miércoles, 26 de agosto de 2009

Fin de semana en Diomo: Ajuste de cuentas.

Llegaron a puerto a la hora programada. El mercado empezaba a ganar vigor a esas horas, y la mercancía había llegado a tiempo. Cuando el capitán abandonó la cubierta y comenzó a hablar con un comerciante flacucho y débil, Phill abandonó la barcaza y se escabulló rápidamente por algunas callejuelas. Ahora que al fin había llegado a Diomo, era el momento de hallar a sus dos próximas víctimas. No sabía exactamente por dónde comenzar. No sabía exactamente qué hacer en esta sociedad que conocía por primera vez. Pero era cierto que en esas tierras nadie le conocía, y nadie sospecharía de él, sobre todo cuando los ropajes negros son más comunes de lo que había esperado. Encontrar a sus víctimas era cuestión de tiempo, lo sabía. Había escuchado que son dos de las figuras más conocidas de la costa oeste, y que mantener un bajo perfil no era precisamente uno de sus mayores intereses. Sólo debía confundirse con los pueblerinos y esperar a que sus presas hicieran su aparición. Así lo hizo. Se despojó de su máscara y puso su mejor cara de buena persona y empezó a recorrer el mercado.

En el mercado encontró varios objetos que le interesaron. Dagas doradas con filos perfectamente trabajados. Anillos que presentía podían tener imbuidas algunas propiedades mágicas. Pergaminos de hechizos simples que en más de una ocasión le han salvado el pellejo. Joyas. Venenos. Por unos segundos recordó a Klain, su antiguo compañero de fechorías, y sospechó que quizás había cometido un error al deshacer su sociedad. Con él aún cerca, todos esos objetos de interés ya serían suyos... sin tener que derramar una gota de sangre por ellos.

De pronto, un grito desgarrador seguido de un chillido de mujer llamó la atención de todo el mercado. Se movió ágil hasta su origen y pudo observar con perfecta claridad cómo Cid Dubois, presa número uno, destruía el espíritu de un comerciante. Una joven atrás no podía contener su terror. Cuando Cid soltó al hombre y le pateó hasta dejarlo en una posición extraña, todos los pueblerinos y guardias, a pesar del acto criminal, continuaron impotentes sus actividades rutinarias. Aquello parecía ser algo recurrente en el pueblo de Diomo. Le empezaba a seducir tal ostentación de autoridad y poder. Luego, tres hombrecillos tomaron a la mujer y se la llevaron a la fuerza por los caminos hacia un destino desconocido.

Luego fue una explosión la que captó sus sentidos. Más allá del mercado divisó una columna de humo que provenía desde el muelle donde había llegado. Vio que su presa se encaminaba hacia esa dirección, y pensó en seguirle, pero había algo que debía hacer antes, para asegurarse que algunos indiseables se involucraran. Se adentró en un sector residencial por donde creyó que los hombrecillos se habían perdido. Con gran rapidez les dio alcance y se interpuso en su camino. Puso su mano derecha por entre sus ropas.

- Eh, ustedes tres...

Los tres mequetrefes de los hermanos Dubois se sorprendieron al ver aparecer de la nada a un individuo que jamás habían visto en sus años en Diomo. Y lo peor... ¡les hablaba como si fueran cualquiera! Uno de los tres hombres dio un paso adelante y airado contestó.

- ¡¿Qué demonios?! ¿Acaso no sabes quiénes somos? ¡Sal de nuestro camino, o le informaremos a los amos Dubois para q... *Ggh*!

«¿Los amos Dubois, eh?» No pudo continuar hablando. Su garganta había sido perforada por un kunai lanzada por Phill. Los otros dos mequetrefes no reaccionaron a la agresión y pronto sintieron sus corazones ser atravesados por dos filosas cuchillas que Phill lanzó un instante después. Unos segundos más tarde, sólo se mantenían en pie Phill y la muchacha, paralizada por el horror y el miedo. Se acercó hasta los individuos sin siquiera mirar a la joven y les retiró los cuchillos de sus cuerpos. Luego de limpiarlos con las mismas ropas de sus víctimas, los volvió a guardar. Lo mismo hizo con la kunai. Luego de sacar algunas monedas de cobre de los cuerpos, partió velozmente hacia el muelle. Con suerte, aún estarían sus presas en ese lugar. No había tardado más de dos minutos en terminar esta pequeña actividad. La joven, en tanto, cayó de rodillas aún sin habla, viendo cómo ése hombre que le había salvado de las garras de los hombres de los hermanos Dubois se alejaba por las calles del sector. Con la sangre fresca de tres hombres a su alrededor, la crudeza de lo que había vivido vino de golpe y acompañada de los tres cuerpos empezó a llorar.

Cuando Phill llegó al muelle, vio a Cid Dubois contemplando a Clyf, su segunda presa, quien estaba enfrascado en una pelea contra el mismo capitán del barco en el que había llegado. Se sonrió indisimuladamente y extrajo su máscara de sus ropas. Por fin vería con sus propios ojos el poder de los hermanos Dubois, y pronto llegaría el momento de entrar en acción y dar el golpe que culminaría su misión en estas tierras.


-- o --


Balthasar ya estaba más tranquilo en las puertas de bienvenida a Diomo. Si bien ya estaría varias leguas alejado de Diomo si de él dependiera, la seguridad que transmitía la figura noble y poderosa del jinete que le habái escoltado le hacía respirar con más naturalidad, aunque no por ello disipando sus constantes temores. Wazir había escuchado que era su nombre. No debería tener más de veinte años, pero tenía la entereza y el porte de un veterano. Era alto, y tenía su cabello castaño algo corto. Su piel morena sin embardo indicaba raíces fuera del continente. Un mestizo. Seguramente con madre o padre surgasino.

Apoyado en un pilar de piedra, Wazir descansaba con los ojos cerrados, con una mano tras su cabeza y con la otra jugando con un trozo de paja.

- Gracias por traerme hasta aquí, gran guerrero. Aquí me siento algo más seguro.

- No me des las gracias a mí, sino a Mu'in. Si por mí fuera, ni siquiera te habría dirigido la palabra -Wazir ni siquiera había abierto los ojos. Hablaba con un tono sereno a pesar de lo hostil de sus palabras -. Detesto a los cobardes, es verdad, pero detesto aún más a los que no son capaces de controlarse a sí mismos.

Hubo un momento de silencio. Balthasar tenía la vista clavada en el piso, avergonzado por su cobardía. La verdad es que nunca podría comprender de dónde reúnen tanto coraje los hombres de guerra como para dar la vida en una batalla. Wazie abrió un ojo y vio el estado depresivo del comerciante. Suspiró y entrelazó sus brazos sobre su pecho.

- Ok, ok. Ahora estás más calmado, ¿no? Explícame qué es lo que sucedió en el muelle.

Un escalofrío recorrió la espalda de Balthasar. De inmediato un sudor frío le cubrió la frente. Intentando ordenar sus pensamientos aplacando sus propias emociones, empezó a hablar.

- La verdad es que lo que ví no fue mucho, pero fue lo suficiente para desear jamás haber puesto un pie en Diomo...


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Mu'in estaba de regreso cabalgando en su caballo. Seguía junto a sus jinetes a galope sereno hacia el muelle, pasando entre civiles y guardias petrificados del miedo, rezando para que Cid y Clyf se calmaran y no siguieran destruyendo la ciudad. Ya presentía que llegaría al lugar de los hechos en medio de una batalla, pero no podía imaginar contra quién. ¿Era la intensidad de esta batalla el común en los conflictos con los hermanos Dubois, o en esta ocasión alguien realmente poderoso les habría dado real pelea? No llegó a una respuesta, ni lo pensó demasiado. Tenía una misión de personas importantes, con grandes regalías por recibir y crímenes por perdonar.

Faltaba poco para llegar a muelle, y de súbito las explosiones cesaron. Aún se podían escuchar algunos gritos y sollozos, pero ningún signo de que la destrucción siguiera. Al parecer la lucha había terminado. Cuando Mu'in llegó a su destino quedando frente al mar, pudo ver el alcance de lo que había ocurrido: trozos de madera y restos del piso de piedra esparcidos por todo el lugar. Algunas viviendas habían recibido impactos increíbles y algunas habían perdido prácticamente toda una pared. Las primeras tiendas del mercado estaban completamente destruidas, con sus mercaderías destrozadas, inservibles. Un montón de maderos y telas flotando en el mar, de lo que en algún momento debió ser un barco. En el muelle, un solo hombre, con algunos años a cuestas, musculoso y con una bandana naranja cubriéndole la cabeza. Sangraba de una herida en su hombro izquierdo, pero no parecía darle importancia. Tenía una patata ensartada en un trozo de madera, la cual tenía sobre un madero prendido en fuego. Cuando vio a Mu'in y sus jinetes acercarse, les miró con una sonrisa en el rostro y levantó la patata hacia ellos.

