viernes, 29 de agosto de 2008

Conspiración VIII: Tranquilidad.

Rensic pudo acompañar a su rey hasta su encuentro con Sir Rodas. Cuando comenzaron a hablar, comenzó a sentirse mareado y poco a poco dejó de ecuchar tal conversación. Finalmente vio todo negro y perdió consciencia de sí mismo.

Cuando abrió los ojos, vio frente a él a una muchacha de su edad, pelo castaño claro y tomado, ojos almendrados, de un café delicioso. Llevaba un atuendo blanco, y jugaba con paños, agua caliente y algunos ungüentos. Ese rostro era conocido por él, era familiar.

- Rika...

- ¡Hey! Haces que me sonroje...

Rensic despertó de súbito, dando un respingo y retrocediendo un poco por el suelo de piedra. El sonrojado era en realidad él.

- ¡N... no me malinterpretes! Y... yo sólo...

- ¡Ja ja, obvio que sólo dijiste mi nombre! No dejas de caer, ¿verdad?

Era verdad. Desde su llegada a la Organización Schellden que le ha repetido la misma frase, y siempre ha caído en el juego de Rika Mingston, hija menor de una acaudalada familia de Bridom, en Oryan. Junto a ella se encontraba un soldado, el que reconoció como Benet.

- Saludos, Rensic. El rey me dejó el recado de que apenas te sintieras mejor, fueras al palacio a hablar con él. Seguramente te recompensará por tu participación en los hechos.

Rensic no dijo nada. Sólo quedó mirando cómo Rika le tomaba el brazo herido con delicadeza, le quitaba la venda provisional que le había puesto el rey Daylon y le limpiaba la herida con un paño y agua tibia. Miró luego a Benet y le dijo sonriendo.

- Así lo haré, Benet. Gracias por el recado.

Benet se despidió formalmente de ambos y continuó con sus deberes. Tenía mucho que hacer todavía. Aún quedaba la dura tarea de informar a las familias correspondientes sobre el triste destino de los caídos. Pero estaba aliviado, aliviado depués de todo lo que había ocurrido, y todo lo que se había revelado en poco tiempo. Todo pudo haber sido mucho peor. Gracias a Dios que no lo fue.

Cuando Rika terminó de limpiar la herida, sacó de su bolso de medicinas un pequeño frasco con un ungüento color azul verdoso. Lo destapó y luego con una mano tocó la herida de su amigo, viendo su reacción.

- ¿Te duele mucho? -preguntó Rika.

- La verdad es que ya no mucho, como que se me durmió el braz... ¡AAAHHH!

Rika había aplicado el ungüento en la herida, un preparado de merinia especial para ayudar a la desinfección y cicatrización natural, pero que producía un dolor agudo en las heridas abiertas. Además, Rensic de pronto sintió un agudo dolor localizado en la parte superior de su cabeza. Este dolor no se trataba de una herida ni de un efecto secundario de la merinia, sino del fuerte coscorrón que su amigo Aisac le acababa de propinar.

- No seas escandaloso y deja de gritar como una niña, ¡ja ja!

- ¡Auuu! ¡Eso duele!

Rensic se sobaba la cabeza con la mano de su brazo sano. Aisac había aparecido tan sonriente como siempre, como si no hubiera pasado nada.

- Así que después de todo era verdad lo de la conspiración. ¡Ja ja! Dicen que de los tres involucrados, Sir Grendell está muerto, Sir Rodas fue arrestado y el capitán D'Aubigne logró huir...

- Lo de Sir Grendell es verdad... -dijo Rensic.

- Lo de Sir Rodas también... -agregó Rika.

- ¡Qué lío, ja ja! Pero tú ahora eres un héroe. Seguramente el rey te recompensará bien. ¡No olvides que yo también ayudé, eh!

Rensic nunca se ha acostumbrado al inherente entusiasmo de su compañero.

- N... no sé... me alegra saber que mi vida no corre peligro...

- Tendrá una bella historia para contarle a sus hijos y nietos, joven Rensic.

Una cuarta voz, más madura que la de los tres jóvenes, se unía al hilo de la conversación. Cuando los tres se giraron, vieron a Mildred Schellden, con sus característicos traje, bastón y sombrero de copa.

