He decidido cambiar el nombre de la página ya que Caerllion es sólo parte del mundo de Kalendhir. Por lo mismo, ahora se trata de http://kalendhir.blogspot.com
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jueves, 22 de octubre de 2009
martes, 6 de octubre de 2009
Fin de semana en Diomo: Fin del espectáculo.
Había recibido demasiadas heridas durante el combate. El último estallido le había arrojado directo contra un muro de concreto, y pudo sentir un par de sus huesos romperse tras el impacto. Eliminar a los hermanos del fallecido Eudes Dubois había mostrado ser una tarea mucho más difícil de lo que había esperado en un comienzo.
A su lado Phill distinguió la figura corpulenta y la bandana naranja del capitán Dan Hillgar que le había traído hasta Diomo. Miraba hacia el frente, como si observara maravillado la desastrosa imagen del muelle tras la pelea. Supo sin embargo que estaba al tanto de su presencia cuando habló.
- Así que tu objetivo para realizar este viaje de polizón en mi barco eran esos maguitos, ¿eh?
Phill no respondió. Aunque no comprendía cómo el capitán podía saber que estaba en su barco, estaba preocupado por otro asunto. Buscaba con la mirada a Clyf, o a Cid, a cualquiera, pero al parecer habían desaparecido del lugar.
- ¿Y conseguiste lo que querías, hijo del demonio?
- No lo sé, viejo. Espero saberlo pronto. Ahora... -con dificultad Phill se puso de pie, dejando en evidencia su brazo derecho completamente desecho. Sin embargo, ni un guejido ni muestra de dolor se dejó reflejar en sus movimientos ni rostro -... debo desaparecer de aquí.
- ¡Espera! -dijo el capitán, tambaleando mientras se ponía de pie, aún algo mareado, antes de que Phill emprendiera su escape -. ¡Mi nombre es el gran capitán Dan Hillgar, uno de los cuatro guerreros legendarios de Bolouff! ¿Cuál es el tuyo, peste?
Phill miró de reojo la sonrisa altanera y los ojos desafiantes del capitán. Se detuvo un momento para hablar.
- Mi nombre no te importa, viejo. Y el tuyo me tiene sin cuidado...
Luego se movió ágilmente y usando la misma caja en donde el comerciante Balthasar estuvo refugiado (la única que posiblemente seguía entera, salvo, por cierto, la perforación de la piedra incandescente) como apoyo, saltó hasta estar sobre el tejado semiarruinado de la edificación que había detenido su vuelo por los aires. Desde ahí observó que varios jinetes armados cabalgaban por la calle principal hacia donde se encontraba.
- ¡Peleas bien, basura! ¡JA! -Hillgar seguía gritándole desde su ubicación -. Pero no creas que me olvidaré tan fácilmente de tu ataque traicionero. Ya te daré tu merecido algún día, canalla.
Phill volvió su mirada al capitán, y éste seguía sonriéndole desafiante. «Interesante» pensó, mientras se sonreía para sí mismo sin poder evitarlo. Le gritó.
- Phill, viejo. Mi nombre es Phill. Y en serio, sería bueno que cuides tus espaldas en todo momento desde hoy.
- No te creas tanto por un solo golpe de suerte. En otras circunstancias, en otros tiempos, jamás me habrías tocado un pelo.
- Es una pena, ¿verdad? ¡Ja ja!
Riéndose, Phill se perdió saltando por algunos tejados, mientras que Hillgar, cansado y aún mareado (fue un gran golpe en la cabeza después de todo), se dejó caer sobre la caja. Frente a él, unos trozos de madera estaban ardiendo, como resquicio del espectáculo pirotécnico que los hermanos Clyf y Cid desplegaron algunos minutos atrás. No sabía qué había ocurrido con ellos luego de quedar semi-inconsciente. Habían desaparecido del muelle en el lapso de esos pocos segundos sin dejar rastro alguno de su paradero. Pero de todas formas, haber sido testigo de la aparición de un elemental, haberlo visto en acción y sucumbir ante el magnífico poder de los hermanos Dubois, además de la lucha de Phill contra los magos, valía todo lo que tenía pensado ganar con la venta de sus patatas... sus queridas y preciadas patatas... Barrió con la mirada todo el muelle y vio los maderos algunos humeantes y otros aún prendidos esparcidos por todo el lugar, junto con un montón de patatas destrozadas y carbonizadas. «¡Qué desperdicio!» pensó, hasta que sus ojos se centraron en una solitaria patata que se había salvado milagrosamente del desastre. Cerca de ella, un palo largo y delgado terminado en punta. Volvió a mirar los trozos de madera frente a él, que aún ardían de forma intensa. Su rostro entonces reflejó la dicha de descubrir que no todo en el mundo estaba perdido.
A su lado Phill distinguió la figura corpulenta y la bandana naranja del capitán Dan Hillgar que le había traído hasta Diomo. Miraba hacia el frente, como si observara maravillado la desastrosa imagen del muelle tras la pelea. Supo sin embargo que estaba al tanto de su presencia cuando habló.
- Así que tu objetivo para realizar este viaje de polizón en mi barco eran esos maguitos, ¿eh?
Phill no respondió. Aunque no comprendía cómo el capitán podía saber que estaba en su barco, estaba preocupado por otro asunto. Buscaba con la mirada a Clyf, o a Cid, a cualquiera, pero al parecer habían desaparecido del lugar.
- ¿Y conseguiste lo que querías, hijo del demonio?
- No lo sé, viejo. Espero saberlo pronto. Ahora... -con dificultad Phill se puso de pie, dejando en evidencia su brazo derecho completamente desecho. Sin embargo, ni un guejido ni muestra de dolor se dejó reflejar en sus movimientos ni rostro -... debo desaparecer de aquí.
- ¡Espera! -dijo el capitán, tambaleando mientras se ponía de pie, aún algo mareado, antes de que Phill emprendiera su escape -. ¡Mi nombre es el gran capitán Dan Hillgar, uno de los cuatro guerreros legendarios de Bolouff! ¿Cuál es el tuyo, peste?
Phill miró de reojo la sonrisa altanera y los ojos desafiantes del capitán. Se detuvo un momento para hablar.
- Mi nombre no te importa, viejo. Y el tuyo me tiene sin cuidado...
Luego se movió ágilmente y usando la misma caja en donde el comerciante Balthasar estuvo refugiado (la única que posiblemente seguía entera, salvo, por cierto, la perforación de la piedra incandescente) como apoyo, saltó hasta estar sobre el tejado semiarruinado de la edificación que había detenido su vuelo por los aires. Desde ahí observó que varios jinetes armados cabalgaban por la calle principal hacia donde se encontraba.
- ¡Peleas bien, basura! ¡JA! -Hillgar seguía gritándole desde su ubicación -. Pero no creas que me olvidaré tan fácilmente de tu ataque traicionero. Ya te daré tu merecido algún día, canalla.
Phill volvió su mirada al capitán, y éste seguía sonriéndole desafiante. «Interesante» pensó, mientras se sonreía para sí mismo sin poder evitarlo. Le gritó.
- Phill, viejo. Mi nombre es Phill. Y en serio, sería bueno que cuides tus espaldas en todo momento desde hoy.
- No te creas tanto por un solo golpe de suerte. En otras circunstancias, en otros tiempos, jamás me habrías tocado un pelo.
- Es una pena, ¿verdad? ¡Ja ja!
Riéndose, Phill se perdió saltando por algunos tejados, mientras que Hillgar, cansado y aún mareado (fue un gran golpe en la cabeza después de todo), se dejó caer sobre la caja. Frente a él, unos trozos de madera estaban ardiendo, como resquicio del espectáculo pirotécnico que los hermanos Clyf y Cid desplegaron algunos minutos atrás. No sabía qué había ocurrido con ellos luego de quedar semi-inconsciente. Habían desaparecido del muelle en el lapso de esos pocos segundos sin dejar rastro alguno de su paradero. Pero de todas formas, haber sido testigo de la aparición de un elemental, haberlo visto en acción y sucumbir ante el magnífico poder de los hermanos Dubois, además de la lucha de Phill contra los magos, valía todo lo que tenía pensado ganar con la venta de sus patatas... sus queridas y preciadas patatas... Barrió con la mirada todo el muelle y vio los maderos algunos humeantes y otros aún prendidos esparcidos por todo el lugar, junto con un montón de patatas destrozadas y carbonizadas. «¡Qué desperdicio!» pensó, hasta que sus ojos se centraron en una solitaria patata que se había salvado milagrosamente del desastre. Cerca de ella, un palo largo y delgado terminado en punta. Volvió a mirar los trozos de madera frente a él, que aún ardían de forma intensa. Su rostro entonces reflejó la dicha de descubrir que no todo en el mundo estaba perdido.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Fin de semana en Diomo: Relatos cruzados.
- ... y la bola de fuego impactó las cajas apiladas que estaba dispuesto a comprar. Mi primera reacción fue esconderme, y como pude me refugié tras una caja. Ví con mis propios ojos cómo los marineros iban cayendo uno a uno mientras el capitán parecía desconsolado al ver las cajas y su contenido destruidos. Estaba asustado, debo admitirlo. Jamás había sido testigo de la insensatez de Clyf Dubois, de cómo hacía daño por el gusto de hacer daño. Sabía que ningún marino le podría hacer frente, ni siquiera el capitán Hillgar, que unos minutos anteriores el contramaestre me había insinuado que era una leyenda viviente del archipiélago de Bolouff por sus habilidades en batalla. No tenía tiempo de pensar en él... todos mis sagrados segundos estaban destinados a rezar para que Clyf no me hallara luego de acabar con el resto.
Wazir mostraba real interés en el relato del Balthasar. Aunque por su naturaleza joven y entusiasta detestaba tantos rodeos en el relato, prefirió guardar silencio para evitar que el comerciante omitiera detalles que podrían ser útiles.
- Y supongo que fue la forma en que eliminó a ese capitán lo que te aterrorizó...
- Por el contrario. El capitán demostró que era un gran luchador y le hizo frente. Cuando llegó su turno de ser atacado, esquivó la bola de fuego casi sin moverse. Cuando quedó mirándole, al parecer furioso más por el ataque imprevisto a su mercancía que por las heridas de sus subordinados, Clyf le devolvió una mirada desafiante y atacó a su barco. Y ya puedes imaginar... bola de fuego, barco ligero, madera, telas, cuerdas... el barco desapareció en poco tiempo. Ahora que lo pienso, me parece un milagro que ese barco haya podido llegar a Diomo desde Surgas... sin duda ése capitán es un verdadero hombre de mar...
- Continúa tu relato...
- Ah sí... una vez que el barco fuera destruido, el capitán se enfureció y sacó un cuchillo para atacar Clyf. Se intercambiaron palabras y comenzó una pelea que al principio creí que terminaría pronto, pero el capitán manejó bien el encuentro y logró salir airoso del primer embiste de Clyf. Fue cuando sucedió lo inesperado...
Balthasar hizo una pausa, intentando ordenar sus ideas mientras los recuerdos de los hechos y de sus emociones llovían en su cabeza. Le dio tiempo suficiente a Wazir para empezar a especular sobre qué era aquello "inesperado". Cuando se sintió apto para, el comerciante continuó.
- No sé cómo lo habrá hecho, pero al capitán le bastó hacer dos movimientos para dejar a Clyf, uno de los hombres más peligrosos de Diomo, de espaldas y revolcándose del dolor. Ni siquiera lo tocó, fue algo así como magia, aunque me sorprendería que alguien como un capitán de un barcucho venciera en fuerza de hechizos al más poderoso hechicero de estas tierras.
Wazir se sorprendió al escuchar aquello. ¿Clyf vencido? ¿Gratis? No eran buenas noticias para su grupo. Las regalías por derrotar a los hermanos Dubois eran altísimas, incluso excesivas, y no podrían recibir nada si alguien más los había derrotado antes.
- ¡Ni siquiera cuando llegó Cid y potenció con sus artilugios a su hermano! Con uno de esos golpes mágicos le volvió a enviar al suelo. Al ver que Clyf estaba siendo derrotado sin dificultades mayores, me sentí un poco más tranquilo, pero aún con el miedo en el cuerpo. Creí que aquel momento era el propicio para escapar de ese maldito lugar.
- Y así lo hiciste, ¿verdad?
- Así quise... pero cuando estaba a medio segundo de ponerme de pie y correr por mi vida, una figura negra saltó por sobre mi cabeza y atacó por la espalda al capitán...
Wazir mostraba real interés en el relato del Balthasar. Aunque por su naturaleza joven y entusiasta detestaba tantos rodeos en el relato, prefirió guardar silencio para evitar que el comerciante omitiera detalles que podrían ser útiles.
- Y supongo que fue la forma en que eliminó a ese capitán lo que te aterrorizó...
- Por el contrario. El capitán demostró que era un gran luchador y le hizo frente. Cuando llegó su turno de ser atacado, esquivó la bola de fuego casi sin moverse. Cuando quedó mirándole, al parecer furioso más por el ataque imprevisto a su mercancía que por las heridas de sus subordinados, Clyf le devolvió una mirada desafiante y atacó a su barco. Y ya puedes imaginar... bola de fuego, barco ligero, madera, telas, cuerdas... el barco desapareció en poco tiempo. Ahora que lo pienso, me parece un milagro que ese barco haya podido llegar a Diomo desde Surgas... sin duda ése capitán es un verdadero hombre de mar...
- Continúa tu relato...
- Ah sí... una vez que el barco fuera destruido, el capitán se enfureció y sacó un cuchillo para atacar Clyf. Se intercambiaron palabras y comenzó una pelea que al principio creí que terminaría pronto, pero el capitán manejó bien el encuentro y logró salir airoso del primer embiste de Clyf. Fue cuando sucedió lo inesperado...
Balthasar hizo una pausa, intentando ordenar sus ideas mientras los recuerdos de los hechos y de sus emociones llovían en su cabeza. Le dio tiempo suficiente a Wazir para empezar a especular sobre qué era aquello "inesperado". Cuando se sintió apto para, el comerciante continuó.
- No sé cómo lo habrá hecho, pero al capitán le bastó hacer dos movimientos para dejar a Clyf, uno de los hombres más peligrosos de Diomo, de espaldas y revolcándose del dolor. Ni siquiera lo tocó, fue algo así como magia, aunque me sorprendería que alguien como un capitán de un barcucho venciera en fuerza de hechizos al más poderoso hechicero de estas tierras.
Wazir se sorprendió al escuchar aquello. ¿Clyf vencido? ¿Gratis? No eran buenas noticias para su grupo. Las regalías por derrotar a los hermanos Dubois eran altísimas, incluso excesivas, y no podrían recibir nada si alguien más los había derrotado antes.
- ¡Ni siquiera cuando llegó Cid y potenció con sus artilugios a su hermano! Con uno de esos golpes mágicos le volvió a enviar al suelo. Al ver que Clyf estaba siendo derrotado sin dificultades mayores, me sentí un poco más tranquilo, pero aún con el miedo en el cuerpo. Creí que aquel momento era el propicio para escapar de ese maldito lugar.
- Y así lo hiciste, ¿verdad?
- Así quise... pero cuando estaba a medio segundo de ponerme de pie y correr por mi vida, una figura negra saltó por sobre mi cabeza y atacó por la espalda al capitán...
-- o --
- ...¡Ja ja! ¡Qué hombre más canalla! Atacarme por la espalda cuando estaba a punto de cobrar mis patatas.
Mu'in se había bajado de su caballo nuevamente y confundido se había acercado unos metros al sonriente capitán Hillgar que aún le ofrecía la patata ensartada. Cuando Mu'in le preguntó sobre lo que había ocurrido, el capitán había comenzado a hablar con un entusiasmo tal que hacía parecer como si se tratara de la mejor historia de todos los tiempos. Cuando llegó hasta tal punto en el relato, el mercenario no comprendía cómo el hecho de ser atacado traicioneramente por la espalda poniendo su vida en peligro podía causarle tanta gracia al capitán.
- Así que dices que otro individuo hizo su aparición aquí.
- Sí que sí. Ese hijo de puta sí que sabe atacar, ¡JA! Cualquier otro hubiera muerto instantáneamente con un ataque de esa naturaleza. Así me agradece el infeliz. ¡Ja ja!
- ¿Qué ocurrió después?
- Cuando el otro polluelo...
- Cid...
- Como sea que se llame... cuando se puso de pie luego de ver al que osó meterse conmigo, parecía de verdad enfadado. ¡JA! Sabía que con un brazo herido de esta manera sería un poco más complicado vencerle, y más aún con el hijo de puta traicionero estando cerca.
Mu'in seguía oyendo la historia del capitán, aunque los hechos que contaba parecían improbables. Él y sus leales habían sido llamados para eliminar a los hermanos Dubois justamente porque nadie había sido capaz de detenerlos con anterioridad, y resultaba extrañísimo que justo al momento de su llegada un hombre desconocido para el pueblo apareciera de la nada y empezara a contar su historia de cómo había derrotado a Clyf Dubois, el menor de los hermanos invencibles.
