jo jo, sí que estás de suerte, amigo. Reconocido no sólo por el rey, ¡sino por también por el mismísimo Mildred Schellden! Las chicas te lloverán del cielo ahora...

- ¡Oh, cállate! -replicó Rika -. Es obvio que es lo que menos le importa, ¿verdad Rensic?

Rensic seguía perdido en "hijos" y "nietos".

- ¡¿Verdad, RENSIC?!

- ¿Ah? Ah... sí... ya no me duele tanto...

Aisac y Rika se miraron, y luego se echaron a reír. Rensic no comprendía que había pasado, pero al ver a dos de sus amigos a su lado riendo le hizo al fin tranquilizarse del todo. Sonrió un poco mientras intentaba adivinar qué fue lo que les causó tanta gracia. Seguramente había dicho algo fuera de lugar, aunque no estaba seguro qué. Después de un momento, Aisac le ayudó a ponerse de pie y le ayudó a limpiarse las ropas.

- Será mejor que te vayas a descansar -propuso Rika-. Fue una mañana demasiado agitada para alguien como tú, Rensic.

- S... sí. Creo que dormiré por muuucho tiempo. G... gracias por todo Rika -y dirigiéndose luego a Aisac -, y gracias a ti también, amigo. D... de verdad sin ti jamás lo hubiera logrado.

-¡Jo jo, eso ya lo sé! No olvides contárselo también al rey y sobre todo al Sr. Schellden, ¿eh?

Aisac acompañó a Rensic hacia el instituto mientras seguía recordándole que él también participó en acabar con la conspiración. Por su parte, Rika, luego de observar a los dos muchachos alejarse, suspiró y volvió a sus tareas atendiendo a los hombres vencidos por el prófugo capitán Joseph D'Aubigne.


viernes, 8 de agosto de 2008

Conspiración VII: Falsas apariencias.

- Mi rey, ¿se encuentra usted bien?

Uno de los guardias que habían permanecido en pie luego de la traición hacía caso omiso a sus propias heridas para centrarse en el estado de su rey Daylon Ambrós. Éste, con sus ropas manchadas con la sangre de Sir Grendell, el hombre que había intentado quitarle la vida, observaba a su agresor caído frente a él; cómo la vida se había desvanecido de quien, en el fondo de su corazón, el rey rogaba que fuera de los suyos. Aún con la cabeza dándole vueltas, observó el salón del trono hallando a varios de sus guardias caídos, así como también algunos de los hombres del traidor. De paso, observó también a Rensic, que se hallaba horrorizado, aún en su lugar. Sin embargo, no halló señal alguna ni de Sir Rodas ni de D'Aubigne.

- ¿Mi rey?

Daylon se giró hacia el guardia que le dirigía la palabra. Sin responderle, le habló.

- Habéis luchado formidablemente, vos y vuestros compañeros. Sois dignos de mi gratitud. Pero nuestra labor no ha acabado aún. El capitán D'Aubigne y Sir Rodas también son traidores y deben ser detenidos. Si tenéis aún fuerzas, os ruego que me acompañéis a repartir justicia.

- ¡Sí, mi rey! ¡Sin lugar a dudas!

Clamó con decisión el guardia, seguido por sus otros dos compañeros aún en pie. El rey, satisfecho, dirigió su mirada a Rensic y le habló a la distancia.

- Joven Rensic, acompañadnos. Vuestro rol es fundamental en estos momentos.

- E...ehh... ¡sí señor...!

Rensic se puso de pie de un salto y corrió hasta reunirse con el rey y los tres guardias. Pronto los cinco comenzaron a correr hacia la salida, tras las huellas de los traidores que habían huido de palacio.

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Los dos guardias reales habían regresado a sus posiciones de costumbre en la entrada a palacio, luego de los hechos que habían estremecido la normal quietud de la que estaban acostumbrados. El rey habíales dado instrucciones estrictas de no comentar nada acerca del caso Rensic, y así habían hecho, sin siquiera comentarlo entre ellos mismos. El portón que a varios metros separaba el terreno de palacio con el camino de la ciudad estaba cerrado nuevamente, y los dos guardias que la resguardaban desde el otro lado también habían vuelto a sus labores. Entonces el día continuaba como cualquiera otro, como si nada hubiera pasado.