- Me llena de orgullo que limpiara su nombre y el de la Organización de los sucios rumores que ya habían empezado a circular por la ciudad. También creo que merece un premio. Pase por mi oficina cuando se encuentre con una mejor disposición.

Mildred saludó a los tres muchachos mientras dirigía sus pasos hacia el instituto. Por su parte Rensic se hallaba perdido en dos palabras que Mildred había dicho: «¿hijos?», «¿nietos?». Cuando el Mildred se hubo alejado lo suficiente, Aisac sonrió aún más (¿era eso posible?).

- Jo jo, sí que estás de suerte, amigo. Reconocido no sólo por el rey, ¡sino por también por el mismísimo Mildred Schellden! Las chicas te lloverán del cielo ahora...

- ¡Oh, cállate! -replicó Rika -. Es obvio que es lo que menos le importa, ¿verdad Rensic?

Rensic seguía perdido en "hijos" y "nietos".

- ¡¿Verdad, RENSIC?!

- ¿Ah? Ah... sí... ya no me duele tanto...

Aisac y Rika se miraron, y luego se echaron a reír. Rensic no comprendía que había pasado, pero al ver a dos de sus amigos a su lado riendo le hizo al fin tranquilizarse del todo. Sonrió un poco mientras intentaba adivinar qué fue lo que les causó tanta gracia. Seguramente había dicho algo fuera de lugar, aunque no estaba seguro qué. Después de un momento, Aisac le ayudó a ponerse de pie y le ayudó a limpiarse las ropas.

- Será mejor que te vayas a descansar -propuso Rika-. Fue una mañana demasiado agitada para alguien como tú, Rensic.

- S... sí. Creo que dormiré por muuucho tiempo. G... gracias por todo Rika -y dirigiéndose luego a Aisac -, y gracias a ti también, amigo. D... de verdad sin ti jamás lo hubiera logrado.

-¡Jo jo, eso ya lo sé! No olvides contárselo también al rey y sobre todo al Sr. Schellden, ¿eh?

Aisac acompañó a Rensic hacia el instituto mientras seguía recordándole que él también participó en acabar con la conspiración. Por su parte, Rika, luego de observar a los dos muchachos alejarse, suspiró y volvió a sus tareas atendiendo a los hombres vencidos por el prófugo capitán Joseph D'Aubigne.


viernes, 8 de agosto de 2008

Conspiración VII: Falsas apariencias.

- Mi rey, ¿se encuentra usted bien?

Uno de los guardias que habían permanecido en pie luego de la traición hacía caso omiso a sus propias heridas para centrarse en el estado de su rey Daylon Ambrós. Éste, con sus ropas manchadas con la sangre de Sir Grendell, el hombre que había intentado quitarle la vida, observaba a su agresor caído frente a él; cómo la vida se había desvanecido de quien, en el fondo de su corazón, el rey rogaba que fuera de los suyos. Aún con la cabeza dándole vueltas, observó el salón del trono hallando a varios de sus guardias caídos, así como también algunos de los hombres del traidor. De paso, observó también a Rensic, que se hallaba horrorizado, aún en su lugar. Sin embargo, no halló señal alguna ni de Sir Rodas ni de D'Aubigne.

- ¿Mi rey?

Daylon se giró hacia el guardia que le dirigía la palabra. Sin responderle, le habló.

- Habéis luchado formidablemente, vos y vuestros compañeros. Sois dignos de mi gratitud. Pero nuestra labor no ha acabado aún. El capitán D'Aubigne y Sir Rodas también son traidores y deben ser detenidos. Si tenéis aún fuerzas, os ruego que me acompañéis a repartir justicia.

- ¡Sí, mi rey! ¡Sin lugar a dudas!

Clamó con decisión el guardia, seguido por sus otros dos compañeros aún en pie. El rey, satisfecho, dirigió su mirada a Rensic y le habló a la distancia.

- Joven Rensic, acompañadnos. Vuestro rol es fundamental en estos momentos.

- E...ehh... ¡sí señor...!

Rensic se puso de pie de un salto y corrió hasta reunirse con el rey y los tres guardias. Pronto los cinco comenzaron a correr hacia la salida, tras las huellas de los traidores que habían huido de palacio.

