miércoles, 29 de octubre de 2008

Principio imposible de vida/muerte.

La habitación seguía tan oscura como siempre, sólo iluminada pobremente por aquellas teas que a estas alturas parecían eternas. La mesa de madera seguía en el centro, acompañada por las dos sillas del mismo origen. Sobre ella, además de la vela que presenció aquella siniestra conversación entre Eudes Dubois y el asesino Phill la noche anterior, había un conjunto de recipientes de vidrio que contenían sustancias de distintas formas, colores y consistencia; un espectáculo que sólo era posible observar dentro de los muros del instituto Schellden.

La puerta se abrió de golpe y a su interior fue arrojado un hombre de edad que, aunque bien vestido, tenía sus ropas sucias y manchadas con su propia sangre, producto quizás de alguna golpiza recibida hace poco. El hombre apenas podía mantenerse en pie, y el espectacular artefacto que alguna vez adornó su ojo izquierdo, ahora colgaba del bolsillo de su traje, sin la magnificencia y elegancia que le distinguieron en sus mejores momentos. Su monóculo, de hecho, estaba sucio y trizado, inutilizable. Milton Schellden, uno de los fundadores de la institución científica del mismo nombre, el bastión de las artes y el conocimiento en el reino de Caerllion, como pocas veces se hallaba sin habla, silenciado por el dolor que provocaban sus heridas. Detrás de él se asomaba el hombre de negocios dueño de aquel antro. Más regordete y evidentemente menos elegante, Eudes Dubois mostraba confianza en sus actos, incluso cuando estos estuvieran fuera de la ley.

Dos hombres grandes y de aspecto tosco entraron también en aquellas cuatro paredes de piedra para sostener al magullado hombre de ciencias y prevenir que se desvaneciera por falta de fuerzas. Con la sonrisa en su rostro, Eudes habló claro y fuerte.

- Muy bien, Milton. Me pareció sensato que te hayas rehusado a cooperar con mi desinteresada causa aludiendo a que no tenías los implementos y materiales que necesitabas a disposición. Pues en mi más supremo interés en ayudarle, he traído hasta aquí cada uno de los ingredientes y compuestos que mis ayudantes encontraron en tu lugar de trabajo. Espero que ahora no objetes más y te decidas de una vez por todas a colaborar.

Los dos hombres llevaron a Milton hasta una de las sillas frente a la mesa con todos los artefactos sobre ella. Pasó la mirada por los distintos objetos, hasta que finalmente dio la vuelta para mirar a quien le había engañado en primera instancia para llevarlo hasta esta situación.

- Excuse me, ¿qué es exactamente lo que desea de mí, mister?

El rostro de Eudes se tornó serio de un momento a otro.

- Sabes bien lo que quiero, viejo: ¡"la fórmula que revolucionará al guerra"! La que podrá llevar a quien la posea a la victoria, la que... ¡la que me hará inmensamente rico y poderoso!

- ¡Oh God! Pamplinas, no le entregaré tal conocimiento a alguien como us...

Uno de los hombres de Eudes cortó la frase del alquimista de un solo golpe de puño en el rostro. Más sangre emanó de la boca del científico mientras se llevaba ambas manos al rostro. Las fuertes manos del otro hombre que aún le sujetaba evitaron que Milton cayera al suelo. Eudes entonces habló.

- Piénsalo bien, Milton. No estás en posición de negarte. Si lo haces, puedes perder algo preciado... ¿tu vida, quizás?

- Usted no se atreverá a hacer nada. If I die, no podrá obtener lo que desea, y habrá hecho todo en vano. Also, Mildred debe estar buscándome, y cuando le encuentre, usted irá derechito a la cárcel.

- Milton, Milton... espero que la próxima vez que abras tu boca sea para comenzar a cooperar. Créeme que de ello depende también la integridad de tu hermano como la de los estudiantes de la Organización, y por supuesto, de la Organización misma...

- ¡Don't even dare...! -Un nuevo golpe le silenció.

- Por favor, Milton, cuida tu integridad y coopera de una vez, que de verdad no quiero que haya más víctimas en todo esto. Por otra parte, tampoco tengo todo el tiempo del mundo para que se decida. No termine de agotar mi bendita paciencia.

Aguantando el dolor apenas, Milton miró una vez más a los ojos de Eudes, una mirada desafiante, impensada en Milton. La maldita fórmula, ¿eh? Siempre supo que tal conocimiento le traería problemas, y que su suerte terminaría cuando le separaran de su hermano. Comprendía también que Eudes, con aquel conocimiento, podría hacer lo que quisiera. Y no lo permitiría.

- No conseguirá nada de mí, mister Dubois. Además, no tiene usted las agallas para entrometerse con la Organización Schellden. Estaría enfrentándose a la misma Caerllion.

- Milton... te gustan las demostraciones, como buen científico. Te daré una, y espero que sea la única. Así lo has querido, así que luego no vengas a quejarte. ¡Que entren los soquetes!

Otro de los matones de Eudes entró acarreando a dos personas atadas de mano y con bolsas de género en sus cabezas. Los puso frente a Milton y les quitó las bolsas, revelando los rostros de dos estudiantes de la Organización, completamente demacrados e hinchados producto quizás de golpizas varias. Luego de ello, sacó una cuchilla de unas cinco pulgadas.

- Última oportunidad, Milton. Coopere o será responsable de la muerte de un inocente.

- My God... Derek, Sam...

¿Qué era lo que debía hacer? Salvar la vida de sus estudiantes y arriesgarse a que Eudes tenga en su saber la fórmula que desea, o dejarlos a su suerte por un bien mayor. La respuesta fría y calculadora era obvia, pero en su interior, su corazón clamaba por piedad.

Pensó mucho. Eudes dio la orden al matón, quien con extrema frialdad asintió y deslizó la hoja afilada por la garganta de uno de los estudiantes. La sangre brotó de inmediato y dando espasmos el cuerpo cayó al suelo, quedando finalmente inmóvil frente al horrorizado Milton y otro estudiante.

- Por favor, Milton. No quiero que más inocentes mueran. Por favor, decide cooperar de una vez por todas.

«My God» pensó Milton. Después de todo había calculado mal los límites de Eudes. Sam ahora estaba muerto, y si no se decidía, seguramete Derek correría la misma suerte. ¿Valía la pena el sacrificio por mantener el secreto resguardado? ¿Valía la pena aceptar tales actos de inhumanidad para evitar el mal uso de la fórmula? Pero... ¡en qué estaba pensandoo! Aunque les revele la fórmula, serán incapaces de reproducirla, porque uno de los ingredientes sólo se hallaba frente a él. Manteniendo la fuente en secreto, no era necesario ocultar nada más. Además, sin las herramientas para hacer la fórmula más efectiva, Eudes no seriá capaz de causar tanto daño como en un comienzo pensó.

Nuevamente pensó demasiado. Eudes dio un suspiro y dio la señal para que la segunda garganta fuera cortada.

- ¡No, wait!

La reacción de Milton logró llamar la atención a tiempo de Eudes y el matón, quien se detuvo hasta que una nueva señal del hombre de negocios le llevó a retirar el cuchillo de las cercanías del cuello del estudiante.

- You win, Eudes. Ayudaré en lo que quiere. Le enseñaré la fórmula, pero no haga más daño a los estudiantes, please.

- Haha! Eso depende siempre de qué tan bien cooperes, Milton. Su vida sigue dependiendo de ti.

Milton dio un suspiro de alivio, tomó aire profundo y se dio media vuelta, hacia la mesa con toda la parafernalia química. Comenzó entonces a mezclar algunas sustancias por un momento hasta lograr un compuesto oscuro, un granulado de color azabache.

- There... ahí tiene el producto, sólo debe juntar cinco partes de carbón, cino de este compuesto que conocerá como azufre y siete de este otro blanco... que... este... ¡suele usarse como condimento! Anyway, no le será de utilidad sin el aparato para usarla...

- ¿Qué? ¿De qué aparato hablas?

Para variar, a pesar de sus esfuerzos, Milton ya había hablado más de la cuenta. Sabía que faltaba algo, pero fue evidente que Eudes no estaba al tanto de ello. Seguramente toda posibilidad de liberación del estudiante aún vivo, si es que alguna vez la hubo, se había perdido por su indiscreción. Casi. Porque ocurrió algo que no había considerado, y que ahora se manifestaba como una nueva vía de escape, una nueva y valiosa oportunidad para salir airoso de todo esto. Por la puerta apareció alguien más.

- Eudes, tranquilo.

Robert Leaubry, otro hombre de negocios, asociado con Dubois en estos tratos oscuros. Efectivamente, había sido él quien había llevado a las garras de Eudes al pobre Milton, él había sido quien le había engañado en segunda instancia para conseguir la deseada fórmula de destrucción. Junto a él, sujeto por su propia mano, otro hombre cuyo cuerpo se tentaba a caer desparramado en el suelo. Antes de seguir hablando, lo arrojó al piso donde cayó sin reaccionar. Milton, al reconocerlo se sobresaltó. «My God...» Era inconfundible. Su complexión, su cabellos rubios, e incluso sus ropas extravagantes eran inconfundibles. Quien se hallaba en el suelo inmóvil era Mustadio. Pero... ¿cómo habían dado con él? Leaubry continuó.

- Ya conseguí toda la información que nos faltaba, e incluso... -sacó de su cinturón un artefacto extraño, nuevo, uno de los dos únicos ejemplares del arte de Mustadio en este mundo, armas que hacían el trabajo junto a "la fórmula" -tengo aquí un prototipo del invento que nos hará ricos, amigo Eudes. Ya tenemos todas las partes de este rompecabezas; veamos qué tan bien funciona esto.

Robert sacó una bolsa de género, y de ella unos objetos esféricos metálicos. Se acercó hasta donde Milton había preparado el compuesto negro, llenó el tubo, o "cañón" del artefacto con parte de él, presionó con cierta barra de hierro y finalmente introdujo también por el cañón una de las esferas. Y todo estuvo listo.

- Señor Milton: espero que su cooperación con este proyecto haya sido a conciencia. No queremos que este experimento falle, ¿verdad? Mire... si esto llegase a funcionar, tendrá su recompensa.

Dubois quedó sorprendido al ver que su compañero dirigió el cañón del arma hacia él, y muy pronto comenzó a sudar. Levantó las manos en señal de intentar detener a Leaubry en aquella idea descabellada.

- ¡Eh, vamos Robert! No bromees con eso y apunta hacia otro lado... ¿Robert?

Leaubry, sin embargo, mantenía el cañón del arma recto hacia él, con una mirada calculadora, curiosa y por qué no, de confianza.

- Veamos qué hay de verdad en todo este rollo que me has contado, Eudes.

Presionó el gatillo del arma, la que inmediatamente reaccionó yendo con violencia hacia atrás, luego de un estruendoso sonido que llevó a Milton a taparse los oídos. Del cañón del arma comenzó a salir una humareda al mismo tiempo que Leaubry observaba los resultados. Vio cómo Eudes estaba frente a él, aún en pie. Sólo sobre su ojo derecho se podía apreciar un punto rojo. Sin embargo, Dubois no se movía y tenía la vista perdida y estática. No pasó casi tiempo cuando el punto rojo se expandió y comenzó a correr una línea del mismo color, que rodeó el ojo y siguió el camino de su gruesa nariz. Eudes dio un paso atrás, luego otro, hasta que finalmente cayó de espaldas brutalmente azotándose con fuerza contra el piso. Una vez ahí, Eudes no volvió a moverse. Leaubry, viendo sorprendido el resultado y el arma que lo había logrado, se sonrió ampliamente. Por otra parte, los matones que estaban con Eudes ni siquiera se movieron. Ahora esperaban las órdenes de su nuevo jefe. Robert les habló.

- ¿Han visto eso? ¡Esto es una maravilla! -y dirigiéndose a Milton- Ha sido un gusto que haya colaborado con todo esto. Sinceramente no creí que usted daría la fórmula correcta en la primera oportunidad.

Se acercó nuevamente a la mezcla mientras Milton se tapaba el rostro del espanto que había visto. Tomó un poco más de ella y preparó el arma una vez más, siguiendo los mismos pasos tomados anteriormente, mientras caminaba hasta la puerta de salida.

- Señor Milton, de verdad estoy muy agradecido de su colaboración -hablaba mientras le hacía una señal al matón con el cuchillo, idéntica a la que hacía Eudes; el hombre asintió y con la misma frialdad que antes rebanó el joven cuello del segundo estudiante. Milton observó aterrorizado -, pero comprenderá que debo eliminar a los testigos.

- You're a monster, mister Robert. Algún día se hará justicia con usted y no permitiré que cause más mal...

Milton se volteó y con el brazo extendido barrió con todo lo que había sobre la mesa, destruyendo todos los recipientes de vidrio, mezclando todas las sustancias. El sonido ensordecedor se repitió, en el momento en que Leaubry apuntaba esta vez al alquimista. El rostro de Milton se desfiguró de dolor al mismo tiempo en que se desplomaba primero sobre la mesa y luego en el piso, quedando boca arriba respirando dificultosamente. Su pecho comenzó a teñirse de rojo rápidamente, y no tardó mucho en quedarse quieto, sin aliento.

