lunes, 30 de junio de 2008

Conspiración IV: Mentiras al descubierto.

La puerta se cerró suave, mientras la mano de un desconocido usaba una fina llave para asegurar la entrada. Rensic en tanto, de espaldas en el piso alfombrado, apenas podía respirar y mantenía los ojos cerrados; recuperaba el aliento. Su herida en el brazo izquierdo aún sangraba, y las pequeñas gotas de iban escurriéndose por la ropa cortada iba cayendo, cambiando el color del fino trabajo. Luego escuchó alboroto, el paso escandaloso de varios hombres cruzando el corredor. Pensó de inmediato en sus nulas posibilidades de salir airoso en su campaña y en su segura captura si no hubiera interferido esa persona y le hubiera salvado el pellejo. Abrió los ojos lentamente para ver por primera vez a la persona que le había rescatado. Sólo abrió un poco los ojos, pero fue suficiente para verlo con claridad. Sus pupilas se dilataron y su expresión cambió drásticamente. El asombro en su mirada era evidente. El hombre puso su índice cruzando sus labios en gesto de guardar silencio mientras prestaba atención a todos los movimientos de los hombres tras la madera de la puerta. Pronto el silencio reinó tanto en la habitación como en el pasillo, y Rensic, con parte de su aire recuperado, se había repuesto y se hallaba sentado en el suelo. Sin embargo, aún estaba con su mirada fija en el hombre en la puerta y no era capaz de formular palabra alguna.

- Me pregunto, pequeño conocedor, las razones de vuestra presencia en estos aposentos.

Los cabellos largos y oscuros de quien fuera Daylon I, rey de Caerllion, descansaban libres sobre los fuertes hombros de un guerrero. Las grandes pero elegantes manos jugaban con la llave que había sellado la habitación y un traje azul con bordes dorados se hallaba levemente manchado con la sangre del salvado. Su mirada estaba perdida mientras confirmaba que quienquiera que estaba afuera se hubiera marchado ya. Luego de un instante su atención se centró en el joven Rensic.

Sí, Rensic ya estaba ahí, frente a quien quería, necesitaba ver, con todas las intenciones de revelar el secreto que había descubierto. Mas su personalidad tímida y cobarde regresó de súbito y ahora estaba ahí, frente a su rey, dominado completamente por el pánico, sin poder pensar ni actuar a voluntad.

- Me pregunto qué alarma puede levantar en mis hombres mejor entrenados un pequeño y tímido estudioso como vos...

Los ojos del rey, que recorrieron a Rensic y se percataron de la herida, finalmente se dirigieron a los de Rensic, invitándolo a unirse a una conversación.

- Joven Rensic, ayudadme a responder mis interrogantes. ¿Sois vos por quien las sirenas han paralizado nuestra bella ciudad? ¿Sois vos aquel tan peligroso criminal que anda suelto por las calles?

Criminal. «¿Criminal yo?» Aquella palabra le regresó a la realidad. Recordó por qué había arriesgado todo por estar en ese lugar. Recordó lo que estaba en juego y lo que venía a hacer. Rensic se puso de pie, mostrando signos de dolor (por primera vez en la travesía). Desvió la mirada hacia el suelo apenas se percató de que Daylon le miraba fijamente. Buscó en vano las palabras adecuadas para referirse a su rey.

- C... creo que sí... o sea, no soy un criminal, p... pero sí soy yo a quien buscan... ¡Au!

El rey tomó de una silla una hermosa camisa de seda, seguramente de él mismo. Sin pensarlo dos veces rajó un trozo con sus fuertes manos. Se acercó al muchacho y le rodeó la herida con la tela varias veces mientras le respondía, para finalizar con un fuerte nudo.

- ¿Y cuál sería la razón de vuestra persecución? -para su tranquilidad, el rey se oía sereno, dispuesto a escuchar.

- P... por eso mismo estoy aquí, mi Rey... h... he descubierto una noticia terrible, y creo... creo que me quieren silenciar, señor... a toda costa...

- ¿Y de qué se trata esa noticia tan terrible de la que habláis?

Rensic tragó saliva y aspiró profundamente antes de responder.

- C... conspiración, mi Rey... S... sir Grendell es responsable de la muerte de Jarlians... le he escuchado de su propia boca... y planea la forma de acabar... de acabar con usted, su Majestad.

Hubo un silencio prolongado en la habitación. Rensic miraba atentamente a su rey, sin esperar en realidad ninguna reacción, en realidad no había pensado en nada para después de soltar la verdad. Por su parte a Daylon no pareció sorprenderle la "tan terrible noticia". Sólo siguió mirando al estudiante por un momento, luego perdió su mirada en algún punto ilusorio y resopló un par de veces antes de preguntar.

- ¿Y por qué, decidme vos, debería creer en la palabra vuestra que enjuicia el proceder de un caballero real, y que le acusa de alta traición? Decidme, ¿tenéis pruebas?

Rensic se derrumbó. Es verdad que arriesgó su vida en ir hasta la presencia de su rey para informar de lo que había oído, pero también es verdad que no tenía evidencia alguna que confirmara la información que acababa de entregar. Estaba con las manos vacías, frente a un rey que estaba poniendo en duda algo que él creía que iba a ser tomado como cierto sin ningún pero. El alma y la sangre pareció entonces abandonarle el cuerpo. El rey veía frente a él a un hombre pálido, perdido en un total desconcierto, con la desesperanza en cada rasgo de su rostro, cayendo de rodillas con la vista perdida, sin decir palabra alguna. Ya todo había terminado, de ésta no escaparía con vida.

Pero el rey sonrió, y tomando la llave en sus manos con firmeza, quitó el seguro de la puerta y la abrió.

- Solucionaremos este lío de inmediato. Venid, joven Rensic. Aclararemos los hechos frente a los involucrados.

Rensic no reaccionaba. Tuvo el mismo rey tomarle del brazo derecho y levantarle para que mecánicamente empezara a seguirle. Ambos salieron de la habitación, la cual cerró nuevamente con la llave que guardó en sus ropajes. Comenzaron entonces a caminar por el pasillo, en donde un par de guardias (los reales) miraban perplejos a su rey dirigiéndose hacia ellos con el fugitivo a su lado, tratado de sus heridas y sin muestras de resistencia. Junto a ellos pronto llegó Sir Rodas, con su arma empuñada, quien también se detuvo al contemplar la escena. A la distancia adecuada, Daylon saludó.

- Dargar, amigo mío. Me gustaría saber si estáis al tanto de lo que aquí sucede.

- ¡Mi señor! -habló con gravedad el caballero -. Tened cuidado, que aquel hombre es peligroso, ¡una amenaza!.

- ¡Ja, ja! Al parecer sois de verdad un inepto. Si fuera tan peligroso como decís, él ya estaría muerto, o yo en el peor de los casos. Hablad de amenazas cuando habléis de asesinos o verdaderos criminales. Ahora enfundad vuestras armas.

Si bien era una orden directa de su rey, Sir Rodas no estaba seguro si enfundar su espada era adecuado. Aunque Rensic no pareciera el criminal que se buscaba y el rey se sentía lo bastante seguro en su cercanía, su seguridad podría aún estar en jaque. Sin embargo, luego de oír las dos espadas de los guardias ser guardadas en sus fundas, finalmente siguió el mismo procedimiento.

- Muy bien, Dargar. Ahora si queréis hacerme un favor, reunid a cada hombre que envió Sir Grendell junto a Matt y llevadlos al salón del trono lo antes posible. Tened el cuidado de no mencionar la razón de su llamado -y dirigiéndose a los dos guardias -. Y vosotros, avisad que no seamos interrumpidos durante la entrevista, y luego volved a vuestras posiciones de vigilancia. No habléis con absolutamente nadie de lo que aquí ha pasado.

- Sí, mi Rey -dijieron los dos guardias mientras se retiraban. Sir Rodas seguía en su posición mirando fijamente a su rey.

- Y bien, Dargar. ¿Qué esperáis?

El caballero intentó encontrarse con los ojos de Rensic, pero aún se hallaba perdido en quizás otro mundo. Luego de un momento, miró nuevamente a su rey.

- Me preocupa que tome su seguridad tan a ligera. Es mi trabajo protegerle...

- Ya os lo he dicho, Dargar. Vos habéis fallado ya en protegerme. Dejad esa tarea en mis manos ahora, y haced lo que os he pedido.

Con molestia notoria en su rostro, finalmente Sir Rodas cedió.

- Sí, mi Rey, como su Majestad lo dicte.

Sir Rodas hizo una pequeña reverencia y luego de echar un vistazo sobre Rensic, bajó las escaleras de piedra a cumplir con su cometido. El rey miró a Rensic y le movió un poco.

- Veremos qué tiene que decir Grendell de vuestra grave acusación, joven Rensic, ¡ja ja!

Daylon comenzó a bajar las escaleras riendo, seguido por Rensic que no parecía escuchar nada y caminaba detrás del rey como por arte de un conjuro. El salón del trono no estaba muy lejos de donde estaban. Ahí se aclararían los hechos en muy poco tiempo.

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En la otra escalera en espiral, oculto tras los peldaños de piedra, la mirada del capitán D'Aubigne estaba atenta a los movimientos del rey, de Rensic y luego de los guardias y Sir Rodas. El problema se le había escapado de las manos, y seguramente terminaría mal para todos los involucrados. Sin nada qué hacer en ese lugar ya, apenas Daylon se perdió por la escalera en espiral del otro lado del pasillo, D'Aubigne pensó en sus posibilidades, bajó rápidamente las escaleras y dejó el palacio procurando no ser visto ni por el rey ni por Rodas. La balanza se había ladeado en su contra, pero no todo estaba perdido. Aún quedaba una posibilidad, seguramente la última y más arriesgada de todas.



lunes, 9 de junio de 2008

Conspiración III: Huyendo de la muerte.

Apenas cruzó la puerta, un frío repentino le hizo llevarse de inmediato la mano derecha al brazo contrario. Al tacto comprendió de lo que se trataba: había sido alcanzado por la espada del capitán D'Aubigne, y ahora la sangre fresca enamaba del corte recién hecho. Pero no tuvo ninguno de los efectos que en algún momento pensó que podría tener o había tenido. No se sintió mareado, ni le dieron náuseas, ni ningún malestar relacionado con ver sangre, como le había pasado en ocasiones anteriores. Esta vez siguió con la mente despejada, concentrado en lo que debía hacer a toda costa, dejando la sangre, el dolor y toda debilidad en segundo plano.