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Los dos guardias reales habían regresado a sus posiciones de costumbre en la entrada a palacio, luego de los hechos que habían estremecido la normal quietud de la que estaban acostumbrados. El rey habíales dado instrucciones estrictas de no comentar nada acerca del caso Rensic, y así habían hecho, sin siquiera comentarlo entre ellos mismos. El portón que a varios metros separaba el terreno de palacio con el camino de la ciudad estaba cerrado nuevamente, y los dos guardias que la resguardaban desde el otro lado también habían vuelto a sus labores. Entonces el día continuaba como cualquiera otro, como si nada hubiera pasado.

Pero no tardó en cambiar nuevamente; detrás de ellos venía la avalancha. El capitán Joseph D'Aubigne pasó corriendo a gran velocidad por entre los dos soldados sólo seguido por el centelleo de su espada. No alcanzaron a reaccionar siquiera cuando uno de ellos se tiñó de rojo y cayó al suelo producto del profundo corte recibido en el cuello. El otro guardia apenas pudo observar cómo las armas de dos compañeros que venían desde el interior le atravesaban el torso y el cráneo mientras seguían corriendo hacia la salida siguiendo a su capitán. Detrás de estos últimos, Sir Dargar Rodas les hacía persecusión, con su espada empuñada, buscando la muerte de cada uno de los traidores.

- ¡Deteneos, cobardes, y luchad como hombres!

Los gritos de Sir Rodas alarmaron a los guardias detrás de la puerta. Uno de ellos comenzó a abrir la puerta con la intención de ver qué estaba ocurriendo, pero sólo vio cómo la espada del talentoso capitán le rebanaba el pescuezo. Éste, como todos sus cortes, fue tan perfecto que la sangre comenzó a brotar varios segundos luego de efectuado. D'Aubigne , hábil, pasó por la abertura de la puerta sin dificultad, por sobre el hombre que acababa de herir mortalmente. Por otra parte, el segundo guardia dio algunos pasos hacia atrás desconcertado por el sorpresivo ataque del capitán. Los dos rufianes de D'Aubigne, sin la misma habilidad de su superior, no fueron capaces de pasar la puerta apenas abierta con la misma facilidad que él, y uno de ellos fue alcanzado por Sir Rodas, quien le tomó del uniforme y le lanzó de nuevo hacia el interior. No dudó un segundo en usar su arma para acabar con el infeliz, aunque éste en su desesperación imploró por piedad. Una vez que se aseguró que el traidor estuviera muerto, ordenó al guardia que quedó con vida que diera el aviso de cerrar las puertas de la ciudad mientras continuaba con la persecusión de los dos hombres que aún escapaban.

¿Pero hacia dónde escapaban? Las tres vías posibles de salida de los muros interiores de la ciudad eran la oeste que era el camino directo a Itaros, pero se halla tras el palacio, en dirección opuesta a la que se dirigía D'Aubigne. ¿Al este entonces? Pero ese camino es el que lleva a Cuset, donde se encontrará con gran parte de los hombres más leales al rey, y sería un largo camino para dejar Caerllion. El camino obvio por el que intentaría escapar D'Aubigne entonces era el del sur, el que llevaba a Düsk, una de las ciudades más importantes del clan Galhador de Surgas, principal opositor a la alianza de Caerllion. Sin embargo, tampoco debería resultarle fácil llegar hasta ese lugar. El camino hacia las puertas del sur siempre era vigilado por bastantes soldados, y si llegara a cruzarlas, tendría que pasar por Lircay, el puesto fronterizo comandado por el poderoso caballero Sir Gardum.

Para allá se dirigía. Más veloz que su camarade, D'Aubigne dirigía sus pasos hacia las puertas del sur a la vista de los ciudadanos atónitos. Algunos guardias quedaban tan perplejos como los habitantes de Caerllion, pero otros reaccionaban a tiempo e intentaban detener el paso del capitán y su secuaz. Claro, intentaban nada más, pues en cada encuentro, de un golpe certero D'Aubigne les dejaba fuera de combate. Sin embargo, en cada encuentro, Sir Rodas se acercaba unos segundos más a su objetivo. El secuaz de D'Aubigne, cansado ya después de todo lo que había ocurrido, fue derribado por el implacable golpe de un guardia, quien le desarmó e inmovilizó sin dificultades, mientras veía a su lado pasar corriendo al jefe de seguridad de Caerllion tras el que ahora era el único fugitivo.