Uno de los secuaces (ahora de Leaubry) se apresuró en revisar el estado de la fórmula.

- Señor Robert, los compuestos están totalmente mezclados, no se pueden recuperar.

- Es lo de menos. Tenemos el conocimiento para hacer toda la fórmula que queramos. Cinco de carbón, cinco de azufre y cinco de ese condimento, ¿cierto? Es tiempo de estudiar esto -señalando el arma que tenía en sus manos- y seremos invencibles, ¡ja ja! Simel, encárgate de deshacerte de los cuerpos. El resto, acompáñenme.

Así lo hicieron. El hombre del cuchillo guardó su arma y comenzó a apilar los cadáveres mientras todos los demás salían de la habitación. Así dejó juntos los cuerpos de los dos estudiantes, y luego fue por Mustadio. Sin embargo, cuando se agachó para tomarle, éste se dio vuelta y le estampó los nudillos en la cara. Sangre y un par de dientes volaron por los aires al mismo tiempo que Simel caía al piso inconsciente.

Por algunos segundos nada se movió en el cuarto. A pesar del feroz golpe que propinó, Mustadio continuaba malherido y cansado. Pasado un momento, se repuso con dificultad y miró a su alrededor. Sólo divisaba cuerpos y sangre, no movimiento. Vio a Milton caído a un costado de la mesa y la sangre se le heló. Se arrastró como pudo hasta llegar a su lado. Tenía los ojos abiertos, alternando la vista entre dos puntos arbitrarios; apenas podía respirar. Seguramente uno de sus pulmones había sido perforado por el proyectil, la sangre había empezado a escurrir por su nariz. El alquimista notó la cercanía de Mustadio y le miró a los ojos. Con evidente preocupación intentó extenderle la mano, pero el esfuerzo era demasiado y cayó con su propio peso. Mustadio le tomó el antebrazo con toda la fuerza que pudo, mientras sus ojos comenzaban a humedecerse.

- Señor Milton, resista por favor, no se rinda... traeré ayuda, lo prometo... todo va a mejorar...

El alquimista miró nuevamente hacia el techo y su respiración se notaba entrecortada y cada vez más dificultosa.

- Too... too late for... that, my friend... mi hora... ha... llegado...

Su mirada, de súbito se centró otra vez en Mustadio, evidenciando nuevamente preocupación.

- ¡Rika! Oh God...

- ¿Rika? -repitió Mustadio.

- You must protect her... debes protegerla... oh, poor Rika... Please, swear to me... protegerás a Rika.. at all... cost...

- Lo haré, señor, pero por favor no gaste sus energías...

Milton miró una vez más el techo, sin prestarle atención a nada. Sus ojos se humedecieron y su vista se nubló antes de volverse todo negro.

- Oh God... what have I... done... forgive me... brother...

Su último aliento se perdió en aquellas palabras. La respiración complicada de Milton cesó completamente y su corazón dejó de latir. Había abandonado este mundo, atormentado por el devenir, por la potencial miseria que él mismo había comenzado a forjar. Ahora todo se había convertido en nada. La muerte era... irreversible.

- Señor Milton... ¡Señor Milton, por favor no se rinda! No... por favor...

Las palabras de Mustadio fueron ahogadas por las lágrimas. Después de todo, Milton había sido una de las pocas personas que le habían ayudado en sus primeros días en esta tierra desconocida, que le habían extendido la mano y le habían otorgado una oportunidad. Fue la única persona a quien le había revelado su más grande secreto, fue a quien le contó los detalles sobre el compuesto que conocía como "pólvora", y le ayudó en la reproducción de dicho compuesto usando elementos de este lado. Milton había sido la persona más importante para él desde que estuviera aquí, pero ahora... ahora Milton estaba muerto.

Le cerró los ojos sutilmente. Se puso de pie con esfuerzo y se acercó tambaleante aún hasta el hombre que había derribado. Le extrajo de sus ropas el cuchillo que había utilizado para degollar a los estudiantes de la Organización y se propuso abandonar aquél sitio. Llegó a la puerta y dio un último recorrido con la mirada a la misma. Vio a Eudes, ex-socio de Leaubry, a los estudiantes asesinados a sangre fría, al matón inconsciente y con la cara destrozada en el piso, y junto a un montón de trozos de vidrio y de sustancias de colores esparcidas, el cuerpo de Milton. "Proteger a Rika". Milton gastó sus últimas energías en pedirle aquello. Decidido, cruzó la puerta, con cuchillo en mano y con sus dos objetivos inmediatos en mente: escapar de aquel lugar y encontrar a Rika, quienquiera que sea y dondequiera que se encuentre.



martes, 28 de octubre de 2008

El Fénix rebelde.

La tienda de antigüedades "El Fénix" (donde lo antiguo renace) terminaba un nuevo día de ventas. Su dueño, un antiguo y conocido hechicero en Astadia, y que hace años había abandonado el camino de la magia, cerraba las cuentas del negocio con una seriedad inusual. Tagh Amarath, el hombre calvo de tatuajes llamativos, terminó de contar el dinero y cerró los ojos en un silencio total. «Ya es hora».

Se dirigió al cuarto tras la tienda, el que usaba como dormitorio. Su cama, una pequeña mesa con su silla, algunas ropas y un pequeño cofre intentaban abarcar el espacio de aquella habitación sin ventanas. Con suma solemnidad se acercó al cofre y lo abrió. En él, una túnica de un vivo color rojo, una vestimenta que usó durante gran parte de su vida, que distinguió siempre a los de su clase. Lentamente dejó las ropas ordinarias para vestirse con la fina y llamativa tela de rojo. «Ha llegado el momento de actuar una vez más. Está ante mí la última oportunidad con la que cuento para enmendar mis errores...»

Dejó la habitación y volvió a la tienda, tomó algunos pergaminos que había en unos estantes y se hizo de un pequeño báculo gris y feo que colgaba inadvertido entre otros trabajos más llamativos y esplendorosos. Luego de ello, dejó el Fénix sin preocuparse de cerrar con seguro. Probablemente no sería necesario.

En las calles del tranquilo pueblo de Rídimas camino a Corión el silencio era total, como de costumbre. Todas las actividades habían terminado al caer la noche, como cualquier otra jornada. Amarath cerró los ojos un momento buscando un poco de tranquilidad, pues a pesar de todo la ansiedad y el miedo a lo que estaba a punto de venir estaban causando estragos en su interior. Abrió los ojos justo para apreciar que llamaradas comenzaban a extenderse a sus alrededores, encerrándole a él y a una nueva figura aparecida en un círculo de fuego danzante.

- Bien, bien, veo que esperabas mi visita, viejo Amarath. No sé cómo le haces, pero sin duda es un arte que me gustaría aprender... supongo que sabes a qué he venido entonces.

Amarath vio frente a él todos sus temores hechos realidad. La aberración de ver una vez más a Madul, su antiguo maestro y poderoso hechicero, frente a él le habían dejado helado. Mas sabía cómo ocultar sus emociones y con temple sereno y voz inquiebrantable habló.

- Sé muchas cosas, maestro, pero la razón de tu presencia en este lejano lugar no es una de ellas. Aun así, sé que no soy de ayuda en mi retiro, y lo que sea que vengas a pedirme me obligará a dejarlo, y no tengo intenciones de hacerlo. Por lo tanto, lo que sea que vengas a pedirme, la respuesta es no.

Madul miró a Tagh con sorpresa. Le hablaba con un extraño tono de voluntad, algo que no esperaba en uno de sus más fieles títeres. ¿Una negativa? ¿Qué se ha creído? Tomando una actitud burlesca, agregó.

- ¡Ha ha! Cómo te ha afectado el retiro, ¿eh? Deberías recordar que no soy de los que piden las cosas, que no vengo necesariamente a "pedirte" algo. Te acogí bajo mi poder cuando pude haberte destruido junto a tus debiluchos amigos, ¿recuerdas ahora? Así que nada de negarse, que lo que yo te ordene, tú lo cumples, ¿me oíste?

- He oído tus palabras, pero te lo aseguro: yo ya no estoy bajo tus órdenes -el rostro de Madul cambió drásticamente de burla a irritación -. Todo este tiempo me habéis engañado, y me habéis obligado a cometer actos impensables en contra de personas buenas e inocenes. Habéis hecho que todos estos años haya sido sólo un gran error.

- ¡Basura insolente! ¡Sabéis bien quién soy!

- Me has mostrado que eres uno de los Guardianes de Istal, y que para evitar la llegada del Áspero necesitabas mi ayuda... ¡Hiciste que traicionara a mis amigos, a Keithros, a Alia... a mis aprendices... a todo lo que quería! Me llevaste a traicionar a quien soy, y lo peor, todo en el nombre de Istal...

- ¡Ingenuo! Ése era el mandato de Istal para ti, y habéis cumplido bien. No importa nada más.

- ¿Era el mandato de Istal, o quizás... -Amarath hizo una pausa, concentrado en todos los movimientos y cualquier reacción que tuviera Madul, quien se veía cada vez más irritado -... era el tuyo, Guardián Caído?

Su precaución resultó adecuada, pues Madul al ser nombrado de tal forma reaccionó con ira y en primera instancia le arrojó una poderosa llamarada. Esperando algo así, Amarath abanicó el aire a su alrededor con destreza utilizando el viejo báculo que traía consigo, y una energía mágica detuvo el fuego que iba hacia él. Acto seguido extendió uno de los pergaminos que luego de formuladas algunas palabras se consumió y el hechicero se sefumó, sin dejar rastro alguno de su paradero.

Ya ofuscado, Madul buscó instintivamente a sus alrededores, y al no hallarlo la frustración y la ira se apoderaron completamente de él. No sólo no había conseguido con la ayuda de Amarath, sino que además ya se había rebelado y se había mostrado conocedor de uno de sus más grandes secretos. Y como Madul no presenta tolerancia a la frustración, pronto estalló en llamas todo lo que estaba a su alrededor. El Fénix y todo lo que le rodeaba quedó reducido a un montón de material ardiente, mientras Madul continuaba maldiciendo.

- ¡Serás cenizas, Amarath! ¡Te lo juro, caerás y serás nada!

Y el fuego comenzaba a extenderse por el resto del pequeño poblado, vidas de inocentes que habían sido puestas en peligro una vez más, deseos de una vida tranquilda deshechos y sueños de un futuro mejor perdidos.

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A un par de millas de Rídimas, el hechicero Amarath observaba el espectáculo de fuego que envolvía al pueblito que le había albergado durante los últimos años. Con pesar en su corazón, volteó la mirada y comenzó su caminar hacia Veldmor, la ciudad portuaria más importante de la antigua Corión. Desde ahí comenzaría su viaje por Dyloen, buscando más pistas que le llevaran a descifrar exactamente qué estaba ocurriendo con Madul y encontrar una forma de enmendar sus errores. Lo primero sería hallar a Zeltoss. Seguramente él también había sido engañado; si no, tendría que eliminarlo... sí, a él sí podría eliminarlo con sus habilidades.

Y así su nuevo camino había comenzado. Después de todo, sí dejó su retiro y volvió a convertirse en lo que esperaba jamás volver a ser: un Mago Rojo.



viernes, 29 de agosto de 2008

Conspiración VIII: Tranquilidad.

Rensic pudo acompañar a su rey hasta su encuentro con Sir Rodas. Cuando comenzaron a hablar, comenzó a sentirse mareado y poco a poco dejó de ecuchar tal conversación. Finalmente vio todo negro y perdió consciencia de sí mismo.

Cuando abrió los ojos, vio frente a él a una muchacha de su edad, pelo castaño claro y tomado, ojos almendrados, de un café delicioso. Llevaba un atuendo blanco, y jugaba con paños, agua caliente y algunos ungüentos. Ese rostro era conocido por él, era familiar.

- Rika...

- ¡Hey! Haces que me sonroje...

Rensic despertó de súbito, dando un respingo y retrocediendo un poco por el suelo de piedra. El sonrojado era en realidad él.

- ¡N... no me malinterpretes! Y... yo sólo...

- ¡Ja ja, obvio que sólo dijiste mi nombre! No dejas de caer, ¿verdad?

Era verdad. Desde su llegada a la Organización Schellden que le ha repetido la misma frase, y siempre ha caído en el juego de Rika Mingston, hija menor de una acaudalada familia de Bridom, en Oryan. Junto a ella se encontraba un soldado, el que reconoció como Benet.

- Saludos, Rensic. El rey me dejó el recado de que apenas te sintieras mejor, fueras al palacio a hablar con él. Seguramente te recompensará por tu participación en los hechos.

Rensic no dijo nada. Sólo quedó mirando cómo Rika le tomaba el brazo herido con delicadeza, le quitaba la venda provisional que le había puesto el rey Daylon y le limpiaba la herida con un paño y agua tibia. Miró luego a Benet y le dijo sonriendo.

- Así lo haré, Benet. Gracias por el recado.

