La tienda de antigüedades "El Fénix" (donde lo antiguo renace) terminaba un nuevo día de ventas. Su dueño, un antiguo y conocido hechicero en Astadia, y que hace años había abandonado el camino de la magia, cerraba las cuentas del negocio con una seriedad inusual. Tagh Amarath, el hombre calvo de tatuajes llamativos, terminó de contar el dinero y cerró los ojos en un silencio total. «Ya es hora».
Se dirigió al cuarto tras la tienda, el que usaba como dormitorio. Su cama, una pequeña mesa con su silla, algunas ropas y un pequeño cofre intentaban abarcar el espacio de aquella habitación sin ventanas. Con suma solemnidad se acercó al cofre y lo abrió. En él, una túnica de un vivo color rojo, una vestimenta que usó durante gran parte de su vida, que distinguió siempre a los de su clase. Lentamente dejó las ropas ordinarias para vestirse con la fina y llamativa tela de rojo. «Ha llegado el momento de actuar una vez más. Está ante mí la última oportunidad con la que cuento para enmendar mis errores...»
Dejó la habitación y volvió a la tienda, tomó algunos pergaminos que había en unos estantes y se hizo de un pequeño báculo gris y feo que colgaba inadvertido entre otros trabajos más llamativos y esplendorosos. Luego de ello, dejó el Fénix sin preocuparse de cerrar con seguro. Probablemente no sería necesario.
En las calles del tranquilo pueblo de Rídimas camino a Corión el silencio era total, como de costumbre. Todas las actividades habían terminado al caer la noche, como cualquier otra jornada. Amarath cerró los ojos un momento buscando un poco de tranquilidad, pues a pesar de todo la ansiedad y el miedo a lo que estaba a punto de venir estaban causando estragos en su interior. Abrió los ojos justo para apreciar que llamaradas comenzaban a extenderse a sus alrededores, encerrándole a él y a una nueva figura aparecida en un círculo de fuego danzante.
- Bien, bien, veo que esperabas mi visita, viejo Amarath. No sé cómo le haces, pero sin duda es un arte que me gustaría aprender... supongo que sabes a qué he venido entonces.
Amarath vio frente a él todos sus temores hechos realidad. La aberración de ver una vez más a Madul, su antiguo maestro y poderoso hechicero, frente a él le habían dejado helado. Mas sabía cómo ocultar sus emociones y con temple sereno y voz inquiebrantable habló.
- Sé muchas cosas, maestro, pero la razón de tu presencia en este lejano lugar no es una de ellas. Aun así, sé que no soy de ayuda en mi retiro, y lo que sea que vengas a pedirme me obligará a dejarlo, y no tengo intenciones de hacerlo. Por lo tanto, lo que sea que vengas a pedirme, la respuesta es no.
Madul miró a Tagh con sorpresa. Le hablaba con un extraño tono de voluntad, algo que no esperaba en uno de sus más fieles títeres. ¿Una negativa? ¿Qué se ha creído? Tomando una actitud burlesca, agregó.
- ¡Ha ha! Cómo te ha afectado el retiro, ¿eh? Deberías recordar que no soy de los que piden las cosas, que no vengo necesariamente a "pedirte" algo. Te acogí bajo mi poder cuando pude haberte destruido junto a tus debiluchos amigos, ¿recuerdas ahora? Así que nada de negarse, que lo que yo te ordene, tú lo cumples, ¿me oíste?
- He oído tus palabras, pero te lo aseguro: yo ya no estoy bajo tus órdenes -el rostro de Madul cambió drásticamente de burla a irritación -. Todo este tiempo me habéis engañado, y me habéis obligado a cometer actos impensables en contra de personas buenas e inocenes. Habéis hecho que todos estos años haya sido sólo un gran error.
- ¡Basura insolente! ¡Sabéis bien quién soy!
- Me has mostrado que eres uno de los Guardianes de Istal, y que para evitar la llegada del Áspero necesitabas mi ayuda... ¡Hiciste que traicionara a mis amigos, a Keithros, a Alia... a mis aprendices... a todo lo que quería! Me llevaste a traicionar a quien soy, y lo peor, todo en el nombre de Istal...
- ¡Ingenuo! Ése era el mandato de Istal para ti, y habéis cumplido bien. No importa nada más.