- ¡Eh, jinete, llegas tarde! Te has perdido de la más espectacular pelea que haya visto en mi vida. ¡Ha ha! Eh, ¿quieres una patata asada? XD



martes, 25 de agosto de 2009

Fin de semana en Diomo: Batalla en el muelle.

El sol comenzaba a asomarse a estribor. Según lo que había oído del capitán la noche anterior, quedaban sólo algunas horas para que el destartalado barco llegara a Diomo. Pronto podría satisfacer su necesidad de revancha, de cumplir su promesa que con la muerte del sucio Eudes Dubois había quedado inconclusa. Pero si no podía cumplirla con Eudes, aún podría cumplirla con alguno de sus hermanos, o ambos. Además, hay mucha gente interesada en ver a esos dos idiotas muertos, además de él. Sus kodachis estaban preparadas para cortar los cuellos de esos dos miembros de la familia Dubois, que había tenido los cojones de meterse con él. Con los primeros rayos del sol, se pudo ver su figura oculta entre algunas cajas de patatas. Ropajes negros, cuerpo delgado y atlético, y la máscara distintiva de uno de los grandes asesinos de Dyloen: Phill Kidnam.

Ya tocaría puerto. Ya llegaría el momento.


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El hombre, arrancando despavorido de al parecer un peligro mayor, no se vio ni ligeramente amedrentado por el gran tamaño ni por las cimitarras de Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto. Llegó a su lado casi sin aliento e imploró por ayuda.

- ¡Por favor, sacadme de aquí! ¡Este pueblo está perdido! ¡No hay esperanza!

- Cálmate, hombre. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que sucede?

- Mi nombre es Balthasar, soy un humilde hombre de negocios que creía ver una posibilidad de éxito en esta tierra, ¡pero ahora comprendo que esto es el infierno! Por favor, dejadme pasar hacia mi libertad y salvación, se los imploro... *cough*

- He dicho que te calmes. ¿Qué está sucediendo en la plaza?

- No es en la plaza, es en el muelle. ¡Es una lucha de demonios! Con tanto poder como para llevar a Diomo a la destrucción en cuestión de un instante! Por favor...

Mu'in comprendió que no podría obtener nada de aquél hombre en su actual estado. Dejó de atender sus súplicas y habló a uno de sus hombres.

- Wazir. Lleva a este hombre a un refugio. No dejes que se pierda de vista. Hablaré con él más tarde. Los demás, síganme hacia el muelle. Descubriremos con nuestros propios ojos qué es exactamente lo que los demonios Cid y Clyf están haciendo en ese lugar.

- Como ordene.

Wazir tomó al comerciante Balthasar y lo guió hacia la entrada, junto a algunos guardias, lugar en donde estarían relativamente seguros. Mu'in y sus demás jinetes continuaron su camino hacia el muelle, sin sospechar lo que encontrarían una vez que llegaran ahí.


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Clyf estaba furioso, tanto como hace mucho no lo estaba. El golpe recibido había impactado algo más que su estómago, había impactado su orgullo y su arrogancia. Sabía que la única opción para aplacar en parte la humillación recién recibida era arrancar brutalmente la vida del cuerpo de aquél insolente capitán. En contraste, el capitán Dan Hillgar parecía haber adquirido la tranquilidad al ver que sus habilidades aún estaban intactas. Alguien se había metido con su tripulación, con su barco... ¡con sus preciadas patatas! No podía permitirlo, y le calmaba saber que aún tenía la capacidad de defender lo suyo.

Un poco alejado del muelle, Cid estaba atónito tras presenciar el golpe invisible que su hermano había recibido. Ninguno de los dos había sido golpeado desde la antigua batalla contra las autoridades cuando recién habían llegado a Diomo. En ese entonces el general Alois Eichel de Uknean intentó detenerlos en una dura batalla, en donde a pesar de resultar gravemente heridos, lograron juntos vencer al hombre más poderoso del ejército local. Ahora veía a su hermano con dificultades para ponerse de pie luego de recibir un solo golpe que ni siquiera fue capaz de ver. No había llegado a comprender qué clase de magia podía hacer aquello.

