Había recibido demasiadas heridas durante el combate. El último estallido le había arrojado directo contra un muro de concreto, y pudo sentir un par de sus huesos romperse tras el impacto. Eliminar a los hermanos del fallecido Eudes Dubois había mostrado ser una tarea mucho más difícil de lo que había esperado en un comienzo.
A su lado Phill distinguió la figura corpulenta y la bandana naranja del capitán Dan Hillgar que le había traído hasta Diomo. Miraba hacia el frente, como si observara maravillado la desastrosa imagen del muelle tras la pelea. Supo sin embargo que estaba al tanto de su presencia cuando habló.
- Así que tu objetivo para realizar este viaje de polizón en mi barco eran esos maguitos, ¿eh?
Phill no respondió. Aunque no comprendía cómo el capitán podía saber que estaba en su barco, estaba preocupado por otro asunto. Buscaba con la mirada a Clyf, o a Cid, a cualquiera, pero al parecer habían desaparecido del lugar.
- ¿Y conseguiste lo que querías, hijo del demonio?
- No lo sé, viejo. Espero saberlo pronto. Ahora... -con dificultad Phill se puso de pie, dejando en evidencia su brazo derecho completamente desecho. Sin embargo, ni un guejido ni muestra de dolor se dejó reflejar en sus movimientos ni rostro -... debo desaparecer de aquí.
- ¡Espera! -dijo el capitán, tambaleando mientras se ponía de pie, aún algo mareado, antes de que Phill emprendiera su escape -. ¡Mi nombre es el gran capitán Dan Hillgar, uno de los cuatro guerreros legendarios de Bolouff! ¿Cuál es el tuyo, peste?
Phill miró de reojo la sonrisa altanera y los ojos desafiantes del capitán. Se detuvo un momento para hablar.
- Mi nombre no te importa, viejo. Y el tuyo me tiene sin cuidado...
Luego se movió ágilmente y usando la misma caja en donde el comerciante Balthasar estuvo refugiado (la única que posiblemente seguía entera, salvo, por cierto, la perforación de la piedra incandescente) como apoyo, saltó hasta estar sobre el tejado semiarruinado de la edificación que había detenido su vuelo por los aires. Desde ahí observó que varios jinetes armados cabalgaban por la calle principal hacia donde se encontraba.
- ¡Peleas bien, basura! ¡JA! -Hillgar seguía gritándole desde su ubicación -. Pero no creas que me olvidaré tan fácilmente de tu ataque traicionero. Ya te daré tu merecido algún día, canalla.
Phill volvió su mirada al capitán, y éste seguía sonriéndole desafiante. «Interesante» pensó, mientras se sonreía para sí mismo sin poder evitarlo. Le gritó.
- Phill, viejo. Mi nombre es Phill. Y en serio, sería bueno que cuides tus espaldas en todo momento desde hoy.
- No te creas tanto por un solo golpe de suerte. En otras circunstancias, en otros tiempos, jamás me habrías tocado un pelo.
- Es una pena, ¿verdad? ¡Ja ja!
Riéndose, Phill se perdió saltando por algunos tejados, mientras que Hillgar, cansado y aún mareado (fue un gran golpe en la cabeza después de todo), se dejó caer sobre la caja. Frente a él, unos trozos de madera estaban ardiendo, como resquicio del espectáculo pirotécnico que los hermanos Clyf y Cid desplegaron algunos minutos atrás. No sabía qué había ocurrido con ellos luego de quedar semi-inconsciente. Habían desaparecido del muelle en el lapso de esos pocos segundos sin dejar rastro alguno de su paradero. Pero de todas formas, haber sido testigo de la aparición de un elemental, haberlo visto en acción y sucumbir ante el magnífico poder de los hermanos Dubois, además de la lucha de Phill contra los magos, valía todo lo que tenía pensado ganar con la venta de sus patatas... sus queridas y preciadas patatas... Barrió con la mirada todo el muelle y vio los maderos algunos humeantes y otros aún prendidos esparcidos por todo el lugar, junto con un montón de patatas destrozadas y carbonizadas. «¡Qué desperdicio!» pensó, hasta que sus ojos se centraron en una solitaria patata que se había salvado milagrosamente del desastre. Cerca de ella, un palo largo y delgado terminado en punta. Volvió a mirar los trozos de madera frente a él, que aún ardían de forma intensa. Su rostro entonces reflejó la dicha de descubrir que no todo en el mundo estaba perdido.