Pero no tardó en cambiar nuevamente; detrás de ellos venía la avalancha. El capitán Joseph D'Aubigne pasó corriendo a gran velocidad por entre los dos soldados sólo seguido por el centelleo de su espada. No alcanzaron a reaccionar siquiera cuando uno de ellos se tiñó de rojo y cayó al suelo producto del profundo corte recibido en el cuello. El otro guardia apenas pudo observar cómo las armas de dos compañeros que venían desde el interior le atravesaban el torso y el cráneo mientras seguían corriendo hacia la salida siguiendo a su capitán. Detrás de estos últimos, Sir Dargar Rodas les hacía persecusión, con su espada empuñada, buscando la muerte de cada uno de los traidores.

- ¡Deteneos, cobardes, y luchad como hombres!

Los gritos de Sir Rodas alarmaron a los guardias detrás de la puerta. Uno de ellos comenzó a abrir la puerta con la intención de ver qué estaba ocurriendo, pero sólo vio cómo la espada del talentoso capitán le rebanaba el pescuezo. Éste, como todos sus cortes, fue tan perfecto que la sangre comenzó a brotar varios segundos luego de efectuado. D'Aubigne , hábil, pasó por la abertura de la puerta sin dificultad, por sobre el hombre que acababa de herir mortalmente. Por otra parte, el segundo guardia dio algunos pasos hacia atrás desconcertado por el sorpresivo ataque del capitán. Los dos rufianes de D'Aubigne, sin la misma habilidad de su superior, no fueron capaces de pasar la puerta apenas abierta con la misma facilidad que él, y uno de ellos fue alcanzado por Sir Rodas, quien le tomó del uniforme y le lanzó de nuevo hacia el interior. No dudó un segundo en usar su arma para acabar con el infeliz, aunque éste en su desesperación imploró por piedad. Una vez que se aseguró que el traidor estuviera muerto, ordenó al guardia que quedó con vida que diera el aviso de cerrar las puertas de la ciudad mientras continuaba con la persecusión de los dos hombres que aún escapaban.

¿Pero hacia dónde escapaban? Las tres vías posibles de salida de los muros interiores de la ciudad eran la oeste que era el camino directo a Itaros, pero se halla tras el palacio, en dirección opuesta a la que se dirigía D'Aubigne. ¿Al este entonces? Pero ese camino es el que lleva a Cuset, donde se encontrará con gran parte de los hombres más leales al rey, y sería un largo camino para dejar Caerllion. El camino obvio por el que intentaría escapar D'Aubigne entonces era el del sur, el que llevaba a Düsk, una de las ciudades más importantes del clan Galhador de Surgas, principal opositor a la alianza de Caerllion. Sin embargo, tampoco debería resultarle fácil llegar hasta ese lugar. El camino hacia las puertas del sur siempre era vigilado por bastantes soldados, y si llegara a cruzarlas, tendría que pasar por Lircay, el puesto fronterizo comandado por el poderoso caballero Sir Gardum.

Para allá se dirigía. Más veloz que su camarade, D'Aubigne dirigía sus pasos hacia las puertas del sur a la vista de los ciudadanos atónitos. Algunos guardias quedaban tan perplejos como los habitantes de Caerllion, pero otros reaccionaban a tiempo e intentaban detener el paso del capitán y su secuaz. Claro, intentaban nada más, pues en cada encuentro, de un golpe certero D'Aubigne les dejaba fuera de combate. Sin embargo, en cada encuentro, Sir Rodas se acercaba unos segundos más a su objetivo. El secuaz de D'Aubigne, cansado ya después de todo lo que había ocurrido, fue derribado por el implacable golpe de un guardia, quien le desarmó e inmovilizó sin dificultades, mientras veía a su lado pasar corriendo al jefe de seguridad de Caerllion tras el que ahora era el único fugitivo.