Hillgar tras hacer tronar los dedos de sus manos y liberar tensiones en su cuello, habló fuerte a Clyf, con evidente confianza.

- Ahora verás lo que significa meterse con mis patatas... ¡HAAAH!

El capitán estiró su puño en un movimiento rápido de la misma forma que antes. Cid, a la distancia extendió sus brazos hacia adelante intentando detener el golpe con su arsenal de hechizos anti-magia, pero fue inútil. Esta vez el rostro de Clyf se deformó tal como si hubiese recibido un golpe directo. Su labio se hizo añicos y cayó nuevamente unos metros más atrás. De espaldas en el suelo de piedra, con ambas manos cubriéndose la boca sangrante, Clyf emitía gemidos de dolor mientras pataleaba en su lugar. Cid nuevamente se vio presa del desconcierto. ¿Qué clase de poder estaba utilizando ese viejo capitán?

Corrió a socorrer a su hermano. Se hincó frente a él mientras que Hillgar se preguntaba quién era ese muchacho que acababa de entrometerse en su lucha. Clyf abrió un ojo y observó a su hermano mayor frente a él. Su mirada llena de ira e impotencia le suplicó por ayuda para poder sanar su orgullo herido. Cid así lo entendió y empezó a conjurar los hechizos de potenciación que aumentaba en varias veces las capacidades mágicas de Clyf. Dio unos pasos atrás para que su hermano se pudiera reponer, y cuando éste estuvo de pie, el aura que emitía era completamente distinta. Aumentar Fuerza, Aumentar Vitalidad, Aumentar Velocidad, Aumentar Poder Mental. Vigorizar, Dominio Mental, Fuerza de Ira. Había convertido a Cid en una máquina de matar.

Hillgar supo que algo no andaba bien cuando vio a Clyf pararse con suma facilidad. Sus golpes no habían sido livianos, pero parecía no verse afectado ya por ellos. Su mirada había cambiado, había recuperado la confianza que parecía haber perdido luego del primer golpe. Sólo le bastó un breve pestañeo para darse cuenta que Clyf había empezado a correr hacia él y ya casi se hallaba a su lado. Se preparó para lanzar otro de sus golpes invisibles, pero antes de poder extender su brazo, un golpe frío como el hielo y de una fuerza brutal le impactó y le derribó de inmediato. Cuando se puso de pie no pudo divisar al hechicero. Su instinto le alertó y miró hacia arriba, sólo para ver a Clyf equipado con una lanza de hielo que iba directo a incrustarse en su cráneo si no se hubiera movido evitando el ataque. La lanza se hizo pedazos contra el suelo.

Contraatacando, el capitán pisó fuerte y lanzó uno de sus golpes invisibles, pero con los reflejos que no tenía antes, Clyf logró formar un escudo de hielo que se hizo pedazos con la intensidad del golpe. Su mano derecha apuntaba hacia el capitán lanzando una bola de fuego que el viejo recibió en sus brazos, al proteger su cara y su torso con ellos. Hillgar miró con cautela a Clyf quien volvía a reír. Su enemigo había recibido una ventaja enorme y era ahora un rival realmente peligroso. Tendría que buscar otra forma de derrotarlo.

- ¿No te creías gran cosa, naranjito? ¿Qué me dices ahora? ¡Ja ja ja!

El capitán miró de reojo al otro individuo que había aparecido, Cid. Algo había hecho para aumentar los poderes del muchacho, y si había logrado tanto, significaba que él también debía ser un rival poderoso. Ya se encargaría de él también. Concentró su mirada en Clyf, quien ya empezaba a conjurar un nuevo hechizo. Quieto. Perfecto.

Clyf había recuperado completamente su confianza al igual que sus deseos de destripar vivo a aquel hombre frente a él. Preparaba un hechizo tan poderoso que haría de él un montón de carne sin vida unida a unos huesos pulverizados. Su último hechizo que había sido incapaz de probar hasta ahora. No habría tenido la oportunidad hasta ahora. Vio mientras preparaba el hechizo que el capitán levantaba su pierna derecha lentamente, manteniéndola paralela a la que aún tenía en tierra, a la vez que levantaba sus manos entrelazadas por sobre su cabeza. «¿Qué está haciendo ese idiota?» se preguntó, sin buscarle una respuesta. Y sin prestarle mayor atención, continuó murmurando aquel hechizo nuevo, hasta que en un instante, el capitán llevó su pie derecho al suelo con gran velocidad y fuerza, golpeando estrepitosamente el piso y gritando con fuerza desmesurada. Luego de eso, todo se volvió negro, silencioso.

