martes, 29 de julio de 2008

Conspiración VI: Asalto.

La orden había llegado a oídos de todos los soldados involucrados. Todos ellos ya se hallaban presentes en la sala de trono, serios pero tranquilos. En el trono el rey Daylon I esperaba la llegada de Sir Rodas en compañía de los dos hombres que aún no llegaban: Sir Grendell y el capitán Joseph D'Aubigne. A su lado, con mirada preocupada y el corazón acelerado por la ansiedad, el herborista Rensic Debril estaba sentado en el piso, vigilado por los seis pares de ojos de los guardias reales a los costados. Finalmente las puertas se abrieron y entraron con paso firme los tres hombres de armas. Sir Rodas se detuvo un paso después que sus dos acompañantes e hizo una reverencia para saludar a su señor.

- He cumplido con vuestro mandato, mi Rey. Presentes en esta sala se encuentran la escuadra de seis hombres, con el capitán Joseph D'Aubigne en su cabeza; Sir Grendell, segundo al mando de la segunda división, y quien le habla: comandante de la segunda división y vuestro hombre de confianza...

- Ya dejad las formalidades, Rodas -el rey se veía muy tranquilo, pero era evidente su interés por la situación actual -, y sugiero que nos dirijamos de inmediato a los que nos reúne...

- ¡Lo que os ha contado ese traidor son todas mentiras! -interrumpió Sir Grendell, indicando a Rensic, quien dio un respingo con el vozarrón del caballero. Sir Rodas se llevó la mano al rostro mientras el rey sonreía sarcásticamente. Había una pequeña razón para la que Daylon le pidiera explícitamente a Sir Rodas que no le advirtiera el verdadero motivo por el que estaba siendo citado. Un anzuelo que el pez había mordido y tragado por completo.

- ¿Y qué es lo que el joven Rensic me ha contado? ¿Cómo lo sabéis? -Sir Grendell quedó sin palabras-. Claro, a menos que lo que me ha dicho sea verdad, es la única explicación que me queda a esto. Que os ha sorprendido conspirando en mi contra, y que habéis enviado a vuestro capitán Joseph D'Aubigne para eliminar a mi más leal consejero Matt Jarlians. Nadie tuvo la oportunidad de deciros todo aquello...

Mientras su rey hablaba, Sir Rodas no sabía exactamente qué pensar, ni cómo actuar. No cabía en su cabeza la posibilidad de tamaña traición, de su más cercano. Pero tenía que darle tiempo, tenía que darle el tiempo que obviamente el rey no estaba dispuesto a darle para aclarar la situación. Interrumpió sin tener nada claro aún.

- Yo le hablé de todo aquello, mi rey, camino hacia acá. No creí que fuera importante...

D'Aubigne sonrió. Una jugada no esperada de Sir Rodas, que venía de maravillas. Obviamente aquello era una mentira. Sir Rodas guardó un hermético silencio durante todo el camino hacia el palacio. El rey guardó silencio, mirando con decepción al jefe de seguridad. Obviamente tampoco esperaba una intervención de ese tipo.

- Habéis ignorado una orden directa de vuestro rey, Dargar...

- Estáis equivocado, mi rey. Sir Grendell no es el enemigo.

- ¿Ahora vos sois el conocedor de la verdad, Dargar? -el rey había elevado la voz-. ¿Tanta libertad os he dado para que ahora vengas a decirme qué hacer y en qué creer?

- Oui, Monsieur Rodas -habló D'Aubigne. La mirada del rey y de los otros dos caballeros se centraron en él -. Creo que es tiempo de hablar con la verdad. No tiene caso seguir ocultando lo que el roi ya sabe.

El rey, al escuchar al capitán volvió a mirar a Dargar, quien se encontró con sus ojos. ¿De qué se trataba todo esto? Había mentido para protegerlos ¿y ahora ellos le delatan? Daylon halló inmediatamente la verdad en la mirada temerosa del caballero. Su mirada volvió a cambiar su centro cuando Sir Grendell habló.

- Es cierto, es cierto. Dejemos ya las mentiras -. El capitán D'Aubigne hizo un gesto con la mano y todos los soldados de su división desenvainaron y se movieron lo suficientemente rápido como para tomar desprevenidos a los guardias reales, desarmarles y dejarles boca abajo en el suelo. El rey no perdió de vista al caballero que hablaba-. Es cierto, me he adelantado y he subestimado vuestra inteligencia, Daylon. Todo lo que os ha contado ese idiota de allá -señalando a Rensic- es verdad.

- Oui, oui -habló D'Aubigne-. Acabar con Monsieur Jarlians fue un trabajo que de verdad esperaba que fuera algo más difficile, pero fue un trabajo realmente fácil. Ver su cara de dolor cuando mi acero perforaba su torso fue... délicieux.

- Y los planes del golpe iban marchando a la perfección -retomó Sir Grendell-, aunque siempre supe que no sería una tarea fácil. Y ahora incluso que el idiota ése -señalando otra vez a Rensic- arruinó lo que esperábamos hacer en un mes, vuestra citación nos ha permitido adelantar nuestros planes.

El rey escuchaba las palabras del capitán y Sir Grendell desde su trono sin mostrar sorpresa. Su mirada seguía fija en los tres hombres que estaban frente a él. Por otra parte, Sir Rodas había quedado petrificado. Todo era verdad. Su amigo Cid era un traidor y el capitán D'Aubigne había asesinado a sangre fría a Jarlians. La ira comenzó a apoderarse de él y perdiendo la consciencia de sus actos llevó su mano derecha a la espada en su costado, decidido a desenfundar y acabar él mismo con los desgraciados. Sin embargo, el rey nunca supo el pensar de su jefe de seguridad y amigo. Sólo le vio junto a los otros dos traidores, preparándose para desenfundar su espada. Vio después de todo a un tercer traidor que intentaba usar su espada en su contra.

Por lo mismo, el rey se levantó violentamente y apenas Sir Rodas hubo desenfundado su espada, estiró su brazo izquierdo hacia él y usó la única de sus habilidades que no había desaparecido con el sello de Madul. Tomó al caballero por sorpresa y pronto estuvo volando por los aires. Rápidamente usó su otra mano para desenvainar la espada que llevaba asegurada en su cinturón. En el uso del extraño y casi desconocido arte de la telequinesis, Daylon siempre se ha mostrado como un aventajado. Inmediatamente dirigió su mano a los traidores que mantenían inmóviles a los guardias reales, y en un gran esfuerzo empujó a un par lo suficiente como para que sus defensores se levantaran y tomaran sus armas, listos para liberar al resto.

Sir Rodas rodó por el piso al mismo tiempo en que el capitán D'Aubigne y Sir Grendell con sus armas empuñadas arremetían contra el rey en conjunto. La técnica menos trabajada del caballero fue fácilmente evadida, no así el impecable embiste del capitán, el que Daylon no pudo evadir y el metal de las espadas en el salón retumbó estrepitósamente. Un segundo golpe lateral de Sir Grendell obligó al rey a dar un paso al costado, justo en el lugar donde D'Aubigne había dirigido una de sus temibles estocadas. Sin posibilidad de evitar el golpe, el rey usó su poder una vez más y llevó la misma espada de Sir Grendell para bloquear el ataque, al mismo tiempo en que dejaba su arma despejada para contraatacar.

Así lo hizo. Daylon lanzó un corte, y el capitán apenas pudo esquivarlo. Sir Grendell no corrió igual suerte y viéndose mal parado luego de la última jugarreta psíquica de su rey no pudo evadir ni bloquear, recibiendo el corte en el torso y cayendo hacia atrás. Fue un segundo de respiro para los combatientes, luego de lo cual, con Grendell de pie de nuevo, D'Aubigne listo para atacar y Daylon atento a los movimientos de ambos, todo estaba listo para continuar.

Quizás el único pero de la habilidad del rey era las veces que podía usarla sin que su mente recibiera demasiado estrés. Tres veces ya comenzaba a rozar su capacidad, por lo que en nuevos ataques usarla una vez más provocaría un aturdimiento que podría resultar fatal dada la situación. Debía entonces arreglárselas simplemente con su habilidad en el arte de la espada. Pero en ese tema D'Aubigne mostraba un nivel superior al esperado. La insistencia de las arremetidas del capitán sumada a los imprecisos pero poderosos ataques de Sir Grendell no le daban oportunidad de responder. Por suerte, la herida de Sir Grendell había sido suficiente para relentizar sus movimientos y a cada momento se llevaba la mano izquierda a la herida en el pecho.

Luego de varios segundos en el ir y venir de espadas, en un descuido de la parte atacante, Daylon logró poner a Sir Grendell entre D'Aubigne y él, lo que logró que las arremetidas cesaran por un segundo más. D'Aubigne, viendo ya a su compañero como un obstáculo más que una ayuda, le apartó con fuerza hacia un costado y lanzó un nuevo ataque. Daylon, agotado, sabía que si las cosas continuaban así, terminaría cayendo. Había que correr riesgos entonces, así que usó sus últimas energías mentales para obligar al cuerpo de Sir Grendell a interponerse una vez más, sólo que ahora una espada iba en la misma dirección.

La sangre se regó en la fina alfombra del salón. Sir Grendell había recibido el impacto de lleno del arma de su aliado en la espalda y un tajo le recorría desde el hombro izquierdo hasta la cintura. El rey, aturdido, dio un paso atrás dejando al caballero caer frente a él gritando de dolor. D'Aubigne maldijo al aire al mismo tiempo en que veía a sus camarades ceder ante la guardia real. Además, Sir Rodas se había reincorporado y finalmente su espada estaba en sus manos, lista para ser usada. Ahora que Grendell había caído, el capitán, aunque era hábil, no contaba con la ayuda que requería para acabar con el rey, con Sir Rodas y con los guardias reales que habían tomado ventaja; no con todos a la vez. Dio una señal a sus camaradas que aún estaban en pie, los cuales luego de unos segundos de dudas, comenzaron la retirada hacia fuera del palacio. Sir Rodas lanzó un ataque que derribó a uno de los fugitivos, pero no logró detener a D'Aubigne y al resto, que ya se perdían tras la gran puerta que en momentos de paz daba la bienvenida a los visitantes al bello salón del trono. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejar que D'Aubigne dejara la ciudad. Comenzó a correr tras él, decidido a acabar con su carrera y con su vida.

Al rey se le nubló la vista por un segundo. Ya había abusado demasiado de su poder y la cabeza le parecía que iba a estallar en cualquier momento. Cuando pudo ver con cierta claridad otra vez, sólo divisó a D'Aubigne dejando el salón, y Sir Rodas corriendo tras él. El rey intentó dar un paso hacia ellos, pero sintió de inmediato un mareo que le hizo tambalear tropezando, apoyando una rodilla en el piso, y el cuerpo yendo hacia adelante, sostenido sólo por su espada que se incrustaba en la madera bajo la alfombra. Dos guardias que aún seguían en pie después del enfrentamiento con los hombres de D'Aubigne tuvieron la intención de seguir a los que acababan de salir, pero se detuvieron en la entrada. Lo importante ahora era socorrer al rey.

Sir Grendell con suma dificultad se puso de pie y tomó su espada. La herida en el pecho sangraba, y la de su espalda aún más, pero aún tenía la energía y la voluntad para terminar con lo que se había propuesto. Los guardias se apresuraron en asistir a su rey, pero éste les señaló con una mano que se detuvieran.

- Os pido por favor que no os involucréis en este asunto entre Grendell y yo.

Los guardias no sabían cómo actuar. Por una parte, Daylon estaba con una rodilla en el piso, de espaldas a Sir Grendell, quien tenía un arma en su mano con toda la intención de utilizarla en su contra, pero el rey aún así les había pedido que no intercedieran. Para su calma, al menos estaba enterado de que el traidor estaba ya de pie otra vez. Los dos vieron entonces como su rey se ponía de pie y se giraba para quedar frente al hombre que había atentado contra su vida.

- Hoy no voy a caer, Daylon -hablaba débil Grendell-. Esta espada destruirá vuestro corazón y los Duvet recuperarán su legítimo lugar en el trono. Juro que éste será el fin de los Ambrós en el poder... ¡para siempre!

Cargó lleno de ira y con una fuerza renovada al tambaleante rey, en un golpe poderoso directo a su corazón. Pero el ataque fue relentizado por el evidente dolor provocado por sus heridas. Incluso en el estado en el que estaba, el rey fue capaz de evitar el ataque hincándose en el piso, empuñando su espada con ambas manos, apuntando su filosa punta hacia el vientre de Sir Grendell. Sin darle ningún respiro, gritó con fuerza y arremetió con decisión. Su espada rápidamente perforó el cuerpo del caballero, asomándose sangrienta tras él. Así los dos estaban ahí, en un abrazo espeluznante de dolor y agonía.