Luego de un segundo de inspeccionar su herida, comenzó a correr hacia el primer salón del palacio, preguntándose sobre la gravedad del corte. Si bien el dolor no era tan intenso, la sangre que brotaba era no menor.

A sus espaldas, pocos segundos después oyó cómo las puertas de entrada se abrían con fuerza, y luego cómo los gritos y pasos escandalosos de los guardias le chirreaban en los oídos. Volteando la vista sólo un segundo se percató que D'Aubigne era más rápido, más silencioso y seguramente más mortífero que cualquiera de los otros dos.

En las puertas que daban al primer salón del palacio, dos guardias reales observaban la escena, creándose un cuadro de lo que estaba sucediendo. Rensic por su parte, sólo podía intentar una cosa para evadirlos. Ya un poco más cerca, les gritó suplicando por ayuda.

- ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Ellos creen que soy yo el criminal...! -intentó parecer lo más desesperado que sus capacidades estriónicas le permitían.

Los guardias reales, al ver que el pequeño venía con el brazo herido e implorando por una mano amiga, dudaron un poco. El hecho de huir de la autoridad luego de una llamada de alerta era sospechoso, sin duda... pero era Rensic, un cuidadano más que conocido en toda la capital justamente por su docilidad y apego a las reglas. Además venía herido, y clamando por ayuda. ¿Qué era exactamente lo que estaba pasando? ¿Quién era el bueno y el malo, la víctima y el victimario? Era una situación que les desconcertaba.

Llegando ya frente a los guardias reales, Rensic pareció desvanecerse y parecía que caía al suelo producto de un desmayo, lo que terminó por hacer que los guardias finalmente bajaran la guardia. No desenvainaron jamás sus espadas y corrieron en dirección al caído Rensic. Mas al momento de socorrerlo, el estudiante reaccionó y con rapidez recuperó el paso, los bordeó y continuó corriendo hacia el interior del palacio. Tras la sorpresa y el engaño de Rensic, las iniciales lástima y credibilidad se transformaron en decepción y rabia. Pronto también ellos dos estaban tras sus pasos. Ahora Rensic estaba siendo cazado por dos guardias reales, dos de seguridad ciudadana y el mismísimo capitán D'Aubigne.

Pero la fatiga comenzaba a apoderarse del cuerpo del pequeño herborista. En sólo unos minutos había corrido más que en los últimos años. Necesitaba encontrar al rey antes de que las fuerzas finalmente le abandonaran por completo, y no quedaba mucho tiempo para que aquello ocurriera. Pero encontrándose en territorio hostil, no hallaría en su camino sino más y más enemigos.

Al entrar, al final del pasillo central del salón de honores se hallaba la gran puerta que daba directamente al salón del trono, lugar en el que el rey solía dar audiencias a quienes así lo pidieran, la que era resguardada por al menos cuatro guardias, que por suerte no le habían visto. La puerta se hallaba cerrada, y no habían estandartes ni banderines que indicasen que el rey se encontrara en el trono con algún invitado, por lo que optó por escabullirse por una de las muchas puertas a los costados. Tuvo la mala suerte de tomar una puerta que llevaba a un largo pasillo con paredes decoradas con algunos cuadros recientes y retratos del rey Daylon I y otros personajes clave en la conquista y restauración de Brekarth. Al final del mismo, una puerta de madera modesta era opacada por la presencia de una imponente escalera de piedra que ascendían en espiral hacia niveles superiores.

La pequeña puerta era una buena opción para intentar eludir a sus perseguidores. Sin embargo, si su objetivo era hallar al rey, permanecer escondido mientras el palacio se llenaba de soldados buscándole era una idea que no le agradaba para nada. La escalera entonces... pero estaba cansado, demasiado como para subir todos esos escalones interminables. Quizás esconderse para descansar y recuperar el aliento no era tan mala idea después de todo...

Ya había tomado una decisión cuando la puertecita se abrió y de ella apareció Sir Rodas, general de la 2ª división de Caerllion, superior de D'Aubigne, superior de Grendell. Rensic frenó en seco su carrera. De hecho, el fluir de su mente también se detuvo drásticamente preso del fugaz pánico de la nueva situación ¡Seguramente Sir Rodas estaba ahí para cazarle también!

Pero Sir Rodas, sin notar aún la presencia del científico ya que tenía la mirada clavada en el piso mientras tranquilamente cerraba la puerta de madera tras él, estaba sumido en sus propios pensamientos, que apuntaban a la conversación de ayer con su rey. Tras levantar la mirada para iniciar su marcha, vio a unos 20 pasos de él a un Rensic con una expresión que jamás le había observado con anterioridad. Llevaba su brazo herido, y sus ropas manchadas con la que suponía su propia sangre.

- ¿Rensic? ¿Qué hace él aquí?

Las palabras del caballero hicieron reaccionar al estudiante, quien sin prestar atención a lo que había dicho Sir Rodas apresuró su andar por la escalera en espiral, subiendo los escalones con una energía que no creía que tuviera aún. En el fondo del pasillo ya se divisaban los perseguidores.