D'Aubigne llegó a las puertas del sur con suficiente ventaja del caballero que iba tras él, pero las puertas estaban ya casi cerradas. Se movió rápido para reducir a los soldados que cerraban las puertas e intentó hacerse de un caballo dejado en el portal. Mas, fue finalmente interceptado por Sir Rodas. Estaban uno frente al otro, con sus espadas listas para iniciar el enfrentamiento definitivo.

- Ua, trés bien. Me alegra que me haya seguido hasta este lugar, Monsieur.

- ¡Calla, traidor! Habéis corrompido al leal de Grendell y le habéis llevado a una muerte deshonrosa. No permitiré que dejéis Caerllion con vida. ¡Os mataré aquí y con mi propia espada!

- No, Monsieur. Dejaré esta apestosa ciudad, porque usted no podrá detenerme, se lo aseguro. Debería pensar mejor en cómo escapará usted, ya que también es un traidor.

- ¿De qué habláis, idiota? Soy el más leal al rey, y también soy su amigo. No tengo por qué pensar en escapar. Él confía en mí.

- Oh, oui. Por su bien que así sea. Ahora debo retirarme, con su permiso...

D'Aubigne atacó con un veloz ataque que Sir Rodas no sin dificultad evadió. El caballero se prestaba a contra-atacar, pero la espada del capitán estaba nuevamente yendo hacia él. Un ataque tras otro no daba posibilidad a ninguna clase de contra-ataque por parte de Sir Rodas, quien veía su técnica sobrepasada por la del mejor duelista de Oryan. Luego de sólo unos segundos, el caballero estaba en una posición totalmente defensiva, sólo esquivando y bloqueando los continuos embistes de D'Aubigne. Sin embargo, de un momento a otro, las ráfagas cesaron. Sir Rodas, aún en su posición defensiva y algo agotado, vio cómo D'Aubigne montaba su caballo y le dirigía una última línea.

- Adieu, Monsieur Rodas. Fue un gusto haber trabajado con usted. Au revoir!

Se despidió con la mano y comenzó su escape por la puertas del sur que habían quedado un poco abiertas. Sir Rodas, por su parte, había fallado en su objetivo de detenerle, pero era consciente que si el duelo se hubiera prolongado un momento más, su guardia habría cedido y habría sucumbido ante el experto espadachín. A su lado llegaron dos soldados que le asistieron. Seguramente D'Aubigne dejó de atacarle por ellos, no porque no pudiera contra los tres, sino porque le tomaría más tiempo vencerlos, y justamente tiempo era lo que no podía darse el lujo de perder. Escapar era su prioridad y así lo hizo apenas consiguió agotar al caballero. Ahora había escapado, dejando tras de sí a muchos soldados heridos, y a un pueblo paralizado, curioso de saber qué era lo que había ocurrido.

A las puertas del sur llegó un instante después el rey Daylon Ambrós, seguido de dos guardias reales con sus espadas en mano y un cansado Rensic. Sir Rodas contempló a su rey que se dirigía hacia él, con el semblante serio y duro. Cuando estuvo a una distancia prudente, el caballero habló fuerte, pero con un tono de evidente duda.

- Escapó, mi Señor. No fui capaz de detenerlo.

- Eso puedo ver -el rey hablaba sereno-, y por alguna razón que desconozco vos no lo habéis hecho. Es curioso... de todas formas -dio una señal a los dos guardias que le seguían y a los dos soldados que estaban junto a Sir Rodas-, quedáis arrestado bajo el cargo de traición.

La sorpresa en el rostro de Sir Rodas fue evidente.

- Pero mi Señor... ¿cómo puede siquiera pensar que le he traicionado...?

- Cerrad la boca, Dargar. Habéis desobedecido mis mandatos y habéis actuado en todo momento a favor de Grendell y de D'Aubigne. Habéis demostrado impensables negligencias en vuestro cargo que han facilitado las tareas de los traidores, y habéis actuado a consciencia para protegerles y atentar contra mi propia vida. A mis ojos ahora sois igual que Grendell, igual que D'Aubigne, y pagaréis por sus crímenes y por los vuestros. ¡Arrestadlo!

- ¡Sí, mi rey!

