miércoles, 26 de agosto de 2009

Fin de semana en Diomo: Ajuste de cuentas.

Llegaron a puerto a la hora programada. El mercado empezaba a ganar vigor a esas horas, y la mercancía había llegado a tiempo. Cuando el capitán abandonó la cubierta y comenzó a hablar con un comerciante flacucho y débil, Phill abandonó la barcaza y se escabulló rápidamente por algunas callejuelas. Ahora que al fin había llegado a Diomo, era el momento de hallar a sus dos próximas víctimas. No sabía exactamente por dónde comenzar. No sabía exactamente qué hacer en esta sociedad que conocía por primera vez. Pero era cierto que en esas tierras nadie le conocía, y nadie sospecharía de él, sobre todo cuando los ropajes negros son más comunes de lo que había esperado. Encontrar a sus víctimas era cuestión de tiempo, lo sabía. Había escuchado que son dos de las figuras más conocidas de la costa oeste, y que mantener un bajo perfil no era precisamente uno de sus mayores intereses. Sólo debía confundirse con los pueblerinos y esperar a que sus presas hicieran su aparición. Así lo hizo. Se despojó de su máscara y puso su mejor cara de buena persona y empezó a recorrer el mercado.

En el mercado encontró varios objetos que le interesaron. Dagas doradas con filos perfectamente trabajados. Anillos que presentía podían tener imbuidas algunas propiedades mágicas. Pergaminos de hechizos simples que en más de una ocasión le han salvado el pellejo. Joyas. Venenos. Por unos segundos recordó a Klain, su antiguo compañero de fechorías, y sospechó que quizás había cometido un error al deshacer su sociedad. Con él aún cerca, todos esos objetos de interés ya serían suyos... sin tener que derramar una gota de sangre por ellos.

De pronto, un grito desgarrador seguido de un chillido de mujer llamó la atención de todo el mercado. Se movió ágil hasta su origen y pudo observar con perfecta claridad cómo Cid Dubois, presa número uno, destruía el espíritu de un comerciante. Una joven atrás no podía contener su terror. Cuando Cid soltó al hombre y le pateó hasta dejarlo en una posición extraña, todos los pueblerinos y guardias, a pesar del acto criminal, continuaron impotentes sus actividades rutinarias. Aquello parecía ser algo recurrente en el pueblo de Diomo. Le empezaba a seducir tal ostentación de autoridad y poder. Luego, tres hombrecillos tomaron a la mujer y se la llevaron a la fuerza por los caminos hacia un destino desconocido.

Luego fue una explosión la que captó sus sentidos. Más allá del mercado divisó una columna de humo que provenía desde el muelle donde había llegado. Vio que su presa se encaminaba hacia esa dirección, y pensó en seguirle, pero había algo que debía hacer antes, para asegurarse que algunos indiseables se involucraran. Se adentró en un sector residencial por donde creyó que los hombrecillos se habían perdido. Con gran rapidez les dio alcance y se interpuso en su camino. Puso su mano derecha por entre sus ropas.

- Eh, ustedes tres...

Los tres mequetrefes de los hermanos Dubois se sorprendieron al ver aparecer de la nada a un individuo que jamás habían visto en sus años en Diomo. Y lo peor... ¡les hablaba como si fueran cualquiera! Uno de los tres hombres dio un paso adelante y airado contestó.

- ¡¿Qué demonios?! ¿Acaso no sabes quiénes somos? ¡Sal de nuestro camino, o le informaremos a los amos Dubois para q... *Ggh*!

«¿Los amos Dubois, eh?» No pudo continuar hablando. Su garganta había sido perforada por un kunai lanzada por Phill. Los otros dos mequetrefes no reaccionaron a la agresión y pronto sintieron sus corazones ser atravesados por dos filosas cuchillas que Phill lanzó un instante después. Unos segundos más tarde, sólo se mantenían en pie Phill y la muchacha, paralizada por el horror y el miedo. Se acercó hasta los individuos sin siquiera mirar a la joven y les retiró los cuchillos de sus cuerpos. Luego de limpiarlos con las mismas ropas de sus víctimas, los volvió a guardar. Lo mismo hizo con la kunai. Luego de sacar algunas monedas de cobre de los cuerpos, partió velozmente hacia el muelle. Con suerte, aún estarían sus presas en ese lugar. No había tardado más de dos minutos en terminar esta pequeña actividad. La joven, en tanto, cayó de rodillas aún sin habla, viendo cómo ése hombre que le había salvado de las garras de los hombres de los hermanos Dubois se alejaba por las calles del sector. Con la sangre fresca de tres hombres a su alrededor, la crudeza de lo que había vivido vino de golpe y acompañada de los tres cuerpos empezó a llorar.