- El muy cabrón no me quitaba los ojos de encima mientras sonreía, hasta que se movió y tiró unas estrellitas de metal afiladas al polluelo en pie...
- Cid...
- ¡Que da lo mismo su nombre, carajo! En fin. Después de todo fue sumamente rápido, y un par de esas piezas metálicas se clavaron en la carne del polluelo antes de reaccionar y evadir las restantes...
- *sigh...*
- Pronto lanzó más de esas cosas, pero alguna de esas magias extrañas tuvo que hacer el polluelo, porque sólo puso sus palmas hacia el frente y todas las piezas metálicas rebotaron en el aire saliendo hacia distintas direcciones. Yo no entiendo mucho de esas cosas, ¿sabes? ¡Ja ja! Luego lanzó una bola de fuego, de esas mismas que te conté me tiró hace un rato, sólo que por alguna razón mucho más rápida. No sé lo que hizo el hijo de puta, pero sólo le dio un puñetazo a la bola y desapareció, disparando gases hacia todas partes. ¡JA! Aprovechó esos gases para desaparecer a la vista mía y del otro idiota. No sé cómo hacen esas cosas estas mierdas...
- ¿Y volvió a aparecer...?
- Espera, espera, deja que siga con la historia, ¿vale? El maguito primero se apresuró y corrió hacia el maguito segundo que había dejado durmiendo. Intentó animarlo con alguna de sus mañas por un rato, hasta que volvió a ponerse de pie. ¡Imagínate cuál fue mi sorpresa! Ya iba por el golpe definitivo, ése después del cual no se volvería a parar por su cuenta, cuando el tarado de las estrellitas apareció de no sé dónde frente a ellos y atacó igual como lo hizo a mí por la espalda. No sé si contaba con los ojos y los reflejos del otro maguito, pero una ráfaga de viento le impulsó varios metros hacia atrás. Así quedaron los tres: los dos maguitos juntos frente al desaparecido aparecido. ¡TODOS ELLOS IGNORÁNDOME! Fueron muy osados con eso, así que iba a darles su merecido, ¡a los tres! Pero los maguitos algo hicieron, no sé qué fue exactamente, pero me dio la sospecha de que ya no eran los mismos que antes...
Mu'in se había bajado de su caballo nuevamente y confundido se había acercado unos metros al sonriente capitán Hillgar que aún le ofrecía la patata ensartada. Cuando Mu'in le preguntó sobre lo que había ocurrido, el capitán había comenzado a hablar con un entusiasmo tal que hacía parecer como si se tratara de la mejor historia de todos los tiempos. Cuando llegó hasta tal punto en el relato, el mercenario no comprendía cómo el hecho de ser atacado traicioneramente por la espalda poniendo su vida en peligro podía causarle tanta gracia al capitán.
- Así que dices que otro individuo hizo su aparición aquí.
- Sí que sí. Ese hijo de puta sí que sabe atacar, ¡JA! Cualquier otro hubiera muerto instantáneamente con un ataque de esa naturaleza. Así me agradece el infeliz. ¡Ja ja!
- ¿Qué ocurrió después?
- Cuando el otro polluelo...
- Cid...
- Como sea que se llame... cuando se puso de pie luego de ver al que osó meterse conmigo, parecía de verdad enfadado. ¡JA! Sabía que con un brazo herido de esta manera sería un poco más complicado vencerle, y más aún con el hijo de puta traicionero estando cerca.
Mu'in seguía oyendo la historia del capitán, aunque los hechos que contaba parecían improbables. Él y sus leales habían sido llamados para eliminar a los hermanos Dubois justamente porque nadie había sido capaz de detenerlos con anterioridad, y resultaba extrañísimo que justo al momento de su llegada un hombre desconocido para el pueblo apareciera de la nada y empezara a contar su historia de cómo había derrotado a Clyf Dubois, el menor de los hermanos invencibles.
- El muy cabrón no me quitaba los ojos de encima mientras sonreía, hasta que se movió y tiró unas estrellitas de metal afiladas al polluelo en pie...
- Cid...
- ¡Que da lo mismo su nombre, carajo! En fin. Después de todo fue sumamente rápido, y un par de esas piezas metálicas se clavaron en la carne del polluelo antes de reaccionar y evadir las restantes...
- *sigh...*
- Pronto lanzó más de esas cosas, pero alguna de esas magias extrañas tuvo que hacer el polluelo, porque sólo puso sus palmas hacia el frente y todas las piezas metálicas rebotaron en el aire saliendo hacia distintas direcciones. Yo no entiendo mucho de esas cosas, ¿sabes? ¡Ja ja! Luego lanzó una bola de fuego, de esas mismas que te conté me tiró hace un rato, sólo que por alguna razón mucho más rápida. No sé lo que hizo el hijo de puta, pero sólo le dio un puñetazo a la bola y desapareció, disparando gases hacia todas partes. ¡JA! Aprovechó esos gases para desaparecer a la vista mía y del otro idiota. No sé cómo hacen esas cosas estas mierdas...
- ¿Y volvió a aparecer...?
- Espera, espera, deja que siga con la historia, ¿vale? El maguito primero se apresuró y corrió hacia el maguito segundo que había dejado durmiendo. Intentó animarlo con alguna de sus mañas por un rato, hasta que volvió a ponerse de pie. ¡Imagínate cuál fue mi sorpresa! Ya iba por el golpe definitivo, ése después del cual no se volvería a parar por su cuenta, cuando el tarado de las estrellitas apareció de no sé dónde frente a ellos y atacó igual como lo hizo a mí por la espalda. No sé si contaba con los ojos y los reflejos del otro maguito, pero una ráfaga de viento le impulsó varios metros hacia atrás. Así quedaron los tres: los dos maguitos juntos frente al desaparecido aparecido. ¡TODOS ELLOS IGNORÁNDOME! Fueron muy osados con eso, así que iba a darles su merecido, ¡a los tres! Pero los maguitos algo hicieron, no sé qué fue exactamente, pero me dio la sospecha de que ya no eran los mismos que antes...
-- o --
Balthasar había empezado a sudar frío cuando llegó a tal parte de su relato. Wazir parecía interesado en los matices que iba tomando la historia, y se había tranquilizado un poco al ver que Cid y Clyf seguían ambos vivos, esperando a ser derrotados por sus hombres.
- ...No estoy muy seguro de qué fue, creo que fue desde el momento en que se tomaron de las manos... El asunto es que de pronto el aire alrededor de ellos se enrareció y se empezó a llenarse de una especie de energía poderosa... soy incapaz de expresar el sentimiento que provocó en mí. Sólo sé que el miedo empezó a aumentar a cada segundo.
El mercenario comprendió que llegaba el momento del clímax de la historia. Se levantó y se puso de cuclillas más cerca de Balthasar, para oír mejor y no perder detalle de lo que venía.
- Fue cuando la pesadilla comenzó. Un remolino de agua y viento se formó alrededor de ellos, mientras en una rápida secuencia Clyf empezó a disparar hacia todas direcciones pequeñas piedras candentes aparecidas de la nada. Una de ellas golpeó en la caja en la que me escondía, y la atravesó como si nada, pasando a centímetros de mi cabeza. Otras cayeron sobre algunos marinos caídos, atravesando su carne y sus huesos, matándolos si aún estaban vivos. Otras fueron directo al capitán Hillgar, quien con agilidad insospechada las esquivó. Pero la mayoría tenía un sólo objetivo: el hombre de negro. ¡De cada cinco piedras que lanzaba, cuatro iban hacia él, y a una velocidad increíble! No sé cómo le hacía aquél hombre, pero lograba esquivarlas todas. Y en cada momento la intensidad, frecuencia y tamaño de las piedras aumentaba. Cada vez tenía más dificultades para esquivarlas, hasta que parecía que algunas irremediablemente le impactarían. Fue cuando tomó un pergamino y dijo algunas palabras. Cuando el trozo de papel se consumió, todas las piedras que iban hacia él se detuvieron y se apagaron dentro de una forma acuosa que empezaba a formarse frente a él.
- ¿Dices que ese hombre tenía en su poder un pergamino elemental?
Balthasar asintió. Tales pergaminos son una rareza tanto en estas tierras cuna de la magia como en el resto del mundo. Sólo unos pocos eruditos recelosos de entregar su conocimiento han logrado imbuir algunos de los más grandes poderes mágicos en objetos y pergaminos, y tal arte se mantiene aún oculto en muy pocas mentes. Hallar un objeto mágico o pergaminos que invoquen el poder de elementales es un lujo de varios cientos o miles de monedas de oro.
- Tendría unos cuatro o cinco metros de alto. Era como una gelatina gigante, sin forma, nunca había visto algo así. Sus movimientos eran rápidos e irregulares, y era capaz de anular cualquier ataque de calor o fuego. Así pude ver cuando en una rápida sucesión le fue lanzado bolas de fuego, llamaradas gigantes, torbellinos ardientes y varias otras magias, pero todos esos ataques terminaban siendo apagados por el cuerpo gelatinoso del elemental, que iba avanzando hacia los hermanos Dubois veloz y decidido. Luego siguieron bombas de agua, ráfagas de viento cortantes como el acero, lanzas de hielo enormes, grandes trozos de roca afilada, pero a pesar de que algunos de esos ataques golpeaban, cortaban y perforaban al elemental, pronto recobraba su forma y continuaba inmutable. Una vez a su lado, una parte de la gelatina se alargó rápidamente poniéndose dura como roca, y golpeando a los hermanos, los que volaron varios metros. Pero cayeron de pie, sonriendo. Uno de ellos, Clyf, levantó su brazo libre y empezó a hacer círculos con él, mientras que Cid cerró los ojos y puso su mano libre en el hombre de su hermano. El aire alrededor de ellos empezó a arremolinarse, mientras el elemental empezaba a moverse otra vez hacia ellos a gran velocidad. Cuando el aire tomó gran velocidad, Clyf movió su brazo hacia el elemental, y el aire arremolinado salió disparado hacia la masa gelatinosa. Cuando entró en contacto, desapareció en un instante, y un segundo después el elemental gelatinoso empezó a cristalizar, hasta quedar tan sólido como la peidra. Cid, que mantenía los ojos cerrados, los abrió de golpe y apuntó con el índice de la mano que tenía en el hombro de su hermano, y un haz de luz penetró a la criatura. Segundos más tarde, estalló en mil pedazos como una copa de cristal cayendo al suelo.
Increíble. Si lo que contaba el comerciante era verdad, los hermanos Dubois tenían el poder combinado para vencer a un elemental en tan sólo un par de movimientos. Ya empezaba a comprender la dificultad de derrotarles, y empezaba a encontrar la recompensa, de justa hasta demasiado pobre.
- Pero el hombre de negro también se había movido, y en el instante en que el elemental estalló, ya estaba tras los hermanos, con una cuchilla en cada mano, en dirección a sus cuellos. Sin embargo, Clyf y Cid demostraron por qué son los hermanos invencibles, y antes de que el hombre de negro cumpliera con su objetivo, ambos le apuntaron con sus manos extendidas (no sé cómo se habrán percatado de su presencia a sus espaldas) y una gigante explosión mandó a volar al individuo. Se estrelló contra una tienda del mercado, que quedó completamente destruida. Fue de lo último que fui consciente cuando el pánico se apoderó de mí. Abandoné mi escondite y empecé a correr. Sólo pude ver el rostro de Clyf notando mi presencia y apuntando su mano hacia mi persona...
- ...No estoy muy seguro de qué fue, creo que fue desde el momento en que se tomaron de las manos... El asunto es que de pronto el aire alrededor de ellos se enrareció y se empezó a llenarse de una especie de energía poderosa... soy incapaz de expresar el sentimiento que provocó en mí. Sólo sé que el miedo empezó a aumentar a cada segundo.
El mercenario comprendió que llegaba el momento del clímax de la historia. Se levantó y se puso de cuclillas más cerca de Balthasar, para oír mejor y no perder detalle de lo que venía.
- Fue cuando la pesadilla comenzó. Un remolino de agua y viento se formó alrededor de ellos, mientras en una rápida secuencia Clyf empezó a disparar hacia todas direcciones pequeñas piedras candentes aparecidas de la nada. Una de ellas golpeó en la caja en la que me escondía, y la atravesó como si nada, pasando a centímetros de mi cabeza. Otras cayeron sobre algunos marinos caídos, atravesando su carne y sus huesos, matándolos si aún estaban vivos. Otras fueron directo al capitán Hillgar, quien con agilidad insospechada las esquivó. Pero la mayoría tenía un sólo objetivo: el hombre de negro. ¡De cada cinco piedras que lanzaba, cuatro iban hacia él, y a una velocidad increíble! No sé cómo le hacía aquél hombre, pero lograba esquivarlas todas. Y en cada momento la intensidad, frecuencia y tamaño de las piedras aumentaba. Cada vez tenía más dificultades para esquivarlas, hasta que parecía que algunas irremediablemente le impactarían. Fue cuando tomó un pergamino y dijo algunas palabras. Cuando el trozo de papel se consumió, todas las piedras que iban hacia él se detuvieron y se apagaron dentro de una forma acuosa que empezaba a formarse frente a él.
- ¿Dices que ese hombre tenía en su poder un pergamino elemental?
Balthasar asintió. Tales pergaminos son una rareza tanto en estas tierras cuna de la magia como en el resto del mundo. Sólo unos pocos eruditos recelosos de entregar su conocimiento han logrado imbuir algunos de los más grandes poderes mágicos en objetos y pergaminos, y tal arte se mantiene aún oculto en muy pocas mentes. Hallar un objeto mágico o pergaminos que invoquen el poder de elementales es un lujo de varios cientos o miles de monedas de oro.
- Tendría unos cuatro o cinco metros de alto. Era como una gelatina gigante, sin forma, nunca había visto algo así. Sus movimientos eran rápidos e irregulares, y era capaz de anular cualquier ataque de calor o fuego. Así pude ver cuando en una rápida sucesión le fue lanzado bolas de fuego, llamaradas gigantes, torbellinos ardientes y varias otras magias, pero todos esos ataques terminaban siendo apagados por el cuerpo gelatinoso del elemental, que iba avanzando hacia los hermanos Dubois veloz y decidido. Luego siguieron bombas de agua, ráfagas de viento cortantes como el acero, lanzas de hielo enormes, grandes trozos de roca afilada, pero a pesar de que algunos de esos ataques golpeaban, cortaban y perforaban al elemental, pronto recobraba su forma y continuaba inmutable. Una vez a su lado, una parte de la gelatina se alargó rápidamente poniéndose dura como roca, y golpeando a los hermanos, los que volaron varios metros. Pero cayeron de pie, sonriendo. Uno de ellos, Clyf, levantó su brazo libre y empezó a hacer círculos con él, mientras que Cid cerró los ojos y puso su mano libre en el hombre de su hermano. El aire alrededor de ellos empezó a arremolinarse, mientras el elemental empezaba a moverse otra vez hacia ellos a gran velocidad. Cuando el aire tomó gran velocidad, Clyf movió su brazo hacia el elemental, y el aire arremolinado salió disparado hacia la masa gelatinosa. Cuando entró en contacto, desapareció en un instante, y un segundo después el elemental gelatinoso empezó a cristalizar, hasta quedar tan sólido como la peidra. Cid, que mantenía los ojos cerrados, los abrió de golpe y apuntó con el índice de la mano que tenía en el hombro de su hermano, y un haz de luz penetró a la criatura. Segundos más tarde, estalló en mil pedazos como una copa de cristal cayendo al suelo.
Increíble. Si lo que contaba el comerciante era verdad, los hermanos Dubois tenían el poder combinado para vencer a un elemental en tan sólo un par de movimientos. Ya empezaba a comprender la dificultad de derrotarles, y empezaba a encontrar la recompensa, de justa hasta demasiado pobre.
- Pero el hombre de negro también se había movido, y en el instante en que el elemental estalló, ya estaba tras los hermanos, con una cuchilla en cada mano, en dirección a sus cuellos. Sin embargo, Clyf y Cid demostraron por qué son los hermanos invencibles, y antes de que el hombre de negro cumpliera con su objetivo, ambos le apuntaron con sus manos extendidas (no sé cómo se habrán percatado de su presencia a sus espaldas) y una gigante explosión mandó a volar al individuo. Se estrelló contra una tienda del mercado, que quedó completamente destruida. Fue de lo último que fui consciente cuando el pánico se apoderó de mí. Abandoné mi escondite y empecé a correr. Sólo pude ver el rostro de Clyf notando mi presencia y apuntando su mano hacia mi persona...
-- o --
- ¡JA! Lo que había visto hasta ese momento ya había pagado con creces el valor de mis patatas. Jamás en mi vida había visto una cosa como esa masa gelatinosa ni había visto tanto poder en un par de maguitos. Pero ese debilucho tenía que salir de su escondite en ese preciso instante como pidiendo que le quitaran la vida. En fin, al menos ese Balthasar es un hombre honrado que no le gusta meterse en líos, y no por una estupidez iba a dejar que terminara muerto. ¿Sabes? Es el único de este puerto con quien puedo comerciar sin sentirme estafado, ¡JA! Cuando el maguito le vio, reaccioné con súper reflejos y logré correr hacia él y tirarlo al piso antes de que fuera ensartado por una lanza de hielo. Hubiera quedado como esta patata, ¿comprendes? XD
- ¿Balthasar ha dicho?
