Rensic pudo acompañar a su rey hasta su encuentro con Sir Rodas. Cuando comenzaron a hablar, comenzó a sentirse mareado y poco a poco dejó de ecuchar tal conversación. Finalmente vio todo negro y perdió consciencia de sí mismo.
Cuando abrió los ojos, vio frente a él a una muchacha de su edad, pelo castaño claro y tomado, ojos almendrados, de un café delicioso. Llevaba un atuendo blanco, y jugaba con paños, agua caliente y algunos ungüentos. Ese rostro era conocido por él, era familiar.
- Rika...
- ¡Hey! Haces que me sonroje...
Rensic despertó de súbito, dando un respingo y retrocediendo un poco por el suelo de piedra. El sonrojado era en realidad él.
- ¡N... no me malinterpretes! Y... yo sólo...
- ¡Ja ja, obvio que sólo dijiste mi nombre! No dejas de caer, ¿verdad?
Era verdad. Desde su llegada a la Organización Schellden que le ha repetido la misma frase, y siempre ha caído en el juego de Rika Mingston, hija menor de una acaudalada familia de Bridom, en Oryan. Junto a ella se encontraba un soldado, el que reconoció como Benet.
- Saludos, Rensic. El rey me dejó el recado de que apenas te sintieras mejor, fueras al palacio a hablar con él. Seguramente te recompensará por tu participación en los hechos.
Rensic no dijo nada. Sólo quedó mirando cómo Rika le tomaba el brazo herido con delicadeza, le quitaba la venda provisional que le había puesto el rey Daylon y le limpiaba la herida con un paño y agua tibia. Miró luego a Benet y le dijo sonriendo.
- Así lo haré, Benet. Gracias por el recado.
Benet se despidió formalmente de ambos y continuó con sus deberes. Tenía mucho que hacer todavía. Aún quedaba la dura tarea de informar a las familias correspondientes sobre el triste destino de los caídos. Pero estaba aliviado, aliviado depués de todo lo que había ocurrido, y todo lo que se había revelado en poco tiempo. Todo pudo haber sido mucho peor. Gracias a Dios que no lo fue.
Cuando Rika terminó de limpiar la herida, sacó de su bolso de medicinas un pequeño frasco con un ungüento color azul verdoso. Lo destapó y luego con una mano tocó la herida de su amigo, viendo su reacción.
- ¿Te duele mucho? -preguntó Rika.
- La verdad es que ya no mucho, como que se me durmió el braz... ¡AAAHHH!
Rika había aplicado el ungüento en la herida, un preparado de merinia especial para ayudar a la desinfección y cicatrización natural, pero que producía un dolor agudo en las heridas abiertas. Además, Rensic de pronto sintió un agudo dolor localizado en la parte superior de su cabeza. Este dolor no se trataba de una herida ni de un efecto secundario de la merinia, sino del fuerte coscorrón que su amigo Aisac le acababa de propinar.
- No seas escandaloso y deja de gritar como una niña, ¡ja ja!
- ¡Auuu! ¡Eso duele!
Rensic se sobaba la cabeza con la mano de su brazo sano. Aisac había aparecido tan sonriente como siempre, como si no hubiera pasado nada.
- Así que después de todo era verdad lo de la conspiración. ¡Ja ja! Dicen que de los tres involucrados, Sir Grendell está muerto, Sir Rodas fue arrestado y el capitán D'Aubigne logró huir...
- Lo de Sir Grendell es verdad... -dijo Rensic.
- Lo de Sir Rodas también... -agregó Rika.
- ¡Qué lío, ja ja! Pero tú ahora eres un héroe. Seguramente el rey te recompensará bien. ¡No olvides que yo también ayudé, eh!
Rensic nunca se ha acostumbrado al inherente entusiasmo de su compañero.
- N... no sé... me alegra saber que mi vida no corre peligro...
- Tendrá una bella historia para contarle a sus hijos y nietos, joven Rensic.
Una cuarta voz, más madura que la de los tres jóvenes, se unía al hilo de la conversación. Cuando los tres se giraron, vieron a Mildred Schellden, con sus característicos traje, bastón y sombrero de copa.
