jueves, 9 de abril de 2009

El Fin del Salón de Piedra.

La tierra tembló fuertemente algunos segundos, producto de la explosión. Desde el ala norte del gran castillo al centro de Caerllion, el lugar conocido como el Salón de Piedra, se levantaba una columna de polvo a la que todo ciudadano guió su mirada de curiosidad. Numerosos guardias dejaron sus posiciones y se dirigieron al lugar. A la cabeza de ellos iba el reconocido caballero Sir Arthur Helling, el hombre de orígenes en las tierras de Aemir, Lid, que reemplazara tiempo atrás al traidor Sir Dargar Rodas como capitán de la 2ª División del Ejército. Hombre valiente y poderoso, educado en el arte de la espada por el mismo Sir Marten Sidan, había sido la carta utilizada por el Rey para mantener el control en una Caerllion cada vez más rebelde. Y lo había logrado dentro de lo márgenes aceptables. Ahora, en la misma sala en que el Rey Daylon Ambrós había permitido la investigación de la Organización Schellden, algo había estallado y había causado el colapso de una de las paredes. Hacia el interior, sólo una pequeña porción del salón estaba iluminada por el sol del mediodía, mientras que el resto seguía en la oscuridad total.

Cuando el polvo suspendido se hubo disipado un poco, Sir Helling seguido de algunos de sus leales avanzó en la oscuridad, esquivando los escombros esparcidos, mientras el resto mantenía a los civiles lejos del siniestro. Al interior, pudo observar las maravillosas esculturas que se apilaban unas a otras junto a las paredes, intactas e imponentes, pero sin rastro alguno del equipo de investigación que debería estar junto a ellos, ni de nada que explicara lo que había ocurrido. Seguro, Sir Helling ordenó a sus hombres preparar sus armas al mismo tiempo en que su acero era blandido, listo para ser usado ante cualquier amenaza. Avanzó sólo unos pasos más cuando varios metros más allá del salón una luz roja apareció de la nada, iluminando a su alrededor y dejando ver a unas tres personas vestidas con túnicas violáceas y con sus cabezas cubiertas por capuchas del mismo color, sentadas circundantes a aquella luz.

- Hey Wigan -habló Sir Helling a uno de sus soldados-. ¿Son aquéllos los hombres de la Organización?

- No, señor. No venían vestidos de esas formas...

La luz comenzó a aumentar su tamaño e intensidad al mismo tiempo en que los hombres encapuchados se ponían de pie. Con más luz, fue posible observar a más hombres encapuchados, los que fácilmente podrían haber sido treinta o cuarenta. Un zumbido se empezó a escuchar hasta que uno de los encapuchados acercó su mano a la luz.

- ¡Les habla Sir Arthur Helling, caballero de Caerllion! -les gritó el capitán. Algunos de los hombres vestidos de túnica parda se giraron hacia él, espectantes -. ¡Subid vuestras manos y venid hasta acá tranquilamente, si es que no tenéis nada que temer!

Pero los hombres siguieron inmóviles unos segundos más y luego se volvieron a la luz. Cuando el encapuchado que acercó su mano hubo entrado en contacto con ella. La intensidad de su brillo iluminó el salón completo, obligando a Sir Helling y sus hombres a cubrirse los ojos con los brazos. Se oyó a la distancia el sonido de un cristal rompiéndose y la luz desapareció por completo. «Pero qué diablos...» pensó para sí el caballero, y luego ordenó que prendieran las antorchas para saber qué fue lo que ocurrió.

No fue necesario. Un momento después, en el mismo lugar una pequeña esfera de color púrpura intenso apareció y comenzó a crecer lentamente. De vez en cuando salían llamaradas del mismo color que se desvanecían al tocar alguna pared del salón, creando un espectáculo espeluznante de movimientos aleatorios y difusos alrededor de la esfera. Todo ese movimiento ondulante hizo creer por un momento que las esculturas de piedra se distorsionaban y se derretían, perdidas en una explosión repentina de colores reflejados en tonos púrpuras debido a la luz imperante. La sorpresa del caballero fue inmensa al darse cuenta que en realidad las esculturas no estaban distorsionándose, sino que estaban cobrando vida, que respiraban como lo hacía él y que se movían de igual forma; sólo se diferenciaban en la furia y la sed de venganza que se reflejaban en sus ojos. Sin darse cuenta, Sir Helling y sus hombres estaban rodeados por estos seres endemoniados, quienes, armados con sus espadas antes de piedra, ahora de acero, se hallaban listos para matar.

- ¡Pero de qué se trata todo esto...! -exclamó el caballero al mismo tiempo en que uno de los hombres le atacaba.

En una reacción acertada, perforó el pecho de su agresor con su propia espada, del cual brotó sangre. Era un hombre de carne y hueso. Los demás soldados empezaron a luchar contra los numerosos esbirros que habían aparecido. De esta forma, ninguno pudo seguir observando lo que más allá, en lo más alejado del salón, sucedía. La esfera púrpura, que había crecido de tamaño hasta alcanzar varios metros de diámetro, comenzó a girar rápidamente y sin que se diera cuenta, de los mismos hombres que antes fueron de piedra, fue extraída un aura del mismo color, que llegó hasta la esfera y se le unió como si se tratara de la misma esencia. Así, los ataques de los hombres cesó de un momento a otro y al cabo de un instante todos soltaron sus armas, totalmente confundidos y desmoralizados. Sir Helling, observó entonces la gran esfera púrpura al final del salón y cómo ésta, cuando no hubo ninguna aura más que ser absorbida, se redujo de tamaño abruptamente y se concentró en una pequeña esfera, que fue envuelta por la mano de uno de los encapuchados.