- Seh, Balthasar. Un hombrecillo pequeño, algo despistado, bien feo, pero eso sí, honrado...
Mu'in recordó al comerciante que vio corriendo por la avenida principal hacia las puertas del pueblo. Había dicho que su nombre era Balthasar. Los hechos empezaban a cobrar más sentido.
-...en fin, cuando volvió a verme, sí que estaba enojado. Empezó a lanzar sus trucos mágicos y yo sólo podía esquivar apenas y evitar que el debilucho de Balthasar resultara herido. No lo pensé en ese momento (no tuve el tiempo para hacerlo), pero ¡estaba arriesgando mi vida para proteger a otro! Toda una proeza, ¿no crees? XD Cuando creí que ya debería estar cansado de tanto machacarnos, el otro mago algo conjuró, porque de un momento a otro no pude moverme más. Una roca me golpeó la cabeza, la vista se me nubló, y no pude ver bien lo que sucedió después. Al menos entre tanto lío, parece que Balthasar logró escabullirse y dejar este campo de batalla.
Hillgar se llevó la mano derecha a la cabeza, sobándosela. Recordar que había recibido un golpe en la cabeza al parecer había traído consigo el regreso del dolor.
- Y después un "BOOM!", unos cuántos sonidos de acero cortando el aire, más "BOOM!", un grito y finalmente otro "BOOM!" seguido de un estruendo a mi lado. Seeh, mi cabeza daba vueltas y no podía distinguir nada. Cuando los ruidos cesaron, sólo pude ver al gran hijo de puta malherido junto a mí, mirando el horizonte. Su máscara estaba hecha pedazos y pude ver tras ella un ojo hinchado y morado. Su ropa estaba hecha harapos y tenía varias heridas en todo el cuerpo. Alrededor, ni un rastro de los maguitos. Habían desaparecido de la escena...
- ¿Balthasar ha dicho?
- Seh, Balthasar. Un hombrecillo pequeño, algo despistado, bien feo, pero eso sí, honrado...
Mu'in recordó al comerciante que vio corriendo por la avenida principal hacia las puertas del pueblo. Había dicho que su nombre era Balthasar. Los hechos empezaban a cobrar más sentido.
-...en fin, cuando volvió a verme, sí que estaba enojado. Empezó a lanzar sus trucos mágicos y yo sólo podía esquivar apenas y evitar que el debilucho de Balthasar resultara herido. No lo pensé en ese momento (no tuve el tiempo para hacerlo), pero ¡estaba arriesgando mi vida para proteger a otro! Toda una proeza, ¿no crees? XD Cuando creí que ya debería estar cansado de tanto machacarnos, el otro mago algo conjuró, porque de un momento a otro no pude moverme más. Una roca me golpeó la cabeza, la vista se me nubló, y no pude ver bien lo que sucedió después. Al menos entre tanto lío, parece que Balthasar logró escabullirse y dejar este campo de batalla.
Hillgar se llevó la mano derecha a la cabeza, sobándosela. Recordar que había recibido un golpe en la cabeza al parecer había traído consigo el regreso del dolor.
- Y después un "BOOM!", unos cuántos sonidos de acero cortando el aire, más "BOOM!", un grito y finalmente otro "BOOM!" seguido de un estruendo a mi lado. Seeh, mi cabeza daba vueltas y no podía distinguir nada. Cuando los ruidos cesaron, sólo pude ver al gran hijo de puta malherido junto a mí, mirando el horizonte. Su máscara estaba hecha pedazos y pude ver tras ella un ojo hinchado y morado. Su ropa estaba hecha harapos y tenía varias heridas en todo el cuerpo. Alrededor, ni un rastro de los maguitos. Habían desaparecido de la escena...
Personajes:
Balthasar Mayer,
Cid Dubois,
Clyf Dubois,
Dan Hillgar,
Wazir Chaudhary
miércoles, 26 de agosto de 2009
Fin de semana en Diomo: Ajuste de cuentas.
Llegaron a puerto a la hora programada. El mercado empezaba a ganar vigor a esas horas, y la mercancía había llegado a tiempo. Cuando el capitán abandonó la cubierta y comenzó a hablar con un comerciante flacucho y débil, Phill abandonó la barcaza y se escabulló rápidamente por algunas callejuelas. Ahora que al fin había llegado a Diomo, era el momento de hallar a sus dos próximas víctimas. No sabía exactamente por dónde comenzar. No sabía exactamente qué hacer en esta sociedad que conocía por primera vez. Pero era cierto que en esas tierras nadie le conocía, y nadie sospecharía de él, sobre todo cuando los ropajes negros son más comunes de lo que había esperado. Encontrar a sus víctimas era cuestión de tiempo, lo sabía. Había escuchado que son dos de las figuras más conocidas de la costa oeste, y que mantener un bajo perfil no era precisamente uno de sus mayores intereses. Sólo debía confundirse con los pueblerinos y esperar a que sus presas hicieran su aparición. Así lo hizo. Se despojó de su máscara y puso su mejor cara de buena persona y empezó a recorrer el mercado.
En el mercado encontró varios objetos que le interesaron. Dagas doradas con filos perfectamente trabajados. Anillos que presentía podían tener imbuidas algunas propiedades mágicas. Pergaminos de hechizos simples que en más de una ocasión le han salvado el pellejo. Joyas. Venenos. Por unos segundos recordó a Klain, su antiguo compañero de fechorías, y sospechó que quizás había cometido un error al deshacer su sociedad. Con él aún cerca, todos esos objetos de interés ya serían suyos... sin tener que derramar una gota de sangre por ellos.
De pronto, un grito desgarrador seguido de un chillido de mujer llamó la atención de todo el mercado. Se movió ágil hasta su origen y pudo observar con perfecta claridad cómo Cid Dubois, presa número uno, destruía el espíritu de un comerciante. Una joven atrás no podía contener su terror. Cuando Cid soltó al hombre y le pateó hasta dejarlo en una posición extraña, todos los pueblerinos y guardias, a pesar del acto criminal, continuaron impotentes sus actividades rutinarias. Aquello parecía ser algo recurrente en el pueblo de Diomo. Le empezaba a seducir tal ostentación de autoridad y poder. Luego, tres hombrecillos tomaron a la mujer y se la llevaron a la fuerza por los caminos hacia un destino desconocido.
Luego fue una explosión la que captó sus sentidos. Más allá del mercado divisó una columna de humo que provenía desde el muelle donde había llegado. Vio que su presa se encaminaba hacia esa dirección, y pensó en seguirle, pero había algo que debía hacer antes, para asegurarse que algunos indiseables se involucraran. Se adentró en un sector residencial por donde creyó que los hombrecillos se habían perdido. Con gran rapidez les dio alcance y se interpuso en su camino. Puso su mano derecha por entre sus ropas.
- Eh, ustedes tres...
Los tres mequetrefes de los hermanos Dubois se sorprendieron al ver aparecer de la nada a un individuo que jamás habían visto en sus años en Diomo. Y lo peor... ¡les hablaba como si fueran cualquiera! Uno de los tres hombres dio un paso adelante y airado contestó.
- ¡¿Qué demonios?! ¿Acaso no sabes quiénes somos? ¡Sal de nuestro camino, o le informaremos a los amos Dubois para q... *Ggh*!
«¿Los amos Dubois, eh?» No pudo continuar hablando. Su garganta había sido perforada por un kunai lanzada por Phill. Los otros dos mequetrefes no reaccionaron a la agresión y pronto sintieron sus corazones ser atravesados por dos filosas cuchillas que Phill lanzó un instante después. Unos segundos más tarde, sólo se mantenían en pie Phill y la muchacha, paralizada por el horror y el miedo. Se acercó hasta los individuos sin siquiera mirar a la joven y les retiró los cuchillos de sus cuerpos. Luego de limpiarlos con las mismas ropas de sus víctimas, los volvió a guardar. Lo mismo hizo con la kunai. Luego de sacar algunas monedas de cobre de los cuerpos, partió velozmente hacia el muelle. Con suerte, aún estarían sus presas en ese lugar. No había tardado más de dos minutos en terminar esta pequeña actividad. La joven, en tanto, cayó de rodillas aún sin habla, viendo cómo ése hombre que le había salvado de las garras de los hombres de los hermanos Dubois se alejaba por las calles del sector. Con la sangre fresca de tres hombres a su alrededor, la crudeza de lo que había vivido vino de golpe y acompañada de los tres cuerpos empezó a llorar.
Cuando Phill llegó al muelle, vio a Cid Dubois contemplando a Clyf, su segunda presa, quien estaba enfrascado en una pelea contra el mismo capitán del barco en el que había llegado. Se sonrió indisimuladamente y extrajo su máscara de sus ropas. Por fin vería con sus propios ojos el poder de los hermanos Dubois, y pronto llegaría el momento de entrar en acción y dar el golpe que culminaría su misión en estas tierras.
Balthasar ya estaba más tranquilo en las puertas de bienvenida a Diomo. Si bien ya estaría varias leguas alejado de Diomo si de él dependiera, la seguridad que transmitía la figura noble y poderosa del jinete que le habái escoltado le hacía respirar con más naturalidad, aunque no por ello disipando sus constantes temores. Wazir había escuchado que era su nombre. No debería tener más de veinte años, pero tenía la entereza y el porte de un veterano. Era alto, y tenía su cabello castaño algo corto. Su piel morena sin embardo indicaba raíces fuera del continente. Un mestizo. Seguramente con madre o padre surgasino.
Apoyado en un pilar de piedra, Wazir descansaba con los ojos cerrados, con una mano tras su cabeza y con la otra jugando con un trozo de paja.
- Gracias por traerme hasta aquí, gran guerrero. Aquí me siento algo más seguro.
- No me des las gracias a mí, sino a Mu'in. Si por mí fuera, ni siquiera te habría dirigido la palabra -Wazir ni siquiera había abierto los ojos. Hablaba con un tono sereno a pesar de lo hostil de sus palabras -. Detesto a los cobardes, es verdad, pero detesto aún más a los que no son capaces de controlarse a sí mismos.
Hubo un momento de silencio. Balthasar tenía la vista clavada en el piso, avergonzado por su cobardía. La verdad es que nunca podría comprender de dónde reúnen tanto coraje los hombres de guerra como para dar la vida en una batalla. Wazie abrió un ojo y vio el estado depresivo del comerciante. Suspiró y entrelazó sus brazos sobre su pecho.
- Ok, ok. Ahora estás más calmado, ¿no? Explícame qué es lo que sucedió en el muelle.
Un escalofrío recorrió la espalda de Balthasar. De inmediato un sudor frío le cubrió la frente. Intentando ordenar sus pensamientos aplacando sus propias emociones, empezó a hablar.
- La verdad es que lo que ví no fue mucho, pero fue lo suficiente para desear jamás haber puesto un pie en Diomo...
Mu'in estaba de regreso cabalgando en su caballo. Seguía junto a sus jinetes a galope sereno hacia el muelle, pasando entre civiles y guardias petrificados del miedo, rezando para que Cid y Clyf se calmaran y no siguieran destruyendo la ciudad. Ya presentía que llegaría al lugar de los hechos en medio de una batalla, pero no podía imaginar contra quién. ¿Era la intensidad de esta batalla el común en los conflictos con los hermanos Dubois, o en esta ocasión alguien realmente poderoso les habría dado real pelea? No llegó a una respuesta, ni lo pensó demasiado. Tenía una misión de personas importantes, con grandes regalías por recibir y crímenes por perdonar.
Faltaba poco para llegar a muelle, y de súbito las explosiones cesaron. Aún se podían escuchar algunos gritos y sollozos, pero ningún signo de que la destrucción siguiera. Al parecer la lucha había terminado. Cuando Mu'in llegó a su destino quedando frente al mar, pudo ver el alcance de lo que había ocurrido: trozos de madera y restos del piso de piedra esparcidos por todo el lugar. Algunas viviendas habían recibido impactos increíbles y algunas habían perdido prácticamente toda una pared. Las primeras tiendas del mercado estaban completamente destruidas, con sus mercaderías destrozadas, inservibles. Un montón de maderos y telas flotando en el mar, de lo que en algún momento debió ser un barco. En el muelle, un solo hombre, con algunos años a cuestas, musculoso y con una bandana naranja cubriéndole la cabeza. Sangraba de una herida en su hombro izquierdo, pero no parecía darle importancia. Tenía una patata ensartada en un trozo de madera, la cual tenía sobre un madero prendido en fuego. Cuando vio a Mu'in y sus jinetes acercarse, les miró con una sonrisa en el rostro y levantó la patata hacia ellos.
- ¡Eh, jinete, llegas tarde! Te has perdido de la más espectacular pelea que haya visto en mi vida. ¡Ha ha! Eh, ¿quieres una patata asada? XD
En el mercado encontró varios objetos que le interesaron. Dagas doradas con filos perfectamente trabajados. Anillos que presentía podían tener imbuidas algunas propiedades mágicas. Pergaminos de hechizos simples que en más de una ocasión le han salvado el pellejo. Joyas. Venenos. Por unos segundos recordó a Klain, su antiguo compañero de fechorías, y sospechó que quizás había cometido un error al deshacer su sociedad. Con él aún cerca, todos esos objetos de interés ya serían suyos... sin tener que derramar una gota de sangre por ellos.
De pronto, un grito desgarrador seguido de un chillido de mujer llamó la atención de todo el mercado. Se movió ágil hasta su origen y pudo observar con perfecta claridad cómo Cid Dubois, presa número uno, destruía el espíritu de un comerciante. Una joven atrás no podía contener su terror. Cuando Cid soltó al hombre y le pateó hasta dejarlo en una posición extraña, todos los pueblerinos y guardias, a pesar del acto criminal, continuaron impotentes sus actividades rutinarias. Aquello parecía ser algo recurrente en el pueblo de Diomo. Le empezaba a seducir tal ostentación de autoridad y poder. Luego, tres hombrecillos tomaron a la mujer y se la llevaron a la fuerza por los caminos hacia un destino desconocido.
Luego fue una explosión la que captó sus sentidos. Más allá del mercado divisó una columna de humo que provenía desde el muelle donde había llegado. Vio que su presa se encaminaba hacia esa dirección, y pensó en seguirle, pero había algo que debía hacer antes, para asegurarse que algunos indiseables se involucraran. Se adentró en un sector residencial por donde creyó que los hombrecillos se habían perdido. Con gran rapidez les dio alcance y se interpuso en su camino. Puso su mano derecha por entre sus ropas.
- Eh, ustedes tres...
Los tres mequetrefes de los hermanos Dubois se sorprendieron al ver aparecer de la nada a un individuo que jamás habían visto en sus años en Diomo. Y lo peor... ¡les hablaba como si fueran cualquiera! Uno de los tres hombres dio un paso adelante y airado contestó.
- ¡¿Qué demonios?! ¿Acaso no sabes quiénes somos? ¡Sal de nuestro camino, o le informaremos a los amos Dubois para q... *Ggh*!
«¿Los amos Dubois, eh?» No pudo continuar hablando. Su garganta había sido perforada por un kunai lanzada por Phill. Los otros dos mequetrefes no reaccionaron a la agresión y pronto sintieron sus corazones ser atravesados por dos filosas cuchillas que Phill lanzó un instante después. Unos segundos más tarde, sólo se mantenían en pie Phill y la muchacha, paralizada por el horror y el miedo. Se acercó hasta los individuos sin siquiera mirar a la joven y les retiró los cuchillos de sus cuerpos. Luego de limpiarlos con las mismas ropas de sus víctimas, los volvió a guardar. Lo mismo hizo con la kunai. Luego de sacar algunas monedas de cobre de los cuerpos, partió velozmente hacia el muelle. Con suerte, aún estarían sus presas en ese lugar. No había tardado más de dos minutos en terminar esta pequeña actividad. La joven, en tanto, cayó de rodillas aún sin habla, viendo cómo ése hombre que le había salvado de las garras de los hombres de los hermanos Dubois se alejaba por las calles del sector. Con la sangre fresca de tres hombres a su alrededor, la crudeza de lo que había vivido vino de golpe y acompañada de los tres cuerpos empezó a llorar.
Cuando Phill llegó al muelle, vio a Cid Dubois contemplando a Clyf, su segunda presa, quien estaba enfrascado en una pelea contra el mismo capitán del barco en el que había llegado. Se sonrió indisimuladamente y extrajo su máscara de sus ropas. Por fin vería con sus propios ojos el poder de los hermanos Dubois, y pronto llegaría el momento de entrar en acción y dar el golpe que culminaría su misión en estas tierras.
-- o --
Balthasar ya estaba más tranquilo en las puertas de bienvenida a Diomo. Si bien ya estaría varias leguas alejado de Diomo si de él dependiera, la seguridad que transmitía la figura noble y poderosa del jinete que le habái escoltado le hacía respirar con más naturalidad, aunque no por ello disipando sus constantes temores. Wazir había escuchado que era su nombre. No debería tener más de veinte años, pero tenía la entereza y el porte de un veterano. Era alto, y tenía su cabello castaño algo corto. Su piel morena sin embardo indicaba raíces fuera del continente. Un mestizo. Seguramente con madre o padre surgasino.