Benet se despidió formalmente de ambos y continuó con sus deberes. Tenía mucho que hacer todavía. Aún quedaba la dura tarea de informar a las familias correspondientes sobre el triste destino de los caídos. Pero estaba aliviado, aliviado depués de todo lo que había ocurrido, y todo lo que se había revelado en poco tiempo. Todo pudo haber sido mucho peor. Gracias a Dios que no lo fue.

Cuando Rika terminó de limpiar la herida, sacó de su bolso de medicinas un pequeño frasco con un ungüento color azul verdoso. Lo destapó y luego con una mano tocó la herida de su amigo, viendo su reacción.

- ¿Te duele mucho? -preguntó Rika.

- La verdad es que ya no mucho, como que se me durmió el braz... ¡AAAHHH!

Rika había aplicado el ungüento en la herida, un preparado de merinia especial para ayudar a la desinfección y cicatrización natural, pero que producía un dolor agudo en las heridas abiertas. Además, Rensic de pronto sintió un agudo dolor localizado en la parte superior de su cabeza. Este dolor no se trataba de una herida ni de un efecto secundario de la merinia, sino del fuerte coscorrón que su amigo Aisac le acababa de propinar.

- No seas escandaloso y deja de gritar como una niña, ¡ja ja!

- ¡Auuu! ¡Eso duele!

Rensic se sobaba la cabeza con la mano de su brazo sano. Aisac había aparecido tan sonriente como siempre, como si no hubiera pasado nada.

- Así que después de todo era verdad lo de la conspiración. ¡Ja ja! Dicen que de los tres involucrados, Sir Grendell está muerto, Sir Rodas fue arrestado y el capitán D'Aubigne logró huir...

- Lo de Sir Grendell es verdad... -dijo Rensic.

- Lo de Sir Rodas también... -agregó Rika.

- ¡Qué lío, ja ja! Pero tú ahora eres un héroe. Seguramente el rey te recompensará bien. ¡No olvides que yo también ayudé, eh!

Rensic nunca se ha acostumbrado al inherente entusiasmo de su compañero.

- N... no sé... me alegra saber que mi vida no corre peligro...

- Tendrá una bella historia para contarle a sus hijos y nietos, joven Rensic.

Una cuarta voz, más madura que la de los tres jóvenes, se unía al hilo de la conversación. Cuando los tres se giraron, vieron a Mildred Schellden, con sus característicos traje, bastón y sombrero de copa.

- Me llena de orgullo que limpiara su nombre y el de la Organización de los sucios rumores que ya habían empezado a circular por la ciudad. También creo que merece un premio. Pase por mi oficina cuando se encuentre con una mejor disposición.

Mildred saludó a los tres muchachos mientras dirigía sus pasos hacia el instituto. Por su parte Rensic se hallaba perdido en dos palabras que Mildred había dicho: «¿hijos?», «¿nietos?». Cuando el Mildred se hubo alejado lo suficiente, Aisac sonrió aún más (¿era eso posible?).

- Jo jo, sí que estás de suerte, amigo. Reconocido no sólo por el rey, ¡sino por también por el mismísimo Mildred Schellden! Las chicas te lloverán del cielo ahora...

- ¡Oh, cállate! -replicó Rika -. Es obvio que es lo que menos le importa, ¿verdad Rensic?

Rensic seguía perdido en "hijos" y "nietos".

- ¡¿Verdad, RENSIC?!

- ¿Ah? Ah... sí... ya no me duele tanto...

Aisac y Rika se miraron, y luego se echaron a reír. Rensic no comprendía que había pasado, pero al ver a dos de sus amigos a su lado riendo le hizo al fin tranquilizarse del todo. Sonrió un poco mientras intentaba adivinar qué fue lo que les causó tanta gracia. Seguramente había dicho algo fuera de lugar, aunque no estaba seguro qué. Después de un momento, Aisac le ayudó a ponerse de pie y le ayudó a limpiarse las ropas.

- Será mejor que te vayas a descansar -propuso Rika-. Fue una mañana demasiado agitada para alguien como tú, Rensic.

- S... sí. Creo que dormiré por muuucho tiempo. G... gracias por todo Rika -y dirigiéndose luego a Aisac -, y gracias a ti también, amigo. D... de verdad sin ti jamás lo hubiera logrado.

-¡Jo jo, eso ya lo sé! No olvides contárselo también al rey y sobre todo al Sr. Schellden, ¿eh?

Aisac acompañó a Rensic hacia el instituto mientras seguía recordándole que él también participó en acabar con la conspiración. Por su parte, Rika, luego de observar a los dos muchachos alejarse, suspiró y volvió a sus tareas atendiendo a los hombres vencidos por el prófugo capitán Joseph D'Aubigne.


viernes, 8 de agosto de 2008

Conspiración VII: Falsas apariencias.

- Mi rey, ¿se encuentra usted bien?

Uno de los guardias que habían permanecido en pie luego de la traición hacía caso omiso a sus propias heridas para centrarse en el estado de su rey Daylon Ambrós. Éste, con sus ropas manchadas con la sangre de Sir Grendell, el hombre que había intentado quitarle la vida, observaba a su agresor caído frente a él; cómo la vida se había desvanecido de quien, en el fondo de su corazón, el rey rogaba que fuera de los suyos. Aún con la cabeza dándole vueltas, observó el salón del trono hallando a varios de sus guardias caídos, así como también algunos de los hombres del traidor. De paso, observó también a Rensic, que se hallaba horrorizado, aún en su lugar. Sin embargo, no halló señal alguna ni de Sir Rodas ni de D'Aubigne.

- ¿Mi rey?

Daylon se giró hacia el guardia que le dirigía la palabra. Sin responderle, le habló.

- Habéis luchado formidablemente, vos y vuestros compañeros. Sois dignos de mi gratitud. Pero nuestra labor no ha acabado aún. El capitán D'Aubigne y Sir Rodas también son traidores y deben ser detenidos. Si tenéis aún fuerzas, os ruego que me acompañéis a repartir justicia.

- ¡Sí, mi rey! ¡Sin lugar a dudas!

Clamó con decisión el guardia, seguido por sus otros dos compañeros aún en pie. El rey, satisfecho, dirigió su mirada a Rensic y le habló a la distancia.

- Joven Rensic, acompañadnos. Vuestro rol es fundamental en estos momentos.

- E...ehh... ¡sí señor...!

Rensic se puso de pie de un salto y corrió hasta reunirse con el rey y los tres guardias. Pronto los cinco comenzaron a correr hacia la salida, tras las huellas de los traidores que habían huido de palacio.

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Los dos guardias reales habían regresado a sus posiciones de costumbre en la entrada a palacio, luego de los hechos que habían estremecido la normal quietud de la que estaban acostumbrados. El rey habíales dado instrucciones estrictas de no comentar nada acerca del caso Rensic, y así habían hecho, sin siquiera comentarlo entre ellos mismos. El portón que a varios metros separaba el terreno de palacio con el camino de la ciudad estaba cerrado nuevamente, y los dos guardias que la resguardaban desde el otro lado también habían vuelto a sus labores. Entonces el día continuaba como cualquiera otro, como si nada hubiera pasado.

Pero no tardó en cambiar nuevamente; detrás de ellos venía la avalancha. El capitán Joseph D'Aubigne pasó corriendo a gran velocidad por entre los dos soldados sólo seguido por el centelleo de su espada. No alcanzaron a reaccionar siquiera cuando uno de ellos se tiñó de rojo y cayó al suelo producto del profundo corte recibido en el cuello. El otro guardia apenas pudo observar cómo las armas de dos compañeros que venían desde el interior le atravesaban el torso y el cráneo mientras seguían corriendo hacia la salida siguiendo a su capitán. Detrás de estos últimos, Sir Dargar Rodas les hacía persecusión, con su espada empuñada, buscando la muerte de cada uno de los traidores.

- ¡Deteneos, cobardes, y luchad como hombres!

Los gritos de Sir Rodas alarmaron a los guardias detrás de la puerta. Uno de ellos comenzó a abrir la puerta con la intención de ver qué estaba ocurriendo, pero sólo vio cómo la espada del talentoso capitán le rebanaba el pescuezo. Éste, como todos sus cortes, fue tan perfecto que la sangre comenzó a brotar varios segundos luego de efectuado. D'Aubigne , hábil, pasó por la abertura de la puerta sin dificultad, por sobre el hombre que acababa de herir mortalmente. Por otra parte, el segundo guardia dio algunos pasos hacia atrás desconcertado por el sorpresivo ataque del capitán. Los dos rufianes de D'Aubigne, sin la misma habilidad de su superior, no fueron capaces de pasar la puerta apenas abierta con la misma facilidad que él, y uno de ellos fue alcanzado por Sir Rodas, quien le tomó del uniforme y le lanzó de nuevo hacia el interior. No dudó un segundo en usar su arma para acabar con el infeliz, aunque éste en su desesperación imploró por piedad. Una vez que se aseguró que el traidor estuviera muerto, ordenó al guardia que quedó con vida que diera el aviso de cerrar las puertas de la ciudad mientras continuaba con la persecusión de los dos hombres que aún escapaban.

¿Pero hacia dónde escapaban? Las tres vías posibles de salida de los muros interiores de la ciudad eran la oeste que era el camino directo a Itaros, pero se halla tras el palacio, en dirección opuesta a la que se dirigía D'Aubigne. ¿Al este entonces? Pero ese camino es el que lleva a Cuset, donde se encontrará con gran parte de los hombres más leales al rey, y sería un largo camino para dejar Caerllion. El camino obvio por el que intentaría escapar D'Aubigne entonces era el del sur, el que llevaba a Düsk, una de las ciudades más importantes del clan Galhador de Surgas, principal opositor a la alianza de Caerllion. Sin embargo, tampoco debería resultarle fácil llegar hasta ese lugar. El camino hacia las puertas del sur siempre era vigilado por bastantes soldados, y si llegara a cruzarlas, tendría que pasar por Lircay, el puesto fronterizo comandado por el poderoso caballero Sir Gardum.

Para allá se dirigía. Más veloz que su camarade, D'Aubigne dirigía sus pasos hacia las puertas del sur a la vista de los ciudadanos atónitos. Algunos guardias quedaban tan perplejos como los habitantes de Caerllion, pero otros reaccionaban a tiempo e intentaban detener el paso del capitán y su secuaz. Claro, intentaban nada más, pues en cada encuentro, de un golpe certero D'Aubigne les dejaba fuera de combate. Sin embargo, en cada encuentro, Sir Rodas se acercaba unos segundos más a su objetivo. El secuaz de D'Aubigne, cansado ya después de todo lo que había ocurrido, fue derribado por el implacable golpe de un guardia, quien le desarmó e inmovilizó sin dificultades, mientras veía a su lado pasar corriendo al jefe de seguridad de Caerllion tras el que ahora era el único fugitivo.

D'Aubigne llegó a las puertas del sur con suficiente ventaja del caballero que iba tras él, pero las puertas estaban ya casi cerradas. Se movió rápido para reducir a los soldados que cerraban las puertas e intentó hacerse de un caballo dejado en el portal. Mas, fue finalmente interceptado por Sir Rodas. Estaban uno frente al otro, con sus espadas listas para iniciar el enfrentamiento definitivo.

- Ua, trés bien. Me alegra que me haya seguido hasta este lugar, Monsieur.

- ¡Calla, traidor! Habéis corrompido al leal de Grendell y le habéis llevado a una muerte deshonrosa. No permitiré que dejéis Caerllion con vida. ¡Os mataré aquí y con mi propia espada!

- No, Monsieur. Dejaré esta apestosa ciudad, porque usted no podrá detenerme, se lo aseguro. Debería pensar mejor en cómo escapará usted, ya que también es un traidor.

- ¿De qué habláis, idiota? Soy el más leal al rey, y también soy su amigo. No tengo por qué pensar en escapar. Él confía en mí.

- Oh, oui. Por su bien que así sea. Ahora debo retirarme, con su permiso...

D'Aubigne atacó con un veloz ataque que Sir Rodas no sin dificultad evadió. El caballero se prestaba a contra-atacar, pero la espada del capitán estaba nuevamente yendo hacia él. Un ataque tras otro no daba posibilidad a ninguna clase de contra-ataque por parte de Sir Rodas, quien veía su técnica sobrepasada por la del mejor duelista de Oryan. Luego de sólo unos segundos, el caballero estaba en una posición totalmente defensiva, sólo esquivando y bloqueando los continuos embistes de D'Aubigne. Sin embargo, de un momento a otro, las ráfagas cesaron. Sir Rodas, aún en su posición defensiva y algo agotado, vio cómo D'Aubigne montaba su caballo y le dirigía una última línea.

- Adieu, Monsieur Rodas. Fue un gusto haber trabajado con usted. Au revoir!

