La puerta se cerró suave, mientras la mano de un desconocido usaba una fina llave para asegurar la entrada. Rensic en tanto, de espaldas en el piso alfombrado, apenas podía respirar y mantenía los ojos cerrados; recuperaba el aliento. Su herida en el brazo izquierdo aún sangraba, y las pequeñas gotas de iban escurriéndose por la ropa cortada iba cayendo, cambiando el color del fino trabajo. Luego escuchó alboroto, el paso escandaloso de varios hombres cruzando el corredor. Pensó de inmediato en sus nulas posibilidades de salir airoso en su campaña y en su segura captura si no hubiera interferido esa persona y le hubiera salvado el pellejo. Abrió los ojos lentamente para ver por primera vez a la persona que le había rescatado. Sólo abrió un poco los ojos, pero fue suficiente para verlo con claridad. Sus pupilas se dilataron y su expresión cambió drásticamente. El asombro en su mirada era evidente. El hombre puso su índice cruzando sus labios en gesto de guardar silencio mientras prestaba atención a todos los movimientos de los hombres tras la madera de la puerta. Pronto el silencio reinó tanto en la habitación como en el pasillo, y Rensic, con parte de su aire recuperado, se había repuesto y se hallaba sentado en el suelo. Sin embargo, aún estaba con su mirada fija en el hombre en la puerta y no era capaz de formular palabra alguna.
- Me pregunto, pequeño conocedor, las razones de vuestra presencia en estos aposentos.
Los cabellos largos y oscuros de quien fuera Daylon I, rey de Caerllion, descansaban libres sobre los fuertes hombros de un guerrero. Las grandes pero elegantes manos jugaban con la llave que había sellado la habitación y un traje azul con bordes dorados se hallaba levemente manchado con la sangre del salvado. Su mirada estaba perdida mientras confirmaba que quienquiera que estaba afuera se hubiera marchado ya. Luego de un instante su atención se centró en el joven Rensic.
Sí, Rensic ya estaba ahí, frente a quien quería, necesitaba ver, con todas las intenciones de revelar el secreto que había descubierto. Mas su personalidad tímida y cobarde regresó de súbito y ahora estaba ahí, frente a su rey, dominado completamente por el pánico, sin poder pensar ni actuar a voluntad.
- Me pregunto qué alarma puede levantar en mis hombres mejor entrenados un pequeño y tímido estudioso como vos...
Los ojos del rey, que recorrieron a Rensic y se percataron de la herida, finalmente se dirigieron a los de Rensic, invitándolo a unirse a una conversación.
- Joven Rensic, ayudadme a responder mis interrogantes. ¿Sois vos por quien las sirenas han paralizado nuestra bella ciudad? ¿Sois vos aquel tan peligroso criminal que anda suelto por las calles?
Criminal. «¿Criminal yo?» Aquella palabra le regresó a la realidad. Recordó por qué había arriesgado todo por estar en ese lugar. Recordó lo que estaba en juego y lo que venía a hacer. Rensic se puso de pie, mostrando signos de dolor (por primera vez en la travesía). Desvió la mirada hacia el suelo apenas se percató de que Daylon le miraba fijamente. Buscó en vano las palabras adecuadas para referirse a su rey.
- C... creo que sí... o sea, no soy un criminal, p... pero sí soy yo a quien buscan... ¡Au!
El rey tomó de una silla una hermosa camisa de seda, seguramente de él mismo. Sin pensarlo dos veces rajó un trozo con sus fuertes manos. Se acercó al muchacho y le rodeó la herida con la tela varias veces mientras le respondía, para finalizar con un fuerte nudo.
- ¿Y cuál sería la razón de vuestra persecución? -para su tranquilidad, el rey se oía sereno, dispuesto a escuchar.
- P... por eso mismo estoy aquí, mi Rey... h... he descubierto una noticia terrible, y creo... creo que me quieren silenciar, señor... a toda costa...
- ¿Y de qué se trata esa noticia tan terrible de la que habláis?
Rensic tragó saliva y aspiró profundamente antes de responder.
- C... conspiración, mi Rey... S... sir Grendell es responsable de la muerte de Jarlians... le he escuchado de su propia boca... y planea la forma de acabar... de acabar con usted, su Majestad.
Hubo un silencio prolongado en la habitación. Rensic miraba atentamente a su rey, sin esperar en realidad ninguna reacción, en realidad no había pensado en nada para después de soltar la verdad. Por su parte a Daylon no pareció sorprenderle la "tan terrible noticia". Sólo siguió mirando al estudiante por un momento, luego perdió su mirada en algún punto ilusorio y resopló un par de veces antes de preguntar.