- ¿Era el mandato de Istal, o quizás... -Amarath hizo una pausa, concentrado en todos los movimientos y cualquier reacción que tuviera Madul, quien se veía cada vez más irritado -... era el tuyo, Guardián Caído?
Su precaución resultó adecuada, pues Madul al ser nombrado de tal forma reaccionó con ira y en primera instancia le arrojó una poderosa llamarada. Esperando algo así, Amarath abanicó el aire a su alrededor con destreza utilizando el viejo báculo que traía consigo, y una energía mágica detuvo el fuego que iba hacia él. Acto seguido extendió uno de los pergaminos que luego de formuladas algunas palabras se consumió y el hechicero se sefumó, sin dejar rastro alguno de su paradero.
Ya ofuscado, Madul buscó instintivamente a sus alrededores, y al no hallarlo la frustración y la ira se apoderaron completamente de él. No sólo no había conseguido con la ayuda de Amarath, sino que además ya se había rebelado y se había mostrado conocedor de uno de sus más grandes secretos. Y como Madul no presenta tolerancia a la frustración, pronto estalló en llamas todo lo que estaba a su alrededor. El Fénix y todo lo que le rodeaba quedó reducido a un montón de material ardiente, mientras Madul continuaba maldiciendo.
- ¡Serás cenizas, Amarath! ¡Te lo juro, caerás y serás nada!
Y el fuego comenzaba a extenderse por el resto del pequeño poblado, vidas de inocentes que habían sido puestas en peligro una vez más, deseos de una vida tranquilda deshechos y sueños de un futuro mejor perdidos.
----
A un par de millas de Rídimas, el hechicero Amarath observaba el espectáculo de fuego que envolvía al pueblito que le había albergado durante los últimos años. Con pesar en su corazón, volteó la mirada y comenzó su caminar hacia Veldmor, la ciudad portuaria más importante de la antigua Corión. Desde ahí comenzaría su viaje por Dyloen, buscando más pistas que le llevaran a descifrar exactamente qué estaba ocurriendo con Madul y encontrar una forma de enmendar sus errores. Lo primero sería hallar a Zeltoss. Seguramente él también había sido engañado; si no, tendría que eliminarlo... sí, a él sí podría eliminarlo con sus habilidades.
Y así su nuevo camino había comenzado. Después de todo, sí dejó su retiro y volvió a convertirse en lo que esperaba jamás volver a ser: un Mago Rojo.
Se dirigió al cuarto tras la tienda, el que usaba como dormitorio. Su cama, una pequeña mesa con su silla, algunas ropas y un pequeño cofre intentaban abarcar el espacio de aquella habitación sin ventanas. Con suma solemnidad se acercó al cofre y lo abrió. En él, una túnica de un vivo color rojo, una vestimenta que usó durante gran parte de su vida, que distinguió siempre a los de su clase. Lentamente dejó las ropas ordinarias para vestirse con la fina y llamativa tela de rojo. «Ha llegado el momento de actuar una vez más. Está ante mí la última oportunidad con la que cuento para enmendar mis errores...»
Dejó la habitación y volvió a la tienda, tomó algunos pergaminos que había en unos estantes y se hizo de un pequeño báculo gris y feo que colgaba inadvertido entre otros trabajos más llamativos y esplendorosos. Luego de ello, dejó el Fénix sin preocuparse de cerrar con seguro. Probablemente no sería necesario.
En las calles del tranquilo pueblo de Rídimas camino a Corión el silencio era total, como de costumbre. Todas las actividades habían terminado al caer la noche, como cualquier otra jornada. Amarath cerró los ojos un momento buscando un poco de tranquilidad, pues a pesar de todo la ansiedad y el miedo a lo que estaba a punto de venir estaban causando estragos en su interior. Abrió los ojos justo para apreciar que llamaradas comenzaban a extenderse a sus alrededores, encerrándole a él y a una nueva figura aparecida en un círculo de fuego danzante.
- Bien, bien, veo que esperabas mi visita, viejo Amarath. No sé cómo le haces, pero sin duda es un arte que me gustaría aprender... supongo que sabes a qué he venido entonces.
Amarath vio frente a él todos sus temores hechos realidad. La aberración de ver una vez más a Madul, su antiguo maestro y poderoso hechicero, frente a él le habían dejado helado. Mas sabía cómo ocultar sus emociones y con temple sereno y voz inquiebrantable habló.