Se despidió con la mano y comenzó su escape por la puertas del sur que habían quedado un poco abiertas. Sir Rodas, por su parte, había fallado en su objetivo de detenerle, pero era consciente que si el duelo se hubiera prolongado un momento más, su guardia habría cedido y habría sucumbido ante el experto espadachín. A su lado llegaron dos soldados que le asistieron. Seguramente D'Aubigne dejó de atacarle por ellos, no porque no pudiera contra los tres, sino porque le tomaría más tiempo vencerlos, y justamente tiempo era lo que no podía darse el lujo de perder. Escapar era su prioridad y así lo hizo apenas consiguió agotar al caballero. Ahora había escapado, dejando tras de sí a muchos soldados heridos, y a un pueblo paralizado, curioso de saber qué era lo que había ocurrido.

A las puertas del sur llegó un instante después el rey Daylon Ambrós, seguido de dos guardias reales con sus espadas en mano y un cansado Rensic. Sir Rodas contempló a su rey que se dirigía hacia él, con el semblante serio y duro. Cuando estuvo a una distancia prudente, el caballero habló fuerte, pero con un tono de evidente duda.

- Escapó, mi Señor. No fui capaz de detenerlo.

- Eso puedo ver -el rey hablaba sereno-, y por alguna razón que desconozco vos no lo habéis hecho. Es curioso... de todas formas -dio una señal a los dos guardias que le seguían y a los dos soldados que estaban junto a Sir Rodas-, quedáis arrestado bajo el cargo de traición.

La sorpresa en el rostro de Sir Rodas fue evidente.

- Pero mi Señor... ¿cómo puede siquiera pensar que le he traicionado...?

- Cerrad la boca, Dargar. Habéis desobedecido mis mandatos y habéis actuado en todo momento a favor de Grendell y de D'Aubigne. Habéis demostrado impensables negligencias en vuestro cargo que han facilitado las tareas de los traidores, y habéis actuado a consciencia para protegerles y atentar contra mi propia vida. A mis ojos ahora sois igual que Grendell, igual que D'Aubigne, y pagaréis por sus crímenes y por los vuestros. ¡Arrestadlo!

- ¡Sí, mi rey!

Los dos guardias, con sus armas en mano se acercaron a Sir Rodas violentamente. Los dos soldados que estaban junto al caballero dudaron un poco. Después de todo, habían visto combatir al capitán con el caballero y definitivamente no se veían amistosos. Sir Rodas no dejó su espada y dio un paso hacia atrás, amenazando con su arma a los dos guardias que intentaban aprehenderlo.

- ¡Mi rey! ¡Daylon! Clamo por vuestra sensatez. Yo también he sido engañado por Grendell y D'Aubigne, al igual que usted. Juro por mi vida que no tuve que ver con esta conspiración...

- He dicho que cerréis la boca, Dargar. Si de verdad os declaras inocente, entregad vuestra arma y no opongáis resistencia. No deseo que se derrame más sangre por vuestra insubordinación.

Sir Rodas estaba desesperado. Definitivamente su rey, su amigo, le creía culpable de traición, de ser parte de la conspiración de Sir Grendell y el capitán D'Aubigne, y no había forma de quitarle esa loca idea de su cabeza.

- Última vez que lo digo, Dargar. Entregad vuestra arma y entregaos, o sufriréis las consecuencias.

El caballero, con su espíritu destrozado, desilusionado por la decisión de su rey, dejó la postura de combate, extendió su brazo derecho con la espada empuñada y la dejó caer sobre el camino de piedra. Los dos guardias reales le tomaron de los brazos y uno de ellos se apresuró en aprisionar las muñecas con sendos grilletes. Varios guardias reales habían llegado al lugar, listos para tomar al prisionerlo y llevarlo a los calabozos. Comenzaron su camino entonces hacia las celdas de los criminales de Caerllion, muchos de los cuales él mismo había sentenciado. Pasó frente a su rey y le dirigió una última mirada.

- Esto es un error, mi Rey...

Daylon no respondió ni le dirigió la mirada. Sir Rodas así se perdió por la calle principal, escoltado por los dos guardias reales y los otros dos soldados tras ellos. Con todo lo que había pasado, el lugar estaba repleto de ciudadanos y soldados de seguridad intentando que todo volviera a la calma. El rey entonces se dirigió a los dos guardias reales que aún estaban junto a él.

- Habéis hecho una excelente labor, y estoy en deuda con vosotros. Tendréis una generosa recompensa por lo que hoy habéis hecho, por vuestra determinación y coraje en momento de crisis. Ahora id y tratar vuestras heridas, y tomad el resto del día libre. Id con Dios.

- ¡Sí, mi Rey. Gracias!

Los dos guardias hicieron una reverencia y se dirigieron hacia un grupo de curanderos que estaba atendiendo a los soldados que D'Aubigne había derrotado en su escape. Pronto, otro soldado llegó hasta Daylon.

- Mi Rey, os traigo el reporte preliminar de los incidentes. En total veintitrés hombres resultaron heridos: quince guardias de seguridad, cinco guardias reales y tres hombres del capitán D'Aubigne. Además, doce hombres resultaron muertos: tres guardias de seguridad, siete guardias reales y dos hombres del capitán D'Aubigne. Sólo dos ciudadanos resultaron con lesiones y no hubo bajas civiles.

El rey escuchó el informe que el soldado le había entregado mientras echaba un vistazo a sus alrededores. Los civiles viendo el espectáculo a través de un muro de guardias de seguridad que impedían el paso, cómo los soldados heridos cercanos eran atendidos por curanderos y cómo ya algunos hombres de fe se habían acercado a los que habían perdido la vida para despedirlos como corresponde y que sus almas puedan descansar. No podía ser que esto hubiera ocurrido en la pacífica Caerllion, ejemplo de paz y prosperidad.

- Gracias por la información, Benet. Procurad informar a las familias sobre los decesos y dadles mi pésame por lo ocurrido. Luego veremos cómo compensar estas pérdidas en tiempos de paz... también decidle a Rensic que trate sus heridas y que se dirija a palacio a hablar conmigo apenas se sienta tranquilo y descansado.

- Sí, mi Señor.

El soldado Alfred Benet hizo una reverencia a su rey y buscó inmediatamente a Rensic. Le halló muy cerca, aunque ya no estaba de pie. Había finalmente agotado todas sus energías y había caído al piso con la consciencia perdida.



martes, 29 de julio de 2008

Conspiración VI: Asalto.

La orden había llegado a oídos de todos los soldados involucrados. Todos ellos ya se hallaban presentes en la sala de trono, serios pero tranquilos. En el trono el rey Daylon I esperaba la llegada de Sir Rodas en compañía de los dos hombres que aún no llegaban: Sir Grendell y el capitán Joseph D'Aubigne. A su lado, con mirada preocupada y el corazón acelerado por la ansiedad, el herborista Rensic Debril estaba sentado en el piso, vigilado por los seis pares de ojos de los guardias reales a los costados. Finalmente las puertas se abrieron y entraron con paso firme los tres hombres de armas. Sir Rodas se detuvo un paso después que sus dos acompañantes e hizo una reverencia para saludar a su señor.

- He cumplido con vuestro mandato, mi Rey. Presentes en esta sala se encuentran la escuadra de seis hombres, con el capitán Joseph D'Aubigne en su cabeza; Sir Grendell, segundo al mando de la segunda división, y quien le habla: comandante de la segunda división y vuestro hombre de confianza...

- Ya dejad las formalidades, Rodas -el rey se veía muy tranquilo, pero era evidente su interés por la situación actual -, y sugiero que nos dirijamos de inmediato a los que nos reúne...

- ¡Lo que os ha contado ese traidor son todas mentiras! -interrumpió Sir Grendell, indicando a Rensic, quien dio un respingo con el vozarrón del caballero. Sir Rodas se llevó la mano al rostro mientras el rey sonreía sarcásticamente. Había una pequeña razón para la que Daylon le pidiera explícitamente a Sir Rodas que no le advirtiera el verdadero motivo por el que estaba siendo citado. Un anzuelo que el pez había mordido y tragado por completo.

- ¿Y qué es lo que el joven Rensic me ha contado? ¿Cómo lo sabéis? -Sir Grendell quedó sin palabras-. Claro, a menos que lo que me ha dicho sea verdad, es la única explicación que me queda a esto. Que os ha sorprendido conspirando en mi contra, y que habéis enviado a vuestro capitán Joseph D'Aubigne para eliminar a mi más leal consejero Matt Jarlians. Nadie tuvo la oportunidad de deciros todo aquello...

Mientras su rey hablaba, Sir Rodas no sabía exactamente qué pensar, ni cómo actuar. No cabía en su cabeza la posibilidad de tamaña traición, de su más cercano. Pero tenía que darle tiempo, tenía que darle el tiempo que obviamente el rey no estaba dispuesto a darle para aclarar la situación. Interrumpió sin tener nada claro aún.

- Yo le hablé de todo aquello, mi rey, camino hacia acá. No creí que fuera importante...

D'Aubigne sonrió. Una jugada no esperada de Sir Rodas, que venía de maravillas. Obviamente aquello era una mentira. Sir Rodas guardó un hermético silencio durante todo el camino hacia el palacio. El rey guardó silencio, mirando con decepción al jefe de seguridad. Obviamente tampoco esperaba una intervención de ese tipo.

- Habéis ignorado una orden directa de vuestro rey, Dargar...

- Estáis equivocado, mi rey. Sir Grendell no es el enemigo.

- ¿Ahora vos sois el conocedor de la verdad, Dargar? -el rey había elevado la voz-. ¿Tanta libertad os he dado para que ahora vengas a decirme qué hacer y en qué creer?

- Oui, Monsieur Rodas -habló D'Aubigne. La mirada del rey y de los otros dos caballeros se centraron en él -. Creo que es tiempo de hablar con la verdad. No tiene caso seguir ocultando lo que el roi ya sabe.

El rey, al escuchar al capitán volvió a mirar a Dargar, quien se encontró con sus ojos. ¿De qué se trataba todo esto? Había mentido para protegerlos ¿y ahora ellos le delatan? Daylon halló inmediatamente la verdad en la mirada temerosa del caballero. Su mirada volvió a cambiar su centro cuando Sir Grendell habló.

- Es cierto, es cierto. Dejemos ya las mentiras -. El capitán D'Aubigne hizo un gesto con la mano y todos los soldados de su división desenvainaron y se movieron lo suficientemente rápido como para tomar desprevenidos a los guardias reales, desarmarles y dejarles boca abajo en el suelo. El rey no perdió de vista al caballero que hablaba-. Es cierto, me he adelantado y he subestimado vuestra inteligencia, Daylon. Todo lo que os ha contado ese idiota de allá -señalando a Rensic- es verdad.

- Oui, oui -habló D'Aubigne-. Acabar con Monsieur Jarlians fue un trabajo que de verdad esperaba que fuera algo más difficile, pero fue un trabajo realmente fácil. Ver su cara de dolor cuando mi acero perforaba su torso fue... délicieux.

- Y los planes del golpe iban marchando a la perfección -retomó Sir Grendell-, aunque siempre supe que no sería una tarea fácil. Y ahora incluso que el idiota ése -señalando otra vez a Rensic- arruinó lo que esperábamos hacer en un mes, vuestra citación nos ha permitido adelantar nuestros planes.

El rey escuchaba las palabras del capitán y Sir Grendell desde su trono sin mostrar sorpresa. Su mirada seguía fija en los tres hombres que estaban frente a él. Por otra parte, Sir Rodas había quedado petrificado. Todo era verdad. Su amigo Cid era un traidor y el capitán D'Aubigne había asesinado a sangre fría a Jarlians. La ira comenzó a apoderarse de él y perdiendo la consciencia de sus actos llevó su mano derecha a la espada en su costado, decidido a desenfundar y acabar él mismo con los desgraciados. Sin embargo, el rey nunca supo el pensar de su jefe de seguridad y amigo. Sólo le vio junto a los otros dos traidores, preparándose para desenfundar su espada. Vio después de todo a un tercer traidor que intentaba usar su espada en su contra.

Por lo mismo, el rey se levantó violentamente y apenas Sir Rodas hubo desenfundado su espada, estiró su brazo izquierdo hacia él y usó la única de sus habilidades que no había desaparecido con el sello de Madul. Tomó al caballero por sorpresa y pronto estuvo volando por los aires. Rápidamente usó su otra mano para desenvainar la espada que llevaba asegurada en su cinturón. En el uso del extraño y casi desconocido arte de la telequinesis, Daylon siempre se ha mostrado como un aventajado. Inmediatamente dirigió su mano a los traidores que mantenían inmóviles a los guardias reales, y en un gran esfuerzo empujó a un par lo suficiente como para que sus defensores se levantaran y tomaran sus armas, listos para liberar al resto.

Sir Rodas rodó por el piso al mismo tiempo en que el capitán D'Aubigne y Sir Grendell con sus armas empuñadas arremetían contra el rey en conjunto. La técnica menos trabajada del caballero fue fácilmente evadida, no así el impecable embiste del capitán, el que Daylon no pudo evadir y el metal de las espadas en el salón retumbó estrepitósamente. Un segundo golpe lateral de Sir Grendell obligó al rey a dar un paso al costado, justo en el lugar donde D'Aubigne había dirigido una de sus temibles estocadas. Sin posibilidad de evitar el golpe, el rey usó su poder una vez más y llevó la misma espada de Sir Grendell para bloquear el ataque, al mismo tiempo en que dejaba su arma despejada para contraatacar.