- ¿Y por qué, decidme vos, debería creer en la palabra vuestra que enjuicia el proceder de un caballero real, y que le acusa de alta traición? Decidme, ¿tenéis pruebas?
Rensic se derrumbó. Es verdad que arriesgó su vida en ir hasta la presencia de su rey para informar de lo que había oído, pero también es verdad que no tenía evidencia alguna que confirmara la información que acababa de entregar. Estaba con las manos vacías, frente a un rey que estaba poniendo en duda algo que él creía que iba a ser tomado como cierto sin ningún pero. El alma y la sangre pareció entonces abandonarle el cuerpo. El rey veía frente a él a un hombre pálido, perdido en un total desconcierto, con la desesperanza en cada rasgo de su rostro, cayendo de rodillas con la vista perdida, sin decir palabra alguna. Ya todo había terminado, de ésta no escaparía con vida.
Pero el rey sonrió, y tomando la llave en sus manos con firmeza, quitó el seguro de la puerta y la abrió.
- Solucionaremos este lío de inmediato. Venid, joven Rensic. Aclararemos los hechos frente a los involucrados.
Rensic no reaccionaba. Tuvo el mismo rey tomarle del brazo derecho y levantarle para que mecánicamente empezara a seguirle. Ambos salieron de la habitación, la cual cerró nuevamente con la llave que guardó en sus ropajes. Comenzaron entonces a caminar por el pasillo, en donde un par de guardias (los reales) miraban perplejos a su rey dirigiéndose hacia ellos con el fugitivo a su lado, tratado de sus heridas y sin muestras de resistencia. Junto a ellos pronto llegó Sir Rodas, con su arma empuñada, quien también se detuvo al contemplar la escena. A la distancia adecuada, Daylon saludó.
- Dargar, amigo mío. Me gustaría saber si estáis al tanto de lo que aquí sucede.
- ¡Mi señor! -habló con gravedad el caballero -. Tened cuidado, que aquel hombre es peligroso, ¡una amenaza!.
- ¡Ja, ja! Al parecer sois de verdad un inepto. Si fuera tan peligroso como decís, él ya estaría muerto, o yo en el peor de los casos. Hablad de amenazas cuando habléis de asesinos o verdaderos criminales. Ahora enfundad vuestras armas.
Si bien era una orden directa de su rey, Sir Rodas no estaba seguro si enfundar su espada era adecuado. Aunque Rensic no pareciera el criminal que se buscaba y el rey se sentía lo bastante seguro en su cercanía, su seguridad podría aún estar en jaque. Sin embargo, luego de oír las dos espadas de los guardias ser guardadas en sus fundas, finalmente siguió el mismo procedimiento.
- Muy bien, Dargar. Ahora si queréis hacerme un favor, reunid a cada hombre que envió Sir Grendell junto a Matt y llevadlos al salón del trono lo antes posible. Tened el cuidado de no mencionar la razón de su llamado -y dirigiéndose a los dos guardias -. Y vosotros, avisad que no seamos interrumpidos durante la entrevista, y luego volved a vuestras posiciones de vigilancia. No habléis con absolutamente nadie de lo que aquí ha pasado.
- Sí, mi Rey -dijieron los dos guardias mientras se retiraban. Sir Rodas seguía en su posición mirando fijamente a su rey.
- Y bien, Dargar. ¿Qué esperáis?
El caballero intentó encontrarse con los ojos de Rensic, pero aún se hallaba perdido en quizás otro mundo. Luego de un momento, miró nuevamente a su rey.
- Me preocupa que tome su seguridad tan a ligera. Es mi trabajo protegerle...
- Ya os lo he dicho, Dargar. Vos habéis fallado ya en protegerme. Dejad esa tarea en mis manos ahora, y haced lo que os he pedido.
Con molestia notoria en su rostro, finalmente Sir Rodas cedió.
- Sí, mi Rey, como su Majestad lo dicte.
Sir Rodas hizo una pequeña reverencia y luego de echar un vistazo sobre Rensic, bajó las escaleras de piedra a cumplir con su cometido. El rey miró a Rensic y le movió un poco.
- Veremos qué tiene que decir Grendell de vuestra grave acusación, joven Rensic, ¡ja ja!
Daylon comenzó a bajar las escaleras riendo, seguido por Rensic que no parecía escuchar nada y caminaba detrás del rey como por arte de un conjuro. El salón del trono no estaba muy lejos de donde estaban. Ahí se aclararían los hechos en muy poco tiempo.