Apoyado en un pilar de piedra, Wazir descansaba con los ojos cerrados, con una mano tras su cabeza y con la otra jugando con un trozo de paja.
- Gracias por traerme hasta aquí, gran guerrero. Aquí me siento algo más seguro.
- No me des las gracias a mí, sino a Mu'in. Si por mí fuera, ni siquiera te habría dirigido la palabra -Wazir ni siquiera había abierto los ojos. Hablaba con un tono sereno a pesar de lo hostil de sus palabras -. Detesto a los cobardes, es verdad, pero detesto aún más a los que no son capaces de controlarse a sí mismos.
Hubo un momento de silencio. Balthasar tenía la vista clavada en el piso, avergonzado por su cobardía. La verdad es que nunca podría comprender de dónde reúnen tanto coraje los hombres de guerra como para dar la vida en una batalla. Wazie abrió un ojo y vio el estado depresivo del comerciante. Suspiró y entrelazó sus brazos sobre su pecho.
- Ok, ok. Ahora estás más calmado, ¿no? Explícame qué es lo que sucedió en el muelle.
Un escalofrío recorrió la espalda de Balthasar. De inmediato un sudor frío le cubrió la frente. Intentando ordenar sus pensamientos aplacando sus propias emociones, empezó a hablar.
- La verdad es que lo que ví no fue mucho, pero fue lo suficiente para desear jamás haber puesto un pie en Diomo...
-- o --
Mu'in estaba de regreso cabalgando en su caballo. Seguía junto a sus jinetes a galope sereno hacia el muelle, pasando entre civiles y guardias petrificados del miedo, rezando para que Cid y Clyf se calmaran y no siguieran destruyendo la ciudad. Ya presentía que llegaría al lugar de los hechos en medio de una batalla, pero no podía imaginar contra quién. ¿Era la intensidad de esta batalla el común en los conflictos con los hermanos Dubois, o en esta ocasión alguien realmente poderoso les habría dado real pelea? No llegó a una respuesta, ni lo pensó demasiado. Tenía una misión de personas importantes, con grandes regalías por recibir y crímenes por perdonar.
Faltaba poco para llegar a muelle, y de súbito las explosiones cesaron. Aún se podían escuchar algunos gritos y sollozos, pero ningún signo de que la destrucción siguiera. Al parecer la lucha había terminado. Cuando Mu'in llegó a su destino quedando frente al mar, pudo ver el alcance de lo que había ocurrido: trozos de madera y restos del piso de piedra esparcidos por todo el lugar. Algunas viviendas habían recibido impactos increíbles y algunas habían perdido prácticamente toda una pared. Las primeras tiendas del mercado estaban completamente destruidas, con sus mercaderías destrozadas, inservibles. Un montón de maderos y telas flotando en el mar, de lo que en algún momento debió ser un barco. En el muelle, un solo hombre, con algunos años a cuestas, musculoso y con una bandana naranja cubriéndole la cabeza. Sangraba de una herida en su hombro izquierdo, pero no parecía darle importancia. Tenía una patata ensartada en un trozo de madera, la cual tenía sobre un madero prendido en fuego. Cuando vio a Mu'in y sus jinetes acercarse, les miró con una sonrisa en el rostro y levantó la patata hacia ellos.
- ¡Eh, jinete, llegas tarde! Te has perdido de la más espectacular pelea que haya visto en mi vida. ¡Ha ha! Eh, ¿quieres una patata asada? XD
Personajes:
Balthasar Mayer,
Cid Dubois,
Clyf Dubois,
Dan Hillgar,
Mu'in Kassab,
Phill Kidnam,
Wazir Chaudhary
martes, 25 de agosto de 2009
Fin de semana en Diomo: Batalla en el muelle.
El sol comenzaba a asomarse a estribor. Según lo que había oído del capitán la noche anterior, quedaban sólo algunas horas para que el destartalado barco llegara a Diomo. Pronto podría satisfacer su necesidad de revancha, de cumplir su promesa que con la muerte del sucio Eudes Dubois había quedado inconclusa. Pero si no podía cumplirla con Eudes, aún podría cumplirla con alguno de sus hermanos, o ambos. Además, hay mucha gente interesada en ver a esos dos idiotas muertos, además de él. Sus kodachis estaban preparadas para cortar los cuellos de esos dos miembros de la familia Dubois, que había tenido los cojones de meterse con él. Con los primeros rayos del sol, se pudo ver su figura oculta entre algunas cajas de patatas. Ropajes negros, cuerpo delgado y atlético, y la máscara distintiva de uno de los grandes asesinos de Dyloen: Phill Kidnam.
Ya tocaría puerto. Ya llegaría el momento.
El hombre, arrancando despavorido de al parecer un peligro mayor, no se vio ni ligeramente amedrentado por el gran tamaño ni por las cimitarras de Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto. Llegó a su lado casi sin aliento e imploró por ayuda.
- ¡Por favor, sacadme de aquí! ¡Este pueblo está perdido! ¡No hay esperanza!
- Cálmate, hombre. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que sucede?
- Mi nombre es Balthasar, soy un humilde hombre de negocios que creía ver una posibilidad de éxito en esta tierra, ¡pero ahora comprendo que esto es el infierno! Por favor, dejadme pasar hacia mi libertad y salvación, se los imploro... *cough*
- He dicho que te calmes. ¿Qué está sucediendo en la plaza?
- No es en la plaza, es en el muelle. ¡Es una lucha de demonios! Con tanto poder como para llevar a Diomo a la destrucción en cuestión de un instante! Por favor...
Mu'in comprendió que no podría obtener nada de aquél hombre en su actual estado. Dejó de atender sus súplicas y habló a uno de sus hombres.
- Wazir. Lleva a este hombre a un refugio. No dejes que se pierda de vista. Hablaré con él más tarde. Los demás, síganme hacia el muelle. Descubriremos con nuestros propios ojos qué es exactamente lo que los demonios Cid y Clyf están haciendo en ese lugar.
- Como ordene.
Wazir tomó al comerciante Balthasar y lo guió hacia la entrada, junto a algunos guardias, lugar en donde estarían relativamente seguros. Mu'in y sus demás jinetes continuaron su camino hacia el muelle, sin sospechar lo que encontrarían una vez que llegaran ahí.
Clyf estaba furioso, tanto como hace mucho no lo estaba. El golpe recibido había impactado algo más que su estómago, había impactado su orgullo y su arrogancia. Sabía que la única opción para aplacar en parte la humillación recién recibida era arrancar brutalmente la vida del cuerpo de aquél insolente capitán. En contraste, el capitán Dan Hillgar parecía haber adquirido la tranquilidad al ver que sus habilidades aún estaban intactas. Alguien se había metido con su tripulación, con su barco... ¡con sus preciadas patatas! No podía permitirlo, y le calmaba saber que aún tenía la capacidad de defender lo suyo.
Un poco alejado del muelle, Cid estaba atónito tras presenciar el golpe invisible que su hermano había recibido. Ninguno de los dos había sido golpeado desde la antigua batalla contra las autoridades cuando recién habían llegado a Diomo. En ese entonces el general Alois Eichel de Uknean intentó detenerlos en una dura batalla, en donde a pesar de resultar gravemente heridos, lograron juntos vencer al hombre más poderoso del ejército local. Ahora veía a su hermano con dificultades para ponerse de pie luego de recibir un solo golpe que ni siquiera fue capaz de ver. No había llegado a comprender qué clase de magia podía hacer aquello.
Hillgar tras hacer tronar los dedos de sus manos y liberar tensiones en su cuello, habló fuerte a Clyf, con evidente confianza.
- Ahora verás lo que significa meterse con mis patatas... ¡HAAAH!
El capitán estiró su puño en un movimiento rápido de la misma forma que antes. Cid, a la distancia extendió sus brazos hacia adelante intentando detener el golpe con su arsenal de hechizos anti-magia, pero fue inútil. Esta vez el rostro de Clyf se deformó tal como si hubiese recibido un golpe directo. Su labio se hizo añicos y cayó nuevamente unos metros más atrás. De espaldas en el suelo de piedra, con ambas manos cubriéndose la boca sangrante, Clyf emitía gemidos de dolor mientras pataleaba en su lugar. Cid nuevamente se vio presa del desconcierto. ¿Qué clase de poder estaba utilizando ese viejo capitán?
Corrió a socorrer a su hermano. Se hincó frente a él mientras que Hillgar se preguntaba quién era ese muchacho que acababa de entrometerse en su lucha. Clyf abrió un ojo y observó a su hermano mayor frente a él. Su mirada llena de ira e impotencia le suplicó por ayuda para poder sanar su orgullo herido. Cid así lo entendió y empezó a conjurar los hechizos de potenciación que aumentaba en varias veces las capacidades mágicas de Clyf. Dio unos pasos atrás para que su hermano se pudiera reponer, y cuando éste estuvo de pie, el aura que emitía era completamente distinta. Aumentar Fuerza, Aumentar Vitalidad, Aumentar Velocidad, Aumentar Poder Mental. Vigorizar, Dominio Mental, Fuerza de Ira. Había convertido a Cid en una máquina de matar.
Hillgar supo que algo no andaba bien cuando vio a Clyf pararse con suma facilidad. Sus golpes no habían sido livianos, pero parecía no verse afectado ya por ellos. Su mirada había cambiado, había recuperado la confianza que parecía haber perdido luego del primer golpe. Sólo le bastó un breve pestañeo para darse cuenta que Clyf había empezado a correr hacia él y ya casi se hallaba a su lado. Se preparó para lanzar otro de sus golpes invisibles, pero antes de poder extender su brazo, un golpe frío como el hielo y de una fuerza brutal le impactó y le derribó de inmediato. Cuando se puso de pie no pudo divisar al hechicero. Su instinto le alertó y miró hacia arriba, sólo para ver a Clyf equipado con una lanza de hielo que iba directo a incrustarse en su cráneo si no se hubiera movido evitando el ataque. La lanza se hizo pedazos contra el suelo.
Contraatacando, el capitán pisó fuerte y lanzó uno de sus golpes invisibles, pero con los reflejos que no tenía antes, Clyf logró formar un escudo de hielo que se hizo pedazos con la intensidad del golpe. Su mano derecha apuntaba hacia el capitán lanzando una bola de fuego que el viejo recibió en sus brazos, al proteger su cara y su torso con ellos. Hillgar miró con cautela a Clyf quien volvía a reír. Su enemigo había recibido una ventaja enorme y era ahora un rival realmente peligroso. Tendría que buscar otra forma de derrotarlo.
- ¿No te creías gran cosa, naranjito? ¿Qué me dices ahora? ¡Ja ja ja!
El capitán miró de reojo al otro individuo que había aparecido, Cid. Algo había hecho para aumentar los poderes del muchacho, y si había logrado tanto, significaba que él también debía ser un rival poderoso. Ya se encargaría de él también. Concentró su mirada en Clyf, quien ya empezaba a conjurar un nuevo hechizo. Quieto. Perfecto.
Clyf había recuperado completamente su confianza al igual que sus deseos de destripar vivo a aquel hombre frente a él. Preparaba un hechizo tan poderoso que haría de él un montón de carne sin vida unida a unos huesos pulverizados. Su último hechizo que había sido incapaz de probar hasta ahora. No habría tenido la oportunidad hasta ahora. Vio mientras preparaba el hechizo que el capitán levantaba su pierna derecha lentamente, manteniéndola paralela a la que aún tenía en tierra, a la vez que levantaba sus manos entrelazadas por sobre su cabeza. «¿Qué está haciendo ese idiota?» se preguntó, sin buscarle una respuesta. Y sin prestarle mayor atención, continuó murmurando aquel hechizo nuevo, hasta que en un instante, el capitán llevó su pie derecho al suelo con gran velocidad y fuerza, golpeando estrepitosamente el piso y gritando con fuerza desmesurada. Luego de eso, todo se volvió negro, silencioso.
Cid no podía creer lo que habían visto sus ojos. Creía que con las potenciaciones su hermano podría fácilmente dar vuelta la contienda, y hasta hace unos instantes así lo parecía. Pero en un solo segundo, en un solo movimiento, el capitán había vuelto a cambiar la situación. El estallido de su bota golpeando la piedra, el grito lleno de energía, y la mandíbula de su hermano fuertemente castigada por una fuerza increíblemente grande surgida al parecer desde algún sitio bajo él. El impacto fue suficiente para elevar a Clyf varios metros por los aires, para caer como costal y no moverse ni un centímetro más. Había perdido la conciencia, si no la vida. Cid jamás había presenciado tal fuerza en ningún ser viviente, y por primera vez en su vida sintió el temor de la derrota.
Hillgar al comprobar que su rival no se recuperaba, miró de reojo a Cid, mientras distendía los músculos del cuello. A pesar de haber obtenido una victoria impecable, no había sonrisa en su rostro. Después de todo, había perdido sus patatas.
- ¡Hey, tú! No sé qué hiciste hace un momento, pero veo que estás con el mocoso. El insolente arruinó mi mercancía, y alguien tendrá que responder por ell... ¡EPA!
El capitán logró por unos centímetros evadir el ataque de una primera kodachi, y una segunda se deslizó suavemente por la carne de su hombro izquierdo. Apuró un contraataque al agresor desconocido, intentando un golpe con su puño derecho, que sólo movió aire. El agresor ya estaba varios metros alejado.
Ya tocaría puerto. Ya llegaría el momento.
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El hombre, arrancando despavorido de al parecer un peligro mayor, no se vio ni ligeramente amedrentado por el gran tamaño ni por las cimitarras de Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto. Llegó a su lado casi sin aliento e imploró por ayuda.
- ¡Por favor, sacadme de aquí! ¡Este pueblo está perdido! ¡No hay esperanza!
- Cálmate, hombre. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que sucede?
- Mi nombre es Balthasar, soy un humilde hombre de negocios que creía ver una posibilidad de éxito en esta tierra, ¡pero ahora comprendo que esto es el infierno! Por favor, dejadme pasar hacia mi libertad y salvación, se los imploro... *cough*
- He dicho que te calmes. ¿Qué está sucediendo en la plaza?
- No es en la plaza, es en el muelle. ¡Es una lucha de demonios! Con tanto poder como para llevar a Diomo a la destrucción en cuestión de un instante! Por favor...
Mu'in comprendió que no podría obtener nada de aquél hombre en su actual estado. Dejó de atender sus súplicas y habló a uno de sus hombres.
- Wazir. Lleva a este hombre a un refugio. No dejes que se pierda de vista. Hablaré con él más tarde. Los demás, síganme hacia el muelle. Descubriremos con nuestros propios ojos qué es exactamente lo que los demonios Cid y Clyf están haciendo en ese lugar.
- Como ordene.
Wazir tomó al comerciante Balthasar y lo guió hacia la entrada, junto a algunos guardias, lugar en donde estarían relativamente seguros. Mu'in y sus demás jinetes continuaron su camino hacia el muelle, sin sospechar lo que encontrarían una vez que llegaran ahí.
-- o --
Clyf estaba furioso, tanto como hace mucho no lo estaba. El golpe recibido había impactado algo más que su estómago, había impactado su orgullo y su arrogancia. Sabía que la única opción para aplacar en parte la humillación recién recibida era arrancar brutalmente la vida del cuerpo de aquél insolente capitán. En contraste, el capitán Dan Hillgar parecía haber adquirido la tranquilidad al ver que sus habilidades aún estaban intactas. Alguien se había metido con su tripulación, con su barco... ¡con sus preciadas patatas! No podía permitirlo, y le calmaba saber que aún tenía la capacidad de defender lo suyo.
Un poco alejado del muelle, Cid estaba atónito tras presenciar el golpe invisible que su hermano había recibido. Ninguno de los dos había sido golpeado desde la antigua batalla contra las autoridades cuando recién habían llegado a Diomo. En ese entonces el general Alois Eichel de Uknean intentó detenerlos en una dura batalla, en donde a pesar de resultar gravemente heridos, lograron juntos vencer al hombre más poderoso del ejército local. Ahora veía a su hermano con dificultades para ponerse de pie luego de recibir un solo golpe que ni siquiera fue capaz de ver. No había llegado a comprender qué clase de magia podía hacer aquello.
Hillgar tras hacer tronar los dedos de sus manos y liberar tensiones en su cuello, habló fuerte a Clyf, con evidente confianza.
- Ahora verás lo que significa meterse con mis patatas... ¡HAAAH!
El capitán estiró su puño en un movimiento rápido de la misma forma que antes. Cid, a la distancia extendió sus brazos hacia adelante intentando detener el golpe con su arsenal de hechizos anti-magia, pero fue inútil. Esta vez el rostro de Clyf se deformó tal como si hubiese recibido un golpe directo. Su labio se hizo añicos y cayó nuevamente unos metros más atrás. De espaldas en el suelo de piedra, con ambas manos cubriéndose la boca sangrante, Clyf emitía gemidos de dolor mientras pataleaba en su lugar. Cid nuevamente se vio presa del desconcierto. ¿Qué clase de poder estaba utilizando ese viejo capitán?
Corrió a socorrer a su hermano. Se hincó frente a él mientras que Hillgar se preguntaba quién era ese muchacho que acababa de entrometerse en su lucha. Clyf abrió un ojo y observó a su hermano mayor frente a él. Su mirada llena de ira e impotencia le suplicó por ayuda para poder sanar su orgullo herido. Cid así lo entendió y empezó a conjurar los hechizos de potenciación que aumentaba en varias veces las capacidades mágicas de Clyf. Dio unos pasos atrás para que su hermano se pudiera reponer, y cuando éste estuvo de pie, el aura que emitía era completamente distinta. Aumentar Fuerza, Aumentar Vitalidad, Aumentar Velocidad, Aumentar Poder Mental. Vigorizar, Dominio Mental, Fuerza de Ira. Había convertido a Cid en una máquina de matar.
Hillgar supo que algo no andaba bien cuando vio a Clyf pararse con suma facilidad. Sus golpes no habían sido livianos, pero parecía no verse afectado ya por ellos. Su mirada había cambiado, había recuperado la confianza que parecía haber perdido luego del primer golpe. Sólo le bastó un breve pestañeo para darse cuenta que Clyf había empezado a correr hacia él y ya casi se hallaba a su lado. Se preparó para lanzar otro de sus golpes invisibles, pero antes de poder extender su brazo, un golpe frío como el hielo y de una fuerza brutal le impactó y le derribó de inmediato. Cuando se puso de pie no pudo divisar al hechicero. Su instinto le alertó y miró hacia arriba, sólo para ver a Clyf equipado con una lanza de hielo que iba directo a incrustarse en su cráneo si no se hubiera movido evitando el ataque. La lanza se hizo pedazos contra el suelo.
Contraatacando, el capitán pisó fuerte y lanzó uno de sus golpes invisibles, pero con los reflejos que no tenía antes, Clyf logró formar un escudo de hielo que se hizo pedazos con la intensidad del golpe. Su mano derecha apuntaba hacia el capitán lanzando una bola de fuego que el viejo recibió en sus brazos, al proteger su cara y su torso con ellos. Hillgar miró con cautela a Clyf quien volvía a reír. Su enemigo había recibido una ventaja enorme y era ahora un rival realmente peligroso. Tendría que buscar otra forma de derrotarlo.
- ¿No te creías gran cosa, naranjito? ¿Qué me dices ahora? ¡Ja ja ja!
El capitán miró de reojo al otro individuo que había aparecido, Cid. Algo había hecho para aumentar los poderes del muchacho, y si había logrado tanto, significaba que él también debía ser un rival poderoso. Ya se encargaría de él también. Concentró su mirada en Clyf, quien ya empezaba a conjurar un nuevo hechizo. Quieto. Perfecto.
Clyf había recuperado completamente su confianza al igual que sus deseos de destripar vivo a aquel hombre frente a él. Preparaba un hechizo tan poderoso que haría de él un montón de carne sin vida unida a unos huesos pulverizados. Su último hechizo que había sido incapaz de probar hasta ahora. No habría tenido la oportunidad hasta ahora. Vio mientras preparaba el hechizo que el capitán levantaba su pierna derecha lentamente, manteniéndola paralela a la que aún tenía en tierra, a la vez que levantaba sus manos entrelazadas por sobre su cabeza. «¿Qué está haciendo ese idiota?» se preguntó, sin buscarle una respuesta. Y sin prestarle mayor atención, continuó murmurando aquel hechizo nuevo, hasta que en un instante, el capitán llevó su pie derecho al suelo con gran velocidad y fuerza, golpeando estrepitosamente el piso y gritando con fuerza desmesurada. Luego de eso, todo se volvió negro, silencioso.
Cid no podía creer lo que habían visto sus ojos. Creía que con las potenciaciones su hermano podría fácilmente dar vuelta la contienda, y hasta hace unos instantes así lo parecía. Pero en un solo segundo, en un solo movimiento, el capitán había vuelto a cambiar la situación. El estallido de su bota golpeando la piedra, el grito lleno de energía, y la mandíbula de su hermano fuertemente castigada por una fuerza increíblemente grande surgida al parecer desde algún sitio bajo él. El impacto fue suficiente para elevar a Clyf varios metros por los aires, para caer como costal y no moverse ni un centímetro más. Había perdido la conciencia, si no la vida. Cid jamás había presenciado tal fuerza en ningún ser viviente, y por primera vez en su vida sintió el temor de la derrota.
Hillgar al comprobar que su rival no se recuperaba, miró de reojo a Cid, mientras distendía los músculos del cuello. A pesar de haber obtenido una victoria impecable, no había sonrisa en su rostro. Después de todo, había perdido sus patatas.
- ¡Hey, tú! No sé qué hiciste hace un momento, pero veo que estás con el mocoso. El insolente arruinó mi mercancía, y alguien tendrá que responder por ell... ¡EPA!
El capitán logró por unos centímetros evadir el ataque de una primera kodachi, y una segunda se deslizó suavemente por la carne de su hombro izquierdo. Apuró un contraataque al agresor desconocido, intentando un golpe con su puño derecho, que sólo movió aire. El agresor ya estaba varios metros alejado.
Personajes:
Cid Dubois,
Clyf Dubois,
Dan Hillgar,
Mu'in Kassab,
Phill Kidnam
Fin de semana en Diomo: Rutina en el mercado.
Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto, había sido llamado junto a sus jinetes por el gobernador de Diomo, con el único objetivo de erradicar al par de individuos que había llevado a la ciudad al desastre. No era tarea fácil, para nada. Había oído hablar de Clyf y Cid Dubois, dos de los más grandes hechiceros de estos tiempos, y los relatos de su poder combinado traspasaba las fronteras de Uknean, llenando de temor a los kibetanos cercanos a la ciudad portuaria. Sacarlos de la ciudad por las buenas o las malas era una jugada arriesgada de parte de las familias acomodadas de la región, pero era lo único que les quedaba por hacer.
Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.
Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.
Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.
Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.
Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.
- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?
Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.
- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.
El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...
En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.
- Me la llevo.
El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.
- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...
- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.
Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.
- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.
- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?
- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!
A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.
- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.
Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.
- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.
La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.
- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.
- ¡Claro, jefe!
Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.
- Clyf...
Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.
- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?
- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!
- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...
El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.
- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...
El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.
El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.
- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!
Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.
Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.
Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.
- o -
Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.
Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.
- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?
Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.
- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.
El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...
En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.
- Me la llevo.
El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.
- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...
- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.
Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.
- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.
- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?
- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!
A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.
- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.
Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.
- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.
La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.
- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.
- ¡Claro, jefe!
Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.
- Clyf...
Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.
- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?
- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!
- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...
El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.
- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...
El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.
El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.
- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!
Personajes:
Cid Dubois,
Clyf Dubois,
Dan Hillgar,
Mu'in Kassab
lunes, 13 de julio de 2009
Por un amigo.
El ambiente era cálido, acogedor. El silencio evocaba una paz que había creído perdida desde hace siglos, y la luz brillante del sol que entraba por el vitral superior caía radiante sobre sus hombros mientras que con mente tranquila rezaba a su Dios. Años atrás, en la peor época de su vida, el paladín Luxor Mallinder había caído en las garras de la impía hechicera Clessenia, y había visitado por momentos los oscuros pasajes del infierno.
Un hombre alto, de cabello dorado hasta los hombros y unos hermosos ojos color del cielo, que usaba toga blanca con detalles bordados en dorado, entró al templo sin hacer ruido alguno. Vio al paladín inmerso en su oración y no quiso incomodarle. Esperó de pie junto a la entrada, con los ojos cerrados y las manos cruzadas, hasta que Luxor luego de persignarse, se puso de pie y notó su presencia. Su corazón lleno de paz se alegró de ver a Alanis, el ser que había rescatado su alma de la eterna oscuridad. Éste inició el diálogo.
- Bendiciones, Luxor. Soy capaz de ver tu alma llena de la dicha de Dios.
- Todo es gracias a vos. Me habéis entregado el más grande regalo y estaré para siempre en deuda con vos.
- La vida sólo es un regalo de Dios, Luxor. Sólo soy un mensajero, un guardián de Su Voluntad en este mundo, al que cuida y ama desde y por siempre.
Luxor besó la cruz que formó con el pulgar e índice derechos.
- Amén, Alanis.
Alanis sonrió contento. La devoción y felicidad que Luxor mostraba en ese momento era algo que sólo podía caber dentro de la infinita bondad del Creador. Verlo a él le llenaba de esperanzas y deseos de conseguir el Bien Supremo. Pero no era su tarea.
- Estáis rebosante de nuevas esperanzas. Creo que ha llegado el momento de hablar sobre lo que Istal tiene preparado para ti.
En su juventud, cuando estudiaba las Sagradas Escrituras, Luxor oyó hablar de Istal, uno de los ídolos de la religión pagana del pueblo oriental de Corión. En su vida pasada pudo haber destruido a cualquier blasfemo que adorara a tal figura. Y tras conocer a Alanis, saber que es un subordinado de Istal, y que ambos siguen las leyes sagradas de Dios al pie de la letra, había comprendido que la Verdad de Dios abarca mucho más de lo que él había imaginado. Tanto Istal como Alanis estaban bendecidos por Su gloria.
- Vos me habéis dado la gracia de servir nuevamente a Dios. Haré lo que me indiquís para demostrar Su grandeza al mundo.
Alanis notó una luz tenue del antiguo Luxor en aquellas palabras. "Demostrar Su grandeza al mundo". Aún le faltarían algunas experiencias nuevas para comprender al fin que Su grandeza no necesita ser demostrada. Pasó por alto sus propios pensamientos y continuó.
- Se acercan días peligrosos para el mundo, e Istal necesita que cumplas con Su mandato, aquél que te dio hace tiempo y que has dejado postergado -los ojos de Luxor se agrandaron y su corazón empezó a golpear fuerte su pecho -. Creo que sabes a quién me refiero...
- Sgarr...
Hubo un silencio prolongado. Luego Alanis agregó.
- Su alma está en caos. Ha perdido la noción de sí mismo, y sólo vaga por esta tierra sin conocer su destino. Debes salvarle.
Luxor bajó la vista, y se perdió en sus recuerdos. Aquella noche en que Él le habló por los sueños y le encomendó la Salvación. Aquella noche en que el fuego consumió su vida. Aquella noche en la que salvó al pequeño Sgarr de las llamas. Sgarr, la llave de Dios para la Salvación.
Alanis continuó:
- Puedes ir a la Fuente y elegir a seis monjes para que te acompañen. Con ellos iniciaréis un viaje y rescataréis a aquellos que necesiten ser rescatados de las maldades del mundo, y los uniréis a vuestra campaña. Ustedes serán el Sendero del Amanecer, y su meta final es salvar el alma de aquél niño. Éste es Su voluntad.
Luxor escuchó cada palabra que Alanis le dijo. La paz de su espíritu se vio perturbada por un momento: con su bajada a los infiernos, Sgarr había quedado abandonado a su suerte. Había quedado solo en una tierra desgarrada por el mal. Y había sido su responsabilidad. Centró su mente y pensó también en la Fuente, lugar donde a esa hora los más hábiles monjes de Azhur ponían a prueba su resistencia física y espiritual bajo las cristalinas aguas que caían desde el cielo. Miró decidido a Alanis.
- No volveré a fallar Alanis. Si es la voluntad de Dios, no me puedo permitir fallar.
Alanis le regaló una nueva sonrisa.
- No lo harás, Luxor. Estoy seguro de ello.
Luxor hizo una reverencia. Luego se inclinó sobre el altar y se persignó una vez más antes de dirigir sus pasos a la salida de la capilla, dejando al monje atrás. Alanis, que dejó su sonrisa, dudó un poco, pero luego habló una vez más.
- Luxor, espera... hay algo más.
El paladín se giró hacia Alanis, quien ahora le daba la espalda. No dijo palabra alguna, sólo esperó a que Alanis prosiguiera.
- Hay otra alma que debes salvar... no es un mandato de Él, pero creo que es importante para ti.
- ¿De quién se trata?
Alanis dio media vuelta y miró a los ojos al paladín. Luxor vio por primera vez un rastro de tristeza en aquellos ojos color cielo.
- De un gran amigo tuyo, que perdió el rumbo y ahora está agonizante... se trata de Guehene...
El corazón de Luxor pareció detenerse por unos segundos para luego acelerarse incontrolable. "Guehene!" Sin agregar ninguna palabra, se giró y apresuró sus pasos fuera del santuario.
- ¡Está en Tabeas! ... ¡ve y sálvale de su tormento!
Fueron las últimas palabras que Luxor oyó cuando ya cruzaba la plaza a toda velocidad camino al establo. No podía permitirse llegar tarde. Desde la entrada del santuario, Alanis observó cómo se alejaba y cuando le hubo perdido de vista cerró los ojos y empezó a orar. Quizás no debería habérselo dicho, no era su obligación, pero no podría verle a los ojos si guardaba aquello para sí. Pensó que quizás había muchas otras cosas que debería haberle contado antes, la verdad. Aún quedaban muchos secretos que Luxor desconocía, y quizás el más importante de todos, que su Dios e Istal eran la misma entidad.
Un hombre alto, de cabello dorado hasta los hombros y unos hermosos ojos color del cielo, que usaba toga blanca con detalles bordados en dorado, entró al templo sin hacer ruido alguno. Vio al paladín inmerso en su oración y no quiso incomodarle. Esperó de pie junto a la entrada, con los ojos cerrados y las manos cruzadas, hasta que Luxor luego de persignarse, se puso de pie y notó su presencia. Su corazón lleno de paz se alegró de ver a Alanis, el ser que había rescatado su alma de la eterna oscuridad. Éste inició el diálogo.
- Bendiciones, Luxor. Soy capaz de ver tu alma llena de la dicha de Dios.
- Todo es gracias a vos. Me habéis entregado el más grande regalo y estaré para siempre en deuda con vos.
- La vida sólo es un regalo de Dios, Luxor. Sólo soy un mensajero, un guardián de Su Voluntad en este mundo, al que cuida y ama desde y por siempre.
Luxor besó la cruz que formó con el pulgar e índice derechos.
- Amén, Alanis.
Alanis sonrió contento. La devoción y felicidad que Luxor mostraba en ese momento era algo que sólo podía caber dentro de la infinita bondad del Creador. Verlo a él le llenaba de esperanzas y deseos de conseguir el Bien Supremo. Pero no era su tarea.
- Estáis rebosante de nuevas esperanzas. Creo que ha llegado el momento de hablar sobre lo que Istal tiene preparado para ti.
En su juventud, cuando estudiaba las Sagradas Escrituras, Luxor oyó hablar de Istal, uno de los ídolos de la religión pagana del pueblo oriental de Corión. En su vida pasada pudo haber destruido a cualquier blasfemo que adorara a tal figura. Y tras conocer a Alanis, saber que es un subordinado de Istal, y que ambos siguen las leyes sagradas de Dios al pie de la letra, había comprendido que la Verdad de Dios abarca mucho más de lo que él había imaginado. Tanto Istal como Alanis estaban bendecidos por Su gloria.
- Vos me habéis dado la gracia de servir nuevamente a Dios. Haré lo que me indiquís para demostrar Su grandeza al mundo.
Alanis notó una luz tenue del antiguo Luxor en aquellas palabras. "Demostrar Su grandeza al mundo". Aún le faltarían algunas experiencias nuevas para comprender al fin que Su grandeza no necesita ser demostrada. Pasó por alto sus propios pensamientos y continuó.
- Se acercan días peligrosos para el mundo, e Istal necesita que cumplas con Su mandato, aquél que te dio hace tiempo y que has dejado postergado -los ojos de Luxor se agrandaron y su corazón empezó a golpear fuerte su pecho -. Creo que sabes a quién me refiero...
- Sgarr...
Hubo un silencio prolongado. Luego Alanis agregó.
- Su alma está en caos. Ha perdido la noción de sí mismo, y sólo vaga por esta tierra sin conocer su destino. Debes salvarle.
Luxor bajó la vista, y se perdió en sus recuerdos. Aquella noche en que Él le habló por los sueños y le encomendó la Salvación. Aquella noche en que el fuego consumió su vida. Aquella noche en la que salvó al pequeño Sgarr de las llamas. Sgarr, la llave de Dios para la Salvación.
Alanis continuó:
- Puedes ir a la Fuente y elegir a seis monjes para que te acompañen. Con ellos iniciaréis un viaje y rescataréis a aquellos que necesiten ser rescatados de las maldades del mundo, y los uniréis a vuestra campaña. Ustedes serán el Sendero del Amanecer, y su meta final es salvar el alma de aquél niño. Éste es Su voluntad.