A su lado Phill distinguió la figura corpulenta y la bandana naranja del capitán Dan Hillgar que le había traído hasta Diomo. Miraba hacia el frente, como si observara maravillado la desastrosa imagen del muelle tras la pelea. Supo sin embargo que estaba al tanto de su presencia cuando habló.
- Así que tu objetivo para realizar este viaje de polizón en mi barco eran esos maguitos, ¿eh?
Phill no respondió. Aunque no comprendía cómo el capitán podía saber que estaba en su barco, estaba preocupado por otro asunto. Buscaba con la mirada a Clyf, o a Cid, a cualquiera, pero al parecer habían desaparecido del lugar.
- ¿Y conseguiste lo que querías, hijo del demonio?
- No lo sé, viejo. Espero saberlo pronto. Ahora... -con dificultad Phill se puso de pie, dejando en evidencia su brazo derecho completamente desecho. Sin embargo, ni un guejido ni muestra de dolor se dejó reflejar en sus movimientos ni rostro -... debo desaparecer de aquí.
- ¡Espera! -dijo el capitán, tambaleando mientras se ponía de pie, aún algo mareado, antes de que Phill emprendiera su escape -. ¡Mi nombre es el gran capitán Dan Hillgar, uno de los cuatro guerreros legendarios de Bolouff! ¿Cuál es el tuyo, peste?
Phill miró de reojo la sonrisa altanera y los ojos desafiantes del capitán. Se detuvo un momento para hablar.
- Mi nombre no te importa, viejo. Y el tuyo me tiene sin cuidado...
Luego se movió ágilmente y usando la misma caja en donde el comerciante Balthasar estuvo refugiado (la única que posiblemente seguía entera, salvo, por cierto, la perforación de la piedra incandescente) como apoyo, saltó hasta estar sobre el tejado semiarruinado de la edificación que había detenido su vuelo por los aires. Desde ahí observó que varios jinetes armados cabalgaban por la calle principal hacia donde se encontraba.
- ¡Peleas bien, basura! ¡JA! -Hillgar seguía gritándole desde su ubicación -. Pero no creas que me olvidaré tan fácilmente de tu ataque traicionero. Ya te daré tu merecido algún día, canalla.
Phill volvió su mirada al capitán, y éste seguía sonriéndole desafiante. «Interesante» pensó, mientras se sonreía para sí mismo sin poder evitarlo. Le gritó.
- Phill, viejo. Mi nombre es Phill. Y en serio, sería bueno que cuides tus espaldas en todo momento desde hoy.
- No te creas tanto por un solo golpe de suerte. En otras circunstancias, en otros tiempos, jamás me habrías tocado un pelo.
- Es una pena, ¿verdad? ¡Ja ja!
Riéndose, Phill se perdió saltando por algunos tejados, mientras que Hillgar, cansado y aún mareado (fue un gran golpe en la cabeza después de todo), se dejó caer sobre la caja. Frente a él, unos trozos de madera estaban ardiendo, como resquicio del espectáculo pirotécnico que los hermanos Clyf y Cid desplegaron algunos minutos atrás. No sabía qué había ocurrido con ellos luego de quedar semi-inconsciente. Habían desaparecido del muelle en el lapso de esos pocos segundos sin dejar rastro alguno de su paradero. Pero de todas formas, haber sido testigo de la aparición de un elemental, haberlo visto en acción y sucumbir ante el magnífico poder de los hermanos Dubois, además de la lucha de Phill contra los magos, valía todo lo que tenía pensado ganar con la venta de sus patatas... sus queridas y preciadas patatas... Barrió con la mirada todo el muelle y vio los maderos algunos humeantes y otros aún prendidos esparcidos por todo el lugar, junto con un montón de patatas destrozadas y carbonizadas. «¡Qué desperdicio!» pensó, hasta que sus ojos se centraron en una solitaria patata que se había salvado milagrosamente del desastre. Cerca de ella, un palo largo y delgado terminado en punta. Volvió a mirar los trozos de madera frente a él, que aún ardían de forma intensa. Su rostro entonces reflejó la dicha de descubrir que no todo en el mundo estaba perdido.
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