Así lo hizo. Daylon lanzó un corte, y el capitán apenas pudo esquivarlo. Sir Grendell no corrió igual suerte y viéndose mal parado luego de la última jugarreta psíquica de su rey no pudo evadir ni bloquear, recibiendo el corte en el torso y cayendo hacia atrás. Fue un segundo de respiro para los combatientes, luego de lo cual, con Grendell de pie de nuevo, D'Aubigne listo para atacar y Daylon atento a los movimientos de ambos, todo estaba listo para continuar.

Quizás el único pero de la habilidad del rey era las veces que podía usarla sin que su mente recibiera demasiado estrés. Tres veces ya comenzaba a rozar su capacidad, por lo que en nuevos ataques usarla una vez más provocaría un aturdimiento que podría resultar fatal dada la situación. Debía entonces arreglárselas simplemente con su habilidad en el arte de la espada. Pero en ese tema D'Aubigne mostraba un nivel superior al esperado. La insistencia de las arremetidas del capitán sumada a los imprecisos pero poderosos ataques de Sir Grendell no le daban oportunidad de responder. Por suerte, la herida de Sir Grendell había sido suficiente para relentizar sus movimientos y a cada momento se llevaba la mano izquierda a la herida en el pecho.

Luego de varios segundos en el ir y venir de espadas, en un descuido de la parte atacante, Daylon logró poner a Sir Grendell entre D'Aubigne y él, lo que logró que las arremetidas cesaran por un segundo más. D'Aubigne, viendo ya a su compañero como un obstáculo más que una ayuda, le apartó con fuerza hacia un costado y lanzó un nuevo ataque. Daylon, agotado, sabía que si las cosas continuaban así, terminaría cayendo. Había que correr riesgos entonces, así que usó sus últimas energías mentales para obligar al cuerpo de Sir Grendell a interponerse una vez más, sólo que ahora una espada iba en la misma dirección.

La sangre se regó en la fina alfombra del salón. Sir Grendell había recibido el impacto de lleno del arma de su aliado en la espalda y un tajo le recorría desde el hombro izquierdo hasta la cintura. El rey, aturdido, dio un paso atrás dejando al caballero caer frente a él gritando de dolor. D'Aubigne maldijo al aire al mismo tiempo en que veía a sus camarades ceder ante la guardia real. Además, Sir Rodas se había reincorporado y finalmente su espada estaba en sus manos, lista para ser usada. Ahora que Grendell había caído, el capitán, aunque era hábil, no contaba con la ayuda que requería para acabar con el rey, con Sir Rodas y con los guardias reales que habían tomado ventaja; no con todos a la vez. Dio una señal a sus camaradas que aún estaban en pie, los cuales luego de unos segundos de dudas, comenzaron la retirada hacia fuera del palacio. Sir Rodas lanzó un ataque que derribó a uno de los fugitivos, pero no logró detener a D'Aubigne y al resto, que ya se perdían tras la gran puerta que en momentos de paz daba la bienvenida a los visitantes al bello salón del trono. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejar que D'Aubigne dejara la ciudad. Comenzó a correr tras él, decidido a acabar con su carrera y con su vida.

Al rey se le nubló la vista por un segundo. Ya había abusado demasiado de su poder y la cabeza le parecía que iba a estallar en cualquier momento. Cuando pudo ver con cierta claridad otra vez, sólo divisó a D'Aubigne dejando el salón, y Sir Rodas corriendo tras él. El rey intentó dar un paso hacia ellos, pero sintió de inmediato un mareo que le hizo tambalear tropezando, apoyando una rodilla en el piso, y el cuerpo yendo hacia adelante, sostenido sólo por su espada que se incrustaba en la madera bajo la alfombra. Dos guardias que aún seguían en pie después del enfrentamiento con los hombres de D'Aubigne tuvieron la intención de seguir a los que acababan de salir, pero se detuvieron en la entrada. Lo importante ahora era socorrer al rey.

Sir Grendell con suma dificultad se puso de pie y tomó su espada. La herida en el pecho sangraba, y la de su espalda aún más, pero aún tenía la energía y la voluntad para terminar con lo que se había propuesto. Los guardias se apresuraron en asistir a su rey, pero éste les señaló con una mano que se detuvieran.

- Os pido por favor que no os involucréis en este asunto entre Grendell y yo.

Los guardias no sabían cómo actuar. Por una parte, Daylon estaba con una rodilla en el piso, de espaldas a Sir Grendell, quien tenía un arma en su mano con toda la intención de utilizarla en su contra, pero el rey aún así les había pedido que no intercedieran. Para su calma, al menos estaba enterado de que el traidor estaba ya de pie otra vez. Los dos vieron entonces como su rey se ponía de pie y se giraba para quedar frente al hombre que había atentado contra su vida.

- Hoy no voy a caer, Daylon -hablaba débil Grendell-. Esta espada destruirá vuestro corazón y los Duvet recuperarán su legítimo lugar en el trono. Juro que éste será el fin de los Ambrós en el poder... ¡para siempre!

Cargó lleno de ira y con una fuerza renovada al tambaleante rey, en un golpe poderoso directo a su corazón. Pero el ataque fue relentizado por el evidente dolor provocado por sus heridas. Incluso en el estado en el que estaba, el rey fue capaz de evitar el ataque hincándose en el piso, empuñando su espada con ambas manos, apuntando su filosa punta hacia el vientre de Sir Grendell. Sin darle ningún respiro, gritó con fuerza y arremetió con decisión. Su espada rápidamente perforó el cuerpo del caballero, asomándose sangrienta tras él. Así los dos estaban ahí, en un abrazo espeluznante de dolor y agonía.

Esta vez Sir Grendell no hizo ningún ruido. Los dos se mantuvieron inmóviles cuales estatuas por un breve instante. Algunas palabras en voz baja deDaylon a Sir Grendell comenzaron a fluir.

- Habéis traicionado a vuestro rey, y habéis traicionado la confianza de todo hombre y mujer de Caerllion, que pusieron ciegamente en vuestras manos su seguridad. Sin embargo, a pesar de todos los pecados que habéis cometido, no os guardo rencor alguno. Estoy seguro de vuestra virtud, pero habés perdido el rumbo y habéis tomado el camino errado. Que vuestro atormentado espíritu halle la paz y encuentre su camino al paraíso. Ve con Dios...

La espada fue retirada bruscamente, mientras el rey daba un paso hacia atrás. A su vez, Sir Grendell retrocedía mientras soltaba su arma y llevaba sus manos a la herida en su estómago que estaba derramando la poca sangre que quedaba en sus venas. Intentó hablar una primera vez, pero las fuerzas le faltaron y cayó de rodillas al suelo. No había perdido de vista la mirada compasiva del hombre a quien había fracasado en eliminar, y le miraba con ira. Intentó hablar una segunda vez, pero no fueron palabras lo que salió de su boca, sino más sangre. Resignado cerró los ojos con fuerza mientras sus dientes rechinaban. En sus últimos momentos, pensaba en los tiempos mejores, cuando el rey Swor Duvet gobernaba con sabiduría la hermosa Radeas. Cómo su mentor Sir Onidas le había enseñado los valores de un caballero, y cómo voluntariamente había decidido dejarlos atrás para que los buenos tiempos de Radeas tuvieran una nueva oportunidad.

Había fracasado. Había fracasado completamente y ahora estaba muriendo. Sus sueños de una nación justa habían sido destruidos y poco a poco consumidos por el dolor. Unas lágrimas se asomaron por los ojos aún cerrados del caballero, rehusándose orgullosas a caer. Era evidente la frustración en el rostro del caballero, y esa frustración fue su última expresión antes de caer de frente y dejar de moverse. Sir Grendell había muerto.



martes, 22 de julio de 2008

La tormenta tras la calma.

El día estaba hermoso. El sol en lo alto irradiaba su luz y calor sobre las copas de los árboles, aún húmedas por la tranquila lluvia del día anterior. Se podían oír no muy lejos el jugueteo de los pájaros y el suave aroma de las bayas de Adaril. Un hombre joven, delgado y con cabello corto caminaba sonriente por entre los matorrales siguiendo el dulce olor de las deliciosas bayas, hasta llegar donde ellas y cortar con sumo cuidado sólo las necesarias para satisfacer su hambre. Había salido temprano de su cabaña en medio del Aleith para realizar el camino acostumbrado en la búsqueda de la comida que la madre naturaleza le tenía para cada día. Su nombre hace mucho tiempo no se había pronunciado, desde que su maestro perdiera su vida dos años atrás. Desde entonces había desaparecido para el mundo, consiguiendo una vida tranquila y pacífica en las vecindades del pueblo amigo elfo. Glisser Mancine, el espadachín que participó hace tiempo en la conquista de Brekarth, y que se hizo famoso por su espada mágica, había cambiado la vida de la victoria por una pacífica en los bosques del norte. El arma que le había dado popularidad había perdido sus encantos con el sello que Madul plantó en Brekarth, lo que le aliviaba de toda esa efervescencia que había provocado en los locales. Se había entregado desde ese momento a un entrenamiento clásico utilizando su espada como cualquiera otra, mejorando increíblemente sus habilidades y templando su espíritu con el de la naturaleza. La muerte de su maestro, Mouthren había sido sin dudas lo más difícil que había debido enfrentar en el último tiempo, pero supo sobrellevarlo sereno, sin entrar en conflicto con su entorno. La vida de Glisser era en ese entonces, plácida, tranquila, pacífica y sin nada de qué quejarse.

Cuando cortó la última baya que necesitaba, el brillo del sol fue bloqueado. Diose la vuelta rápidamente y frente a él vio a un hombre alto, con su cabeza rapada y enormes tratuajes en toda su piel. Vestía una túnica de tela roja como el fuego y sosteniendo en sus manos tenía un bastón de madera tallado cuidadosamente. Si bien no le reconocía exactamente, no tenía dudas de que se trataba de un miembro de la antigua orden de los Magos Rojos. Dejó la cesta con la que recolectaba el alimento y llevó su mano diestra a la empuñadura de su querida espada que descansaba en su espalda.

- Tranquilo, guerrero, no he venido a estos lugares a pelear -habló oportunamente el aparecido, viendo reflejadas en los ojos del joven espadachín las intenciones de desenvainar -. Es una época tranquila la que hemos vivido los últimos años, pero temo que pronto aquello va a terminar, y he venido hasta aquí para advertirte.

- Advertirme qué -respondió Glisser, sin perder de vista al hechicero -, ¡la presencia de tu gente en esta tierra nunca ha sido una buena señal!

- Mi nombre es Tagh Amarath, uno de los más antiguos Magos Rojos que aún siguen con vida, más antiguo que incluso el poderoso Madul. Si he venido hasta este lugar es porque la vida tal como la conocemos está en peligro, y esta vez es real.

- ¿De qué estás hablando? ¡La vida siempre estará en peligro mientras tu orden exista!

- Exacto -Amarath dio unos pasos hacia adelante -. El líder de nuestra orden Madul, como bien has de saber, es un poderoso hechicero, capaz de fusionar el plano espectral y el real de tal manera de no distinguir el uno del otro. Por eso el fuego que crea es tan poderoso, por eso es más ardiente, más destructor que cualquier otro hechicero. Pero Madul es más que un hechicero, más que el líder de la orden de los Magos Rojos.

- No entiendo palabra de lo que estás diciendo, pero si has venido a contarme todo lo que adoras a tu líder, será mejor que te largues...

- Entiendo tu incomprensión, joven guerrero. Madul es más que todo lo que conocemos. Él es parte de un círculo mucho más sagrado, él es uno de los seis guardianes de Istal, el supremo protector de la vida.

- ¡Ja! ¿Me quieres decir que Madul es de los buenos?

- Por el contrario. Madul hace tiempo ha perdido su norte. Ha utilizado el poder que Istal le ha otorgado a su conveniencia, y ha caído en la influencia del Áspero. Se ha convertido en uno de sus agentes y ahora pretende acabar con todo lo que conocemos.

- Ustedes sí que están locos, ¿cómo pretendes que crea en semejante cuento? En mi vida he oído hablar de ese tal Istal y de ese Áspero que mencionas. No sé qué buscas en este lugar ni qué quieres que yo haga, pero no dejaré que disperses tu destrucción en este lugar.

- Eres pieza importante en todo esto, Glisser, como todos nosotros. He venido a advertirte de la oscuridad que se avecina y has preferido no oír. Ha sido tu decisión, pero sé que pronto cumplirás con tu destino, la razón por la que has vivido hasta ahora. Llegado el momento nos volveremos a ver, joven guerrero, y cuando aquello ocurra, harás lo correcto.

- Hey, cómo sabes mi nombre... oye, ¡espera!

Amarath se dio media vuelta y un segundo después se perdió entre los árboles circundantes saltando como una gacela, tan rápido como un lobo. Glisser no estaba seguro de lo que había ocurrido, ni del significado de todo lo que el hechicero le había contado. Alejó la mano de su espada y cogió el cesto que había dejado en el suelo, y saboreando una de las deliciosas frutas que había recolectado, comenzó su camino a su hogar.