- Sé muchas cosas, maestro, pero la razón de tu presencia en este lejano lugar no es una de ellas. Aun así, sé que no soy de ayuda en mi retiro, y lo que sea que vengas a pedirme me obligará a dejarlo, y no tengo intenciones de hacerlo. Por lo tanto, lo que sea que vengas a pedirme, la respuesta es no.
Madul miró a Tagh con sorpresa. Le hablaba con un extraño tono de voluntad, algo que no esperaba en uno de sus más fieles títeres. ¿Una negativa? ¿Qué se ha creído? Tomando una actitud burlesca, agregó.
- ¡Ha ha! Cómo te ha afectado el retiro, ¿eh? Deberías recordar que no soy de los que piden las cosas, que no vengo necesariamente a "pedirte" algo. Te acogí bajo mi poder cuando pude haberte destruido junto a tus debiluchos amigos, ¿recuerdas ahora? Así que nada de negarse, que lo que yo te ordene, tú lo cumples, ¿me oíste?
- He oído tus palabras, pero te lo aseguro: yo ya no estoy bajo tus órdenes -el rostro de Madul cambió drásticamente de burla a irritación -. Todo este tiempo me habéis engañado, y me habéis obligado a cometer actos impensables en contra de personas buenas e inocenes. Habéis hecho que todos estos años haya sido sólo un gran error.
- ¡Basura insolente! ¡Sabéis bien quién soy!
- Me has mostrado que eres uno de los Guardianes de Istal, y que para evitar la llegada del Áspero necesitabas mi ayuda... ¡Hiciste que traicionara a mis amigos, a Keithros, a Alia... a mis aprendices... a todo lo que quería! Me llevaste a traicionar a quien soy, y lo peor, todo en el nombre de Istal...
- ¡Ingenuo! Ése era el mandato de Istal para ti, y habéis cumplido bien. No importa nada más.
- ¿Era el mandato de Istal, o quizás... -Amarath hizo una pausa, concentrado en todos los movimientos y cualquier reacción que tuviera Madul, quien se veía cada vez más irritado -... era el tuyo, Guardián Caído?
Su precaución resultó adecuada, pues Madul al ser nombrado de tal forma reaccionó con ira y en primera instancia le arrojó una poderosa llamarada. Esperando algo así, Amarath abanicó el aire a su alrededor con destreza utilizando el viejo báculo que traía consigo, y una energía mágica detuvo el fuego que iba hacia él. Acto seguido extendió uno de los pergaminos que luego de formuladas algunas palabras se consumió y el hechicero se sefumó, sin dejar rastro alguno de su paradero.
Ya ofuscado, Madul buscó instintivamente a sus alrededores, y al no hallarlo la frustración y la ira se apoderaron completamente de él. No sólo no había conseguido con la ayuda de Amarath, sino que además ya se había rebelado y se había mostrado conocedor de uno de sus más grandes secretos. Y como Madul no presenta tolerancia a la frustración, pronto estalló en llamas todo lo que estaba a su alrededor. El Fénix y todo lo que le rodeaba quedó reducido a un montón de material ardiente, mientras Madul continuaba maldiciendo.
- ¡Serás cenizas, Amarath! ¡Te lo juro, caerás y serás nada!
Y el fuego comenzaba a extenderse por el resto del pequeño poblado, vidas de inocentes que habían sido puestas en peligro una vez más, deseos de una vida tranquilda deshechos y sueños de un futuro mejor perdidos.
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A un par de millas de Rídimas, el hechicero Amarath observaba el espectáculo de fuego que envolvía al pueblito que le había albergado durante los últimos años. Con pesar en su corazón, volteó la mirada y comenzó su caminar hacia Veldmor, la ciudad portuaria más importante de la antigua Corión. Desde ahí comenzaría su viaje por Dyloen, buscando más pistas que le llevaran a descifrar exactamente qué estaba ocurriendo con Madul y encontrar una forma de enmendar sus errores. Lo primero sería hallar a Zeltoss. Seguramente él también había sido engañado; si no, tendría que eliminarlo... sí, a él sí podría eliminarlo con sus habilidades.
Y así su nuevo camino había comenzado. Después de todo, sí dejó su retiro y volvió a convertirse en lo que esperaba jamás volver a ser: un Mago Rojo.
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