Cuando Phill llegó al muelle, vio a Cid Dubois contemplando a Clyf, su segunda presa, quien estaba enfrascado en una pelea contra el mismo capitán del barco en el que había llegado. Se sonrió indisimuladamente y extrajo su máscara de sus ropas. Por fin vería con sus propios ojos el poder de los hermanos Dubois, y pronto llegaría el momento de entrar en acción y dar el golpe que culminaría su misión en estas tierras.


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Balthasar ya estaba más tranquilo en las puertas de bienvenida a Diomo. Si bien ya estaría varias leguas alejado de Diomo si de él dependiera, la seguridad que transmitía la figura noble y poderosa del jinete que le habái escoltado le hacía respirar con más naturalidad, aunque no por ello disipando sus constantes temores. Wazir había escuchado que era su nombre. No debería tener más de veinte años, pero tenía la entereza y el porte de un veterano. Era alto, y tenía su cabello castaño algo corto. Su piel morena sin embardo indicaba raíces fuera del continente. Un mestizo. Seguramente con madre o padre surgasino.

Apoyado en un pilar de piedra, Wazir descansaba con los ojos cerrados, con una mano tras su cabeza y con la otra jugando con un trozo de paja.

- Gracias por traerme hasta aquí, gran guerrero. Aquí me siento algo más seguro.

- No me des las gracias a mí, sino a Mu'in. Si por mí fuera, ni siquiera te habría dirigido la palabra -Wazir ni siquiera había abierto los ojos. Hablaba con un tono sereno a pesar de lo hostil de sus palabras -. Detesto a los cobardes, es verdad, pero detesto aún más a los que no son capaces de controlarse a sí mismos.

Hubo un momento de silencio. Balthasar tenía la vista clavada en el piso, avergonzado por su cobardía. La verdad es que nunca podría comprender de dónde reúnen tanto coraje los hombres de guerra como para dar la vida en una batalla. Wazie abrió un ojo y vio el estado depresivo del comerciante. Suspiró y entrelazó sus brazos sobre su pecho.

- Ok, ok. Ahora estás más calmado, ¿no? Explícame qué es lo que sucedió en el muelle.

Un escalofrío recorrió la espalda de Balthasar. De inmediato un sudor frío le cubrió la frente. Intentando ordenar sus pensamientos aplacando sus propias emociones, empezó a hablar.

- La verdad es que lo que ví no fue mucho, pero fue lo suficiente para desear jamás haber puesto un pie en Diomo...


-- o --


Mu'in estaba de regreso cabalgando en su caballo. Seguía junto a sus jinetes a galope sereno hacia el muelle, pasando entre civiles y guardias petrificados del miedo, rezando para que Cid y Clyf se calmaran y no siguieran destruyendo la ciudad. Ya presentía que llegaría al lugar de los hechos en medio de una batalla, pero no podía imaginar contra quién. ¿Era la intensidad de esta batalla el común en los conflictos con los hermanos Dubois, o en esta ocasión alguien realmente poderoso les habría dado real pelea? No llegó a una respuesta, ni lo pensó demasiado. Tenía una misión de personas importantes, con grandes regalías por recibir y crímenes por perdonar.

Faltaba poco para llegar a muelle, y de súbito las explosiones cesaron. Aún se podían escuchar algunos gritos y sollozos, pero ningún signo de que la destrucción siguiera. Al parecer la lucha había terminado. Cuando Mu'in llegó a su destino quedando frente al mar, pudo ver el alcance de lo que había ocurrido: trozos de madera y restos del piso de piedra esparcidos por todo el lugar. Algunas viviendas habían recibido impactos increíbles y algunas habían perdido prácticamente toda una pared. Las primeras tiendas del mercado estaban completamente destruidas, con sus mercaderías destrozadas, inservibles. Un montón de maderos y telas flotando en el mar, de lo que en algún momento debió ser un barco. En el muelle, un solo hombre, con algunos años a cuestas, musculoso y con una bandana naranja cubriéndole la cabeza. Sangraba de una herida en su hombro izquierdo, pero no parecía darle importancia. Tenía una patata ensartada en un trozo de madera, la cual tenía sobre un madero prendido en fuego. Cuando vio a Mu'in y sus jinetes acercarse, les miró con una sonrisa en el rostro y levantó la patata hacia ellos.

- ¡Eh, jinete, llegas tarde! Te has perdido de la más espectacular pelea que haya visto en mi vida. ¡Ha ha! Eh, ¿quieres una patata asada? XD



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