Primero fue un olor extraño, como a incienso. Luego el aire se enrareció notablemente y el olor se hizo más fuerte. Llegó a un claro que le permitió divisar a la distancia una columna de humo negro que se alzaba en el cielo, obstaculizando los rayos del sol y oscureciendo el día. Algo ardía. «Oh no...», la columna negra provenía de la misma dirección que su humilde cabaña. Dejó caer la cesta y comenzó a correr lo más rápido que podía, siendo el olor del humo y la densidad del mismo mucho mayor a medida que se acercaba. Finalmente divisó la destrucción, cómo los verdes y hermosos árboles del Aleith estaban ardiendo frente a él. El fuego estaba consumiendo todo a su paso a una velocidad sorprendente. Abriéndose paso por las llamas, Glisser al fin llegó al lugar en donde estaba su cabaña, sólo para ver el doloroso espectáculo de verla envuelta por el fuego abrasador. «Esto no puede estar pasando...», corrió hasta llegar frente a la puerta y la golpeó con fuerza, aunque cedió con facilidad. En el interior sus muebles, sus alimentos, sus recuerdos, estaban quemándose rápidamente. La madera incandescente del techo comenzaba a caer en el interior destrozando todo bajo ella. Glisser pasó como pudo en el infierno en el que estaba y llegó hasta una habitación, en donde la espada de Mouthren, su maestro, se hallaba colgada en la pared. La aseguró entre sus manos y se disponía a salir de la cabaña que se estaba desplomando. Vio con el rabillo del ojo una caja que se hallaba justo al lado de donde la espada de su maestro se hallaba. Era algo importante también, algo único. No dejaría que aquello se perdiera con el fuego. La tomó bruscamente y saltó por la ventana justo cuando el techo crujía y caía sobre su cabeza. Un segundo más tarde habría quedado sepultado bajo la ardiente madera.

Sacudiendo las astillas que habían quedado en sus ropas y sacando con algo de dolor las que se habían incrustado en su carne, Glisser veía cómo su hogar era destruido junto con todo lo que le rodeaba. El calor era insoportable y pronto estuvo corriendo otra vez, huyendo del fuego que destruía el bosque que le había acogido por tanto tiempo. Llegando al río que había a unos pocos cientos de metros de su hogar, cayó de rodillas en la orilla y se mojó la cara para bajar la temperatura. A su lado, su espada, la de su maestro y la pequeña caja de madera estaban a salvo del fuego que amenazó con acabar con ellas. Una vez más tranquilo, buscó responsables. La rabia se apoderó de él cuando un nombre se le vino a la mente.

- ¡Amarath, te arrepentirás de haber hecho esto!

Glisser aseguró ambas espadas en su espalda y tomó la caja en sus manos. Comenzó a caminar entonces hacia el camino del oeste, que le llevaría hasta Tabeas, en busca del hechicero que acababa de arruinar su dulce vida de paz y tranquilidad.


domingo, 13 de julio de 2008

Conspiración V: Planes y esperanzas.

Sir Grendell descansaba en su despacho, algo incómodo por el estudioso que metió sus narices donde no debía, pero de todas formas tranquilo, confiando en que su mejor hombre sabría qué hacer para callarlo. Sonó la alarma, lo que significaba que quizás no pudo hacerlo "silenciosamente", pero de seguro D'Aubigne se las habría arreglado para convertirlo en un criminal a los ojos del pueblo; después de todo, ése era su estilo. A estas alturas el muchacho debía estar ya encerrado en una de las sucias celdas del calabozo, acusado por algo que oportunamente habría inventado el capitán. O muerto, quizás, lo que sería aún mejor. Lo bueno es que nadie creería sus palabras mientras se encuentre en tales condiciones. Entonces todo seguiría marchando bien, muy bien, como hasta ahora.

La puerta se abrió bruscamente, lo que llamó inmediatamente su atención. Su camarada de fechorías entró agitado y cerró la puerta de inmediato, asegurándola. Tras ver la cara de sorpresa de Sir Grendell, le hizó una señal sobre el cuello. Al contrario de lo que esperaba, esto estaba mal, muy mal.

- Pero qué ha pasado, D'Aubigne. No me digas que ese idiota...

- Monsieur Grendell, me temo que estamos en un grave lío. Monsieur Rensic logró a pesar de todo llegar donde el rey y ha abierto su gran bocota. Ahora mismo Monsieur Rodas viene hacia acá para llevarnos frente a su Majestad..

Grendell se llevó la mano a la frente. Las cosas se complicaron, y seguramente esto no caería bien a los oídos de Feliad. Buscó rápidamente un escape a todo aquello.

- Pero no tiene pruebas para lo que ha dicho. La opción ahora es negarlo todo. Sin pruebas no se nos puede culpar de nada. Después de todo, es la palabra de un ciudadano contra la de un caballero.

D'Aubigne seguía con la mirada grave mientras recuperaba un poco el aliento.

- Pero recuerde que se trata de Daylon. A él no le importa el peso de un título, sino la credibilidad de la persona. Y ese joven, Rensic, es de su confianza. Oui, concuerdo con usted que no se nos podrá culpar, pero será una razón más para que el rey mantenga vigilado todos nuestros movimientos.

- Ya no se puede hacer nada al respecto, Joseph. Ahora lo importante es salvarnos el pellejo.

- No, Monsieur -interrumpió el capitán-. Hay una opción más: a la audiencia también fueron llamados mis camarades.

La mirada de Sir Grendell se llenó de excepticismo. Pensó un poco mientras veía la determinación en los ojos negros del capitán.

- No estaréis pensando en...

El capitán apoyó una mano en la mesa mientras acercábase un poco más a Sir Grendell. Sus ojos estaban llenos de confianza.

- Piense en la posibilidad, Monsieur. Podemos dar el golpe definitivo de una vez por todas. Estando todos en el salón del trono, el rey será una presa fácil.

Sin embargo, Sir Grendell dudaba de la aparente facilidad con la que se darían las cosas según D'Aubigne. Nunca le ha visto personalmente, pero ha oído que el rey es un excelente guerrero y digno integrante de la Élite de Radeas. No sería una presa fácil como dijo el capitán, incluso en inferioridad numérica. Pero la mirada determinada del capitán y la confianza en su técnica con la espada le hacía considerar la posibilidad.

- No estoy muy seguro de que esto funcione -dijo finalmente -, pero si es la mejor opción que nos queda, me arriesgaré, amigo mío.

El capitán sonrió ampliamente. Tomó compostura y se arregló el moustache.

- Trés bien, monsieur. Iré a informar a mis hombres. Y recuerde esto siempre: Monsieur Rodas es de los nuestros.

- Claro, de los nuestros.

Con un saludo formal, el capitán se retiró del despacho de su superior. Sir Grendell permaneció sentado, observando el vacío mientras reflexionaba. Había llegado finalmente el momento en que había tomado una decisión sin vuelta atrás. Quizás estaba tomando una decisión apresurada, desatada por la intervención de D'Aubigne, pero si conseguía con sus propias manos acabar con el rey, conseguiría el trono para que Feliad, el legítimo heredero, lo tomara, y de paso sería un héroe. Sería aclamado con honores y obtendría el respeto y orgullo de su protector Von Rüden. Estaría en la gloria...

La ansiedad no tardó mucho en invadirle. Esperaba ya que Sir Rodas tocara la puerta y le llevara en presencia del rey. Esperaba ya que al llegar al salón del trono estuviera ahí el capitán y sus hombres, listos para dar el golpe. Esperaba ya que el reinado de Daylon llegara a su fin.

Y la puerta se abrió, y Sir Rodas entró con gravedad. Dos guardias reales le acompañaban. Habló inmutable.

- Cid, nuestro Rey desea aclarar algunos hechos con vos. Requiere de vuestra presencia en el salón del trono en este momento. Haced el favor de acompañarme.

- ¿De qué se trata esto, Dargar? -preguntó Grendell, aparentando sorpresa.

- Hay algunos inconvenientes en la versión de los hechos respecto al caso de Matt Jarlians que han dado vuestros hombres. El rey desea más detalles. Además, hay otro asunto del que desea hablar, quizás un poco más delicado. Cuando estemos en presencia de su Majestad lo averiguaréis.

- Muy bien, estoy con vos. No hay nada a lo que debo temer.

- Espero que no, amigo.

- Todo saldrá bien, ya lo veréis.

Sir Grendell se adelantó y salió del despacho, seguido por los dos guardias y dejando a Sir Rodas pensativo. Sir Grendell, después de todo, había sido un gran compañero en los tiempos gloriosos de Radeas y en más de una contienda lucharon juntos protegiéndose las espaldas. Era el hombre en quien más confiaba, quizás más que en su rey, a expensas de lo que ello significaba. Esperaba en el fondo de su alma que las palabras de Grendell se hicieran realidad; que todo se trate de un mal entendido y que el pequeño herborista finalmente pague por todas sus mentiras. Dejó el despacho y cerró la puerta tras de sí, y en la habitación sólo quedó su esperanza que se consumía junto a la última vela encendida.



lunes, 30 de junio de 2008

Conspiración IV: Mentiras al descubierto.

La puerta se cerró suave, mientras la mano de un desconocido usaba una fina llave para asegurar la entrada. Rensic en tanto, de espaldas en el piso alfombrado, apenas podía respirar y mantenía los ojos cerrados; recuperaba el aliento. Su herida en el brazo izquierdo aún sangraba, y las pequeñas gotas de iban escurriéndose por la ropa cortada iba cayendo, cambiando el color del fino trabajo. Luego escuchó alboroto, el paso escandaloso de varios hombres cruzando el corredor. Pensó de inmediato en sus nulas posibilidades de salir airoso en su campaña y en su segura captura si no hubiera interferido esa persona y le hubiera salvado el pellejo. Abrió los ojos lentamente para ver por primera vez a la persona que le había rescatado. Sólo abrió un poco los ojos, pero fue suficiente para verlo con claridad. Sus pupilas se dilataron y su expresión cambió drásticamente. El asombro en su mirada era evidente. El hombre puso su índice cruzando sus labios en gesto de guardar silencio mientras prestaba atención a todos los movimientos de los hombres tras la madera de la puerta. Pronto el silencio reinó tanto en la habitación como en el pasillo, y Rensic, con parte de su aire recuperado, se había repuesto y se hallaba sentado en el suelo. Sin embargo, aún estaba con su mirada fija en el hombre en la puerta y no era capaz de formular palabra alguna.

- Me pregunto, pequeño conocedor, las razones de vuestra presencia en estos aposentos.

Los cabellos largos y oscuros de quien fuera Daylon I, rey de Caerllion, descansaban libres sobre los fuertes hombros de un guerrero. Las grandes pero elegantes manos jugaban con la llave que había sellado la habitación y un traje azul con bordes dorados se hallaba levemente manchado con la sangre del salvado. Su mirada estaba perdida mientras confirmaba que quienquiera que estaba afuera se hubiera marchado ya. Luego de un instante su atención se centró en el joven Rensic.

Sí, Rensic ya estaba ahí, frente a quien quería, necesitaba ver, con todas las intenciones de revelar el secreto que había descubierto. Mas su personalidad tímida y cobarde regresó de súbito y ahora estaba ahí, frente a su rey, dominado completamente por el pánico, sin poder pensar ni actuar a voluntad.

- Me pregunto qué alarma puede levantar en mis hombres mejor entrenados un pequeño y tímido estudioso como vos...

Los ojos del rey, que recorrieron a Rensic y se percataron de la herida, finalmente se dirigieron a los de Rensic, invitándolo a unirse a una conversación.

- Joven Rensic, ayudadme a responder mis interrogantes. ¿Sois vos por quien las sirenas han paralizado nuestra bella ciudad? ¿Sois vos aquel tan peligroso criminal que anda suelto por las calles?

Criminal. «¿Criminal yo?» Aquella palabra le regresó a la realidad. Recordó por qué había arriesgado todo por estar en ese lugar. Recordó lo que estaba en juego y lo que venía a hacer. Rensic se puso de pie, mostrando signos de dolor (por primera vez en la travesía). Desvió la mirada hacia el suelo apenas se percató de que Daylon le miraba fijamente. Buscó en vano las palabras adecuadas para referirse a su rey.

- C... creo que sí... o sea, no soy un criminal, p... pero sí soy yo a quien buscan... ¡Au!

El rey tomó de una silla una hermosa camisa de seda, seguramente de él mismo. Sin pensarlo dos veces rajó un trozo con sus fuertes manos. Se acercó al muchacho y le rodeó la herida con la tela varias veces mientras le respondía, para finalizar con un fuerte nudo.

- ¿Y cuál sería la razón de vuestra persecución? -para su tranquilidad, el rey se oía sereno, dispuesto a escuchar.

- P... por eso mismo estoy aquí, mi Rey... h... he descubierto una noticia terrible, y creo... creo que me quieren silenciar, señor... a toda costa...

- ¿Y de qué se trata esa noticia tan terrible de la que habláis?

Rensic tragó saliva y aspiró profundamente antes de responder.