- Me llena de orgullo que limpiara su nombre y el de la Organización de los sucios rumores que ya habían empezado a circular por la ciudad. También creo que merece un premio. Pase por mi oficina cuando se encuentre con una mejor disposición.
Mildred saludó a los tres muchachos mientras dirigía sus pasos hacia el instituto. Por su parte Rensic se hallaba perdido en dos palabras que Mildred había dicho: «¿hijos?», «¿nietos?». Cuando el Mildred se hubo alejado lo suficiente, Aisac sonrió aún más (¿era eso posible?).
- Jo jo, sí que estás de suerte, amigo. Reconocido no sólo por el rey, ¡sino por también por el mismísimo Mildred Schellden! Las chicas te lloverán del cielo ahora...
- ¡Oh, cállate! -replicó Rika -. Es obvio que es lo que menos le importa, ¿verdad Rensic?
Rensic seguía perdido en "hijos" y "nietos".
- ¡¿Verdad, RENSIC?!
- ¿Ah? Ah... sí... ya no me duele tanto...
Aisac y Rika se miraron, y luego se echaron a reír. Rensic no comprendía que había pasado, pero al ver a dos de sus amigos a su lado riendo le hizo al fin tranquilizarse del todo. Sonrió un poco mientras intentaba adivinar qué fue lo que les causó tanta gracia. Seguramente había dicho algo fuera de lugar, aunque no estaba seguro qué. Después de un momento, Aisac le ayudó a ponerse de pie y le ayudó a limpiarse las ropas.
- Será mejor que te vayas a descansar -propuso Rika-. Fue una mañana demasiado agitada para alguien como tú, Rensic.
- S... sí. Creo que dormiré por muuucho tiempo. G... gracias por todo Rika -y dirigiéndose luego a Aisac -, y gracias a ti también, amigo. D... de verdad sin ti jamás lo hubiera logrado.
-¡Jo jo, eso ya lo sé! No olvides contárselo también al rey y sobre todo al Sr. Schellden, ¿eh?
Aisac acompañó a Rensic hacia el instituto mientras seguía recordándole que él también participó en acabar con la conspiración. Por su parte, Rika, luego de observar a los dos muchachos alejarse, suspiró y volvió a sus tareas atendiendo a los hombres vencidos por el prófugo capitán Joseph D'Aubigne.
Cuando abrió los ojos, vio frente a él a una muchacha de su edad, pelo castaño claro y tomado, ojos almendrados, de un café delicioso. Llevaba un atuendo blanco, y jugaba con paños, agua caliente y algunos ungüentos. Ese rostro era conocido por él, era familiar.
- Rika...
- ¡Hey! Haces que me sonroje...
Rensic despertó de súbito, dando un respingo y retrocediendo un poco por el suelo de piedra. El sonrojado era en realidad él.
- ¡N... no me malinterpretes! Y... yo sólo...
- ¡Ja ja, obvio que sólo dijiste mi nombre! No dejas de caer, ¿verdad?
Era verdad. Desde su llegada a la Organización Schellden que le ha repetido la misma frase, y siempre ha caído en el juego de Rika Mingston, hija menor de una acaudalada familia de Bridom, en Oryan. Junto a ella se encontraba un soldado, el que reconoció como Benet.
- Saludos, Rensic. El rey me dejó el recado de que apenas te sintieras mejor, fueras al palacio a hablar con él. Seguramente te recompensará por tu participación en los hechos.
Rensic no dijo nada. Sólo quedó mirando cómo Rika le tomaba el brazo herido con delicadeza, le quitaba la venda provisional que le había puesto el rey Daylon y le limpiaba la herida con un paño y agua tibia. Miró luego a Benet y le dijo sonriendo.
- Así lo haré, Benet. Gracias por el recado.
Benet se despidió formalmente de ambos y continuó con sus deberes. Tenía mucho que hacer todavía. Aún quedaba la dura tarea de informar a las familias correspondientes sobre el triste destino de los caídos. Pero estaba aliviado, aliviado depués de todo lo que había ocurrido, y todo lo que se había revelado en poco tiempo. Todo pudo haber sido mucho peor. Gracias a Dios que no lo fue.
Cuando Rika terminó de limpiar la herida, sacó de su bolso de medicinas un pequeño frasco con un ungüento color azul verdoso. Lo destapó y luego con una mano tocó la herida de su amigo, viendo su reacción.