Esta vez Sir Grendell no hizo ningún ruido. Los dos se mantuvieron inmóviles cuales estatuas por un breve instante. Algunas palabras en voz baja deDaylon a Sir Grendell comenzaron a fluir.

- Habéis traicionado a vuestro rey, y habéis traicionado la confianza de todo hombre y mujer de Caerllion, que pusieron ciegamente en vuestras manos su seguridad. Sin embargo, a pesar de todos los pecados que habéis cometido, no os guardo rencor alguno. Estoy seguro de vuestra virtud, pero habés perdido el rumbo y habéis tomado el camino errado. Que vuestro atormentado espíritu halle la paz y encuentre su camino al paraíso. Ve con Dios...

La espada fue retirada bruscamente, mientras el rey daba un paso hacia atrás. A su vez, Sir Grendell retrocedía mientras soltaba su arma y llevaba sus manos a la herida en su estómago que estaba derramando la poca sangre que quedaba en sus venas. Intentó hablar una primera vez, pero las fuerzas le faltaron y cayó de rodillas al suelo. No había perdido de vista la mirada compasiva del hombre a quien había fracasado en eliminar, y le miraba con ira. Intentó hablar una segunda vez, pero no fueron palabras lo que salió de su boca, sino más sangre. Resignado cerró los ojos con fuerza mientras sus dientes rechinaban. En sus últimos momentos, pensaba en los tiempos mejores, cuando el rey Swor Duvet gobernaba con sabiduría la hermosa Radeas. Cómo su mentor Sir Onidas le había enseñado los valores de un caballero, y cómo voluntariamente había decidido dejarlos atrás para que los buenos tiempos de Radeas tuvieran una nueva oportunidad.

Había fracasado. Había fracasado completamente y ahora estaba muriendo. Sus sueños de una nación justa habían sido destruidos y poco a poco consumidos por el dolor. Unas lágrimas se asomaron por los ojos aún cerrados del caballero, rehusándose orgullosas a caer. Era evidente la frustración en el rostro del caballero, y esa frustración fue su última expresión antes de caer de frente y dejar de moverse. Sir Grendell había muerto.



martes, 22 de julio de 2008

La tormenta tras la calma.

El día estaba hermoso. El sol en lo alto irradiaba su luz y calor sobre las copas de los árboles, aún húmedas por la tranquila lluvia del día anterior. Se podían oír no muy lejos el jugueteo de los pájaros y el suave aroma de las bayas de Adaril. Un hombre joven, delgado y con cabello corto caminaba sonriente por entre los matorrales siguiendo el dulce olor de las deliciosas bayas, hasta llegar donde ellas y cortar con sumo cuidado sólo las necesarias para satisfacer su hambre. Había salido temprano de su cabaña en medio del Aleith para realizar el camino acostumbrado en la búsqueda de la comida que la madre naturaleza le tenía para cada día. Su nombre hace mucho tiempo no se había pronunciado, desde que su maestro perdiera su vida dos años atrás. Desde entonces había desaparecido para el mundo, consiguiendo una vida tranquila y pacífica en las vecindades del pueblo amigo elfo. Glisser Mancine, el espadachín que participó hace tiempo en la conquista de Brekarth, y que se hizo famoso por su espada mágica, había cambiado la vida de la victoria por una pacífica en los bosques del norte. El arma que le había dado popularidad había perdido sus encantos con el sello que Madul plantó en Brekarth, lo que le aliviaba de toda esa efervescencia que había provocado en los locales. Se había entregado desde ese momento a un entrenamiento clásico utilizando su espada como cualquiera otra, mejorando increíblemente sus habilidades y templando su espíritu con el de la naturaleza. La muerte de su maestro, Mouthren había sido sin dudas lo más difícil que había debido enfrentar en el último tiempo, pero supo sobrellevarlo sereno, sin entrar en conflicto con su entorno. La vida de Glisser era en ese entonces, plácida, tranquila, pacífica y sin nada de qué quejarse.