- C... conspiración, mi Rey... S... sir Grendell es responsable de la muerte de Jarlians... le he escuchado de su propia boca... y planea la forma de acabar... de acabar con usted, su Majestad.

Hubo un silencio prolongado en la habitación. Rensic miraba atentamente a su rey, sin esperar en realidad ninguna reacción, en realidad no había pensado en nada para después de soltar la verdad. Por su parte a Daylon no pareció sorprenderle la "tan terrible noticia". Sólo siguió mirando al estudiante por un momento, luego perdió su mirada en algún punto ilusorio y resopló un par de veces antes de preguntar.

- ¿Y por qué, decidme vos, debería creer en la palabra vuestra que enjuicia el proceder de un caballero real, y que le acusa de alta traición? Decidme, ¿tenéis pruebas?

Rensic se derrumbó. Es verdad que arriesgó su vida en ir hasta la presencia de su rey para informar de lo que había oído, pero también es verdad que no tenía evidencia alguna que confirmara la información que acababa de entregar. Estaba con las manos vacías, frente a un rey que estaba poniendo en duda algo que él creía que iba a ser tomado como cierto sin ningún pero. El alma y la sangre pareció entonces abandonarle el cuerpo. El rey veía frente a él a un hombre pálido, perdido en un total desconcierto, con la desesperanza en cada rasgo de su rostro, cayendo de rodillas con la vista perdida, sin decir palabra alguna. Ya todo había terminado, de ésta no escaparía con vida.

Pero el rey sonrió, y tomando la llave en sus manos con firmeza, quitó el seguro de la puerta y la abrió.

- Solucionaremos este lío de inmediato. Venid, joven Rensic. Aclararemos los hechos frente a los involucrados.

Rensic no reaccionaba. Tuvo el mismo rey tomarle del brazo derecho y levantarle para que mecánicamente empezara a seguirle. Ambos salieron de la habitación, la cual cerró nuevamente con la llave que guardó en sus ropajes. Comenzaron entonces a caminar por el pasillo, en donde un par de guardias (los reales) miraban perplejos a su rey dirigiéndose hacia ellos con el fugitivo a su lado, tratado de sus heridas y sin muestras de resistencia. Junto a ellos pronto llegó Sir Rodas, con su arma empuñada, quien también se detuvo al contemplar la escena. A la distancia adecuada, Daylon saludó.

- Dargar, amigo mío. Me gustaría saber si estáis al tanto de lo que aquí sucede.

- ¡Mi señor! -habló con gravedad el caballero -. Tened cuidado, que aquel hombre es peligroso, ¡una amenaza!.

- ¡Ja, ja! Al parecer sois de verdad un inepto. Si fuera tan peligroso como decís, él ya estaría muerto, o yo en el peor de los casos. Hablad de amenazas cuando habléis de asesinos o verdaderos criminales. Ahora enfundad vuestras armas.

Si bien era una orden directa de su rey, Sir Rodas no estaba seguro si enfundar su espada era adecuado. Aunque Rensic no pareciera el criminal que se buscaba y el rey se sentía lo bastante seguro en su cercanía, su seguridad podría aún estar en jaque. Sin embargo, luego de oír las dos espadas de los guardias ser guardadas en sus fundas, finalmente siguió el mismo procedimiento.

- Muy bien, Dargar. Ahora si queréis hacerme un favor, reunid a cada hombre que envió Sir Grendell junto a Matt y llevadlos al salón del trono lo antes posible. Tened el cuidado de no mencionar la razón de su llamado -y dirigiéndose a los dos guardias -. Y vosotros, avisad que no seamos interrumpidos durante la entrevista, y luego volved a vuestras posiciones de vigilancia. No habléis con absolutamente nadie de lo que aquí ha pasado.

- Sí, mi Rey -dijieron los dos guardias mientras se retiraban. Sir Rodas seguía en su posición mirando fijamente a su rey.

- Y bien, Dargar. ¿Qué esperáis?

El caballero intentó encontrarse con los ojos de Rensic, pero aún se hallaba perdido en quizás otro mundo. Luego de un momento, miró nuevamente a su rey.

- Me preocupa que tome su seguridad tan a ligera. Es mi trabajo protegerle...

- Ya os lo he dicho, Dargar. Vos habéis fallado ya en protegerme. Dejad esa tarea en mis manos ahora, y haced lo que os he pedido.

Con molestia notoria en su rostro, finalmente Sir Rodas cedió.

- Sí, mi Rey, como su Majestad lo dicte.

Sir Rodas hizo una pequeña reverencia y luego de echar un vistazo sobre Rensic, bajó las escaleras de piedra a cumplir con su cometido. El rey miró a Rensic y le movió un poco.

- Veremos qué tiene que decir Grendell de vuestra grave acusación, joven Rensic, ¡ja ja!

Daylon comenzó a bajar las escaleras riendo, seguido por Rensic que no parecía escuchar nada y caminaba detrás del rey como por arte de un conjuro. El salón del trono no estaba muy lejos de donde estaban. Ahí se aclararían los hechos en muy poco tiempo.

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En la otra escalera en espiral, oculto tras los peldaños de piedra, la mirada del capitán D'Aubigne estaba atenta a los movimientos del rey, de Rensic y luego de los guardias y Sir Rodas. El problema se le había escapado de las manos, y seguramente terminaría mal para todos los involucrados. Sin nada qué hacer en ese lugar ya, apenas Daylon se perdió por la escalera en espiral del otro lado del pasillo, D'Aubigne pensó en sus posibilidades, bajó rápidamente las escaleras y dejó el palacio procurando no ser visto ni por el rey ni por Rodas. La balanza se había ladeado en su contra, pero no todo estaba perdido. Aún quedaba una posibilidad, seguramente la última y más arriesgada de todas.



lunes, 9 de junio de 2008

Conspiración III: Huyendo de la muerte.

Apenas cruzó la puerta, un frío repentino le hizo llevarse de inmediato la mano derecha al brazo contrario. Al tacto comprendió de lo que se trataba: había sido alcanzado por la espada del capitán D'Aubigne, y ahora la sangre fresca enamaba del corte recién hecho. Pero no tuvo ninguno de los efectos que en algún momento pensó que podría tener o había tenido. No se sintió mareado, ni le dieron náuseas, ni ningún malestar relacionado con ver sangre, como le había pasado en ocasiones anteriores. Esta vez siguió con la mente despejada, concentrado en lo que debía hacer a toda costa, dejando la sangre, el dolor y toda debilidad en segundo plano.

Luego de un segundo de inspeccionar su herida, comenzó a correr hacia el primer salón del palacio, preguntándose sobre la gravedad del corte. Si bien el dolor no era tan intenso, la sangre que brotaba era no menor.

A sus espaldas, pocos segundos después oyó cómo las puertas de entrada se abrían con fuerza, y luego cómo los gritos y pasos escandalosos de los guardias le chirreaban en los oídos. Volteando la vista sólo un segundo se percató que D'Aubigne era más rápido, más silencioso y seguramente más mortífero que cualquiera de los otros dos.

En las puertas que daban al primer salón del palacio, dos guardias reales observaban la escena, creándose un cuadro de lo que estaba sucediendo. Rensic por su parte, sólo podía intentar una cosa para evadirlos. Ya un poco más cerca, les gritó suplicando por ayuda.

- ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Ellos creen que soy yo el criminal...! -intentó parecer lo más desesperado que sus capacidades estriónicas le permitían.

Los guardias reales, al ver que el pequeño venía con el brazo herido e implorando por una mano amiga, dudaron un poco. El hecho de huir de la autoridad luego de una llamada de alerta era sospechoso, sin duda... pero era Rensic, un cuidadano más que conocido en toda la capital justamente por su docilidad y apego a las reglas. Además venía herido, y clamando por ayuda. ¿Qué era exactamente lo que estaba pasando? ¿Quién era el bueno y el malo, la víctima y el victimario? Era una situación que les desconcertaba.

Llegando ya frente a los guardias reales, Rensic pareció desvanecerse y parecía que caía al suelo producto de un desmayo, lo que terminó por hacer que los guardias finalmente bajaran la guardia. No desenvainaron jamás sus espadas y corrieron en dirección al caído Rensic. Mas al momento de socorrerlo, el estudiante reaccionó y con rapidez recuperó el paso, los bordeó y continuó corriendo hacia el interior del palacio. Tras la sorpresa y el engaño de Rensic, las iniciales lástima y credibilidad se transformaron en decepción y rabia. Pronto también ellos dos estaban tras sus pasos. Ahora Rensic estaba siendo cazado por dos guardias reales, dos de seguridad ciudadana y el mismísimo capitán D'Aubigne.

Pero la fatiga comenzaba a apoderarse del cuerpo del pequeño herborista. En sólo unos minutos había corrido más que en los últimos años. Necesitaba encontrar al rey antes de que las fuerzas finalmente le abandonaran por completo, y no quedaba mucho tiempo para que aquello ocurriera. Pero encontrándose en territorio hostil, no hallaría en su camino sino más y más enemigos.

Al entrar, al final del pasillo central del salón de honores se hallaba la gran puerta que daba directamente al salón del trono, lugar en el que el rey solía dar audiencias a quienes así lo pidieran, la que era resguardada por al menos cuatro guardias, que por suerte no le habían visto. La puerta se hallaba cerrada, y no habían estandartes ni banderines que indicasen que el rey se encontrara en el trono con algún invitado, por lo que optó por escabullirse por una de las muchas puertas a los costados. Tuvo la mala suerte de tomar una puerta que llevaba a un largo pasillo con paredes decoradas con algunos cuadros recientes y retratos del rey Daylon I y otros personajes clave en la conquista y restauración de Brekarth. Al final del mismo, una puerta de madera modesta era opacada por la presencia de una imponente escalera de piedra que ascendían en espiral hacia niveles superiores.

La pequeña puerta era una buena opción para intentar eludir a sus perseguidores. Sin embargo, si su objetivo era hallar al rey, permanecer escondido mientras el palacio se llenaba de soldados buscándole era una idea que no le agradaba para nada. La escalera entonces... pero estaba cansado, demasiado como para subir todos esos escalones interminables. Quizás esconderse para descansar y recuperar el aliento no era tan mala idea después de todo...

Ya había tomado una decisión cuando la puertecita se abrió y de ella apareció Sir Rodas, general de la 2ª división de Caerllion, superior de D'Aubigne, superior de Grendell. Rensic frenó en seco su carrera. De hecho, el fluir de su mente también se detuvo drásticamente preso del fugaz pánico de la nueva situación ¡Seguramente Sir Rodas estaba ahí para cazarle también!

Pero Sir Rodas, sin notar aún la presencia del científico ya que tenía la mirada clavada en el piso mientras tranquilamente cerraba la puerta de madera tras él, estaba sumido en sus propios pensamientos, que apuntaban a la conversación de ayer con su rey. Tras levantar la mirada para iniciar su marcha, vio a unos 20 pasos de él a un Rensic con una expresión que jamás le había observado con anterioridad. Llevaba su brazo herido, y sus ropas manchadas con la que suponía su propia sangre.

- ¿Rensic? ¿Qué hace él aquí?

Las palabras del caballero hicieron reaccionar al estudiante, quien sin prestar atención a lo que había dicho Sir Rodas apresuró su andar por la escalera en espiral, subiendo los escalones con una energía que no creía que tuviera aún. En el fondo del pasillo ya se divisaban los perseguidores.

Subía lo más rápido que sus fatigadas piernas le permitían. En algunos momentos los peldaños le parecían interminables, pero la urgencia del escape y de seguir con vida era una fuerza que hacía en cada momento olvidar todo lo demás. Llegó al siguiente nivel, en donde un corredor con innumerables puertas a sus costados finalizaba con otra escalera en espiral que llevaba tanto hacia el cielo como hacia el nivel inferior. Corrió hacia la primera puerta y trató de abrirla, mas estaba cerrada. Probó una segunda y lo mismo, y la tercera también estaba cerrada. Teniendo en la mente que con cada intento iba perdiendo distancia con sus perseguidores, finalmente abandonó la idea de encontrar una puerta abierta y comenzó a correr hacia la siguiente escalera en espiral, pero en mitad del viaje, una mano le tomó de los ropajes deteniendo su marcha, y luego le lanzó hacia una de las puertas que ahora se hallaba abierta.

La puerta se cerró suave, y el sonido de una llave en la cerradura fue lo último que se oyó en el pasillo ahora desierto.

jueves, 5 de junio de 2008

Conspiración II: Hacia el palacio.

Necesitaba salir de ahí. Era al menos lo único que sabía que debía hacer. Intentando no hacer ruido alguno para que ni Sir Grendell ni D'Aubigne le descubrieran, comenzó a dar uno a uno sus pasos hacia atrás. Mantenía su vista en los dos sujetos dentro de la habitación cerciorándose de que su presencia no había sido captada en absoluto...

...pero Rensic era algo torpe, siempre lo ha sido, y un paso en falso y hubo caído hacia traás, llevándose consigo un jarrón con plantas del que intentó aferrarse para evitar la caída. Pero sus esfuerzos por no caer fueron insuficientes.

