lunes, 13 de julio de 2009

Por un amigo.

El ambiente era cálido, acogedor. El silencio evocaba una paz que había creído perdida desde hace siglos, y la luz brillante del sol que entraba por el vitral superior caía radiante sobre sus hombros mientras que con mente tranquila rezaba a su Dios. Años atrás, en la peor época de su vida, el paladín Luxor Mallinder había caído en las garras de la impía hechicera Clessenia, y había visitado por momentos los oscuros pasajes del infierno.

Un hombre alto, de cabello dorado hasta los hombros y unos hermosos ojos color del cielo, que usaba toga blanca con detalles bordados en dorado, entró al templo sin hacer ruido alguno. Vio al paladín inmerso en su oración y no quiso incomodarle. Esperó de pie junto a la entrada, con los ojos cerrados y las manos cruzadas, hasta que Luxor luego de persignarse, se puso de pie y notó su presencia. Su corazón lleno de paz se alegró de ver a Alanis, el ser que había rescatado su alma de la eterna oscuridad. Éste inició el diálogo.

- Bendiciones, Luxor. Soy capaz de ver tu alma llena de la dicha de Dios.

- Todo es gracias a vos. Me habéis entregado el más grande regalo y estaré para siempre en deuda con vos.

- La vida sólo es un regalo de Dios, Luxor. Sólo soy un mensajero, un guardián de Su Voluntad en este mundo, al que cuida y ama desde y por siempre.

Luxor besó la cruz que formó con el pulgar e índice derechos.

- Amén, Alanis.

Alanis sonrió contento. La devoción y felicidad que Luxor mostraba en ese momento era algo que sólo podía caber dentro de la infinita bondad del Creador. Verlo a él le llenaba de esperanzas y deseos de conseguir el Bien Supremo. Pero no era su tarea.

- Estáis rebosante de nuevas esperanzas. Creo que ha llegado el momento de hablar sobre lo que Istal tiene preparado para ti.

En su juventud, cuando estudiaba las Sagradas Escrituras, Luxor oyó hablar de Istal, uno de los ídolos de la religión pagana del pueblo oriental de Corión. En su vida pasada pudo haber destruido a cualquier blasfemo que adorara a tal figura. Y tras conocer a Alanis, saber que es un subordinado de Istal, y que ambos siguen las leyes sagradas de Dios al pie de la letra, había comprendido que la Verdad de Dios abarca mucho más de lo que él había imaginado. Tanto Istal como Alanis estaban bendecidos por Su gloria.

- Vos me habéis dado la gracia de servir nuevamente a Dios. Haré lo que me indiquís para demostrar Su grandeza al mundo.

Alanis notó una luz tenue del antiguo Luxor en aquellas palabras. "Demostrar Su grandeza al mundo". Aún le faltarían algunas experiencias nuevas para comprender al fin que Su grandeza no necesita ser demostrada. Pasó por alto sus propios pensamientos y continuó.

- Se acercan días peligrosos para el mundo, e Istal necesita que cumplas con Su mandato, aquél que te dio hace tiempo y que has dejado postergado -los ojos de Luxor se agrandaron y su corazón empezó a golpear fuerte su pecho -. Creo que sabes a quién me refiero...

- Sgarr...

Hubo un silencio prolongado. Luego Alanis agregó.

- Su alma está en caos. Ha perdido la noción de sí mismo, y sólo vaga por esta tierra sin conocer su destino. Debes salvarle.

Luxor bajó la vista, y se perdió en sus recuerdos. Aquella noche en que Él le habló por los sueños y le encomendó la Salvación. Aquella noche en que el fuego consumió su vida. Aquella noche en la que salvó al pequeño Sgarr de las llamas. Sgarr, la llave de Dios para la Salvación.

Alanis continuó:

- Puedes ir a la Fuente y elegir a seis monjes para que te acompañen. Con ellos iniciaréis un viaje y rescataréis a aquellos que necesiten ser rescatados de las maldades del mundo, y los uniréis a vuestra campaña. Ustedes serán el Sendero del Amanecer, y su meta final es salvar el alma de aquél niño. Éste es Su voluntad.

Luxor escuchó cada palabra que Alanis le dijo. La paz de su espíritu se vio perturbada por un momento: con su bajada a los infiernos, Sgarr había quedado abandonado a su suerte. Había quedado solo en una tierra desgarrada por el mal. Y había sido su responsabilidad. Centró su mente y pensó también en la Fuente, lugar donde a esa hora los más hábiles monjes de Azhur ponían a prueba su resistencia física y espiritual bajo las cristalinas aguas que caían desde el cielo. Miró decidido a Alanis.

- No volveré a fallar Alanis. Si es la voluntad de Dios, no me puedo permitir fallar.

Alanis le regaló una nueva sonrisa.

- No lo harás, Luxor. Estoy seguro de ello.

Luxor hizo una reverencia. Luego se inclinó sobre el altar y se persignó una vez más antes de dirigir sus pasos a la salida de la capilla, dejando al monje atrás. Alanis, que dejó su sonrisa, dudó un poco, pero luego habló una vez más.

- Luxor, espera... hay algo más.

El paladín se giró hacia Alanis, quien ahora le daba la espalda. No dijo palabra alguna, sólo esperó a que Alanis prosiguiera.

- Hay otra alma que debes salvar... no es un mandato de Él, pero creo que es importante para ti.

- ¿De quién se trata?

Alanis dio media vuelta y miró a los ojos al paladín. Luxor vio por primera vez un rastro de tristeza en aquellos ojos color cielo.

- De un gran amigo tuyo, que perdió el rumbo y ahora está agonizante... se trata de Guehene...

El corazón de Luxor pareció detenerse por unos segundos para luego acelerarse incontrolable. "Guehene!" Sin agregar ninguna palabra, se giró y apresuró sus pasos fuera del santuario.

- ¡Está en Tabeas! ... ¡ve y sálvale de su tormento!

Fueron las últimas palabras que Luxor oyó cuando ya cruzaba la plaza a toda velocidad camino al establo. No podía permitirse llegar tarde. Desde la entrada del santuario, Alanis observó cómo se alejaba y cuando le hubo perdido de vista cerró los ojos y empezó a orar. Quizás no debería habérselo dicho, no era su obligación, pero no podría verle a los ojos si guardaba aquello para sí. Pensó que quizás había muchas otras cosas que debería haberle contado antes, la verdad. Aún quedaban muchos secretos que Luxor desconocía, y quizás el más importante de todos, que su Dios e Istal eran la misma entidad.