Cid no podía creer lo que habían visto sus ojos. Creía que con las potenciaciones su hermano podría fácilmente dar vuelta la contienda, y hasta hace unos instantes así lo parecía. Pero en un solo segundo, en un solo movimiento, el capitán había vuelto a cambiar la situación. El estallido de su bota golpeando la piedra, el grito lleno de energía, y la mandíbula de su hermano fuertemente castigada por una fuerza increíblemente grande surgida al parecer desde algún sitio bajo él. El impacto fue suficiente para elevar a Clyf varios metros por los aires, para caer como costal y no moverse ni un centímetro más. Había perdido la conciencia, si no la vida. Cid jamás había presenciado tal fuerza en ningún ser viviente, y por primera vez en su vida sintió el temor de la derrota.

Hillgar al comprobar que su rival no se recuperaba, miró de reojo a Cid, mientras distendía los músculos del cuello. A pesar de haber obtenido una victoria impecable, no había sonrisa en su rostro. Después de todo, había perdido sus patatas.

- ¡Hey, tú! No sé qué hiciste hace un momento, pero veo que estás con el mocoso. El insolente arruinó mi mercancía, y alguien tendrá que responder por ell... ¡EPA!

El capitán logró por unos centímetros evadir el ataque de una primera kodachi, y una segunda se deslizó suavemente por la carne de su hombro izquierdo. Apuró un contraataque al agresor desconocido, intentando un golpe con su puño derecho, que sólo movió aire. El agresor ya estaba varios metros alejado.





Fin de semana en Diomo: Rutina en el mercado.

Mu'in Kassab, líder de la Legión del Desierto, había sido llamado junto a sus jinetes por el gobernador de Diomo, con el único objetivo de erradicar al par de individuos que había llevado a la ciudad al desastre. No era tarea fácil, para nada. Había oído hablar de Clyf y Cid Dubois, dos de los más grandes hechiceros de estos tiempos, y los relatos de su poder combinado traspasaba las fronteras de Uknean, llenando de temor a los kibetanos cercanos a la ciudad portuaria. Sacarlos de la ciudad por las buenas o las malas era una jugada arriesgada de parte de las familias acomodadas de la región, pero era lo único que les quedaba por hacer.

Ya a las puertas de la ciudad, con los permisos entregados en mano, supo que sería una tarea difícil. Explosiones varias desde el interior de la ciudad, seguramente cerca de la plaza, habían alarmado incluso a los mismos guardias que le recibían en la entrada. Los abusos de poder de los dos hermanos eran la causa principal por la cual Mu'in había aceptado este trabajo. El poder en las manos equivocadas no debería existir, y usaría el propio para eliminarlo.

Pidió la entrada a los guardias, que no hacían esfuerzo alguno por disimular su miedo, pero no esperó confirmación y empezó a avanzar por el umbral que dividía a la ciudad del campo abierto, seguido de sus leales mercenarios, seguramente los más hábiles de las tierras del sur. En el camino aún se oían explosiones, gritos desesperados de hombres y mujeres y sólidas paredes de piedra partirse y desparramarse por el suelo, pero nada que afectara el semblante sereno de los hombres a caballo.

Parecían estar llegando a la calle principal de la ciudad que les llevaría a la plaza, cuando desde esa calle apareció un hombre que corría cubierto con ropa ligera directamente hacia ellos. Mu'in, tranquilo, retiró el par de cimitarras de fino acero que mantenía guardadas en fundas en su espalda, y de un salto bajó de su montura, listo para recibir a quien quiera que viniera hacia él.


- o -


Caminaban por la calle principal hacia su destino habitual del fin de semana, el mercado que abría regularmente a las orillas del puerto. De trajes excéntricos pero elegantes, los hermanos Cid y Clyf Dubois se dirigían junto a sus conocidos "mequetrefes" a dar un vistazo a las nuevas mercancías que llegaban desde Bolouff hasta su puerto Diomo. Obviamente se quedarían con lo que les pareciera útil o bonito, y obviamente no pagarían una moneda por ello. Obviamente nadie se atreverería a impedírselos, pues obviamente quien lo intentara terminaría muerto. Y si bien todos conocían esta rutina de los hermanos Dubois, todos ellos tenían prohibido cerrar sus tiendas durante las mañanas de los fines de semana; si osaban hacerlo, pronto un comerciante debía abandonar el pueblo al ver su hogar y todas sus pertenencias "misteriosamente destruidas" uno o dos días más tarde.