Detuvo su respiración, y juntó los ojos con fuerza, como si buscara con aquello reducir de alguna forma el estrenduoso sonido del jarrón quebrándose en mil pedazos. Al abrir los ojos, vio tras la puerta aún entreabierta al capitán D'Aubigne y Sir Grendell mirándole fijamente. Luego de un breve silencio en el que estudiante sólo atinó a sonreír, los dos hombres de armas se miraron, y Sir Grendell hizo una seña a lo que el capitán asintió y comenzó a caminar hacia la puerta con su mano izquierda en la empuñadura de su fina espada. Rensic supo de inmediato cuál había sido la orden.

El sueño ahora sí que había desaparecido por completo. De hecho, jamás en su vida había estado más despierto. Antes de que D'Aubigne diera un paso fuera de la habitación, Rensic ya se hallaba de pie, y corriendo hacia fuera del edificio. Tropezando incontables veces con uniformados, sólo pensaba en salir de ahí, de salvar su pellejo, de contarle a alguien lo que había oído, alguien de confianza y que sepa qué hacer dada la complicada noticia. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida: un gran guardia le tomó del hombro y le detuvo.

- ¡Epa! ¿Cuál es la prisa, amigo?

Apenas fue detenido, Rensic miró hacia atrás, desde donde con paso calmado el capitán D'Aubigne se venía acercando, aún con su espada en su funda. Regresó la mirada al guardia.

- L... la verdad es q... que tengo prisa... -Rensic estaba trastabillando más de lo acostumbrado -. R... recordé algo que debo hacer en... en el instituto a... ahora mismo... S... si me permite...

- ¡Ami Débril! Bonjour -D'Aubigne se había acercado lo suficiente como para hablar y ser oíodo sin la necesidad de gritar -. Con usted deseaba hablar... ¿por qué huia?

El guardia miró a Rensic entrecerrando los ojos, con sospechas fundadas. Rensic interpretó aquella mirada algo así como "con que algo que hacer en el instituto, ¿eh?", por lo que se apresuró en responder.

- N... no huia, para nada. S... sólo recordé algo que debo atender... con urgencia...

- No, no, mon ami Débril. Usted y yo tenemos una charla amistosa pendiente, y permítame agregar que la información que tiene puede comprometer de sobremanera la seguridad de Caerllion, y es algo que no puedo permitir. Sígame.

Rensic estaba atrapado, asustado. Sabía que si le seguía, seguramente significaría su fin; lo mismo sucedería si intentaba escapar y le atrapaban. No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre las ventajas y desventajas de cada opción. Al mismo tiempo que D'Aubigne se giraba en dirección hacia donde venían y el guardia parecía algo distraido observando al capitán, el miedo decidió por él. Con rapidez se escabulló entre el guardia y D'Aubigne y comenzó a correr hacia la salida.

Al mismo tiempo en que el guardia daba la señal de alarma, Rensic atravesaba los dos pilares de piedra que adornaban la entrada y corría a todo lo que sus piernas daban en dirección a palacio. La alarma de prófugo comenzó a sonar en pocos segundos. Por la avenida principal Rensic seguía su carrera esquivando a los transeúntes que se quedaban quietos intentando comprender lo que estaba sucediendo. Más atrás un grupo de cuatro guardias le seguían el paso mientras pedían que alguien ayudara en la captura del herborista.

Casi llegando al mercado, los gritos de los perseguidores alertaron a dos guardias que bloqueaban el camino, al mismo tiempo en que las campanillas de la guardia comenzaban a sonar en toda la ciudad. A esas alturas todo Caerllion estaba al tanto de un prófugo. Viendo Rensic su camino por la avenida principal hacia el mercado bloqueado, tomó una ruta entre algunas casas para adentrarse en un sector de numerosos caminos y pasajes. Tomando un camino totalmente aleatorio, esperaba que los guardias perdieran su pista, pero al dar la vuelta en un pasaje, se halló de frente con dos guardias que iban en su dirección, con sus armas desenfundadas. La respiración de Rensic se cortó mientras los dos uniformados se habían detenido para examinarlo, sin mostrar signo alguno de agresividad. El estudiante comprendió de inmediato de que se trataba y aquello le daba una valiosa oportunidad. Sin pensarlo más, señaló hacia el lugar de donde venía.

- ¡Por aquí se fue! ¡Atrápenlo! ¡Me dio mucho miedo!

Rensic intentó parecer lo más convincente posible, y funcionó. Los dos guardias, sin siquiera detenerse a analizar la información, prosiguieron su marcha hacia donde el estudiante les había señalado. Pronto dieron la vuelta al pasaje, y Rensic volvió a respirar, aliviado. Tras una inspiración larga, continuó su camino zigzagueando por los pasajes. Al menos cuando se oyó, no se pareció convincente... ¿habrá ayudado su evidente miedo, o habría sido su apariencia inofensiva? Seguramente ambas, pero no disponía del tiempo para ahondar en más reflexiones.

Pronto en un desvío llegó al mercado, el lugar perfecto para perderse y no ser ubicado, al menos con tanta facilidad. Pudo relajar su paso y respirar tranquilo por un momento. Pronto empezó a oír lo que las personas a sus alrededores decían.

- Dicen que el criminar que andan buscando es ese muchacho de la Organización Schellden, Rensic. -decía un vendedor de frutas.

- No puede ser. ¿Ese joven tan pacífico? ¿Qué pudo haber hecho? -comentaba una cliente del puesto de venta.

- ¡Dicen que es un espía! - agregó un hombre que pasaba -, ¡que le vende informes y reportes de seguridad de Caerllion a Surgas!

- ¿Y por qué haría algo así? Dígame. - cuestionó la mujer.

- ¡Es obvio! ¡Rensic es surgasino! ¿No lo sabía? -señaló el hombre.

- ¿Surgasino ese joven? Está bromeando. No tiene la apariencia de uno.

- Aunque lo sea, lleva años viviendo aquí, no creo que se trate de un espía -acotó el vendedor.

- Pues por eso lo buscan, al menos. Y si no fuera culpable de algo, no tendría nada que temer y no hubiera huido -dijo el hombre.

- Es verdad... pero pudo haberse asustado... -pensó la mujer en voz alta.

Obviamente la verdad no la sabía nadie más que él y los involucrados. Y no podía llegar y contarla, menos en ese momento en el que todos los soldados en Caerllion andaban tras su pista. Pero al fin esa característica de Rensic de pasar tan inadvertido le había servido como una ventaja. Aunque ya todo Caerllion sabía que era buscado, pasaba entre las personas e incluso tropezaba con algunas de ellas y su presencia no era advertida. Como pudo fue guiando sus pasos por el mercado hasta el punto más conveniente para reducir al mínimo el campo abierto que necesitaría cruzar para llegar al palacio. Miró por última vez hacia todos lados asegurándose de no avistar a ningún guardia en el camino antes de lanzarse. Corrió como nunca por las calles, doblando en cada esquina rezando por que estuviera vacía, y aparte de un pobre anciano que era incapaz de ver más allá de su nariz ni recordar más allá de su última respiración, no tuvo mayores dificultades para llegar a un pasaje lateral que le permitía ver la entrada a palacio sin ser visto. A pesar del alboroto ocasionado por la alarma en la ciudad, dos enormes agentes de seguridad permanecían resguardiando la entrada, atentos e inmóviles. "¡Obvio! ¡Jamás dejarían el palacio sin protección!" pensó el estudiante. Siendo la única entrada que conocía, comenzó a abandonar la idea de siquiera intentar entrar.

Una mano tocó su hombro, tras lo que dio un respingo y se dio rápidamente la vuelta, levantando las manos y poniendo cara de espanto. Vio entonces frente a él a su compañero Aisac, su compañero en la Organización Schellden, quien se hallaba parado frente a él con una sonrisa sarcástica tan característica de él llenando su cómico rostro.

- ¡Qué lío! Ni yo me puedo imaginar lo que alguien como tú podría haber hecho para ser buscado de esta forma. Que me he dormido un ratito y mira cómo terminas, ¿acaso debo cuidar de ti en todo momento? ¡Ja ja! -Aisac se veía menos serio de lo que la situación ameritaba -. ¿Y qué se supone que hiciste?

Rensic seguía sin hablar. De hecho, aún no reaccionaba a las palabras de su compañero. Aisac tuvo que insistir un par de veces para que Rensic pestañara.

- ¿M... me entregarás... a ellos? -preguntó, como si no hubiera escuchado nada.

- ¡Ja ja! Deberías saber que no. Me gustan que las reglas se rompan, tú sabes, pero en mi vida se me habría ocurrido meterme con la guardia. Cuando escuché que te buscaban me quedé muy sorprendido, y al asomarme por la ciudad te vi entrando al mercado. Aún no puedo imaginar qué pudiste haber hecho para tener a toda la guardia ocupada en tu rastro.

Rensic respiró hondo y dio un gran suspiro, aliviado. Acomodó sus anteojos y habló ya más tranquilo.

- D... digamos que estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado, y escuché una conversación que no debería haber escuchado y... alguien importante pretende evitar que de lo que yo me enteré llegue a otros oídos.

- ¿Qué? ¿Alguien de poder en alguna polémica y se arma tanto lío? No te creo...

- S... se trata de una conspiración... en contra del Rey...

Palabras directas, que pillaron a Aisac por sorpresa de la misma forma en que en su momento habían tomado desprevenido a Rensic. Pálido y silencioso como nunca, Aisac era incapaz de digerir la idea.

- Bromeas, ¿verdad? - intentaba de alguna forma convencerse de eso a sí mismo -. Algo hiciste que no quieres que me entere e inventas disparates, ¡eso es!

- N... no... no se trata de una broma.

Aisac estudió por un momento la mirada seria y determinada con la que Rensic le observaba. Al fin la idea comenzaba a colarse en las posibilidades de Aisac, y con ello comenzaba a emocionarse: la sonrisa estaba de vuelta en su rostro.

- Q... quieren silenciarme, Aisac, y para ello no dudarán en matarme si es necesario. D... debo hablar con el rey directamente para informarle acerca de la traición de Sir Grendell en su contra. Es lo más seguro que tengo por hacer.

- Espera... ¿Sir Grendell está detrás de la conspiración?

- Aunque cueste creerlo...

- ¡Genial! Esto se pone cada vez mejor.

Rensic no comprendía ni pizca por qué el hecho de que su vida estuviera tan en peligro creara tanta emoción en su compañero. En cualquier otro momento le podría haber parecido molesto, pero tenía toda su mente en lo que debía hacer.

- Pero con esos dos gigantones en la entrada, veo difícil que pueda pasar... me atraparán y me destrozarán como una pajilla...

- No te preocupes por eso -interrumpió Aisac, relajadísimo, evidenciando su confianza -. Yo me encargo de ellos, tú sólo atento, y actúa rápido cuando llegue la oportunidad, ¿vale?

- Pero...

Rensic no alcanzó a expresar sus dudas cuando Aisac ya había salido del pasaje hacia los guardias. En un momento oportuno comenzó a correr y a gritar.

- ¡Ayuda! Necesito de vuestra ayuda... sé dónde está escondido el criminal, pero no puedo detenerlo solo. ¡Síganme antes de que escape!

Sus palabras y su tono eran convincentes, demasiado. Sus gestos naturales que llamaban a los guardias a que le siguieran eran perfectos. Tan convincente era que incluso el mismo Rensic no estaba seguro de si se trataba de una artimaña para alejarlos o de una traición y los llevaría hasta él. Se hallaba preparado para correr, hacia la puerta o por entre los pasajes, según fuera el caso.

- ¡Vamos, rápido, antes de que escape! -para su alivio, señalaba en una dirección distinta a la suya.

Los guardias dudaron un segundo si seguirle o no. Las reiteradas insistencias del muchacho ejercían una presión inexplicable sobre ellos. Después de todo, no tenía razones para estar mintiendo, y si lo hacía, pagaría muy caro luego. Finalmente accedieron y comenzaron a seguirle. Rensic apenas sintió que estaban lo suficientemente lejos, corrió hacia la entrada y empezó a tirar de la puerta, demasiado pesada para un débil ciudadano como él. Ya la había movido unas cuantas pulgadas cuando una voz conocida le hizo estremecer.

- Monsieur Debril, ¿qué pretende usted hacer?

Rensic se dio la vuelta para contemplar al capitán D'Aubigne ahora frente a él, con la mano en la empuñadura de su espada aún envainada.

- No pretenderá un criminal como usted incomodar al Rey, ¿verdad?

La frente del herborista estaba empapada. Miró cómo a lo lejos los guardias engañados por Aisac se habían percatado de todo y volvían con rapidez al lugar, con sus espadas desenfundadas. Una vez más el miedo decidió por él, y en un rápido movimiento volteó para intentar colarse por la puerta apenas abierta. Al mismo tiempo, la fina y elegante espada del capitán D'Aubigne centelleaba por el aire, cortando tela y carne a su paso, derramando sangre y golpeando fuerte contra la maciza puerta de madera y hierro. Rensic ya no se hallaba frente a él.