Luxor escuchó cada palabra que Alanis le dijo. La paz de su espíritu se vio perturbada por un momento: con su bajada a los infiernos, Sgarr había quedado abandonado a su suerte. Había quedado solo en una tierra desgarrada por el mal. Y había sido su responsabilidad. Centró su mente y pensó también en la Fuente, lugar donde a esa hora los más hábiles monjes de Azhur ponían a prueba su resistencia física y espiritual bajo las cristalinas aguas que caían desde el cielo. Miró decidido a Alanis.
- No volveré a fallar Alanis. Si es la voluntad de Dios, no me puedo permitir fallar.
Alanis le regaló una nueva sonrisa.
- No lo harás, Luxor. Estoy seguro de ello.
Luxor hizo una reverencia. Luego se inclinó sobre el altar y se persignó una vez más antes de dirigir sus pasos a la salida de la capilla, dejando al monje atrás. Alanis, que dejó su sonrisa, dudó un poco, pero luego habló una vez más.
- Luxor, espera... hay algo más.
El paladín se giró hacia Alanis, quien ahora le daba la espalda. No dijo palabra alguna, sólo esperó a que Alanis prosiguiera.
- Hay otra alma que debes salvar... no es un mandato de Él, pero creo que es importante para ti.
- ¿De quién se trata?
Alanis dio media vuelta y miró a los ojos al paladín. Luxor vio por primera vez un rastro de tristeza en aquellos ojos color cielo.
- De un gran amigo tuyo, que perdió el rumbo y ahora está agonizante... se trata de Guehene...
El corazón de Luxor pareció detenerse por unos segundos para luego acelerarse incontrolable. "Guehene!" Sin agregar ninguna palabra, se giró y apresuró sus pasos fuera del santuario.
- ¡Está en Tabeas! ... ¡ve y sálvale de su tormento!
Fueron las últimas palabras que Luxor oyó cuando ya cruzaba la plaza a toda velocidad camino al establo. No podía permitirse llegar tarde. Desde la entrada del santuario, Alanis observó cómo se alejaba y cuando le hubo perdido de vista cerró los ojos y empezó a orar. Quizás no debería habérselo dicho, no era su obligación, pero no podría verle a los ojos si guardaba aquello para sí. Pensó que quizás había muchas otras cosas que debería haberle contado antes, la verdad. Aún quedaban muchos secretos que Luxor desconocía, y quizás el más importante de todos, que su Dios e Istal eran la misma entidad.
viernes, 15 de mayo de 2009
Ruptura.
Odari Rieelan:
Me disculpará usted, su Majestad, pero vuestros mandatos están siendo injustos. Nuestro pueblo nos está necesitando y es por eso que rogamos por vuestra comprensión y permiso para acudir en su ayuda.
Rey Daylon Ambrós:
¿Pero de qué me habláis? Estáis halando de aquéllos que manifestaron con todas sus fuerzas su desaprobación a la fundación de Caerllion, se han opuesto constantemente a la labor de la Alianza y les ha maldecido a vos y a cada uno de los vuestros que ha decidido abandonar sus hogares para fortalecer la unidad.
Odari:
Puede que tengáis algo de razón, su Majestad, pero aún así son nuestros hermanos.
Daylon:
Y precisamente porque sé qué tan distintos pueden llegar a ser los hermanos entre ellos que digo lo que habéis oído. Las ansias de poder y control corrompen con tanta rapidez y eficacia como la Niebla Púrpura, y por ver su propia cultura opacada por la grandeza de Caerllion es que vuestros sabios conservadores han decidido boicotearla en cada oportunidad que se ha presentado.
Odari:
Su alteza, pecáis de soberbio...
Daylon:
Dios es testigo de que lo que os cuento es sólo la verdad. El futuro que desean vuestros sabios para nuestra Alianza no es distinto al que busca Feliad con cada una de sus acciones.
Odari:
Por favor, no comparéis la espiritualidad de nuestra gente con el orgullo enfermizo de vuestro hermanastro.
Daylon:
Gracias a Dios no formáis parte del mismo tipo de espíritu atormentado en el que ha caído preso Feliad, pero aún así nuestra Caerllion es el enemigo común que comparten tanto Aleith como los rebeldes de mi hermano y las tribus occidentales de Surgas. No me sorprendería que estas traiciones fueran planeadas o consentidas por todas las partes, y que los devastadores incendios sobre sus verdes bosques sean un castigo divino por obrar contra el bien común de esta tierra herida. Que paguen por sus pecados y que sea Dios quien salve a los que merecen ser salvados.
Odari:
Me encogen el corazón vuestras palabras, Rey Daylon. Cuando nosotros elfos decidimos aceptar vuestra oferta de ser parte de la Alianza, fue porque creímos que aceptaría a nuestro pueblo y las diferencias que pudieran existir con el suyo. Pero hasta el día de hoy nos hemos visto discriminados de formas que jamás podríamos haber imaginado cuando llegamos hasta aquí. Veo con descepción que para vos mi gente no ha dejado de ser más que pecadores y renegados.
Daylon:
Mi reinado siempre protegerá a quienes protegen los ideales de esta alianza, y eso os incluye a vos y a tu gente. El pueblo elfo de Dyloen a mis ojos hace años que se encuentra dividido en quienes están con Caerllion y quienes no. Los segundos, son un pueblo diferente, extranjero.
Odari:
Nuestro pueblo siempre será uno solo. Las diferencias que su Majestad aprecia no son suficientes para hablar de tal división imaginaria. No es más que una manera distinta de pensar, y no por eso desistiremos del Juramento Ancestral.
Daylon:
*Sigh*... escuchad bien, Lady: los traidores han mostrado gran astucia y se han mezclado incluso entre mis más grandes colaboradores. Como podéis imaginar, los últimos hechos que han acontecido en Palacio han creado en mi persona una desconfianza tal que dudo de la lealtad de cada uno de vosotros, a mi gran pesar; desconfianza que podéis menguar si acatáis mis órdenes y permanecís en Palacio hasta que todos mis generales estén presentes y podamos en conjunto dar los siguientes pasos.
Odari:
Lo siento, Rey Daylon. El futuro de mi gente está primero...
Daylon:
¡El futuro de Caerllion está primero, maldición!
Odari:
Me duele profundamente que antepongáis vuestra consciente y declarada paranoia a las razones que os he dado para deber partir. Con vuestro permiso, me retiro para ayudar a mi pueblo en estos momentos críticos. O sin él, si así lo preferís.
Daylon:
¡Odari Rieelan, os he dado una orden directa! Si abandonáis esta sala en este instante, puedo considerarlo una insubordinación y tendré todo el derecho de reteneros a la fuerza. No me obliguéis a llegar a tal extremo.
Odari:
Haced lo que debáis, Rey Daylon. Los elfos no estamos aquí en Caerllion por la caridad de vosotros humanos, y no hay vínculo que nos obligue a permanecer aquí si nuestro pueblo nos necesita.
Daylon:
... así lo habéis deseado... ¡Guardias, apresad a la insubordinada!
Me disculpará usted, su Majestad, pero vuestros mandatos están siendo injustos. Nuestro pueblo nos está necesitando y es por eso que rogamos por vuestra comprensión y permiso para acudir en su ayuda.
Rey Daylon Ambrós:
¿Pero de qué me habláis? Estáis halando de aquéllos que manifestaron con todas sus fuerzas su desaprobación a la fundación de Caerllion, se han opuesto constantemente a la labor de la Alianza y les ha maldecido a vos y a cada uno de los vuestros que ha decidido abandonar sus hogares para fortalecer la unidad.
Odari:
Puede que tengáis algo de razón, su Majestad, pero aún así son nuestros hermanos.
Daylon:
Y precisamente porque sé qué tan distintos pueden llegar a ser los hermanos entre ellos que digo lo que habéis oído. Las ansias de poder y control corrompen con tanta rapidez y eficacia como la Niebla Púrpura, y por ver su propia cultura opacada por la grandeza de Caerllion es que vuestros sabios conservadores han decidido boicotearla en cada oportunidad que se ha presentado.
Odari:
Su alteza, pecáis de soberbio...
Daylon:
Dios es testigo de que lo que os cuento es sólo la verdad. El futuro que desean vuestros sabios para nuestra Alianza no es distinto al que busca Feliad con cada una de sus acciones.
Odari:
Por favor, no comparéis la espiritualidad de nuestra gente con el orgullo enfermizo de vuestro hermanastro.
Daylon:
Gracias a Dios no formáis parte del mismo tipo de espíritu atormentado en el que ha caído preso Feliad, pero aún así nuestra Caerllion es el enemigo común que comparten tanto Aleith como los rebeldes de mi hermano y las tribus occidentales de Surgas. No me sorprendería que estas traiciones fueran planeadas o consentidas por todas las partes, y que los devastadores incendios sobre sus verdes bosques sean un castigo divino por obrar contra el bien común de esta tierra herida. Que paguen por sus pecados y que sea Dios quien salve a los que merecen ser salvados.
Odari:
Me encogen el corazón vuestras palabras, Rey Daylon. Cuando nosotros elfos decidimos aceptar vuestra oferta de ser parte de la Alianza, fue porque creímos que aceptaría a nuestro pueblo y las diferencias que pudieran existir con el suyo. Pero hasta el día de hoy nos hemos visto discriminados de formas que jamás podríamos haber imaginado cuando llegamos hasta aquí. Veo con descepción que para vos mi gente no ha dejado de ser más que pecadores y renegados.
Daylon:
Mi reinado siempre protegerá a quienes protegen los ideales de esta alianza, y eso os incluye a vos y a tu gente. El pueblo elfo de Dyloen a mis ojos hace años que se encuentra dividido en quienes están con Caerllion y quienes no. Los segundos, son un pueblo diferente, extranjero.
Odari:
Nuestro pueblo siempre será uno solo. Las diferencias que su Majestad aprecia no son suficientes para hablar de tal división imaginaria. No es más que una manera distinta de pensar, y no por eso desistiremos del Juramento Ancestral.
Daylon:
*Sigh*... escuchad bien, Lady: los traidores han mostrado gran astucia y se han mezclado incluso entre mis más grandes colaboradores. Como podéis imaginar, los últimos hechos que han acontecido en Palacio han creado en mi persona una desconfianza tal que dudo de la lealtad de cada uno de vosotros, a mi gran pesar; desconfianza que podéis menguar si acatáis mis órdenes y permanecís en Palacio hasta que todos mis generales estén presentes y podamos en conjunto dar los siguientes pasos.
Odari:
Lo siento, Rey Daylon. El futuro de mi gente está primero...
Daylon:
¡El futuro de Caerllion está primero, maldición!
Odari:
Me duele profundamente que antepongáis vuestra consciente y declarada paranoia a las razones que os he dado para deber partir. Con vuestro permiso, me retiro para ayudar a mi pueblo en estos momentos críticos. O sin él, si así lo preferís.
Daylon:
¡Odari Rieelan, os he dado una orden directa! Si abandonáis esta sala en este instante, puedo considerarlo una insubordinación y tendré todo el derecho de reteneros a la fuerza. No me obliguéis a llegar a tal extremo.
Odari:
Haced lo que debáis, Rey Daylon. Los elfos no estamos aquí en Caerllion por la caridad de vosotros humanos, y no hay vínculo que nos obligue a permanecer aquí si nuestro pueblo nos necesita.
Daylon:
... así lo habéis deseado... ¡Guardias, apresad a la insubordinada!
jueves, 9 de abril de 2009
El Poder Absoluto
La antigua hechicera Clessenia había logrado salir del Salón de Piedra justo antes de que el cielo del mismo colapsara y sellara la salida. Los soldados que esperaban afuera, sorprendidos por lo ocurrido, desenvainaron sus espadas y bajaron hasta los sobrevivientes y les ordenaron arrodillarse con las manos en alto. Así lo hicieron todos, aún confundidos y sin siquiera saber dónde estaban. Los gritos desesperados de un montón de gente dentro alarmó a la guardia más aún y pronto al lugar llegó el mismo Rey Daylon Ambrós y otra delegación del Instituto Schellden, guiados por Duncan Olliffe. Daylon reconoció de inmediato entre los sobrevivientes a Clessenia y desenvainó su espada hasta llegar a su lado.
- Vieja bruja, ¡cómo os habéis librado de vuestro claustro! ¡Ahora no contáis con vuestros artilugios para causar el más mínimo daño!
Clessenia observaba sin saber quién le hablaba ni comprender palabra alguna de las que le dirigía. Aunque Daylon vio esto en los ojos de la hechicera, no se dejó dudar.
- En estos momentos, yo mismo, rey Daylon Ambrós de Radeas, os ajusticiaré y la paz volverá a ser...
La tierra volvió a temblar producto de una explosión. El cielo del Salón de Piedra voló hecho pedazos, dando paso a una columna de fuego que se alzaba por sobre el Palacio. Grandes trozos de piedra y concreto cayeron sobre casas, zonas civiles e incluso en medio del tumulto de gente, produciendo caos entre la población, algunos muertos y varios heridos. En lo alto, se elevaba una figura conocida por muchos, y más temida que la peor de las plagas.El rey Daylon no daba crédito a sus ojos.
- Oh no... esto no puede ser...
Madul, rodeado por fuego, lanzó enormes llamaradas en todas direcciones, causando destrucción e iniciando incendios en varias partes de la ciudad. El cuerpo de arqueros no demoró en apuntar desde todas las torres y disparar, pero toda flecha lanzada terminó siendo cenizas por las llamas alrededor del objetivo. Las siguientes bolas de fuego lanzadas por Madul destruyeron cada una de las torres de vigilancia, reduciéndolas a carbón y escombros con una facilidad impresionante.
Clessenia, al ver toda la atención de la guardia y del propio rey puesta en Madul, se puso de pie y escapó, perdiéndose por entre la multitud que corría en pánico buscando seguridad y refugio. Por su parte, Madul seguía lanzando enormes llamaradas y destruyendo gran parte de las construcciones de Caerllion.
- Ustedes no son nada, y no pueden hacer nada. ¡Soy superior en todo aspecto! ¡HA HA HA!
Como una muestra de poder final, apuntó sus llamaradas hacia palacio. En instantes, una gigantesca bola de fuego estalló frente a la cúpula principal, destruyéndola al contacto. En pocos segundos, el palacio comenzó a caer zona por zona, quedando en ruinas en muy poco tiempo. El rey Daylon, descorazonado, soltó su espada, la que cayó en el piso produciendo un sonido metálico.
- Es el demonio en persona... cómo podremos hacerle frente... sólo una persona podía oponérsele, y esa persona está...
Desde algún lugar, una bola de fuego fue lanzada, esta vez hacia Madul, la cual se fusionó como si nada con el fuego alrededor del hechicero. Aunque no le hizo daño, fue suficiente para llamar su atención. Al voltearse, Madul vio en lo alto de una de las casas más altas aún en pie, al hechicero más molesto que jamás había conocido. De cabellos dorados y ojos rojos, utilizando su conocido traje rojo de cuando era consejero real. Llevaba una espada dorada con incrustaciones de rubí en su mano derecha, y en su izquierda un báculo corto, terminado en una esfera de cristal en cuyo interior una llama ardía eternamente. Madul miró con sorpresa y odio al hombre que en algún momento mostró ser más poderoso que él: el hechicero Matt Jarlians.
El rey Daylon I seguramente era el más asombrado de todos. Observaba con la boca abierta la figura de su antiguo amigo y consejero, al cual las circunstancias le habían declarado muerto desde hace ya bastante tiempo. Pero ahora se hallaba ahí, en Caerllion, desafiando a Madul una vez más para salvar a Caerllion de una inminente destrucción.
- ¡Madul! He venido hasta este lugar con sólo un objetivo, y creo que sabes cuál es.
Madul, que en un comienzo miró con odio al recién llegado, pronto cambió sus ánimos y miró con seguridad y arrogancia. El poder que ostentaba ahora era de un nivel completamente distinto.
- Matt Jarlians, qué maravilla verte en este lugar. ¡Me has evitado buscarte para acabar con tu patética existencia!
Acto seguido, disparó una poderosa llamarada hacia Matt, quien la esperó pacientemente. Utilizando sus propias artes, intentó detener el ataque de Madul, pero efectivamente había superado los límites conocidos, y luego de batallar un momento, apenas logró desviarlo hacia una zona comercial donde las tiendas fuero incineradas al instante.
- ¿Eso es todo lo que tienes? -Matt intentaba provocar al poderoso hechicero, aunque con sólo ese ataque, había caído ya sobre una de sus rodillas y respiraba con dificultad.
- ¡Ya pronto acabaré con tu charlatanería, basura!
Madul se preparaba a lanzar una nueva llamarada, cuando desde otra dirección, un poderoso chorro de agua le impactaba por el costado, apagando por un momento en fuego que le cubría por ese lado, y generando una gran nube de vapor. Casi en seguida, una fuerte ráfaga de viento cortante como el mismo acero apagó parte del fuego que le cubría por otro sector. Le siguió una lluvia de rocas que le empezaron a golpear de varias direcciones distintas, y finalmente un rayo de luz blanco le impactó e hizo desaparecer todo el fuego que aún quedaba a su alrededor. Cuando Madul finalmente pudo reaccionar a la seguidilla de ataques, vio en distintas casas a su alrededor a varios seres que le miraban de una forma reprobativa. Al primero que divisó era un hombre que vestía ropajes azules, de piel morena y pelo blanco, con algunas marcas de pintura en su rostro. Luego vio a un enano, de barba dorada y ojos de fuego, que vestía extrañamente ropajes ligeros y no llevaba armas. Un poco más a la derecha vio a una elfa alta y de cabellos como el trigo, que llevaba sobre ella una máscara que cubría la parte superior de su rostro, sólo dejando ver sus hermosos ojos verdes. Por último, pudo ver a un hombre de rizos rubios y ropajes blancos y elegantes que desprendía un aura de tranquilidad y pureza, la más desagradable de todas.