Cuando cortó la última baya que necesitaba, el brillo del sol fue bloqueado. Diose la vuelta rápidamente y frente a él vio a un hombre alto, con su cabeza rapada y enormes tratuajes en toda su piel. Vestía una túnica de tela roja como el fuego y sosteniendo en sus manos tenía un bastón de madera tallado cuidadosamente. Si bien no le reconocía exactamente, no tenía dudas de que se trataba de un miembro de la antigua orden de los Magos Rojos. Dejó la cesta con la que recolectaba el alimento y llevó su mano diestra a la empuñadura de su querida espada que descansaba en su espalda.

- Tranquilo, guerrero, no he venido a estos lugares a pelear -habló oportunamente el aparecido, viendo reflejadas en los ojos del joven espadachín las intenciones de desenvainar -. Es una época tranquila la que hemos vivido los últimos años, pero temo que pronto aquello va a terminar, y he venido hasta aquí para advertirte.

- Advertirme qué -respondió Glisser, sin perder de vista al hechicero -, ¡la presencia de tu gente en esta tierra nunca ha sido una buena señal!

- Mi nombre es Tagh Amarath, uno de los más antiguos Magos Rojos que aún siguen con vida, más antiguo que incluso el poderoso Madul. Si he venido hasta este lugar es porque la vida tal como la conocemos está en peligro, y esta vez es real.

- ¿De qué estás hablando? ¡La vida siempre estará en peligro mientras tu orden exista!

- Exacto -Amarath dio unos pasos hacia adelante -. El líder de nuestra orden Madul, como bien has de saber, es un poderoso hechicero, capaz de fusionar el plano espectral y el real de tal manera de no distinguir el uno del otro. Por eso el fuego que crea es tan poderoso, por eso es más ardiente, más destructor que cualquier otro hechicero. Pero Madul es más que un hechicero, más que el líder de la orden de los Magos Rojos.

- No entiendo palabra de lo que estás diciendo, pero si has venido a contarme todo lo que adoras a tu líder, será mejor que te largues...

- Entiendo tu incomprensión, joven guerrero. Madul es más que todo lo que conocemos. Él es parte de un círculo mucho más sagrado, él es uno de los seis guardianes de Istal, el supremo protector de la vida.

- ¡Ja! ¿Me quieres decir que Madul es de los buenos?

- Por el contrario. Madul hace tiempo ha perdido su norte. Ha utilizado el poder que Istal le ha otorgado a su conveniencia, y ha caído en la influencia del Áspero. Se ha convertido en uno de sus agentes y ahora pretende acabar con todo lo que conocemos.

- Ustedes sí que están locos, ¿cómo pretendes que crea en semejante cuento? En mi vida he oído hablar de ese tal Istal y de ese Áspero que mencionas. No sé qué buscas en este lugar ni qué quieres que yo haga, pero no dejaré que disperses tu destrucción en este lugar.

- Eres pieza importante en todo esto, Glisser, como todos nosotros. He venido a advertirte de la oscuridad que se avecina y has preferido no oír. Ha sido tu decisión, pero sé que pronto cumplirás con tu destino, la razón por la que has vivido hasta ahora. Llegado el momento nos volveremos a ver, joven guerrero, y cuando aquello ocurra, harás lo correcto.

- Hey, cómo sabes mi nombre... oye, ¡espera!

Amarath se dio media vuelta y un segundo después se perdió entre los árboles circundantes saltando como una gacela, tan rápido como un lobo. Glisser no estaba seguro de lo que había ocurrido, ni del significado de todo lo que el hechicero le había contado. Alejó la mano de su espada y cogió el cesto que había dejado en el suelo, y saboreando una de las deliciosas frutas que había recolectado, comenzó su camino a su hogar.