- ¿Te duele mucho? -preguntó Rika.
- La verdad es que ya no mucho, como que se me durmió el braz... ¡AAAHHH!
Rika había aplicado el ungüento en la herida, un preparado de merinia especial para ayudar a la desinfección y cicatrización natural, pero que producía un dolor agudo en las heridas abiertas. Además, Rensic de pronto sintió un agudo dolor localizado en la parte superior de su cabeza. Este dolor no se trataba de una herida ni de un efecto secundario de la merinia, sino del fuerte coscorrón que su amigo Aisac le acababa de propinar.
- No seas escandaloso y deja de gritar como una niña, ¡ja ja!
- ¡Auuu! ¡Eso duele!
Rensic se sobaba la cabeza con la mano de su brazo sano. Aisac había aparecido tan sonriente como siempre, como si no hubiera pasado nada.
- Así que después de todo era verdad lo de la conspiración. ¡Ja ja! Dicen que de los tres involucrados, Sir Grendell está muerto, Sir Rodas fue arrestado y el capitán D'Aubigne logró huir...
- Lo de Sir Grendell es verdad... -dijo Rensic.
- Lo de Sir Rodas también... -agregó Rika.
- ¡Qué lío, ja ja! Pero tú ahora eres un héroe. Seguramente el rey te recompensará bien. ¡No olvides que yo también ayudé, eh!
Rensic nunca se ha acostumbrado al inherente entusiasmo de su compañero.
- N... no sé... me alegra saber que mi vida no corre peligro...
- Tendrá una bella historia para contarle a sus hijos y nietos, joven Rensic.
Una cuarta voz, más madura que la de los tres jóvenes, se unía al hilo de la conversación. Cuando los tres se giraron, vieron a Mildred Schellden, con sus característicos traje, bastón y sombrero de copa.
- Me llena de orgullo que limpiara su nombre y el de la Organización de los sucios rumores que ya habían empezado a circular por la ciudad. También creo que merece un premio. Pase por mi oficina cuando se encuentre con una mejor disposición.
Mildred saludó a los tres muchachos mientras dirigía sus pasos hacia el instituto. Por su parte Rensic se hallaba perdido en dos palabras que Mildred había dicho: «¿hijos?», «¿nietos?». Cuando el Mildred se hubo alejado lo suficiente, Aisac sonrió aún más (¿era eso posible?).
- Jo jo, sí que estás de suerte, amigo. Reconocido no sólo por el rey, ¡sino por también por el mismísimo Mildred Schellden! Las chicas te lloverán del cielo ahora...
- ¡Oh, cállate! -replicó Rika -. Es obvio que es lo que menos le importa, ¿verdad Rensic?
Rensic seguía perdido en "hijos" y "nietos".
- ¡¿Verdad, RENSIC?!
- ¿Ah? Ah... sí... ya no me duele tanto...
Aisac y Rika se miraron, y luego se echaron a reír. Rensic no comprendía que había pasado, pero al ver a dos de sus amigos a su lado riendo le hizo al fin tranquilizarse del todo. Sonrió un poco mientras intentaba adivinar qué fue lo que les causó tanta gracia. Seguramente había dicho algo fuera de lugar, aunque no estaba seguro qué. Después de un momento, Aisac le ayudó a ponerse de pie y le ayudó a limpiarse las ropas.
- Será mejor que te vayas a descansar -propuso Rika-. Fue una mañana demasiado agitada para alguien como tú, Rensic.
- S... sí. Creo que dormiré por muuucho tiempo. G... gracias por todo Rika -y dirigiéndose luego a Aisac -, y gracias a ti también, amigo. D... de verdad sin ti jamás lo hubiera logrado.
-¡Jo jo, eso ya lo sé! No olvides contárselo también al rey y sobre todo al Sr. Schellden, ¿eh?
Aisac acompañó a Rensic hacia el instituto mientras seguía recordándole que él también participó en acabar con la conspiración. Por su parte, Rika, luego de observar a los dos muchachos alejarse, suspiró y volvió a sus tareas atendiendo a los hombres vencidos por el prófugo capitán Joseph D'Aubigne.