Subía lo más rápido que sus fatigadas piernas le permitían. En algunos momentos los peldaños le parecían interminables, pero la urgencia del escape y de seguir con vida era una fuerza que hacía en cada momento olvidar todo lo demás. Llegó al siguiente nivel, en donde un corredor con innumerables puertas a sus costados finalizaba con otra escalera en espiral que llevaba tanto hacia el cielo como hacia el nivel inferior. Corrió hacia la primera puerta y trató de abrirla, mas estaba cerrada. Probó una segunda y lo mismo, y la tercera también estaba cerrada. Teniendo en la mente que con cada intento iba perdiendo distancia con sus perseguidores, finalmente abandonó la idea de encontrar una puerta abierta y comenzó a correr hacia la siguiente escalera en espiral, pero en mitad del viaje, una mano le tomó de los ropajes deteniendo su marcha, y luego le lanzó hacia una de las puertas que ahora se hallaba abierta.

La puerta se cerró suave, y el sonido de una llave en la cerradura fue lo último que se oyó en el pasillo ahora desierto.

jueves, 5 de junio de 2008

Conspiración II: Hacia el palacio.

Necesitaba salir de ahí. Era al menos lo único que sabía que debía hacer. Intentando no hacer ruido alguno para que ni Sir Grendell ni D'Aubigne le descubrieran, comenzó a dar uno a uno sus pasos hacia atrás. Mantenía su vista en los dos sujetos dentro de la habitación cerciorándose de que su presencia no había sido captada en absoluto...

...pero Rensic era algo torpe, siempre lo ha sido, y un paso en falso y hubo caído hacia traás, llevándose consigo un jarrón con plantas del que intentó aferrarse para evitar la caída. Pero sus esfuerzos por no caer fueron insuficientes.

Detuvo su respiración, y juntó los ojos con fuerza, como si buscara con aquello reducir de alguna forma el estrenduoso sonido del jarrón quebrándose en mil pedazos. Al abrir los ojos, vio tras la puerta aún entreabierta al capitán D'Aubigne y Sir Grendell mirándole fijamente. Luego de un breve silencio en el que estudiante sólo atinó a sonreír, los dos hombres de armas se miraron, y Sir Grendell hizo una seña a lo que el capitán asintió y comenzó a caminar hacia la puerta con su mano izquierda en la empuñadura de su fina espada. Rensic supo de inmediato cuál había sido la orden.

El sueño ahora sí que había desaparecido por completo. De hecho, jamás en su vida había estado más despierto. Antes de que D'Aubigne diera un paso fuera de la habitación, Rensic ya se hallaba de pie, y corriendo hacia fuera del edificio. Tropezando incontables veces con uniformados, sólo pensaba en salir de ahí, de salvar su pellejo, de contarle a alguien lo que había oído, alguien de confianza y que sepa qué hacer dada la complicada noticia. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida: un gran guardia le tomó del hombro y le detuvo.

- ¡Epa! ¿Cuál es la prisa, amigo?

Apenas fue detenido, Rensic miró hacia atrás, desde donde con paso calmado el capitán D'Aubigne se venía acercando, aún con su espada en su funda. Regresó la mirada al guardia.

- L... la verdad es q... que tengo prisa... -Rensic estaba trastabillando más de lo acostumbrado -. R... recordé algo que debo hacer en... en el instituto a... ahora mismo... S... si me permite...

- ¡Ami Débril! Bonjour -D'Aubigne se había acercado lo suficiente como para hablar y ser oíodo sin la necesidad de gritar -. Con usted deseaba hablar... ¿por qué huia?

El guardia miró a Rensic entrecerrando los ojos, con sospechas fundadas. Rensic interpretó aquella mirada algo así como "con que algo que hacer en el instituto, ¿eh?", por lo que se apresuró en responder.

- N... no huia, para nada. S... sólo recordé algo que debo atender... con urgencia...

- No, no, mon ami Débril. Usted y yo tenemos una charla amistosa pendiente, y permítame agregar que la información que tiene puede comprometer de sobremanera la seguridad de Caerllion, y es algo que no puedo permitir. Sígame.

Rensic estaba atrapado, asustado. Sabía que si le seguía, seguramente significaría su fin; lo mismo sucedería si intentaba escapar y le atrapaban. No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre las ventajas y desventajas de cada opción. Al mismo tiempo que D'Aubigne se giraba en dirección hacia donde venían y el guardia parecía algo distraido observando al capitán, el miedo decidió por él. Con rapidez se escabulló entre el guardia y D'Aubigne y comenzó a correr hacia la salida.

Al mismo tiempo en que el guardia daba la señal de alarma, Rensic atravesaba los dos pilares de piedra que adornaban la entrada y corría a todo lo que sus piernas daban en dirección a palacio. La alarma de prófugo comenzó a sonar en pocos segundos. Por la avenida principal Rensic seguía su carrera esquivando a los transeúntes que se quedaban quietos intentando comprender lo que estaba sucediendo. Más atrás un grupo de cuatro guardias le seguían el paso mientras pedían que alguien ayudara en la captura del herborista.

