miércoles, 29 de octubre de 2008

Principio imposible de vida/muerte.

La habitación seguía tan oscura como siempre, sólo iluminada pobremente por aquellas teas que a estas alturas parecían eternas. La mesa de madera seguía en el centro, acompañada por las dos sillas del mismo origen. Sobre ella, además de la vela que presenció aquella siniestra conversación entre Eudes Dubois y el asesino Phill la noche anterior, había un conjunto de recipientes de vidrio que contenían sustancias de distintas formas, colores y consistencia; un espectáculo que sólo era posible observar dentro de los muros del instituto Schellden.

La puerta se abrió de golpe y a su interior fue arrojado un hombre de edad que, aunque bien vestido, tenía sus ropas sucias y manchadas con su propia sangre, producto quizás de alguna golpiza recibida hace poco. El hombre apenas podía mantenerse en pie, y el espectacular artefacto que alguna vez adornó su ojo izquierdo, ahora colgaba del bolsillo de su traje, sin la magnificencia y elegancia que le distinguieron en sus mejores momentos. Su monóculo, de hecho, estaba sucio y trizado, inutilizable. Milton Schellden, uno de los fundadores de la institución científica del mismo nombre, el bastión de las artes y el conocimiento en el reino de Caerllion, como pocas veces se hallaba sin habla, silenciado por el dolor que provocaban sus heridas. Detrás de él se asomaba el hombre de negocios dueño de aquel antro. Más regordete y evidentemente menos elegante, Eudes Dubois mostraba confianza en sus actos, incluso cuando estos estuvieran fuera de la ley.

Dos hombres grandes y de aspecto tosco entraron también en aquellas cuatro paredes de piedra para sostener al magullado hombre de ciencias y prevenir que se desvaneciera por falta de fuerzas. Con la sonrisa en su rostro, Eudes habló claro y fuerte.

- Muy bien, Milton. Me pareció sensato que te hayas rehusado a cooperar con mi desinteresada causa aludiendo a que no tenías los implementos y materiales que necesitabas a disposición. Pues en mi más supremo interés en ayudarle, he traído hasta aquí cada uno de los ingredientes y compuestos que mis ayudantes encontraron en tu lugar de trabajo. Espero que ahora no objetes más y te decidas de una vez por todas a colaborar.

Los dos hombres llevaron a Milton hasta una de las sillas frente a la mesa con todos los artefactos sobre ella. Pasó la mirada por los distintos objetos, hasta que finalmente dio la vuelta para mirar a quien le había engañado en primera instancia para llevarlo hasta esta situación.

- Excuse me, ¿qué es exactamente lo que desea de mí, mister?

El rostro de Eudes se tornó serio de un momento a otro.

- Sabes bien lo que quiero, viejo: ¡"la fórmula que revolucionará al guerra"! La que podrá llevar a quien la posea a la victoria, la que... ¡la que me hará inmensamente rico y poderoso!

- ¡Oh God! Pamplinas, no le entregaré tal conocimiento a alguien como us...

Uno de los hombres de Eudes cortó la frase del alquimista de un solo golpe de puño en el rostro. Más sangre emanó de la boca del científico mientras se llevaba ambas manos al rostro. Las fuertes manos del otro hombre que aún le sujetaba evitaron que Milton cayera al suelo. Eudes entonces habló.

- Piénsalo bien, Milton. No estás en posición de negarte. Si lo haces, puedes perder algo preciado... ¿tu vida, quizás?

- Usted no se atreverá a hacer nada. If I die, no podrá obtener lo que desea, y habrá hecho todo en vano. Also, Mildred debe estar buscándome, y cuando le encuentre, usted irá derechito a la cárcel.

- Milton, Milton... espero que la próxima vez que abras tu boca sea para comenzar a cooperar. Créeme que de ello depende también la integridad de tu hermano como la de los estudiantes de la Organización, y por supuesto, de la Organización misma...

- ¡Don't even dare...! -Un nuevo golpe le silenció.

- Por favor, Milton, cuida tu integridad y coopera de una vez, que de verdad no quiero que haya más víctimas en todo esto. Por otra parte, tampoco tengo todo el tiempo del mundo para que se decida. No termine de agotar mi bendita paciencia.