D'Aubigne llegó a las puertas del sur con suficiente ventaja del caballero que iba tras él, pero las puertas estaban ya casi cerradas. Se movió rápido para reducir a los soldados que cerraban las puertas e intentó hacerse de un caballo dejado en el portal. Mas, fue finalmente interceptado por Sir Rodas. Estaban uno frente al otro, con sus espadas listas para iniciar el enfrentamiento definitivo.

- Ua, trés bien. Me alegra que me haya seguido hasta este lugar, Monsieur.

- ¡Calla, traidor! Habéis corrompido al leal de Grendell y le habéis llevado a una muerte deshonrosa. No permitiré que dejéis Caerllion con vida. ¡Os mataré aquí y con mi propia espada!

- No, Monsieur. Dejaré esta apestosa ciudad, porque usted no podrá detenerme, se lo aseguro. Debería pensar mejor en cómo escapará usted, ya que también es un traidor.

- ¿De qué habláis, idiota? Soy el más leal al rey, y también soy su amigo. No tengo por qué pensar en escapar. Él confía en mí.

- Oh, oui. Por su bien que así sea. Ahora debo retirarme, con su permiso...

D'Aubigne atacó con un veloz ataque que Sir Rodas no sin dificultad evadió. El caballero se prestaba a contra-atacar, pero la espada del capitán estaba nuevamente yendo hacia él. Un ataque tras otro no daba posibilidad a ninguna clase de contra-ataque por parte de Sir Rodas, quien veía su técnica sobrepasada por la del mejor duelista de Oryan. Luego de sólo unos segundos, el caballero estaba en una posición totalmente defensiva, sólo esquivando y bloqueando los continuos embistes de D'Aubigne. Sin embargo, de un momento a otro, las ráfagas cesaron. Sir Rodas, aún en su posición defensiva y algo agotado, vio cómo D'Aubigne montaba su caballo y le dirigía una última línea.

- Adieu, Monsieur Rodas. Fue un gusto haber trabajado con usted. Au revoir!

Se despidió con la mano y comenzó su escape por la puertas del sur que habían quedado un poco abiertas. Sir Rodas, por su parte, había fallado en su objetivo de detenerle, pero era consciente que si el duelo se hubiera prolongado un momento más, su guardia habría cedido y habría sucumbido ante el experto espadachín. A su lado llegaron dos soldados que le asistieron. Seguramente D'Aubigne dejó de atacarle por ellos, no porque no pudiera contra los tres, sino porque le tomaría más tiempo vencerlos, y justamente tiempo era lo que no podía darse el lujo de perder. Escapar era su prioridad y así lo hizo apenas consiguió agotar al caballero. Ahora había escapado, dejando tras de sí a muchos soldados heridos, y a un pueblo paralizado, curioso de saber qué era lo que había ocurrido.

A las puertas del sur llegó un instante después el rey Daylon Ambrós, seguido de dos guardias reales con sus espadas en mano y un cansado Rensic. Sir Rodas contempló a su rey que se dirigía hacia él, con el semblante serio y duro. Cuando estuvo a una distancia prudente, el caballero habló fuerte, pero con un tono de evidente duda.

- Escapó, mi Señor. No fui capaz de detenerlo.

- Eso puedo ver -el rey hablaba sereno-, y por alguna razón que desconozco vos no lo habéis hecho. Es curioso... de todas formas -dio una señal a los dos guardias que le seguían y a los dos soldados que estaban junto a Sir Rodas-, quedáis arrestado bajo el cargo de traición.

La sorpresa en el rostro de Sir Rodas fue evidente.

- Pero mi Señor... ¿cómo puede siquiera pensar que le he traicionado...?

- Cerrad la boca, Dargar. Habéis desobedecido mis mandatos y habéis actuado en todo momento a favor de Grendell y de D'Aubigne. Habéis demostrado impensables negligencias en vuestro cargo que han facilitado las tareas de los traidores, y habéis actuado a consciencia para protegerles y atentar contra mi propia vida. A mis ojos ahora sois igual que Grendell, igual que D'Aubigne, y pagaréis por sus crímenes y por los vuestros. ¡Arrestadlo!

- ¡Sí, mi rey!