-----
En la otra escalera en espiral, oculto tras los peldaños de piedra, la mirada del capitán D'Aubigne estaba atenta a los movimientos del rey, de Rensic y luego de los guardias y Sir Rodas. El problema se le había escapado de las manos, y seguramente terminaría mal para todos los involucrados. Sin nada qué hacer en ese lugar ya, apenas Daylon se perdió por la escalera en espiral del otro lado del pasillo, D'Aubigne pensó en sus posibilidades, bajó rápidamente las escaleras y dejó el palacio procurando no ser visto ni por el rey ni por Rodas. La balanza se había ladeado en su contra, pero no todo estaba perdido. Aún quedaba una posibilidad, seguramente la última y más arriesgada de todas.
- Me pregunto, pequeño conocedor, las razones de vuestra presencia en estos aposentos.
Los cabellos largos y oscuros de quien fuera Daylon I, rey de Caerllion, descansaban libres sobre los fuertes hombros de un guerrero. Las grandes pero elegantes manos jugaban con la llave que había sellado la habitación y un traje azul con bordes dorados se hallaba levemente manchado con la sangre del salvado. Su mirada estaba perdida mientras confirmaba que quienquiera que estaba afuera se hubiera marchado ya. Luego de un instante su atención se centró en el joven Rensic.
Sí, Rensic ya estaba ahí, frente a quien quería, necesitaba ver, con todas las intenciones de revelar el secreto que había descubierto. Mas su personalidad tímida y cobarde regresó de súbito y ahora estaba ahí, frente a su rey, dominado completamente por el pánico, sin poder pensar ni actuar a voluntad.
- Me pregunto qué alarma puede levantar en mis hombres mejor entrenados un pequeño y tímido estudioso como vos...
Los ojos del rey, que recorrieron a Rensic y se percataron de la herida, finalmente se dirigieron a los de Rensic, invitándolo a unirse a una conversación.
- Joven Rensic, ayudadme a responder mis interrogantes. ¿Sois vos por quien las sirenas han paralizado nuestra bella ciudad? ¿Sois vos aquel tan peligroso criminal que anda suelto por las calles?
Criminal. «¿Criminal yo?» Aquella palabra le regresó a la realidad. Recordó por qué había arriesgado todo por estar en ese lugar. Recordó lo que estaba en juego y lo que venía a hacer. Rensic se puso de pie, mostrando signos de dolor (por primera vez en la travesía). Desvió la mirada hacia el suelo apenas se percató de que Daylon le miraba fijamente. Buscó en vano las palabras adecuadas para referirse a su rey.
- C... creo que sí... o sea, no soy un criminal, p... pero sí soy yo a quien buscan... ¡Au!
El rey tomó de una silla una hermosa camisa de seda, seguramente de él mismo. Sin pensarlo dos veces rajó un trozo con sus fuertes manos. Se acercó al muchacho y le rodeó la herida con la tela varias veces mientras le respondía, para finalizar con un fuerte nudo.
- ¿Y cuál sería la razón de vuestra persecución? -para su tranquilidad, el rey se oía sereno, dispuesto a escuchar.
- P... por eso mismo estoy aquí, mi Rey... h... he descubierto una noticia terrible, y creo... creo que me quieren silenciar, señor... a toda costa...
- ¿Y de qué se trata esa noticia tan terrible de la que habláis?
Rensic tragó saliva y aspiró profundamente antes de responder.
- C... conspiración, mi Rey... S... sir Grendell es responsable de la muerte de Jarlians... le he escuchado de su propia boca... y planea la forma de acabar... de acabar con usted, su Majestad.
Hubo un silencio prolongado en la habitación. Rensic miraba atentamente a su rey, sin esperar en realidad ninguna reacción, en realidad no había pensado en nada para después de soltar la verdad. Por su parte a Daylon no pareció sorprenderle la "tan terrible noticia". Sólo siguió mirando al estudiante por un momento, luego perdió su mirada en algún punto ilusorio y resopló un par de veces antes de preguntar.
- ¿Y por qué, decidme vos, debería creer en la palabra vuestra que enjuicia el proceder de un caballero real, y que le acusa de alta traición? Decidme, ¿tenéis pruebas?
Rensic se derrumbó. Es verdad que arriesgó su vida en ir hasta la presencia de su rey para informar de lo que había oído, pero también es verdad que no tenía evidencia alguna que confirmara la información que acababa de entregar. Estaba con las manos vacías, frente a un rey que estaba poniendo en duda algo que él creía que iba a ser tomado como cierto sin ningún pero. El alma y la sangre pareció entonces abandonarle el cuerpo. El rey veía frente a él a un hombre pálido, perdido en un total desconcierto, con la desesperanza en cada rasgo de su rostro, cayendo de rodillas con la vista perdida, sin decir palabra alguna. Ya todo había terminado, de ésta no escaparía con vida.