Aguantando el dolor apenas, Milton miró una vez más a los ojos de Eudes, una mirada desafiante, impensada en Milton. La maldita fórmula, ¿eh? Siempre supo que tal conocimiento le traería problemas, y que su suerte terminaría cuando le separaran de su hermano. Comprendía también que Eudes, con aquel conocimiento, podría hacer lo que quisiera. Y no lo permitiría.

- No conseguirá nada de mí, mister Dubois. Además, no tiene usted las agallas para entrometerse con la Organización Schellden. Estaría enfrentándose a la misma Caerllion.

- Milton... te gustan las demostraciones, como buen científico. Te daré una, y espero que sea la única. Así lo has querido, así que luego no vengas a quejarte. ¡Que entren los soquetes!

Otro de los matones de Eudes entró acarreando a dos personas atadas de mano y con bolsas de género en sus cabezas. Los puso frente a Milton y les quitó las bolsas, revelando los rostros de dos estudiantes de la Organización, completamente demacrados e hinchados producto quizás de golpizas varias. Luego de ello, sacó una cuchilla de unas cinco pulgadas.

- Última oportunidad, Milton. Coopere o será responsable de la muerte de un inocente.

- My God... Derek, Sam...

¿Qué era lo que debía hacer? Salvar la vida de sus estudiantes y arriesgarse a que Eudes tenga en su saber la fórmula que desea, o dejarlos a su suerte por un bien mayor. La respuesta fría y calculadora era obvia, pero en su interior, su corazón clamaba por piedad.

Pensó mucho. Eudes dio la orden al matón, quien con extrema frialdad asintió y deslizó la hoja afilada por la garganta de uno de los estudiantes. La sangre brotó de inmediato y dando espasmos el cuerpo cayó al suelo, quedando finalmente inmóvil frente al horrorizado Milton y otro estudiante.

- Por favor, Milton. No quiero que más inocentes mueran. Por favor, decide cooperar de una vez por todas.

«My God» pensó Milton. Después de todo había calculado mal los límites de Eudes. Sam ahora estaba muerto, y si no se decidía, seguramete Derek correría la misma suerte. ¿Valía la pena el sacrificio por mantener el secreto resguardado? ¿Valía la pena aceptar tales actos de inhumanidad para evitar el mal uso de la fórmula? Pero... ¡en qué estaba pensandoo! Aunque les revele la fórmula, serán incapaces de reproducirla, porque uno de los ingredientes sólo se hallaba frente a él. Manteniendo la fuente en secreto, no era necesario ocultar nada más. Además, sin las herramientas para hacer la fórmula más efectiva, Eudes no seriá capaz de causar tanto daño como en un comienzo pensó.

Nuevamente pensó demasiado. Eudes dio un suspiro y dio la señal para que la segunda garganta fuera cortada.

- ¡No, wait!

La reacción de Milton logró llamar la atención a tiempo de Eudes y el matón, quien se detuvo hasta que una nueva señal del hombre de negocios le llevó a retirar el cuchillo de las cercanías del cuello del estudiante.

- You win, Eudes. Ayudaré en lo que quiere. Le enseñaré la fórmula, pero no haga más daño a los estudiantes, please.

- Haha! Eso depende siempre de qué tan bien cooperes, Milton. Su vida sigue dependiendo de ti.

Milton dio un suspiro de alivio, tomó aire profundo y se dio media vuelta, hacia la mesa con toda la parafernalia química. Comenzó entonces a mezclar algunas sustancias por un momento hasta lograr un compuesto oscuro, un granulado de color azabache.

- There... ahí tiene el producto, sólo debe juntar cinco partes de carbón, cino de este compuesto que conocerá como azufre y siete de este otro blanco... que... este... ¡suele usarse como condimento! Anyway, no le será de utilidad sin el aparato para usarla...

- ¿Qué? ¿De qué aparato hablas?