Una barcaza tosca y sucia había hace poco llegado a puerto desde Dyloen. Uno de los comerciantes mantenía una conversación con el capitán, un hombre de avanzada edad, robusto, con sus pocos cabellos blancos apenas visibles bajo una bandana de un vivo naranja que claramente no se le veía bien. Algunos de los marinos retiraban algunas pequeñas cajas de madera de cubierta con ayuda de cuerdas y un sistema de poleas, para dejarlas a salvo en la madera del muelle, lugar donde hombres de fuertes brazos las tomaban y las llevaban hacia una carreta. Era el único movimiento que había aquella mañana. Y no variaba mucho los fines de semana desde hace varios meses. Clyf parecía algo molesto.

- Hermano, esto está aburrido. Iré con esos tipos a ver si puedo con ellos alegrar un poco las cosas. ¿Vale?

Cid le hizo un gesto a su hermano Clyf para indicarle que hiciera lo que quisiera. Él guió sus pasos directamente hacia el mercado. Necesitaba algunos pergaminos nuevos, algunas joyas y algunas bebidas exóticas de Astadia. Esperaba encontrar todo eso y más, por el bien del puerto. Llegó al primer puesto, y luego de echar un vistazo a la mercancía que un temeroso comerciante ofreció sin resistencia, tomó un par de figuras de jade y las guardó en un bolso que llevaba. Continuó al siguiente puesto y tomó algunas frutas, guardando todas menos una, que contempló unos segundos antes de darle una mascada y comenzar a masticar. Se detuvo unos instantes después, y miró al comerciante con ojos penetrantes, suficiente como para que a éste le acelerara el pulso y empezara a sudar frío producto del miedo.

- Deliciosa fruta ésta, ¿eh? Espero que la próxima semana me tenga doce cajas como ésta, ¿vale? ¡Mequetrefes! Tomen esta fruta y guárdenla, la llevamos a la mansión.

El comerciante se vio aliviado y asintió al mismo tiempo en que Cid pasaba al siguiente puesto. Un segundo después empezó a sudar de nuevo cuando recordó que la temporada de aquella fruta acababa de terminar, y que para la próxima semana seguramente no llegarían más desde Lidarau...

En el siguiente puesto, un lugar de intercambio de objetos antigüos e inútiles, Cid vio algo que llamó la atención. El comerciante que atendía, extrañamente de buen humor, le hablaba de algunos de los artefactos que tenía para cambios, pero Cid no tenía puestos los ojos en esos artefactos, sino en algo más allá del muestrario, más allá del mismo comerciante. Vio oculta en una esquina de la tienda a una muchacha joven de unos dieciséis años de edad, de piel clara, rizos dorados y deliciosos ojos azules, que estaba sentada con la vista clavada en el piso. Cid la indicó con el dedo.

- Me la llevo.

El comerciante, sorprendido, vio que el dedo de Cid indicaba a su hija, que ese día había decidido acompañarle. Giró hacia el mago y en su voz se notaba su perplejidad.

- Disculpe, señor, pero esa muchacha es mi hija...

- Eso me tiene sin cuidado. Vamos, nena, ven aquí.

Los ojos de la joven dejaban ver cómo su sorpresa inicial iba transformándose progresivamente en temor. Miró a su padre buscando algún apoyo. No los encontró. Su padre estaba viendo directamente a los ojos de Cid.

- Señor, mi hija no es una mercancía como para que pueda disponer de ella. Si lo desea puede llevarse todo lo demás.

- No me interesan tus porquerías inmundas... ¡Te dije que vinieras aquí! ¿Qué estás esperando?

- ¡Oiga, no voy a permitir que us...!

A la vez que el comerciante empezaba a subir el tono de su voz, ésta de pronto se detuvo. El brazo de Cid estaba extendido hacia él, con la palma de su mano fija en su cabeza.

- No sé quién eres, ni qué poder ostentas como para osar levantarme la voz. Veamos qué tan resistente eres.