Casi llegando al mercado, los gritos de los perseguidores alertaron a dos guardias que bloqueaban el camino, al mismo tiempo en que las campanillas de la guardia comenzaban a sonar en toda la ciudad. A esas alturas todo Caerllion estaba al tanto de un prófugo. Viendo Rensic su camino por la avenida principal hacia el mercado bloqueado, tomó una ruta entre algunas casas para adentrarse en un sector de numerosos caminos y pasajes. Tomando un camino totalmente aleatorio, esperaba que los guardias perdieran su pista, pero al dar la vuelta en un pasaje, se halló de frente con dos guardias que iban en su dirección, con sus armas desenfundadas. La respiración de Rensic se cortó mientras los dos uniformados se habían detenido para examinarlo, sin mostrar signo alguno de agresividad. El estudiante comprendió de inmediato de que se trataba y aquello le daba una valiosa oportunidad. Sin pensarlo más, señaló hacia el lugar de donde venía.

- ¡Por aquí se fue! ¡Atrápenlo! ¡Me dio mucho miedo!

Rensic intentó parecer lo más convincente posible, y funcionó. Los dos guardias, sin siquiera detenerse a analizar la información, prosiguieron su marcha hacia donde el estudiante les había señalado. Pronto dieron la vuelta al pasaje, y Rensic volvió a respirar, aliviado. Tras una inspiración larga, continuó su camino zigzagueando por los pasajes. Al menos cuando se oyó, no se pareció convincente... ¿habrá ayudado su evidente miedo, o habría sido su apariencia inofensiva? Seguramente ambas, pero no disponía del tiempo para ahondar en más reflexiones.

Pronto en un desvío llegó al mercado, el lugar perfecto para perderse y no ser ubicado, al menos con tanta facilidad. Pudo relajar su paso y respirar tranquilo por un momento. Pronto empezó a oír lo que las personas a sus alrededores decían.

- Dicen que el criminar que andan buscando es ese muchacho de la Organización Schellden, Rensic. -decía un vendedor de frutas.

- No puede ser. ¿Ese joven tan pacífico? ¿Qué pudo haber hecho? -comentaba una cliente del puesto de venta.

- ¡Dicen que es un espía! - agregó un hombre que pasaba -, ¡que le vende informes y reportes de seguridad de Caerllion a Surgas!

- ¿Y por qué haría algo así? Dígame. - cuestionó la mujer.

- ¡Es obvio! ¡Rensic es surgasino! ¿No lo sabía? -señaló el hombre.

- ¿Surgasino ese joven? Está bromeando. No tiene la apariencia de uno.

- Aunque lo sea, lleva años viviendo aquí, no creo que se trate de un espía -acotó el vendedor.

- Pues por eso lo buscan, al menos. Y si no fuera culpable de algo, no tendría nada que temer y no hubiera huido -dijo el hombre.

- Es verdad... pero pudo haberse asustado... -pensó la mujer en voz alta.

Obviamente la verdad no la sabía nadie más que él y los involucrados. Y no podía llegar y contarla, menos en ese momento en el que todos los soldados en Caerllion andaban tras su pista. Pero al fin esa característica de Rensic de pasar tan inadvertido le había servido como una ventaja. Aunque ya todo Caerllion sabía que era buscado, pasaba entre las personas e incluso tropezaba con algunas de ellas y su presencia no era advertida. Como pudo fue guiando sus pasos por el mercado hasta el punto más conveniente para reducir al mínimo el campo abierto que necesitaría cruzar para llegar al palacio. Miró por última vez hacia todos lados asegurándose de no avistar a ningún guardia en el camino antes de lanzarse. Corrió como nunca por las calles, doblando en cada esquina rezando por que estuviera vacía, y aparte de un pobre anciano que era incapaz de ver más allá de su nariz ni recordar más allá de su última respiración, no tuvo mayores dificultades para llegar a un pasaje lateral que le permitía ver la entrada a palacio sin ser visto. A pesar del alboroto ocasionado por la alarma en la ciudad, dos enormes agentes de seguridad permanecían resguardiando la entrada, atentos e inmóviles. "¡Obvio! ¡Jamás dejarían el palacio sin protección!" pensó el estudiante. Siendo la única entrada que conocía, comenzó a abandonar la idea de siquiera intentar entrar.

Una mano tocó su hombro, tras lo que dio un respingo y se dio rápidamente la vuelta, levantando las manos y poniendo cara de espanto. Vio entonces frente a él a su compañero Aisac, su compañero en la Organización Schellden, quien se hallaba parado frente a él con una sonrisa sarcástica tan característica de él llenando su cómico rostro.

- ¡Qué lío! Ni yo me puedo imaginar lo que alguien como tú podría haber hecho para ser buscado de esta forma. Que me he dormido un ratito y mira cómo terminas, ¿acaso debo cuidar de ti en todo momento? ¡Ja ja! -Aisac se veía menos serio de lo que la situación ameritaba -. ¿Y qué se supone que hiciste?

Rensic seguía sin hablar. De hecho, aún no reaccionaba a las palabras de su compañero. Aisac tuvo que insistir un par de veces para que Rensic pestañara.

- ¿M... me entregarás... a ellos? -preguntó, como si no hubiera escuchado nada.