Para variar, a pesar de sus esfuerzos, Milton ya había hablado más de la cuenta. Sabía que faltaba algo, pero fue evidente que Eudes no estaba al tanto de ello. Seguramente toda posibilidad de liberación del estudiante aún vivo, si es que alguna vez la hubo, se había perdido por su indiscreción. Casi. Porque ocurrió algo que no había considerado, y que ahora se manifestaba como una nueva vía de escape, una nueva y valiosa oportunidad para salir airoso de todo esto. Por la puerta apareció alguien más.

- Eudes, tranquilo.

Robert Leaubry, otro hombre de negocios, asociado con Dubois en estos tratos oscuros. Efectivamente, había sido él quien había llevado a las garras de Eudes al pobre Milton, él había sido quien le había engañado en segunda instancia para conseguir la deseada fórmula de destrucción. Junto a él, sujeto por su propia mano, otro hombre cuyo cuerpo se tentaba a caer desparramado en el suelo. Antes de seguir hablando, lo arrojó al piso donde cayó sin reaccionar. Milton, al reconocerlo se sobresaltó. «My God...» Era inconfundible. Su complexión, su cabellos rubios, e incluso sus ropas extravagantes eran inconfundibles. Quien se hallaba en el suelo inmóvil era Mustadio. Pero... ¿cómo habían dado con él? Leaubry continuó.

- Ya conseguí toda la información que nos faltaba, e incluso... -sacó de su cinturón un artefacto extraño, nuevo, uno de los dos únicos ejemplares del arte de Mustadio en este mundo, armas que hacían el trabajo junto a "la fórmula" -tengo aquí un prototipo del invento que nos hará ricos, amigo Eudes. Ya tenemos todas las partes de este rompecabezas; veamos qué tan bien funciona esto.

Robert sacó una bolsa de género, y de ella unos objetos esféricos metálicos. Se acercó hasta donde Milton había preparado el compuesto negro, llenó el tubo, o "cañón" del artefacto con parte de él, presionó con cierta barra de hierro y finalmente introdujo también por el cañón una de las esferas. Y todo estuvo listo.

- Señor Milton: espero que su cooperación con este proyecto haya sido a conciencia. No queremos que este experimento falle, ¿verdad? Mire... si esto llegase a funcionar, tendrá su recompensa.

Dubois quedó sorprendido al ver que su compañero dirigió el cañón del arma hacia él, y muy pronto comenzó a sudar. Levantó las manos en señal de intentar detener a Leaubry en aquella idea descabellada.

- ¡Eh, vamos Robert! No bromees con eso y apunta hacia otro lado... ¿Robert?

Leaubry, sin embargo, mantenía el cañón del arma recto hacia él, con una mirada calculadora, curiosa y por qué no, de confianza.

- Veamos qué hay de verdad en todo este rollo que me has contado, Eudes.

Presionó el gatillo del arma, la que inmediatamente reaccionó yendo con violencia hacia atrás, luego de un estruendoso sonido que llevó a Milton a taparse los oídos. Del cañón del arma comenzó a salir una humareda al mismo tiempo que Leaubry observaba los resultados. Vio cómo Eudes estaba frente a él, aún en pie. Sólo sobre su ojo derecho se podía apreciar un punto rojo. Sin embargo, Dubois no se movía y tenía la vista perdida y estática. No pasó casi tiempo cuando el punto rojo se expandió y comenzó a correr una línea del mismo color, que rodeó el ojo y siguió el camino de su gruesa nariz. Eudes dio un paso atrás, luego otro, hasta que finalmente cayó de espaldas brutalmente azotándose con fuerza contra el piso. Una vez ahí, Eudes no volvió a moverse. Leaubry, viendo sorprendido el resultado y el arma que lo había logrado, se sonrió ampliamente. Por otra parte, los matones que estaban con Eudes ni siquiera se movieron. Ahora esperaban las órdenes de su nuevo jefe. Robert les habló.

- ¿Han visto eso? ¡Esto es una maravilla! -y dirigiéndose a Milton- Ha sido un gusto que haya colaborado con todo esto. Sinceramente no creí que usted daría la fórmula correcta en la primera oportunidad.

Se acercó nuevamente a la mezcla mientras Milton se tapaba el rostro del espanto que había visto. Tomó un poco más de ella y preparó el arma una vez más, siguiendo los mismos pasos tomados anteriormente, mientras caminaba hasta la puerta de salida.