Primero fue un olor extraño, como a incienso. Luego el aire se enrareció notablemente y el olor se hizo más fuerte. Llegó a un claro que le permitió divisar a la distancia una columna de humo negro que se alzaba en el cielo, obstaculizando los rayos del sol y oscureciendo el día. Algo ardía. «Oh no...», la columna negra provenía de la misma dirección que su humilde cabaña. Dejó caer la cesta y comenzó a correr lo más rápido que podía, siendo el olor del humo y la densidad del mismo mucho mayor a medida que se acercaba. Finalmente divisó la destrucción, cómo los verdes y hermosos árboles del Aleith estaban ardiendo frente a él. El fuego estaba consumiendo todo a su paso a una velocidad sorprendente. Abriéndose paso por las llamas, Glisser al fin llegó al lugar en donde estaba su cabaña, sólo para ver el doloroso espectáculo de verla envuelta por el fuego abrasador. «Esto no puede estar pasando...», corrió hasta llegar frente a la puerta y la golpeó con fuerza, aunque cedió con facilidad. En el interior sus muebles, sus alimentos, sus recuerdos, estaban quemándose rápidamente. La madera incandescente del techo comenzaba a caer en el interior destrozando todo bajo ella. Glisser pasó como pudo en el infierno en el que estaba y llegó hasta una habitación, en donde la espada de Mouthren, su maestro, se hallaba colgada en la pared. La aseguró entre sus manos y se disponía a salir de la cabaña que se estaba desplomando. Vio con el rabillo del ojo una caja que se hallaba justo al lado de donde la espada de su maestro se hallaba. Era algo importante también, algo único. No dejaría que aquello se perdiera con el fuego. La tomó bruscamente y saltó por la ventana justo cuando el techo crujía y caía sobre su cabeza. Un segundo más tarde habría quedado sepultado bajo la ardiente madera.

Sacudiendo las astillas que habían quedado en sus ropas y sacando con algo de dolor las que se habían incrustado en su carne, Glisser veía cómo su hogar era destruido junto con todo lo que le rodeaba. El calor era insoportable y pronto estuvo corriendo otra vez, huyendo del fuego que destruía el bosque que le había acogido por tanto tiempo. Llegando al río que había a unos pocos cientos de metros de su hogar, cayó de rodillas en la orilla y se mojó la cara para bajar la temperatura. A su lado, su espada, la de su maestro y la pequeña caja de madera estaban a salvo del fuego que amenazó con acabar con ellas. Una vez más tranquilo, buscó responsables. La rabia se apoderó de él cuando un nombre se le vino a la mente.

- ¡Amarath, te arrepentirás de haber hecho esto!

Glisser aseguró ambas espadas en su espalda y tomó la caja en sus manos. Comenzó a caminar entonces hacia el camino del oeste, que le llevaría hasta Tabeas, en busca del hechicero que acababa de arruinar su dulce vida de paz y tranquilidad.


domingo, 13 de julio de 2008

Conspiración V: Planes y esperanzas.

Sir Grendell descansaba en su despacho, algo incómodo por el estudioso que metió sus narices donde no debía, pero de todas formas tranquilo, confiando en que su mejor hombre sabría qué hacer para callarlo. Sonó la alarma, lo que significaba que quizás no pudo hacerlo "silenciosamente", pero de seguro D'Aubigne se las habría arreglado para convertirlo en un criminal a los ojos del pueblo; después de todo, ése era su estilo. A estas alturas el muchacho debía estar ya encerrado en una de las sucias celdas del calabozo, acusado por algo que oportunamente habría inventado el capitán. O muerto, quizás, lo que sería aún mejor. Lo bueno es que nadie creería sus palabras mientras se encuentre en tales condiciones. Entonces todo seguiría marchando bien, muy bien, como hasta ahora.

La puerta se abrió bruscamente, lo que llamó inmediatamente su atención. Su camarada de fechorías entró agitado y cerró la puerta de inmediato, asegurándola. Tras ver la cara de sorpresa de Sir Grendell, le hizó una señal sobre el cuello. Al contrario de lo que esperaba, esto estaba mal, muy mal.

- Pero qué ha pasado, D'Aubigne. No me digas que ese idiota...

- Monsieur Grendell, me temo que estamos en un grave lío. Monsieur Rensic logró a pesar de todo llegar donde el rey y ha abierto su gran bocota. Ahora mismo Monsieur Rodas viene hacia acá para llevarnos frente a su Majestad..

Grendell se llevó la mano a la frente. Las cosas se complicaron, y seguramente esto no caería bien a los oídos de Feliad. Buscó rápidamente un escape a todo aquello.

- Pero no tiene pruebas para lo que ha dicho. La opción ahora es negarlo todo. Sin pruebas no se nos puede culpar de nada. Después de todo, es la palabra de un ciudadano contra la de un caballero.

D'Aubigne seguía con la mirada grave mientras recuperaba un poco el aliento.