Por unos segundos, todo estuvo en silencio. Algunos de los que antes fueron esculturas levantaron sus manos y dieron algunos pasos hacia atrás, arrodillándose luego, mientras que otros pocos, luego de soltar sus armas corrieron hacia la salida por el muro caído, en pánico. Frente al hombre que había tomado la esfera púrpura, comenzó a formarse una nueva esfera, la que parecía ser de fuego. Sir Helling no sabía qué pensar... ¿No que la magia no era posible en estas tierras? ¿De qué otra forma se puede explicar lo que aquí estaba ocurriendo? No hallaba respuestas a ninguna de sus interrogantes y eso le inquietaba.

Todo fue aún más confuso cuando la esfera de fuego, un segundo más tarde, se precipitó rápidamente hacia ellos e impactó a uno de los hombres-estatuas, que cayó inmediatamente y no volvió a moverse. Las esferas de fuego entonces empezaron a ser lanzadas sin ninguna restricción al grupo, que entró en caos y muchos empezaron a correr hacia la salida. Sir Helling empezó a moverse zigzagueando por la habitación, intentando acortar distancia entre él y los hombres encapuchados, seguido de cerca por su tropa de valientes. De pronto, una esfera de fuego, mucho más grande que las demás, impactó en el cielo del salón, destrozándolo y dejando caer grandes bloques de concreto sobre los desafortunados que intentaban escapar. Algunos pocos lograron salir, mientras que otros más fueron aplastados por el concreto, que selló la única salida y dejó en el encierro a la gran mayoría de los hombres-piedra. Lo único visible ahora era el fuego de las llamaradas que les eran lanzadas y les producía una muerte instantánea.

Sir Helling se acercó lo suficiente al grupo de hombres misteriosos como para lanzar un estoque y destrozar el corazón de uno de ellos. El resto de sus hombres llegó tras él y empezaron todos a eliminar lo más rápidamente posible a aquellos que mataban sin piedad. Cuando estuvo frente a quien tenía en su poder la esfera púrpura, éste se giró hacia él y Sir Helling pudo ver el que sin duda alguna era el rostro del demonio: piel oscura, cabellos blancos y desordenados, ojos con iris blancos y desorbitados, y una sonrisa maquiavélica, como disfrutando de la muerte de otros. Una bola de fuego empezó a formarse y Sir Helling no podía responder al terror que le produjo ese rostro. La bola de fuego entonces fue lanzada a un blanco que no parecía moverse.

- ¡Señor! ¡Cuidado! -Uno de sus hombres valientemente se interpuso entre él y el ataque del encapuchado. El fuego le impactó de lleno y cayó rodando, con una gran herida en el pecho. Sir Helling observó a su compañero caído, y logró recuperar su temple. «Oh no, Wigan...»

- ¡Ha Ha! ¡Ya no pueden hacer nada, ya tengo el poder absoluto! ¡Ahora todos morirán! ¡HA HA HA!

Otra bola de fuego empezaba a formarse frente a él. Otro de sus soldados intentó atacar al encapuchado, pero éste sólo apuntó hacia él, y una piedra incandescente apareció y le golpeó en la sien, dejándole fuera de combate de inmediato. Sir Helling sostuvo su espada con ambas manos y arremetió con decisión junto a su tercer compañero hacia el encapuchado, al mismo tiempo en que la nueva bola de fuego era lanzada. Con reflejos perfectos, logró esquivar el ataque, el que impactó de frente a su acompañante, quien cayó para nunca ponerse de pie otra vez. Ya a rango, el ataque del caballero fue certero hacia el cuello del encapuchado. Sin embargo, el golpe nunca llegó a destino, sino que fue detenido por algo más, como si se tratara de una fuerza sobrenatural. Sir Helling dio un paso hacia atrás, perturbado.

- ¡Q... quién... qué eres, demonio!

- ¡Ha Ha! Creo que es justo que lo sepas antes de morir, idiota. Antes solía ser un pobre diablo como tú, ¡pero desde ahora soy el ser más poderoso de este mundo! Desde hoy se forjará un nuevo dominio, en donde Madul vencerá hasta a los mismos dioses!

- ¿Madul...?

Sir Helling no pudo decir más. Una llamarada de inmenso poder le había alcanzado a una distancia mínima, y un momento más tarde había dejado en su lugar carne calcinada, que cayó al suelo junto a una espada y un sello real a medio fundir.

- Oh glorioso líder, qué gran poder ostentáis en este momento.

Uno de los demás encapuchados se sacó la capucha y se acercó a Madul, quien había retomado las bolas de fuego a los pobres desafortunados que aún buscaban una salida de aquel infierno. Amad Liverneeth, líder de la Orden Púrpura, se sentía dichoso de ver la misión de su vida cumplida.

- Con ese poder, seremos capaces de gobernar esta tierra e incluso el mundo! Vos teníais razón, ¡ahora seremos imparables!

- Oh, verdad. Me olvidaba de vosotros. Sois basuras.

- ¿Somos b...?

Madul le apuntó con un dedo y una piedra incandescente apareció de la nada y se le incrustó en el cráneo. Cayó cuan largo es y no volvió a respirar. Los demás miembros de la orden, confundidos con el ataque, se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar. Unos segundos más tarde, Madul, extendiendo sus brazos al frente, barrió el aire con ellos en dirección a la orden, mientras que un manto de fuego comenzaba a quemar a cada uno de los pobres hombres, que gritaban de dolor mientras sus miembros eran incinerados por el abrasador fuego.

- Tiempo de terminar eso...

Madul, siempre sonriendo, extendió sus brazos hacia los lados, y de sí mismo empezó a salir más y más fuego. Pudo ver por última vez los rostros de pánico y desesperanza de los que aún seguían vivos, antes de que todo comenzara a arder por completo.



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