- Señor Milton, de verdad estoy muy agradecido de su colaboración -hablaba mientras le hacía una señal al matón con el cuchillo, idéntica a la que hacía Eudes; el hombre asintió y con la misma frialdad que antes rebanó el joven cuello del segundo estudiante. Milton observó aterrorizado -, pero comprenderá que debo eliminar a los testigos.

- You're a monster, mister Robert. Algún día se hará justicia con usted y no permitiré que cause más mal...

Milton se volteó y con el brazo extendido barrió con todo lo que había sobre la mesa, destruyendo todos los recipientes de vidrio, mezclando todas las sustancias. El sonido ensordecedor se repitió, en el momento en que Leaubry apuntaba esta vez al alquimista. El rostro de Milton se desfiguró de dolor al mismo tiempo en que se desplomaba primero sobre la mesa y luego en el piso, quedando boca arriba respirando dificultosamente. Su pecho comenzó a teñirse de rojo rápidamente, y no tardó mucho en quedarse quieto, sin aliento.

Uno de los secuaces (ahora de Leaubry) se apresuró en revisar el estado de la fórmula.

- Señor Robert, los compuestos están totalmente mezclados, no se pueden recuperar.

- Es lo de menos. Tenemos el conocimiento para hacer toda la fórmula que queramos. Cinco de carbón, cinco de azufre y cinco de ese condimento, ¿cierto? Es tiempo de estudiar esto -señalando el arma que tenía en sus manos- y seremos invencibles, ¡ja ja! Simel, encárgate de deshacerte de los cuerpos. El resto, acompáñenme.

Así lo hicieron. El hombre del cuchillo guardó su arma y comenzó a apilar los cadáveres mientras todos los demás salían de la habitación. Así dejó juntos los cuerpos de los dos estudiantes, y luego fue por Mustadio. Sin embargo, cuando se agachó para tomarle, éste se dio vuelta y le estampó los nudillos en la cara. Sangre y un par de dientes volaron por los aires al mismo tiempo que Simel caía al piso inconsciente.

Por algunos segundos nada se movió en el cuarto. A pesar del feroz golpe que propinó, Mustadio continuaba malherido y cansado. Pasado un momento, se repuso con dificultad y miró a su alrededor. Sólo divisaba cuerpos y sangre, no movimiento. Vio a Milton caído a un costado de la mesa y la sangre se le heló. Se arrastró como pudo hasta llegar a su lado. Tenía los ojos abiertos, alternando la vista entre dos puntos arbitrarios; apenas podía respirar. Seguramente uno de sus pulmones había sido perforado por el proyectil, la sangre había empezado a escurrir por su nariz. El alquimista notó la cercanía de Mustadio y le miró a los ojos. Con evidente preocupación intentó extenderle la mano, pero el esfuerzo era demasiado y cayó con su propio peso. Mustadio le tomó el antebrazo con toda la fuerza que pudo, mientras sus ojos comenzaban a humedecerse.

- Señor Milton, resista por favor, no se rinda... traeré ayuda, lo prometo... todo va a mejorar...

El alquimista miró nuevamente hacia el techo y su respiración se notaba entrecortada y cada vez más dificultosa.

- Too... too late for... that, my friend... mi hora... ha... llegado...

Su mirada, de súbito se centró otra vez en Mustadio, evidenciando nuevamente preocupación.

- ¡Rika! Oh God...

- ¿Rika? -repitió Mustadio.

- You must protect her... debes protegerla... oh, poor Rika... Please, swear to me... protegerás a Rika.. at all... cost...

- Lo haré, señor, pero por favor no gaste sus energías...

Milton miró una vez más el techo, sin prestarle atención a nada. Sus ojos se humedecieron y su vista se nubló antes de volverse todo negro.

- Oh God... what have I... done... forgive me... brother...

Su último aliento se perdió en aquellas palabras. La respiración complicada de Milton cesó completamente y su corazón dejó de latir. Había abandonado este mundo, atormentado por el devenir, por la potencial miseria que él mismo había comenzado a forjar. Ahora todo se había convertido en nada. La muerte era... irreversible.