- Pero recuerde que se trata de Daylon. A él no le importa el peso de un título, sino la credibilidad de la persona. Y ese joven, Rensic, es de su confianza. Oui, concuerdo con usted que no se nos podrá culpar, pero será una razón más para que el rey mantenga vigilado todos nuestros movimientos.

- Ya no se puede hacer nada al respecto, Joseph. Ahora lo importante es salvarnos el pellejo.

- No, Monsieur -interrumpió el capitán-. Hay una opción más: a la audiencia también fueron llamados mis camarades.

La mirada de Sir Grendell se llenó de excepticismo. Pensó un poco mientras veía la determinación en los ojos negros del capitán.

- No estaréis pensando en...

El capitán apoyó una mano en la mesa mientras acercábase un poco más a Sir Grendell. Sus ojos estaban llenos de confianza.

- Piense en la posibilidad, Monsieur. Podemos dar el golpe definitivo de una vez por todas. Estando todos en el salón del trono, el rey será una presa fácil.

Sin embargo, Sir Grendell dudaba de la aparente facilidad con la que se darían las cosas según D'Aubigne. Nunca le ha visto personalmente, pero ha oído que el rey es un excelente guerrero y digno integrante de la Élite de Radeas. No sería una presa fácil como dijo el capitán, incluso en inferioridad numérica. Pero la mirada determinada del capitán y la confianza en su técnica con la espada le hacía considerar la posibilidad.

- No estoy muy seguro de que esto funcione -dijo finalmente -, pero si es la mejor opción que nos queda, me arriesgaré, amigo mío.

El capitán sonrió ampliamente. Tomó compostura y se arregló el moustache.

- Trés bien, monsieur. Iré a informar a mis hombres. Y recuerde esto siempre: Monsieur Rodas es de los nuestros.

- Claro, de los nuestros.

Con un saludo formal, el capitán se retiró del despacho de su superior. Sir Grendell permaneció sentado, observando el vacío mientras reflexionaba. Había llegado finalmente el momento en que había tomado una decisión sin vuelta atrás. Quizás estaba tomando una decisión apresurada, desatada por la intervención de D'Aubigne, pero si conseguía con sus propias manos acabar con el rey, conseguiría el trono para que Feliad, el legítimo heredero, lo tomara, y de paso sería un héroe. Sería aclamado con honores y obtendría el respeto y orgullo de su protector Von Rüden. Estaría en la gloria...

La ansiedad no tardó mucho en invadirle. Esperaba ya que Sir Rodas tocara la puerta y le llevara en presencia del rey. Esperaba ya que al llegar al salón del trono estuviera ahí el capitán y sus hombres, listos para dar el golpe. Esperaba ya que el reinado de Daylon llegara a su fin.

Y la puerta se abrió, y Sir Rodas entró con gravedad. Dos guardias reales le acompañaban. Habló inmutable.

- Cid, nuestro Rey desea aclarar algunos hechos con vos. Requiere de vuestra presencia en el salón del trono en este momento. Haced el favor de acompañarme.

- ¿De qué se trata esto, Dargar? -preguntó Grendell, aparentando sorpresa.

- Hay algunos inconvenientes en la versión de los hechos respecto al caso de Matt Jarlians que han dado vuestros hombres. El rey desea más detalles. Además, hay otro asunto del que desea hablar, quizás un poco más delicado. Cuando estemos en presencia de su Majestad lo averiguaréis.

- Muy bien, estoy con vos. No hay nada a lo que debo temer.

- Espero que no, amigo.

- Todo saldrá bien, ya lo veréis.

Sir Grendell se adelantó y salió del despacho, seguido por los dos guardias y dejando a Sir Rodas pensativo. Sir Grendell, después de todo, había sido un gran compañero en los tiempos gloriosos de Radeas y en más de una contienda lucharon juntos protegiéndose las espaldas. Era el hombre en quien más confiaba, quizás más que en su rey, a expensas de lo que ello significaba. Esperaba en el fondo de su alma que las palabras de Grendell se hicieran realidad; que todo se trate de un mal entendido y que el pequeño herborista finalmente pague por todas sus mentiras. Dejó el despacho y cerró la puerta tras de sí, y en la habitación sólo quedó su esperanza que se consumía junto a la última vela encendida.