Los dos guardias, con sus armas en mano se acercaron a Sir Rodas violentamente. Los dos soldados que estaban junto al caballero dudaron un poco. Después de todo, habían visto combatir al capitán con el caballero y definitivamente no se veían amistosos. Sir Rodas no dejó su espada y dio un paso hacia atrás, amenazando con su arma a los dos guardias que intentaban aprehenderlo.

- ¡Mi rey! ¡Daylon! Clamo por vuestra sensatez. Yo también he sido engañado por Grendell y D'Aubigne, al igual que usted. Juro por mi vida que no tuve que ver con esta conspiración...

- He dicho que cerréis la boca, Dargar. Si de verdad os declaras inocente, entregad vuestra arma y no opongáis resistencia. No deseo que se derrame más sangre por vuestra insubordinación.

Sir Rodas estaba desesperado. Definitivamente su rey, su amigo, le creía culpable de traición, de ser parte de la conspiración de Sir Grendell y el capitán D'Aubigne, y no había forma de quitarle esa loca idea de su cabeza.

- Última vez que lo digo, Dargar. Entregad vuestra arma y entregaos, o sufriréis las consecuencias.

El caballero, con su espíritu destrozado, desilusionado por la decisión de su rey, dejó la postura de combate, extendió su brazo derecho con la espada empuñada y la dejó caer sobre el camino de piedra. Los dos guardias reales le tomaron de los brazos y uno de ellos se apresuró en aprisionar las muñecas con sendos grilletes. Varios guardias reales habían llegado al lugar, listos para tomar al prisionerlo y llevarlo a los calabozos. Comenzaron su camino entonces hacia las celdas de los criminales de Caerllion, muchos de los cuales él mismo había sentenciado. Pasó frente a su rey y le dirigió una última mirada.

- Esto es un error, mi Rey...

Daylon no respondió ni le dirigió la mirada. Sir Rodas así se perdió por la calle principal, escoltado por los dos guardias reales y los otros dos soldados tras ellos. Con todo lo que había pasado, el lugar estaba repleto de ciudadanos y soldados de seguridad intentando que todo volviera a la calma. El rey entonces se dirigió a los dos guardias reales que aún estaban junto a él.

- Habéis hecho una excelente labor, y estoy en deuda con vosotros. Tendréis una generosa recompensa por lo que hoy habéis hecho, por vuestra determinación y coraje en momento de crisis. Ahora id y tratar vuestras heridas, y tomad el resto del día libre. Id con Dios.

- ¡Sí, mi Rey. Gracias!

Los dos guardias hicieron una reverencia y se dirigieron hacia un grupo de curanderos que estaba atendiendo a los soldados que D'Aubigne había derrotado en su escape. Pronto, otro soldado llegó hasta Daylon.

- Mi Rey, os traigo el reporte preliminar de los incidentes. En total veintitrés hombres resultaron heridos: quince guardias de seguridad, cinco guardias reales y tres hombres del capitán D'Aubigne. Además, doce hombres resultaron muertos: tres guardias de seguridad, siete guardias reales y dos hombres del capitán D'Aubigne. Sólo dos ciudadanos resultaron con lesiones y no hubo bajas civiles.

El rey escuchó el informe que el soldado le había entregado mientras echaba un vistazo a sus alrededores. Los civiles viendo el espectáculo a través de un muro de guardias de seguridad que impedían el paso, cómo los soldados heridos cercanos eran atendidos por curanderos y cómo ya algunos hombres de fe se habían acercado a los que habían perdido la vida para despedirlos como corresponde y que sus almas puedan descansar. No podía ser que esto hubiera ocurrido en la pacífica Caerllion, ejemplo de paz y prosperidad.

- Gracias por la información, Benet. Procurad informar a las familias sobre los decesos y dadles mi pésame por lo ocurrido. Luego veremos cómo compensar estas pérdidas en tiempos de paz... también decidle a Rensic que trate sus heridas y que se dirija a palacio a hablar conmigo apenas se sienta tranquilo y descansado.

- Sí, mi Señor.

El soldado Alfred Benet hizo una reverencia a su rey y buscó inmediatamente a Rensic. Le halló muy cerca, aunque ya no estaba de pie. Había finalmente agotado todas sus energías y había caído al piso con la consciencia perdida.