- Señor Milton... ¡Señor Milton, por favor no se rinda! No... por favor...

Las palabras de Mustadio fueron ahogadas por las lágrimas. Después de todo, Milton había sido una de las pocas personas que le habían ayudado en sus primeros días en esta tierra desconocida, que le habían extendido la mano y le habían otorgado una oportunidad. Fue la única persona a quien le había revelado su más grande secreto, fue a quien le contó los detalles sobre el compuesto que conocía como "pólvora", y le ayudó en la reproducción de dicho compuesto usando elementos de este lado. Milton había sido la persona más importante para él desde que estuviera aquí, pero ahora... ahora Milton estaba muerto.

Le cerró los ojos sutilmente. Se puso de pie con esfuerzo y se acercó tambaleante aún hasta el hombre que había derribado. Le extrajo de sus ropas el cuchillo que había utilizado para degollar a los estudiantes de la Organización y se propuso abandonar aquél sitio. Llegó a la puerta y dio un último recorrido con la mirada a la misma. Vio a Eudes, ex-socio de Leaubry, a los estudiantes asesinados a sangre fría, al matón inconsciente y con la cara destrozada en el piso, y junto a un montón de trozos de vidrio y de sustancias de colores esparcidas, el cuerpo de Milton. "Proteger a Rika". Milton gastó sus últimas energías en pedirle aquello. Decidido, cruzó la puerta, con cuchillo en mano y con sus dos objetivos inmediatos en mente: escapar de aquel lugar y encontrar a Rika, quienquiera que sea y dondequiera que se encuentre.



martes, 28 de octubre de 2008

El Fénix rebelde.

La tienda de antigüedades "El Fénix" (donde lo antiguo renace) terminaba un nuevo día de ventas. Su dueño, un antiguo y conocido hechicero en Astadia, y que hace años había abandonado el camino de la magia, cerraba las cuentas del negocio con una seriedad inusual. Tagh Amarath, el hombre calvo de tatuajes llamativos, terminó de contar el dinero y cerró los ojos en un silencio total. «Ya es hora».

Se dirigió al cuarto tras la tienda, el que usaba como dormitorio. Su cama, una pequeña mesa con su silla, algunas ropas y un pequeño cofre intentaban abarcar el espacio de aquella habitación sin ventanas. Con suma solemnidad se acercó al cofre y lo abrió. En él, una túnica de un vivo color rojo, una vestimenta que usó durante gran parte de su vida, que distinguió siempre a los de su clase. Lentamente dejó las ropas ordinarias para vestirse con la fina y llamativa tela de rojo. «Ha llegado el momento de actuar una vez más. Está ante mí la última oportunidad con la que cuento para enmendar mis errores...»

Dejó la habitación y volvió a la tienda, tomó algunos pergaminos que había en unos estantes y se hizo de un pequeño báculo gris y feo que colgaba inadvertido entre otros trabajos más llamativos y esplendorosos. Luego de ello, dejó el Fénix sin preocuparse de cerrar con seguro. Probablemente no sería necesario.

En las calles del tranquilo pueblo de Rídimas camino a Corión el silencio era total, como de costumbre. Todas las actividades habían terminado al caer la noche, como cualquier otra jornada. Amarath cerró los ojos un momento buscando un poco de tranquilidad, pues a pesar de todo la ansiedad y el miedo a lo que estaba a punto de venir estaban causando estragos en su interior. Abrió los ojos justo para apreciar que llamaradas comenzaban a extenderse a sus alrededores, encerrándole a él y a una nueva figura aparecida en un círculo de fuego danzante.

- Bien, bien, veo que esperabas mi visita, viejo Amarath. No sé cómo le haces, pero sin duda es un arte que me gustaría aprender... supongo que sabes a qué he venido entonces.

Amarath vio frente a él todos sus temores hechos realidad. La aberración de ver una vez más a Madul, su antiguo maestro y poderoso hechicero, frente a él le habían dejado helado. Mas sabía cómo ocultar sus emociones y con temple sereno y voz inquiebrantable habló.