Cid presionó sus dedos en la cabeza del comerciante, y pronto éste empezó a gritar de dolor. Su hija comenzó a gritar también, llamando la atención de los alrededores. Pasaron unos segundos antes de que Cid retirara su mano del comerciante y este cayera de rodillas, con los ojos en blanco y despojado de toda muestra de vida. Cid suspiró mientras empujaba con el pie el cuerpo del hombre, cayendo hacia atrás, quedando con las piernas flectadas.

- Fue demasiado parece. A ver si de ahora en adelante piensas más en lo que haces, hombrecillo.

La muchacha corrió a socorrer a su padre en el piso, pero fue interceptada por la mano de Cid, quien la tomó desde el cuello y la levantó hasta ponerla frente a sí. Observó un instante y vio el miedo en esos dulces ojos azules. Se sonrió y la apartó de su vista lanzándola hacia su costado.

- Mequetrefes, tómenla y llévenla a la mansión.

- ¡Claro, jefe!

Algunos de sus hombres tomaron a la joven que sollozaba desconsolada en el piso, y comenzaron a llevarla a la fuerza hacia la mansión. En el mercado nadie decía nada. Sólo se oían los sollozos y gritos desesperados de la muchacha y los jadeos de los mequetrefes por controlarla. No hubo un alma que hiciera el menor intento por detenerlos. Sabían exactamente lo que eso significaría para sus vidas. Cid, en tanto, reaundaba su marcha por las tiendas cuando una explosión llamó su atención. Desde la dirección del puerto se elevó por el cielo una columna de humo. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró nuevamente.

- Clyf...

Interrumpió su revisión y fue hacia el puerto. Cuando llegó, vio a la barcaza en llamas, con algunos marineros heridos y otros esparcidos por el suelo sin moverse. Las cajas se hallaban rotas por todo el lugar, con algunos maderos carbonizados aún humeando, y esparcido por todo el suelo el contenido de las mismas: patatas. El comerciante estaba en el suelo aterrorizado pero intacto, mientras que en el centro del muelle Clyf y el capitán de la bandana naranja mantenían su guardia en alto.

- ¡Jajaja! ¿Por qué tan molesto, naranjito? Sólo quería patatas asadas. Así tú ponías las patatas y yo me encargaba del fuego, ¿vale?

- ¡Idiota, quién crees que eres! Atacaste a mi tripulación y a mi barco, ¡y te haré pagar por eso!

- ¡JA! Quiero verte intentándolo, viej...

El capitán se adelantó y con cuchilla en mano se lanzó contra el hechicero, que apenas pudo dar un paso hacia atrás para evitarlo. Clyf no perdió más tiempo en palabras y llevó su puño derecho hacia atrás para dar impulso, al mismo tiempo en que recitaba algunas palabras ininteligibles. Su puño se cubrió de fuego y con él lanzó un golpe al capitán, el cual impactó directamente en su rostro, pasando a llevar la bandana naranja que empezó a caer algo quemada al piso.

- ¡JA! Qué te pareció eso, viej...

El capitán no dio un paso atrás y contraatacó con el cuchillo a ciegas, aún aturdido por el golpe y por las quemaduras que había recibido del mismo. Clyf dio un salto hacia atrás mientras empezaba a recitar un nuevo hechizo. El capitán al abrir los ojos vio una ráfaga de fuego que se acercaba velozmente. Cruzó sus brazos cubriéndose tanto el torso como la cara, como queriendo protegerse del inminente ataque, pero cuando la ráfaga estuvo apunto de impactar, separó rápidamente sus brazos al mismo tiempo que gritaba con una potencia inhumana. El fuego se desvaneció completamente. La sorpresa de Clyf y de Cid en la lejanía fue evidente. Sin dar tiempo a una recuperación, el capitán dio un fuerte paso hacia adelante, y llevó su brazo extendido en un puño hacia el frente, al mismo tiempo que volvía a gritar. La cara de Clyf se desfiguró del dolor y de su boca, como nunca antes había sucedido, salió saliva mezclada con sangre, producto de un golpe invisible que había recibido justo en el estómago, llevándolo a volar varios metros hacia atrás.

El capitán se agachó y tomó su bandana que había caído al piso. Se apresuró a cubrir su cabeza con ella al mismo tiempo en que sonreía desafiante a Clyf, que empezaba a reponerse lentamente a la distancia.

- No creas que podrás vencerme, mocoso. ¡No a mí, al gran capitán Dan Hillgar!