- ¡Ja ja! Deberías saber que no. Me gustan que las reglas se rompan, tú sabes, pero en mi vida se me habría ocurrido meterme con la guardia. Cuando escuché que te buscaban me quedé muy sorprendido, y al asomarme por la ciudad te vi entrando al mercado. Aún no puedo imaginar qué pudiste haber hecho para tener a toda la guardia ocupada en tu rastro.

Rensic respiró hondo y dio un gran suspiro, aliviado. Acomodó sus anteojos y habló ya más tranquilo.

- D... digamos que estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado, y escuché una conversación que no debería haber escuchado y... alguien importante pretende evitar que de lo que yo me enteré llegue a otros oídos.

- ¿Qué? ¿Alguien de poder en alguna polémica y se arma tanto lío? No te creo...

- S... se trata de una conspiración... en contra del Rey...

Palabras directas, que pillaron a Aisac por sorpresa de la misma forma en que en su momento habían tomado desprevenido a Rensic. Pálido y silencioso como nunca, Aisac era incapaz de digerir la idea.

- Bromeas, ¿verdad? - intentaba de alguna forma convencerse de eso a sí mismo -. Algo hiciste que no quieres que me entere e inventas disparates, ¡eso es!

- N... no... no se trata de una broma.

Aisac estudió por un momento la mirada seria y determinada con la que Rensic le observaba. Al fin la idea comenzaba a colarse en las posibilidades de Aisac, y con ello comenzaba a emocionarse: la sonrisa estaba de vuelta en su rostro.

- Q... quieren silenciarme, Aisac, y para ello no dudarán en matarme si es necesario. D... debo hablar con el rey directamente para informarle acerca de la traición de Sir Grendell en su contra. Es lo más seguro que tengo por hacer.

- Espera... ¿Sir Grendell está detrás de la conspiración?

- Aunque cueste creerlo...

- ¡Genial! Esto se pone cada vez mejor.

Rensic no comprendía ni pizca por qué el hecho de que su vida estuviera tan en peligro creara tanta emoción en su compañero. En cualquier otro momento le podría haber parecido molesto, pero tenía toda su mente en lo que debía hacer.

- Pero con esos dos gigantones en la entrada, veo difícil que pueda pasar... me atraparán y me destrozarán como una pajilla...

- No te preocupes por eso -interrumpió Aisac, relajadísimo, evidenciando su confianza -. Yo me encargo de ellos, tú sólo atento, y actúa rápido cuando llegue la oportunidad, ¿vale?

- Pero...

Rensic no alcanzó a expresar sus dudas cuando Aisac ya había salido del pasaje hacia los guardias. En un momento oportuno comenzó a correr y a gritar.

- ¡Ayuda! Necesito de vuestra ayuda... sé dónde está escondido el criminal, pero no puedo detenerlo solo. ¡Síganme antes de que escape!

Sus palabras y su tono eran convincentes, demasiado. Sus gestos naturales que llamaban a los guardias a que le siguieran eran perfectos. Tan convincente era que incluso el mismo Rensic no estaba seguro de si se trataba de una artimaña para alejarlos o de una traición y los llevaría hasta él. Se hallaba preparado para correr, hacia la puerta o por entre los pasajes, según fuera el caso.

- ¡Vamos, rápido, antes de que escape! -para su alivio, señalaba en una dirección distinta a la suya.

Los guardias dudaron un segundo si seguirle o no. Las reiteradas insistencias del muchacho ejercían una presión inexplicable sobre ellos. Después de todo, no tenía razones para estar mintiendo, y si lo hacía, pagaría muy caro luego. Finalmente accedieron y comenzaron a seguirle. Rensic apenas sintió que estaban lo suficientemente lejos, corrió hacia la entrada y empezó a tirar de la puerta, demasiado pesada para un débil ciudadano como él. Ya la había movido unas cuantas pulgadas cuando una voz conocida le hizo estremecer.

- Monsieur Debril, ¿qué pretende usted hacer?

Rensic se dio la vuelta para contemplar al capitán D'Aubigne ahora frente a él, con la mano en la empuñadura de su espada aún envainada.

- No pretenderá un criminal como usted incomodar al Rey, ¿verdad?

La frente del herborista estaba empapada. Miró cómo a lo lejos los guardias engañados por Aisac se habían percatado de todo y volvían con rapidez al lugar, con sus espadas desenfundadas. Una vez más el miedo decidió por él, y en un rápido movimiento volteó para intentar colarse por la puerta apenas abierta. Al mismo tiempo, la fina y elegante espada del capitán D'Aubigne centelleaba por el aire, cortando tela y carne a su paso, derramando sangre y golpeando fuerte contra la maciza puerta de madera y hierro. Rensic ya no se hallaba frente a él.

miércoles, 4 de junio de 2008

La aguja de la desconfianza III

Si bien en un comienzo las huellas eran confusas, a medida que avanzaban los dos jinetes las marcas se iban acentuando hasta ser evidentes: era el camino seguido por la escolta durante su travesía, en palabras hacia Cuset, aunque el desvío del norte no lleva ni cerca. El rostro suspicaz con el que el rey había proseguido después del cruce había ido desapareciendo para dar paso a un rostro sumamente serio, y luego a notorios gestos de enfado. La mentira de Rodas, Grendell o D'Aubigne, cualquiera en realidad, se evidenciaba más en cada paso de los caballos.