- Sé muchas cosas, maestro, pero la razón de tu presencia en este lejano lugar no es una de ellas. Aun así, sé que no soy de ayuda en mi retiro, y lo que sea que vengas a pedirme me obligará a dejarlo, y no tengo intenciones de hacerlo. Por lo tanto, lo que sea que vengas a pedirme, la respuesta es no.

Madul miró a Tagh con sorpresa. Le hablaba con un extraño tono de voluntad, algo que no esperaba en uno de sus más fieles títeres. ¿Una negativa? ¿Qué se ha creído? Tomando una actitud burlesca, agregó.

- ¡Ha ha! Cómo te ha afectado el retiro, ¿eh? Deberías recordar que no soy de los que piden las cosas, que no vengo necesariamente a "pedirte" algo. Te acogí bajo mi poder cuando pude haberte destruido junto a tus debiluchos amigos, ¿recuerdas ahora? Así que nada de negarse, que lo que yo te ordene, tú lo cumples, ¿me oíste?

- He oído tus palabras, pero te lo aseguro: yo ya no estoy bajo tus órdenes -el rostro de Madul cambió drásticamente de burla a irritación -. Todo este tiempo me habéis engañado, y me habéis obligado a cometer actos impensables en contra de personas buenas e inocenes. Habéis hecho que todos estos años haya sido sólo un gran error.

- ¡Basura insolente! ¡Sabéis bien quién soy!

- Me has mostrado que eres uno de los Guardianes de Istal, y que para evitar la llegada del Áspero necesitabas mi ayuda... ¡Hiciste que traicionara a mis amigos, a Keithros, a Alia... a mis aprendices... a todo lo que quería! Me llevaste a traicionar a quien soy, y lo peor, todo en el nombre de Istal...

- ¡Ingenuo! Ése era el mandato de Istal para ti, y habéis cumplido bien. No importa nada más.

- ¿Era el mandato de Istal, o quizás... -Amarath hizo una pausa, concentrado en todos los movimientos y cualquier reacción que tuviera Madul, quien se veía cada vez más irritado -... era el tuyo, Guardián Caído?

Su precaución resultó adecuada, pues Madul al ser nombrado de tal forma reaccionó con ira y en primera instancia le arrojó una poderosa llamarada. Esperando algo así, Amarath abanicó el aire a su alrededor con destreza utilizando el viejo báculo que traía consigo, y una energía mágica detuvo el fuego que iba hacia él. Acto seguido extendió uno de los pergaminos que luego de formuladas algunas palabras se consumió y el hechicero se sefumó, sin dejar rastro alguno de su paradero.

Ya ofuscado, Madul buscó instintivamente a sus alrededores, y al no hallarlo la frustración y la ira se apoderaron completamente de él. No sólo no había conseguido con la ayuda de Amarath, sino que además ya se había rebelado y se había mostrado conocedor de uno de sus más grandes secretos. Y como Madul no presenta tolerancia a la frustración, pronto estalló en llamas todo lo que estaba a su alrededor. El Fénix y todo lo que le rodeaba quedó reducido a un montón de material ardiente, mientras Madul continuaba maldiciendo.

- ¡Serás cenizas, Amarath! ¡Te lo juro, caerás y serás nada!

Y el fuego comenzaba a extenderse por el resto del pequeño poblado, vidas de inocentes que habían sido puestas en peligro una vez más, deseos de una vida tranquilda deshechos y sueños de un futuro mejor perdidos.

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A un par de millas de Rídimas, el hechicero Amarath observaba el espectáculo de fuego que envolvía al pueblito que le había albergado durante los últimos años. Con pesar en su corazón, volteó la mirada y comenzó su caminar hacia Veldmor, la ciudad portuaria más importante de la antigua Corión. Desde ahí comenzaría su viaje por Dyloen, buscando más pistas que le llevaran a descifrar exactamente qué estaba ocurriendo con Madul y encontrar una forma de enmendar sus errores. Lo primero sería hallar a Zeltoss. Seguramente él también había sido engañado; si no, tendría que eliminarlo... sí, a él sí podría eliminarlo con sus habilidades.

Y así su nuevo camino había comenzado. Después de todo, sí dejó su retiro y volvió a convertirse en lo que esperaba jamás volver a ser: un Mago Rojo.