Los reconoció de inmediato, de hecho, conocía a cada uno de ellos a la perfección, y su presencia en este lugar le irritó de sobremanera, e incluso le hizo sentir una pizca de temor, la cual obviamente desapareció cuando recordó el poder que tenía en esos momentos.
- Iruja... Reinh... Giaeda... Alanis... me sorprende veros aquí. ¿Que acaso queréis morir también?
- Vieja bruja, ¡cómo os habéis librado de vuestro claustro! ¡Ahora no contáis con vuestros artilugios para causar el más mínimo daño!
Clessenia observaba sin saber quién le hablaba ni comprender palabra alguna de las que le dirigía. Aunque Daylon vio esto en los ojos de la hechicera, no se dejó dudar.
- En estos momentos, yo mismo, rey Daylon Ambrós de Radeas, os ajusticiaré y la paz volverá a ser...
La tierra volvió a temblar producto de una explosión. El cielo del Salón de Piedra voló hecho pedazos, dando paso a una columna de fuego que se alzaba por sobre el Palacio. Grandes trozos de piedra y concreto cayeron sobre casas, zonas civiles e incluso en medio del tumulto de gente, produciendo caos entre la población, algunos muertos y varios heridos. En lo alto, se elevaba una figura conocida por muchos, y más temida que la peor de las plagas.El rey Daylon no daba crédito a sus ojos.
- Oh no... esto no puede ser...
Madul, rodeado por fuego, lanzó enormes llamaradas en todas direcciones, causando destrucción e iniciando incendios en varias partes de la ciudad. El cuerpo de arqueros no demoró en apuntar desde todas las torres y disparar, pero toda flecha lanzada terminó siendo cenizas por las llamas alrededor del objetivo. Las siguientes bolas de fuego lanzadas por Madul destruyeron cada una de las torres de vigilancia, reduciéndolas a carbón y escombros con una facilidad impresionante.
Clessenia, al ver toda la atención de la guardia y del propio rey puesta en Madul, se puso de pie y escapó, perdiéndose por entre la multitud que corría en pánico buscando seguridad y refugio. Por su parte, Madul seguía lanzando enormes llamaradas y destruyendo gran parte de las construcciones de Caerllion.
- Ustedes no son nada, y no pueden hacer nada. ¡Soy superior en todo aspecto! ¡HA HA HA!
Como una muestra de poder final, apuntó sus llamaradas hacia palacio. En instantes, una gigantesca bola de fuego estalló frente a la cúpula principal, destruyéndola al contacto. En pocos segundos, el palacio comenzó a caer zona por zona, quedando en ruinas en muy poco tiempo. El rey Daylon, descorazonado, soltó su espada, la que cayó en el piso produciendo un sonido metálico.
- Es el demonio en persona... cómo podremos hacerle frente... sólo una persona podía oponérsele, y esa persona está...
Desde algún lugar, una bola de fuego fue lanzada, esta vez hacia Madul, la cual se fusionó como si nada con el fuego alrededor del hechicero. Aunque no le hizo daño, fue suficiente para llamar su atención. Al voltearse, Madul vio en lo alto de una de las casas más altas aún en pie, al hechicero más molesto que jamás había conocido. De cabellos dorados y ojos rojos, utilizando su conocido traje rojo de cuando era consejero real. Llevaba una espada dorada con incrustaciones de rubí en su mano derecha, y en su izquierda un báculo corto, terminado en una esfera de cristal en cuyo interior una llama ardía eternamente. Madul miró con sorpresa y odio al hombre que en algún momento mostró ser más poderoso que él: el hechicero Matt Jarlians.
El rey Daylon I seguramente era el más asombrado de todos. Observaba con la boca abierta la figura de su antiguo amigo y consejero, al cual las circunstancias le habían declarado muerto desde hace ya bastante tiempo. Pero ahora se hallaba ahí, en Caerllion, desafiando a Madul una vez más para salvar a Caerllion de una inminente destrucción.
- ¡Madul! He venido hasta este lugar con sólo un objetivo, y creo que sabes cuál es.
Madul, que en un comienzo miró con odio al recién llegado, pronto cambió sus ánimos y miró con seguridad y arrogancia. El poder que ostentaba ahora era de un nivel completamente distinto.
- Matt Jarlians, qué maravilla verte en este lugar. ¡Me has evitado buscarte para acabar con tu patética existencia!
Acto seguido, disparó una poderosa llamarada hacia Matt, quien la esperó pacientemente. Utilizando sus propias artes, intentó detener el ataque de Madul, pero efectivamente había superado los límites conocidos, y luego de batallar un momento, apenas logró desviarlo hacia una zona comercial donde las tiendas fuero incineradas al instante.
- ¿Eso es todo lo que tienes? -Matt intentaba provocar al poderoso hechicero, aunque con sólo ese ataque, había caído ya sobre una de sus rodillas y respiraba con dificultad.
- ¡Ya pronto acabaré con tu charlatanería, basura!
Madul se preparaba a lanzar una nueva llamarada, cuando desde otra dirección, un poderoso chorro de agua le impactaba por el costado, apagando por un momento en fuego que le cubría por ese lado, y generando una gran nube de vapor. Casi en seguida, una fuerte ráfaga de viento cortante como el mismo acero apagó parte del fuego que le cubría por otro sector. Le siguió una lluvia de rocas que le empezaron a golpear de varias direcciones distintas, y finalmente un rayo de luz blanco le impactó e hizo desaparecer todo el fuego que aún quedaba a su alrededor. Cuando Madul finalmente pudo reaccionar a la seguidilla de ataques, vio en distintas casas a su alrededor a varios seres que le miraban de una forma reprobativa. Al primero que divisó era un hombre que vestía ropajes azules, de piel morena y pelo blanco, con algunas marcas de pintura en su rostro. Luego vio a un enano, de barba dorada y ojos de fuego, que vestía extrañamente ropajes ligeros y no llevaba armas. Un poco más a la derecha vio a una elfa alta y de cabellos como el trigo, que llevaba sobre ella una máscara que cubría la parte superior de su rostro, sólo dejando ver sus hermosos ojos verdes. Por último, pudo ver a un hombre de rizos rubios y ropajes blancos y elegantes que desprendía un aura de tranquilidad y pureza, la más desagradable de todas.
Los reconoció de inmediato, de hecho, conocía a cada uno de ellos a la perfección, y su presencia en este lugar le irritó de sobremanera, e incluso le hizo sentir una pizca de temor, la cual obviamente desapareció cuando recordó el poder que tenía en esos momentos.
- Iruja... Reinh... Giaeda... Alanis... me sorprende veros aquí. ¿Que acaso queréis morir también?
Personajes:
Alanis,
Clessenia,
Daylon Ambrós,
Giaeda,
Iruja,
Madul,
Matt Jarlians,
Reinh
El Fin del Salón de Piedra.
La tierra tembló fuertemente algunos segundos, producto de la explosión. Desde el ala norte del gran castillo al centro de Caerllion, el lugar conocido como el Salón de Piedra, se levantaba una columna de polvo a la que todo ciudadano guió su mirada de curiosidad. Numerosos guardias dejaron sus posiciones y se dirigieron al lugar. A la cabeza de ellos iba el reconocido caballero Sir Arthur Helling, el hombre de orígenes en las tierras de Aemir, Lid, que reemplazara tiempo atrás al traidor Sir Dargar Rodas como capitán de la 2ª División del Ejército. Hombre valiente y poderoso, educado en el arte de la espada por el mismo Sir Marten Sidan, había sido la carta utilizada por el Rey para mantener el control en una Caerllion cada vez más rebelde. Y lo había logrado dentro de lo márgenes aceptables. Ahora, en la misma sala en que el Rey Daylon Ambrós había permitido la investigación de la Organización Schellden, algo había estallado y había causado el colapso de una de las paredes. Hacia el interior, sólo una pequeña porción del salón estaba iluminada por el sol del mediodía, mientras que el resto seguía en la oscuridad total.
Cuando el polvo suspendido se hubo disipado un poco, Sir Helling seguido de algunos de sus leales avanzó en la oscuridad, esquivando los escombros esparcidos, mientras el resto mantenía a los civiles lejos del siniestro. Al interior, pudo observar las maravillosas esculturas que se apilaban unas a otras junto a las paredes, intactas e imponentes, pero sin rastro alguno del equipo de investigación que debería estar junto a ellos, ni de nada que explicara lo que había ocurrido. Seguro, Sir Helling ordenó a sus hombres preparar sus armas al mismo tiempo en que su acero era blandido, listo para ser usado ante cualquier amenaza. Avanzó sólo unos pasos más cuando varios metros más allá del salón una luz roja apareció de la nada, iluminando a su alrededor y dejando ver a unas tres personas vestidas con túnicas violáceas y con sus cabezas cubiertas por capuchas del mismo color, sentadas circundantes a aquella luz.
- Hey Wigan -habló Sir Helling a uno de sus soldados-. ¿Son aquéllos los hombres de la Organización?
- No, señor. No venían vestidos de esas formas...
La luz comenzó a aumentar su tamaño e intensidad al mismo tiempo en que los hombres encapuchados se ponían de pie. Con más luz, fue posible observar a más hombres encapuchados, los que fácilmente podrían haber sido treinta o cuarenta. Un zumbido se empezó a escuchar hasta que uno de los encapuchados acercó su mano a la luz.
- ¡Les habla Sir Arthur Helling, caballero de Caerllion! -les gritó el capitán. Algunos de los hombres vestidos de túnica parda se giraron hacia él, espectantes -. ¡Subid vuestras manos y venid hasta acá tranquilamente, si es que no tenéis nada que temer!
Pero los hombres siguieron inmóviles unos segundos más y luego se volvieron a la luz. Cuando el encapuchado que acercó su mano hubo entrado en contacto con ella. La intensidad de su brillo iluminó el salón completo, obligando a Sir Helling y sus hombres a cubrirse los ojos con los brazos. Se oyó a la distancia el sonido de un cristal rompiéndose y la luz desapareció por completo. «Pero qué diablos...» pensó para sí el caballero, y luego ordenó que prendieran las antorchas para saber qué fue lo que ocurrió.
No fue necesario. Un momento después, en el mismo lugar una pequeña esfera de color púrpura intenso apareció y comenzó a crecer lentamente. De vez en cuando salían llamaradas del mismo color que se desvanecían al tocar alguna pared del salón, creando un espectáculo espeluznante de movimientos aleatorios y difusos alrededor de la esfera. Todo ese movimiento ondulante hizo creer por un momento que las esculturas de piedra se distorsionaban y se derretían, perdidas en una explosión repentina de colores reflejados en tonos púrpuras debido a la luz imperante. La sorpresa del caballero fue inmensa al darse cuenta que en realidad las esculturas no estaban distorsionándose, sino que estaban cobrando vida, que respiraban como lo hacía él y que se movían de igual forma; sólo se diferenciaban en la furia y la sed de venganza que se reflejaban en sus ojos. Sin darse cuenta, Sir Helling y sus hombres estaban rodeados por estos seres endemoniados, quienes, armados con sus espadas antes de piedra, ahora de acero, se hallaban listos para matar.
- ¡Pero de qué se trata todo esto...! -exclamó el caballero al mismo tiempo en que uno de los hombres le atacaba.
En una reacción acertada, perforó el pecho de su agresor con su propia espada, del cual brotó sangre. Era un hombre de carne y hueso. Los demás soldados empezaron a luchar contra los numerosos esbirros que habían aparecido. De esta forma, ninguno pudo seguir observando lo que más allá, en lo más alejado del salón, sucedía. La esfera púrpura, que había crecido de tamaño hasta alcanzar varios metros de diámetro, comenzó a girar rápidamente y sin que se diera cuenta, de los mismos hombres que antes fueron de piedra, fue extraída un aura del mismo color, que llegó hasta la esfera y se le unió como si se tratara de la misma esencia. Así, los ataques de los hombres cesó de un momento a otro y al cabo de un instante todos soltaron sus armas, totalmente confundidos y desmoralizados. Sir Helling, observó entonces la gran esfera púrpura al final del salón y cómo ésta, cuando no hubo ninguna aura más que ser absorbida, se redujo de tamaño abruptamente y se concentró en una pequeña esfera, que fue envuelta por la mano de uno de los encapuchados.
Por unos segundos, todo estuvo en silencio. Algunos de los que antes fueron esculturas levantaron sus manos y dieron algunos pasos hacia atrás, arrodillándose luego, mientras que otros pocos, luego de soltar sus armas corrieron hacia la salida por el muro caído, en pánico. Frente al hombre que había tomado la esfera púrpura, comenzó a formarse una nueva esfera, la que parecía ser de fuego. Sir Helling no sabía qué pensar... ¿No que la magia no era posible en estas tierras? ¿De qué otra forma se puede explicar lo que aquí estaba ocurriendo? No hallaba respuestas a ninguna de sus interrogantes y eso le inquietaba.
Todo fue aún más confuso cuando la esfera de fuego, un segundo más tarde, se precipitó rápidamente hacia ellos e impactó a uno de los hombres-estatuas, que cayó inmediatamente y no volvió a moverse. Las esferas de fuego entonces empezaron a ser lanzadas sin ninguna restricción al grupo, que entró en caos y muchos empezaron a correr hacia la salida. Sir Helling empezó a moverse zigzagueando por la habitación, intentando acortar distancia entre él y los hombres encapuchados, seguido de cerca por su tropa de valientes. De pronto, una esfera de fuego, mucho más grande que las demás, impactó en el cielo del salón, destrozándolo y dejando caer grandes bloques de concreto sobre los desafortunados que intentaban escapar. Algunos pocos lograron salir, mientras que otros más fueron aplastados por el concreto, que selló la única salida y dejó en el encierro a la gran mayoría de los hombres-piedra. Lo único visible ahora era el fuego de las llamaradas que les eran lanzadas y les producía una muerte instantánea.
Sir Helling se acercó lo suficiente al grupo de hombres misteriosos como para lanzar un estoque y destrozar el corazón de uno de ellos. El resto de sus hombres llegó tras él y empezaron todos a eliminar lo más rápidamente posible a aquellos que mataban sin piedad. Cuando estuvo frente a quien tenía en su poder la esfera púrpura, éste se giró hacia él y Sir Helling pudo ver el que sin duda alguna era el rostro del demonio: piel oscura, cabellos blancos y desordenados, ojos con iris blancos y desorbitados, y una sonrisa maquiavélica, como disfrutando de la muerte de otros. Una bola de fuego empezó a formarse y Sir Helling no podía responder al terror que le produjo ese rostro. La bola de fuego entonces fue lanzada a un blanco que no parecía moverse.
- ¡Señor! ¡Cuidado! -Uno de sus hombres valientemente se interpuso entre él y el ataque del encapuchado. El fuego le impactó de lleno y cayó rodando, con una gran herida en el pecho. Sir Helling observó a su compañero caído, y logró recuperar su temple. «Oh no, Wigan...»
- ¡Ha Ha! ¡Ya no pueden hacer nada, ya tengo el poder absoluto! ¡Ahora todos morirán! ¡HA HA HA!
Otra bola de fuego empezaba a formarse frente a él. Otro de sus soldados intentó atacar al encapuchado, pero éste sólo apuntó hacia él, y una piedra incandescente apareció y le golpeó en la sien, dejándole fuera de combate de inmediato. Sir Helling sostuvo su espada con ambas manos y arremetió con decisión junto a su tercer compañero hacia el encapuchado, al mismo tiempo en que la nueva bola de fuego era lanzada. Con reflejos perfectos, logró esquivar el ataque, el que impactó de frente a su acompañante, quien cayó para nunca ponerse de pie otra vez. Ya a rango, el ataque del caballero fue certero hacia el cuello del encapuchado. Sin embargo, el golpe nunca llegó a destino, sino que fue detenido por algo más, como si se tratara de una fuerza sobrenatural. Sir Helling dio un paso hacia atrás, perturbado.
- ¡Q... quién... qué eres, demonio!
- ¡Ha Ha! Creo que es justo que lo sepas antes de morir, idiota. Antes solía ser un pobre diablo como tú, ¡pero desde ahora soy el ser más poderoso de este mundo! Desde hoy se forjará un nuevo dominio, en donde Madul vencerá hasta a los mismos dioses!
- ¿Madul...?
Sir Helling no pudo decir más. Una llamarada de inmenso poder le había alcanzado a una distancia mínima, y un momento más tarde había dejado en su lugar carne calcinada, que cayó al suelo junto a una espada y un sello real a medio fundir.
