jueves, 9 de abril de 2009

El Poder Absoluto

La antigua hechicera Clessenia había logrado salir del Salón de Piedra justo antes de que el cielo del mismo colapsara y sellara la salida. Los soldados que esperaban afuera, sorprendidos por lo ocurrido, desenvainaron sus espadas y bajaron hasta los sobrevivientes y les ordenaron arrodillarse con las manos en alto. Así lo hicieron todos, aún confundidos y sin siquiera saber dónde estaban. Los gritos desesperados de un montón de gente dentro alarmó a la guardia más aún y pronto al lugar llegó el mismo Rey Daylon Ambrós y otra delegación del Instituto Schellden, guiados por Duncan Olliffe. Daylon reconoció de inmediato entre los sobrevivientes a Clessenia y desenvainó su espada hasta llegar a su lado.

- Vieja bruja, ¡cómo os habéis librado de vuestro claustro! ¡Ahora no contáis con vuestros artilugios para causar el más mínimo daño!

Clessenia observaba sin saber quién le hablaba ni comprender palabra alguna de las que le dirigía. Aunque Daylon vio esto en los ojos de la hechicera, no se dejó dudar.

- En estos momentos, yo mismo, rey Daylon Ambrós de Radeas, os ajusticiaré y la paz volverá a ser...

La tierra volvió a temblar producto de una explosión. El cielo del Salón de Piedra voló hecho pedazos, dando paso a una columna de fuego que se alzaba por sobre el Palacio. Grandes trozos de piedra y concreto cayeron sobre casas, zonas civiles e incluso en medio del tumulto de gente, produciendo caos entre la población, algunos muertos y varios heridos. En lo alto, se elevaba una figura conocida por muchos, y más temida que la peor de las plagas.El rey Daylon no daba crédito a sus ojos.

- Oh no... esto no puede ser...

Madul, rodeado por fuego, lanzó enormes llamaradas en todas direcciones, causando destrucción e iniciando incendios en varias partes de la ciudad. El cuerpo de arqueros no demoró en apuntar desde todas las torres y disparar, pero toda flecha lanzada terminó siendo cenizas por las llamas alrededor del objetivo. Las siguientes bolas de fuego lanzadas por Madul destruyeron cada una de las torres de vigilancia, reduciéndolas a carbón y escombros con una facilidad impresionante.

Clessenia, al ver toda la atención de la guardia y del propio rey puesta en Madul, se puso de pie y escapó, perdiéndose por entre la multitud que corría en pánico buscando seguridad y refugio. Por su parte, Madul seguía lanzando enormes llamaradas y destruyendo gran parte de las construcciones de Caerllion.

- Ustedes no son nada, y no pueden hacer nada. ¡Soy superior en todo aspecto! ¡HA HA HA!

Como una muestra de poder final, apuntó sus llamaradas hacia palacio. En instantes, una gigantesca bola de fuego estalló frente a la cúpula principal, destruyéndola al contacto. En pocos segundos, el palacio comenzó a caer zona por zona, quedando en ruinas en muy poco tiempo. El rey Daylon, descorazonado, soltó su espada, la que cayó en el piso produciendo un sonido metálico.

- Es el demonio en persona... cómo podremos hacerle frente... sólo una persona podía oponérsele, y esa persona está...

Desde algún lugar, una bola de fuego fue lanzada, esta vez hacia Madul, la cual se fusionó como si nada con el fuego alrededor del hechicero. Aunque no le hizo daño, fue suficiente para llamar su atención. Al voltearse, Madul vio en lo alto de una de las casas más altas aún en pie, al hechicero más molesto que jamás había conocido. De cabellos dorados y ojos rojos, utilizando su conocido traje rojo de cuando era consejero real. Llevaba una espada dorada con incrustaciones de rubí en su mano derecha, y en su izquierda un báculo corto, terminado en una esfera de cristal en cuyo interior una llama ardía eternamente. Madul miró con sorpresa y odio al hombre que en algún momento mostró ser más poderoso que él: el hechicero Matt Jarlians.

El rey Daylon I seguramente era el más asombrado de todos. Observaba con la boca abierta la figura de su antiguo amigo y consejero, al cual las circunstancias le habían declarado muerto desde hace ya bastante tiempo. Pero ahora se hallaba ahí, en Caerllion, desafiando a Madul una vez más para salvar a Caerllion de una inminente destrucción.

- ¡Madul! He venido hasta este lugar con sólo un objetivo, y creo que sabes cuál es.

Madul, que en un comienzo miró con odio al recién llegado, pronto cambió sus ánimos y miró con seguridad y arrogancia. El poder que ostentaba ahora era de un nivel completamente distinto.

- Matt Jarlians, qué maravilla verte en este lugar. ¡Me has evitado buscarte para acabar con tu patética existencia!

Acto seguido, disparó una poderosa llamarada hacia Matt, quien la esperó pacientemente. Utilizando sus propias artes, intentó detener el ataque de Madul, pero efectivamente había superado los límites conocidos, y luego de batallar un momento, apenas logró desviarlo hacia una zona comercial donde las tiendas fuero incineradas al instante.

- ¿Eso es todo lo que tienes? -Matt intentaba provocar al poderoso hechicero, aunque con sólo ese ataque, había caído ya sobre una de sus rodillas y respiraba con dificultad.

- ¡Ya pronto acabaré con tu charlatanería, basura!

Madul se preparaba a lanzar una nueva llamarada, cuando desde otra dirección, un poderoso chorro de agua le impactaba por el costado, apagando por un momento en fuego que le cubría por ese lado, y generando una gran nube de vapor. Casi en seguida, una fuerte ráfaga de viento cortante como el mismo acero apagó parte del fuego que le cubría por otro sector. Le siguió una lluvia de rocas que le empezaron a golpear de varias direcciones distintas, y finalmente un rayo de luz blanco le impactó e hizo desaparecer todo el fuego que aún quedaba a su alrededor. Cuando Madul finalmente pudo reaccionar a la seguidilla de ataques, vio en distintas casas a su alrededor a varios seres que le miraban de una forma reprobativa. Al primero que divisó era un hombre que vestía ropajes azules, de piel morena y pelo blanco, con algunas marcas de pintura en su rostro. Luego vio a un enano, de barba dorada y ojos de fuego, que vestía extrañamente ropajes ligeros y no llevaba armas. Un poco más a la derecha vio a una elfa alta y de cabellos como el trigo, que llevaba sobre ella una máscara que cubría la parte superior de su rostro, sólo dejando ver sus hermosos ojos verdes. Por último, pudo ver a un hombre de rizos rubios y ropajes blancos y elegantes que desprendía un aura de tranquilidad y pureza, la más desagradable de todas.

Los reconoció de inmediato, de hecho, conocía a cada uno de ellos a la perfección, y su presencia en este lugar le irritó de sobremanera, e incluso le hizo sentir una pizca de temor, la cual obviamente desapareció cuando recordó el poder que tenía en esos momentos.

- Iruja... Reinh... Giaeda... Alanis... me sorprende veros aquí. ¿Que acaso queréis morir también?



No hay comentarios: