Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto, había sido llamado junto a sus jinetes por el gobernador de Diomo, con el único objetivo de erradicar al par de individuos que había llevado a la ciudad al desastre. No era tarea fácil, para nada. Había oído hablar de Clyf y Cid Dubois, dos de los más grandes hechiceros de estos tiempos, y los relatos de su poder combinado traspasaba las fronteras de Uknean, llenando de temor a los kibetanos cercanos a la ciudad portuaria. Sacarlos de la ciudad por las buenas o las malas era una jugada arriesgada de parte de las familias acomodadas de la región, pero era lo único que les quedaba por hacer.
Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.
Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.
Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.
Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.
Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.
- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?
Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.
- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.
El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...
En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.
- Me la llevo.
El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.
- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...
- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.
Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.
- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.
- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?
- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!
A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.
- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.
Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.
- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.
La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.
- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.
- ¡Claro, jefe!
Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.
- Clyf...
Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.
- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?
- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!
- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...
El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.
- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...
El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.
El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.
- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!
Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.
Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.
Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.
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Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.
Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.
- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?
Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.
- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.
El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...
En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.
- Me la llevo.
El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.
- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...
- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.
Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.
- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.
- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?
- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!
A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.
- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.
Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.
- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.
La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.
- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.
- ¡Claro, jefe!
Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.
- Clyf...
Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.
- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?
- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!
- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...
El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.
- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...
El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.
El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.
- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!
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