- Oh glorioso líder, qué gran poder ostentáis en este momento.
Uno de los demás encapuchados se sacó la capucha y se acercó a Madul, quien había retomado las bolas de fuego a los pobres desafortunados que aún buscaban una salida de aquel infierno. Amad Liverneeth, líder de la Orden Púrpura, se sentía dichoso de ver la misión de su vida cumplida.
- Con ese poder, seremos capaces de gobernar esta tierra e incluso el mundo! Vos teníais razón, ¡ahora seremos imparables!
- Oh, verdad. Me olvidaba de vosotros. Sois basuras.
- ¿Somos b...?
Madul le apuntó con un dedo y una piedra incandescente apareció de la nada y se le incrustó en el cráneo. Cayó cuan largo es y no volvió a respirar. Los demás miembros de la orden, confundidos con el ataque, se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar. Unos segundos más tarde, Madul, extendiendo sus brazos al frente, barrió el aire con ellos en dirección a la orden, mientras que un manto de fuego comenzaba a quemar a cada uno de los pobres hombres, que gritaban de dolor mientras sus miembros eran incinerados por el abrasador fuego.
- Tiempo de terminar eso...
Madul, siempre sonriendo, extendió sus brazos hacia los lados, y de sí mismo empezó a salir más y más fuego. Pudo ver por última vez los rostros de pánico y desesperanza de los que aún seguían vivos, antes de que todo comenzara a arder por completo.
Cuando el polvo suspendido se hubo disipado un poco, Sir Helling seguido de algunos de sus leales avanzó en la oscuridad, esquivando los escombros esparcidos, mientras el resto mantenía a los civiles lejos del siniestro. Al interior, pudo observar las maravillosas esculturas que se apilaban unas a otras junto a las paredes, intactas e imponentes, pero sin rastro alguno del equipo de investigación que debería estar junto a ellos, ni de nada que explicara lo que había ocurrido. Seguro, Sir Helling ordenó a sus hombres preparar sus armas al mismo tiempo en que su acero era blandido, listo para ser usado ante cualquier amenaza. Avanzó sólo unos pasos más cuando varios metros más allá del salón una luz roja apareció de la nada, iluminando a su alrededor y dejando ver a unas tres personas vestidas con túnicas violáceas y con sus cabezas cubiertas por capuchas del mismo color, sentadas circundantes a aquella luz.
- Hey Wigan -habló Sir Helling a uno de sus soldados-. ¿Son aquéllos los hombres de la Organización?
- No, señor. No venían vestidos de esas formas...
La luz comenzó a aumentar su tamaño e intensidad al mismo tiempo en que los hombres encapuchados se ponían de pie. Con más luz, fue posible observar a más hombres encapuchados, los que fácilmente podrían haber sido treinta o cuarenta. Un zumbido se empezó a escuchar hasta que uno de los encapuchados acercó su mano a la luz.
- ¡Les habla Sir Arthur Helling, caballero de Caerllion! -les gritó el capitán. Algunos de los hombres vestidos de túnica parda se giraron hacia él, espectantes -. ¡Subid vuestras manos y venid hasta acá tranquilamente, si es que no tenéis nada que temer!
Pero los hombres siguieron inmóviles unos segundos más y luego se volvieron a la luz. Cuando el encapuchado que acercó su mano hubo entrado en contacto con ella. La intensidad de su brillo iluminó el salón completo, obligando a Sir Helling y sus hombres a cubrirse los ojos con los brazos. Se oyó a la distancia el sonido de un cristal rompiéndose y la luz desapareció por completo. «Pero qué diablos...» pensó para sí el caballero, y luego ordenó que prendieran las antorchas para saber qué fue lo que ocurrió.
No fue necesario. Un momento después, en el mismo lugar una pequeña esfera de color púrpura intenso apareció y comenzó a crecer lentamente. De vez en cuando salían llamaradas del mismo color que se desvanecían al tocar alguna pared del salón, creando un espectáculo espeluznante de movimientos aleatorios y difusos alrededor de la esfera. Todo ese movimiento ondulante hizo creer por un momento que las esculturas de piedra se distorsionaban y se derretían, perdidas en una explosión repentina de colores reflejados en tonos púrpuras debido a la luz imperante. La sorpresa del caballero fue inmensa al darse cuenta que en realidad las esculturas no estaban distorsionándose, sino que estaban cobrando vida, que respiraban como lo hacía él y que se movían de igual forma; sólo se diferenciaban en la furia y la sed de venganza que se reflejaban en sus ojos. Sin darse cuenta, Sir Helling y sus hombres estaban rodeados por estos seres endemoniados, quienes, armados con sus espadas antes de piedra, ahora de acero, se hallaban listos para matar.
- ¡Pero de qué se trata todo esto...! -exclamó el caballero al mismo tiempo en que uno de los hombres le atacaba.
En una reacción acertada, perforó el pecho de su agresor con su propia espada, del cual brotó sangre. Era un hombre de carne y hueso. Los demás soldados empezaron a luchar contra los numerosos esbirros que habían aparecido. De esta forma, ninguno pudo seguir observando lo que más allá, en lo más alejado del salón, sucedía. La esfera púrpura, que había crecido de tamaño hasta alcanzar varios metros de diámetro, comenzó a girar rápidamente y sin que se diera cuenta, de los mismos hombres que antes fueron de piedra, fue extraída un aura del mismo color, que llegó hasta la esfera y se le unió como si se tratara de la misma esencia. Así, los ataques de los hombres cesó de un momento a otro y al cabo de un instante todos soltaron sus armas, totalmente confundidos y desmoralizados. Sir Helling, observó entonces la gran esfera púrpura al final del salón y cómo ésta, cuando no hubo ninguna aura más que ser absorbida, se redujo de tamaño abruptamente y se concentró en una pequeña esfera, que fue envuelta por la mano de uno de los encapuchados.
Por unos segundos, todo estuvo en silencio. Algunos de los que antes fueron esculturas levantaron sus manos y dieron algunos pasos hacia atrás, arrodillándose luego, mientras que otros pocos, luego de soltar sus armas corrieron hacia la salida por el muro caído, en pánico. Frente al hombre que había tomado la esfera púrpura, comenzó a formarse una nueva esfera, la que parecía ser de fuego. Sir Helling no sabía qué pensar... ¿No que la magia no era posible en estas tierras? ¿De qué otra forma se puede explicar lo que aquí estaba ocurriendo? No hallaba respuestas a ninguna de sus interrogantes y eso le inquietaba.
Todo fue aún más confuso cuando la esfera de fuego, un segundo más tarde, se precipitó rápidamente hacia ellos e impactó a uno de los hombres-estatuas, que cayó inmediatamente y no volvió a moverse. Las esferas de fuego entonces empezaron a ser lanzadas sin ninguna restricción al grupo, que entró en caos y muchos empezaron a correr hacia la salida. Sir Helling empezó a moverse zigzagueando por la habitación, intentando acortar distancia entre él y los hombres encapuchados, seguido de cerca por su tropa de valientes. De pronto, una esfera de fuego, mucho más grande que las demás, impactó en el cielo del salón, destrozándolo y dejando caer grandes bloques de concreto sobre los desafortunados que intentaban escapar. Algunos pocos lograron salir, mientras que otros más fueron aplastados por el concreto, que selló la única salida y dejó en el encierro a la gran mayoría de los hombres-piedra. Lo único visible ahora era el fuego de las llamaradas que les eran lanzadas y les producía una muerte instantánea.
Sir Helling se acercó lo suficiente al grupo de hombres misteriosos como para lanzar un estoque y destrozar el corazón de uno de ellos. El resto de sus hombres llegó tras él y empezaron todos a eliminar lo más rápidamente posible a aquellos que mataban sin piedad. Cuando estuvo frente a quien tenía en su poder la esfera púrpura, éste se giró hacia él y Sir Helling pudo ver el que sin duda alguna era el rostro del demonio: piel oscura, cabellos blancos y desordenados, ojos con iris blancos y desorbitados, y una sonrisa maquiavélica, como disfrutando de la muerte de otros. Una bola de fuego empezó a formarse y Sir Helling no podía responder al terror que le produjo ese rostro. La bola de fuego entonces fue lanzada a un blanco que no parecía moverse.
- ¡Señor! ¡Cuidado! -Uno de sus hombres valientemente se interpuso entre él y el ataque del encapuchado. El fuego le impactó de lleno y cayó rodando, con una gran herida en el pecho. Sir Helling observó a su compañero caído, y logró recuperar su temple. «Oh no, Wigan...»
- ¡Ha Ha! ¡Ya no pueden hacer nada, ya tengo el poder absoluto! ¡Ahora todos morirán! ¡HA HA HA!
Otra bola de fuego empezaba a formarse frente a él. Otro de sus soldados intentó atacar al encapuchado, pero éste sólo apuntó hacia él, y una piedra incandescente apareció y le golpeó en la sien, dejándole fuera de combate de inmediato. Sir Helling sostuvo su espada con ambas manos y arremetió con decisión junto a su tercer compañero hacia el encapuchado, al mismo tiempo en que la nueva bola de fuego era lanzada. Con reflejos perfectos, logró esquivar el ataque, el que impactó de frente a su acompañante, quien cayó para nunca ponerse de pie otra vez. Ya a rango, el ataque del caballero fue certero hacia el cuello del encapuchado. Sin embargo, el golpe nunca llegó a destino, sino que fue detenido por algo más, como si se tratara de una fuerza sobrenatural. Sir Helling dio un paso hacia atrás, perturbado.
- ¡Q... quién... qué eres, demonio!
- ¡Ha Ha! Creo que es justo que lo sepas antes de morir, idiota. Antes solía ser un pobre diablo como tú, ¡pero desde ahora soy el ser más poderoso de este mundo! Desde hoy se forjará un nuevo dominio, en donde Madul vencerá hasta a los mismos dioses!
- ¿Madul...?
Sir Helling no pudo decir más. Una llamarada de inmenso poder le había alcanzado a una distancia mínima, y un momento más tarde había dejado en su lugar carne calcinada, que cayó al suelo junto a una espada y un sello real a medio fundir.
- Oh glorioso líder, qué gran poder ostentáis en este momento.
Uno de los demás encapuchados se sacó la capucha y se acercó a Madul, quien había retomado las bolas de fuego a los pobres desafortunados que aún buscaban una salida de aquel infierno. Amad Liverneeth, líder de la Orden Púrpura, se sentía dichoso de ver la misión de su vida cumplida.
- Con ese poder, seremos capaces de gobernar esta tierra e incluso el mundo! Vos teníais razón, ¡ahora seremos imparables!
- Oh, verdad. Me olvidaba de vosotros. Sois basuras.
- ¿Somos b...?
Madul le apuntó con un dedo y una piedra incandescente apareció de la nada y se le incrustó en el cráneo. Cayó cuan largo es y no volvió a respirar. Los demás miembros de la orden, confundidos con el ataque, se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar. Unos segundos más tarde, Madul, extendiendo sus brazos al frente, barrió el aire con ellos en dirección a la orden, mientras que un manto de fuego comenzaba a quemar a cada uno de los pobres hombres, que gritaban de dolor mientras sus miembros eran incinerados por el abrasador fuego.
- Tiempo de terminar eso...
Madul, siempre sonriendo, extendió sus brazos hacia los lados, y de sí mismo empezó a salir más y más fuego. Pudo ver por última vez los rostros de pánico y desesperanza de los que aún seguían vivos, antes de que todo comenzara a arder por completo.
Personajes:
Amad Liverneeth,
Arthur Helling,
Ben Wigan,
Madul
martes, 7 de abril de 2009
Relámpago.
Luego, un destello. En ese preciso momento pude ver el rostro del capitán. El miedo había desaparecido de súbito, y pude distinguir una vez más esos ojos de la muerte. Todo volvió a ser oscuridad al momento en que oí el chirrido aquél de una espada desenvainando. Otro destello, y el capitán ya no estaba contra la pared. No pude ubicarlo y la oscuridad nuevamente envolvió todo con su manto. Oí gritar a Aisac, le oí gritar su nombre, antes de que el grito se ahogara por completo. Con tardía reacción me giré hacia donde estaba ese traidor. Un tercer destello me permitió ver la macabra imagen al mismo tiempo que sobre mí salpicaba una sustancia cálida al tacto, pero que congelaba el alma. El corte fue preciso, mortal. Ella gritó y la luz desapareció una vez más. Oí un cuerpo caer frente a mí, al mismo tiempo en que mis propios fantasmas me llevaban de este mundo a otro, de donde hubiera deseado nunca más volver. Parte de mí había muerto.
Personajes:
Aisac Aimerev,
Joseph D'Aubigne,
Rensic Débril,
Rika Mingston
viernes, 3 de abril de 2009
Despedida.
Las bocinas están sonando otra vez. ¿Qué habrá sido esta vez? Algún otro idiota que ha despotrincado contra nuestro nuevo rey. O quizás otro pobre amigo que ha visto una oportunidad de conseguir algo de alimento en lo ajeno. Si fuera el de antes, mi curiosidad me llevaría a asomarme por la ventana, arriesgando mi propia vida en estos días negros; pero la verdad es que ya no me importa, no está en mis intereses seguir viendo la nefasta realidad de estas tierras, el salvajismo puro que traspasó las barreras de mi querida/odiada Surgas y llegó al lugar en donde tenía puestas mis esperanzas de un lugar mejor. Qué iluso.
Oigo los gritos de algunos guardias corruptos que tratan a algunas personas de tal forma que no se distingue de una bestia. Los gritos desgarradores de las pobres víctimas del nuevo sistema les siguen, aunque ya sin el mismo efecto de antes. Dos semanas van desde la caída de Daylon, del quiebre irreversible de la paz, y diez días desde la irrupción al Instituto. Por suerte yo no estaba ahí, por suerte muchos ya no estábamos ahí, porque seguramente habríamos sido víctimas de las mismas crueldades cometidas a los desgraciados que aún no dejaban la Organización, que ahora en paz descansen.
Pero no me importa mucho, no me importa mucho ya, a estas alturas. Ni siquiera me importa mucho seguir aún con vida, gracias al asilo del señor Duncan. Sólo quiero irme, dejar esta tierra maldita, dejar de tener miedo por cualquier cosa que quiera hacer. Pero aunque sea esta tarde la última que viviré aquí, no voy a olvidar todo lo que pude aprender en este lugar. Recordaré con especial cariño al señor Mildred, que me acogió en su elitista Organización, como también recuerdo a su hermano, el señor Milton, que en paz descanse. No olvidaré a Kunza, que a pesar de todo fue el único que no me mintió ni me engañó. Tampoco al señor Duncan, que nos mantuvo en pie luego de que el señor Mildred dejara a su suerte a la Organización. De Aisac, sólo quiero que haya logrado su salvación, y Rika... ella da lo mismo.
Si pudiera darles un mensaje a toda esa gente que huye y se oculta del nuevo poder opresor, sería que no dejaran que Caerllion siguiera envenenando sus almas. Es hora de dejar esto atrás y comenzar una nueva vida, en tierras mejores y sin preocupaciones. Dyloen es obra del demonio, Dyloen es la cuna de la desgracia.
Adiós Caerllion, adiós Surgas, adiós Griven. Disfruten de su autodestrucción.
Oigo los gritos de algunos guardias corruptos que tratan a algunas personas de tal forma que no se distingue de una bestia. Los gritos desgarradores de las pobres víctimas del nuevo sistema les siguen, aunque ya sin el mismo efecto de antes. Dos semanas van desde la caída de Daylon, del quiebre irreversible de la paz, y diez días desde la irrupción al Instituto. Por suerte yo no estaba ahí, por suerte muchos ya no estábamos ahí, porque seguramente habríamos sido víctimas de las mismas crueldades cometidas a los desgraciados que aún no dejaban la Organización, que ahora en paz descansen.
Pero no me importa mucho, no me importa mucho ya, a estas alturas. Ni siquiera me importa mucho seguir aún con vida, gracias al asilo del señor Duncan. Sólo quiero irme, dejar esta tierra maldita, dejar de tener miedo por cualquier cosa que quiera hacer. Pero aunque sea esta tarde la última que viviré aquí, no voy a olvidar todo lo que pude aprender en este lugar. Recordaré con especial cariño al señor Mildred, que me acogió en su elitista Organización, como también recuerdo a su hermano, el señor Milton, que en paz descanse. No olvidaré a Kunza, que a pesar de todo fue el único que no me mintió ni me engañó. Tampoco al señor Duncan, que nos mantuvo en pie luego de que el señor Mildred dejara a su suerte a la Organización. De Aisac, sólo quiero que haya logrado su salvación, y Rika... ella da lo mismo.
Si pudiera darles un mensaje a toda esa gente que huye y se oculta del nuevo poder opresor, sería que no dejaran que Caerllion siguiera envenenando sus almas. Es hora de dejar esto atrás y comenzar una nueva vida, en tierras mejores y sin preocupaciones. Dyloen es obra del demonio, Dyloen es la cuna de la desgracia.
Adiós Caerllion, adiós Surgas, adiós Griven. Disfruten de su autodestrucción.
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