El silencio seguía siendo un patrón común en el viaje. Daylon ocupaba su mente en pistas que le permitieran señalar al verdadero traidor (o a los verdaderos traidores) y en señales que le indiquen dónde, cuándo y cómo habían sucedido en realidad los acontecimientos de la tarde anterior. Sir Rodas por su parte se empeñana en intentar leer los pensamientos de su rey y comprender sus gestos, sin conseguir demasiadas pistas sobre qué ocurriría pronto con el capitán D'Aubigne, Sir Grendell o él mismo. Su silencio prolongado alimentaba su ansiedad en los hechos.

Finalmente, dejando un pequeño grupo de solitarios árboles atrás, Daylon notó que las marcas de la carreta dejaban el camino zigzagueante que se desviaba levemente hacia el oeste, para seguir en línea recta hacia un acantilado. Detuvo la marcha e inspeccionó las huellas detenidamente, intentando razonar lo que él ya sabía: Jarlians había acabado aquí sus días, seguramente tras ser lanzado al abismo sin una segunda oportunidad. Desmontó su fiel corcel y dio unos pasos en la tierra alborotada hace relativamente poco. No le costó mucho tiempo hallar algunas manchas de sangre repartidas por el sitio.

- ¡Ja! Al menos Matt no ha caído sin saber de la imperdonable traición.

Dargar había bajado también de su caballo y se había acercado lo suficiente a su rey como para notar también las manchas de sangre y comprender a tiempo el significado de sus palabras.

- Mis disculpas, mi rey, pero siento que estáis adelantándote a los hechos. No sabemos a ciencia cierta que fue lo que pasó en este lugar.

Un segundo de silencio. Daylon se volteó sin comprender el origen de tanta ingenuidad en su caballero y amigo. ¿A quién había confiado la seguridad del reino?

- No me estoy adelantando a nada, amigo Rodas. Aquí fue atacado mi consejero Matt Jarlians, y las ruedas de la carreta terminan donde comienza la caída terrorífica por aquel abismo. ¿De verdad vos no lo comprendéis?

Al contrario, comprendía perfectamente la situación, pero se negaba a creerlo. No podría asegurar nada mientras no hubiera evidencia de una traición por parte de su más leal compañero.

- Sin embargo, mi Rey, no hay pruebas con las que condenar a nadie. El cuerpo de Jarlians no ha sido encontrado aún...

Daylon le hizo un gesto con la cabeza, indicándole hacia el precipicio mientras sonreía sarcásticamente.

- Estimo que abajo encontraréis toda la evidencia que necesitáis para convencerte de la realidad. Una vez que aquello ocurra, sólo espero que procedáis según vuestros valores, y que nunca olvidéis a quien le habéis jurado lealtad -hizo una pequeña pausa mientras volvía a montar su caballo -. Es tiempo de averiguarlo.

Rodas hizo lo mismo y ambos continuaron el camino que se desviaba al oeste, que se había inclinado un poco y seguía un corredor en círculos, cambiando así regularmente su orientación desde el noroeste hasta el este. En poco tiempo, pisaron la misma tierra que habían observado desde lo alto de la meseta.

Ambos se detuvieron ante el espectáculo. Trozos de madera astillada esparcida por todo el lugar, un montón de tela grisácea rasgada cubría pobremente algunos trozos de madera que seguían atados a ella. Una armadura real se hallaba abollada mientras de sus espacios huecos se desprendía un montón de paja. Alguno que otro objeto metálico ponía un toque distinguido a una escena que sin duda mostraba una gran catástrofe. Un rastro de sangre sobre algunas rocas era la pista que andaba buscando Daylon, y no tardó en encontrarla justo en medio de todo el desastre. Pero esa sólo eso. No había un cuerpo, no había más que un poco de sangre seca ya por la intensidad del sol que había reinado el cielo durante todo el día. El cuerpo de Jarlians no se hallaba en aquél lugar. Sir Rodas hizo avanzar caballo unos pasos más adelante, entrando en el rango visual de Daylon.

- No hay un cuerpo, mi Rey. Será imposible condenar a nadie dado el caso...

El rey clavó la mirada en Rodas, quien dejó de hablar al instante. Los ojos del rey brillaban intensamente, como si contuviera una inmensa ira. Sin embargo habló serenamente.

- No digáis lo que me es posible y lo que no, Dargar. Podría aseguraros que la rata de Grendell está detrás de toda esta farsa. Y es posible que esté recibiendo ayuda y apoyo de alguien más.

Listo, al fin el nombre había salido. No cabía espacio para la duda ya, el rey Daylon I pensaba seriamente que uno de sus oficiales estaba urdiendo planes en contra de la nación, en contra de su gente y en contra de su rey.

Súbitamente, el rey apartó la mirada y arrió su caballo por donde había venido.

- Es todo, Rodas. Ya he visto todo lo que quería ver. Tengo la impresión de que el no encontrar el cuerpo de Matt aquí es un buen indicador, una buena señal. Ahora regresemos a la ciudad, no vaya a ser que aquellos "criminales" nos vayan a emboscar a nosotros también.