Pero el rey sonrió, y tomando la llave en sus manos con firmeza, quitó el seguro de la puerta y la abrió.
- Solucionaremos este lío de inmediato. Venid, joven Rensic. Aclararemos los hechos frente a los involucrados.
Rensic no reaccionaba. Tuvo el mismo rey tomarle del brazo derecho y levantarle para que mecánicamente empezara a seguirle. Ambos salieron de la habitación, la cual cerró nuevamente con la llave que guardó en sus ropajes. Comenzaron entonces a caminar por el pasillo, en donde un par de guardias (los reales) miraban perplejos a su rey dirigiéndose hacia ellos con el fugitivo a su lado, tratado de sus heridas y sin muestras de resistencia. Junto a ellos pronto llegó Sir Rodas, con su arma empuñada, quien también se detuvo al contemplar la escena. A la distancia adecuada, Daylon saludó.
- Dargar, amigo mío. Me gustaría saber si estáis al tanto de lo que aquí sucede.
- ¡Mi señor! -habló con gravedad el caballero -. Tened cuidado, que aquel hombre es peligroso, ¡una amenaza!.
- ¡Ja, ja! Al parecer sois de verdad un inepto. Si fuera tan peligroso como decís, él ya estaría muerto, o yo en el peor de los casos. Hablad de amenazas cuando habléis de asesinos o verdaderos criminales. Ahora enfundad vuestras armas.
Si bien era una orden directa de su rey, Sir Rodas no estaba seguro si enfundar su espada era adecuado. Aunque Rensic no pareciera el criminal que se buscaba y el rey se sentía lo bastante seguro en su cercanía, su seguridad podría aún estar en jaque. Sin embargo, luego de oír las dos espadas de los guardias ser guardadas en sus fundas, finalmente siguió el mismo procedimiento.
- Muy bien, Dargar. Ahora si queréis hacerme un favor, reunid a cada hombre que envió Sir Grendell junto a Matt y llevadlos al salón del trono lo antes posible. Tened el cuidado de no mencionar la razón de su llamado -y dirigiéndose a los dos guardias -. Y vosotros, avisad que no seamos interrumpidos durante la entrevista, y luego volved a vuestras posiciones de vigilancia. No habléis con absolutamente nadie de lo que aquí ha pasado.
- Sí, mi Rey -dijieron los dos guardias mientras se retiraban. Sir Rodas seguía en su posición mirando fijamente a su rey.
- Y bien, Dargar. ¿Qué esperáis?
El caballero intentó encontrarse con los ojos de Rensic, pero aún se hallaba perdido en quizás otro mundo. Luego de un momento, miró nuevamente a su rey.
- Me preocupa que tome su seguridad tan a ligera. Es mi trabajo protegerle...
- Ya os lo he dicho, Dargar. Vos habéis fallado ya en protegerme. Dejad esa tarea en mis manos ahora, y haced lo que os he pedido.
Con molestia notoria en su rostro, finalmente Sir Rodas cedió.
- Sí, mi Rey, como su Majestad lo dicte.
Sir Rodas hizo una pequeña reverencia y luego de echar un vistazo sobre Rensic, bajó las escaleras de piedra a cumplir con su cometido. El rey miró a Rensic y le movió un poco.
- Veremos qué tiene que decir Grendell de vuestra grave acusación, joven Rensic, ¡ja ja!
Daylon comenzó a bajar las escaleras riendo, seguido por Rensic que no parecía escuchar nada y caminaba detrás del rey como por arte de un conjuro. El salón del trono no estaba muy lejos de donde estaban. Ahí se aclararían los hechos en muy poco tiempo.
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En la otra escalera en espiral, oculto tras los peldaños de piedra, la mirada del capitán D'Aubigne estaba atenta a los movimientos del rey, de Rensic y luego de los guardias y Sir Rodas. El problema se le había escapado de las manos, y seguramente terminaría mal para todos los involucrados. Sin nada qué hacer en ese lugar ya, apenas Daylon se perdió por la escalera en espiral del otro lado del pasillo, D'Aubigne pensó en sus posibilidades, bajó rápidamente las escaleras y dejó el palacio procurando no ser visto ni por el rey ni por Rodas. La balanza se había ladeado en su contra, pero no todo estaba perdido. Aún quedaba una posibilidad, seguramente la última y más arriesgada de todas.