Los dos guardias, con sus armas en mano se acercaron a Sir Rodas violentamente. Los dos soldados que estaban junto al caballero dudaron un poco. Después de todo, habían visto combatir al capitán con el caballero y definitivamente no se veían amistosos. Sir Rodas no dejó su espada y dio un paso hacia atrás, amenazando con su arma a los dos guardias que intentaban aprehenderlo.

- ¡Mi rey! ¡Daylon! Clamo por vuestra sensatez. Yo también he sido engañado por Grendell y D'Aubigne, al igual que usted. Juro por mi vida que no tuve que ver con esta conspiración...

- He dicho que cerréis la boca, Dargar. Si de verdad os declaras inocente, entregad vuestra arma y no opongáis resistencia. No deseo que se derrame más sangre por vuestra insubordinación.

Sir Rodas estaba desesperado. Definitivamente su rey, su amigo, le creía culpable de traición, de ser parte de la conspiración de Sir Grendell y el capitán D'Aubigne, y no había forma de quitarle esa loca idea de su cabeza.

- Última vez que lo digo, Dargar. Entregad vuestra arma y entregaos, o sufriréis las consecuencias.

El caballero, con su espíritu destrozado, desilusionado por la decisión de su rey, dejó la postura de combate, extendió su brazo derecho con la espada empuñada y la dejó caer sobre el camino de piedra. Los dos guardias reales le tomaron de los brazos y uno de ellos se apresuró en aprisionar las muñecas con sendos grilletes. Varios guardias reales habían llegado al lugar, listos para tomar al prisionerlo y llevarlo a los calabozos. Comenzaron su camino entonces hacia las celdas de los criminales de Caerllion, muchos de los cuales él mismo había sentenciado. Pasó frente a su rey y le dirigió una última mirada.

- Esto es un error, mi Rey...

Daylon no respondió ni le dirigió la mirada. Sir Rodas así se perdió por la calle principal, escoltado por los dos guardias reales y los otros dos soldados tras ellos. Con todo lo que había pasado, el lugar estaba repleto de ciudadanos y soldados de seguridad intentando que todo volviera a la calma. El rey entonces se dirigió a los dos guardias reales que aún estaban junto a él.

- Habéis hecho una excelente labor, y estoy en deuda con vosotros. Tendréis una generosa recompensa por lo que hoy habéis hecho, por vuestra determinación y coraje en momento de crisis. Ahora id y tratar vuestras heridas, y tomad el resto del día libre. Id con Dios.

- ¡Sí, mi Rey. Gracias!

Los dos guardias hicieron una reverencia y se dirigieron hacia un grupo de curanderos que estaba atendiendo a los soldados que D'Aubigne había derrotado en su escape. Pronto, otro soldado llegó hasta Daylon.

- Mi Rey, os traigo el reporte preliminar de los incidentes. En total veintitrés hombres resultaron heridos: quince guardias de seguridad, cinco guardias reales y tres hombres del capitán D'Aubigne. Además, doce hombres resultaron muertos: tres guardias de seguridad, siete guardias reales y dos hombres del capitán D'Aubigne. Sólo dos ciudadanos resultaron con lesiones y no hubo bajas civiles.

El rey escuchó el informe que el soldado le había entregado mientras echaba un vistazo a sus alrededores. Los civiles viendo el espectáculo a través de un muro de guardias de seguridad que impedían el paso, cómo los soldados heridos cercanos eran atendidos por curanderos y cómo ya algunos hombres de fe se habían acercado a los que habían perdido la vida para despedirlos como corresponde y que sus almas puedan descansar. No podía ser que esto hubiera ocurrido en la pacífica Caerllion, ejemplo de paz y prosperidad.

- Gracias por la información, Benet. Procurad informar a las familias sobre los decesos y dadles mi pésame por lo ocurrido. Luego veremos cómo compensar estas pérdidas en tiempos de paz... también decidle a Rensic que trate sus heridas y que se dirija a palacio a hablar conmigo apenas se sienta tranquilo y descansado.

- Sí, mi Señor.

El soldado Alfred Benet hizo una reverencia a su rey y buscó inmediatamente a Rensic. Le halló muy cerca, aunque ya no estaba de pie. Había finalmente agotado todas sus energías y había caído al piso con la consciencia perdida.