- Sí, mi Rey -la verdad es que Rodas no sabía qué decir. Al parecer nada que pudiera añadir haría cambiar de idea a Daylon, por lo que prefirió pensar en las acciones a seguir de ahora en adelante. Su intuición le advertía de los líos en los que se estaba entrometiendo, pero... aún confiaba en Grendell, aún sentía que todo había sido planeado por alguien más para provocar paranoia entre los poderes de Caerllion. Y estaba resultando, la aguja de la desconfianza ya había sido clavada.



martes, 3 de junio de 2008

La aguja de la desconfianza II

El camino había sido tranquilo. Con el sol sobre sus cabezas, los dos jinetes, Sir Rodas y el rey Daylon I, andaban con paso uniforme por el camino que siguió hace menos de un día Matt Jarlians, antes de que la muerte le encontrara. Llevaban un par de horas en tranquilo galope sin que ninguno de los dos articulara palabra alguna. Mientras que Daylon parecía tener la mente en otra parte, Sir Rodas le observaba dubitativo. ¿Era tan verdad que sospechaba de Sir Grendell? Después de todo, había sido elegido por él mismo por su implacable lealtad al rey, cuando era casi seguro que eligiera el bando de Feliad. Podía tratarse también de una jugarreta, pero no creía que Cid fuera capaz de hacer algo así.

Llegaron ambos al segundo cruce, en donde el antiguo camino hacia el este les llevaría hasta Cuset. Según el reporte entregado por D'Aubigne, un poco más allá del mismo habían sido emboscados, tras el bajo relieve que se abría paso entre dos altas murallas naturales de piedra maciza. Sir Rodas había seguido su camino, dándose cuenta pocos segundos después que su rey se había detenido en el cruce, observando el suelo, y luego el camino que llevaba hacia las montañas del norte.

- ¿Qué es lo que sucede, mi Señor? -preguntó el caballero, mirando hacia todos lados, como si sospechara que algo malo fuera a suceder.

Hubo varios segundos de silencio. Daylon alternaba la vista entre el suelo y el camino del norte, y de vez en cuando miraba de reojo el camino hacia el camino hacia el este. Finalmente habló, mirando a Sir Rodas fijamente a los ojos.

- Según recuerdo, el capitán D'Aubigne informó que fueron atacados un poco más allá del camino del este. ¿Es aquello correcto, Dargar?

- Sí, mi Rey, lo es. Es la información que me entregó Sir Grendell.

- Tengo mis dudas sobre la certeza de aquella información -. Los ojos del rey, aún fijos en los del caballero, parecían brillar con una intensidad acusadora tremenda. Sir Rodas no pudo gesticular palabra alguna. Daylon prosiguió -. Si bien las marcas hacia el camino al norte parecen confusas y, según mi juicio, deliberadamente borradas, las que siguen el camino hacia el este se notan muy claramente. Al menos diez hombres avanzaron por aquel sendero hace no mucho.

- Ellos siguieron ese camino, mi Señor...

- Pero faltan algunos pequeños detalles, Dargar, dos para ser más precisos -Daylon esbozó una leve sonrisa, mientras analizaba la reacción del caballero. Luego dirigió la mirada al camino del este -. En el reporte hablábais de una carreta, pero en el camino sólo logro distinguir pies marchando. Según lo habéis dicho, la carreta fue capturada por los criminales, por lo que es comprensible que no hubieran regresado con ella, pero al menos deberían estar las huellas de la ida, ¿me equivoco?

Era verdad. Sir Rodas miró con detenimiento y no encontró ninguna marca en el camino de tierra que le indicara el paso de una carreta por el camino del este durante las últimas horas. Ni siquiera caravanas habían pasado por ahí hace algún tiempo.

- Además, si una vez emboscados, regresaron por esta misma senda, tampoco soy capaz de hallar las huellas de su marcha hacia Caerllion. Sólo veo las marcas del camino feliz y seguro hacia Cuset.

También era verdad. El caballero fue incapaz de hallar al menos seis pares de huellas que siguieran el camino hacia Caerllion. Miró a su rey y notó sus ojos clavados nuevamente en los suyos.

- ¿Me equivoco, Dargar?

Su tono era sereno, y su mirada era grave, aunque sonreía amenazante.

- No, mi Señor. Es verdad, no hay una sola marca de alguna carreta reciente ni la cantidad suficiente de huellas de regreso a Caerllion. Matt Jarlians y los soldados no siguieron este camino.

Daylon dejó los ojos del caballero y fijó su atención al camino del norte. Tomó las riendas de su caballo y le encaminó hacia el camino ascendente hacia las montañas más altas de Qweldor.

- Nos queda una sola alternativa entonces, Dargar. Y os puedo asegurar que nos encontraremos con algo que os sorprenderá.

Sujetó las riendas con fuerza e hizo avanzar a galope suave su caballo siguiendo el camino de tierra hacia el norte. Sir Rodas hizo lo mismo y en silencio permanecía un pie más atrás, observándole y preguntándose si de verdad toda su desconfianza hacia Sir Grendell hallaría sus justificaciones al final del camino. Si era así, sería el primero en buscar acabar con la vida de los traidores, claro, seguramente después de su propio rey.