domingo, 13 de julio de 2008

Conspiración V: Planes y esperanzas.

Sir Grendell descansaba en su despacho, algo incómodo por el estudioso que metió sus narices donde no debía, pero de todas formas tranquilo, confiando en que su mejor hombre sabría qué hacer para callarlo. Sonó la alarma, lo que significaba que quizás no pudo hacerlo "silenciosamente", pero de seguro D'Aubigne se las habría arreglado para convertirlo en un criminal a los ojos del pueblo; después de todo, ése era su estilo. A estas alturas el muchacho debía estar ya encerrado en una de las sucias celdas del calabozo, acusado por algo que oportunamente habría inventado el capitán. O muerto, quizás, lo que sería aún mejor. Lo bueno es que nadie creería sus palabras mientras se encuentre en tales condiciones. Entonces todo seguiría marchando bien, muy bien, como hasta ahora.

La puerta se abrió bruscamente, lo que llamó inmediatamente su atención. Su camarada de fechorías entró agitado y cerró la puerta de inmediato, asegurándola. Tras ver la cara de sorpresa de Sir Grendell, le hizó una señal sobre el cuello. Al contrario de lo que esperaba, esto estaba mal, muy mal.

- Pero qué ha pasado, D'Aubigne. No me digas que ese idiota...

- Monsieur Grendell, me temo que estamos en un grave lío. Monsieur Rensic logró a pesar de todo llegar donde el rey y ha abierto su gran bocota. Ahora mismo Monsieur Rodas viene hacia acá para llevarnos frente a su Majestad..

Grendell se llevó la mano a la frente. Las cosas se complicaron, y seguramente esto no caería bien a los oídos de Feliad. Buscó rápidamente un escape a todo aquello.

- Pero no tiene pruebas para lo que ha dicho. La opción ahora es negarlo todo. Sin pruebas no se nos puede culpar de nada. Después de todo, es la palabra de un ciudadano contra la de un caballero.

D'Aubigne seguía con la mirada grave mientras recuperaba un poco el aliento.

- Pero recuerde que se trata de Daylon. A él no le importa el peso de un título, sino la credibilidad de la persona. Y ese joven, Rensic, es de su confianza. Oui, concuerdo con usted que no se nos podrá culpar, pero será una razón más para que el rey mantenga vigilado todos nuestros movimientos.

- Ya no se puede hacer nada al respecto, Joseph. Ahora lo importante es salvarnos el pellejo.

- No, Monsieur -interrumpió el capitán-. Hay una opción más: a la audiencia también fueron llamados mis camarades.

La mirada de Sir Grendell se llenó de excepticismo. Pensó un poco mientras veía la determinación en los ojos negros del capitán.

- No estaréis pensando en...

El capitán apoyó una mano en la mesa mientras acercábase un poco más a Sir Grendell. Sus ojos estaban llenos de confianza.

- Piense en la posibilidad, Monsieur. Podemos dar el golpe definitivo de una vez por todas. Estando todos en el salón del trono, el rey será una presa fácil.

Sin embargo, Sir Grendell dudaba de la aparente facilidad con la que se darían las cosas según D'Aubigne. Nunca le ha visto personalmente, pero ha oído que el rey es un excelente guerrero y digno integrante de la Élite de Radeas. No sería una presa fácil como dijo el capitán, incluso en inferioridad numérica. Pero la mirada determinada del capitán y la confianza en su técnica con la espada le hacía considerar la posibilidad.

- No estoy muy seguro de que esto funcione -dijo finalmente -, pero si es la mejor opción que nos queda, me arriesgaré, amigo mío.

El capitán sonrió ampliamente. Tomó compostura y se arregló el moustache.

- Trés bien, monsieur. Iré a informar a mis hombres. Y recuerde esto siempre: Monsieur Rodas es de los nuestros.

- Claro, de los nuestros.

Con un saludo formal, el capitán se retiró del despacho de su superior. Sir Grendell permaneció sentado, observando el vacío mientras reflexionaba. Había llegado finalmente el momento en que había tomado una decisión sin vuelta atrás. Quizás estaba tomando una decisión apresurada, desatada por la intervención de D'Aubigne, pero si conseguía con sus propias manos acabar con el rey, conseguiría el trono para que Feliad, el legítimo heredero, lo tomara, y de paso sería un héroe. Sería aclamado con honores y obtendría el respeto y orgullo de su protector Von Rüden. Estaría en la gloria...

La ansiedad no tardó mucho en invadirle. Esperaba ya que Sir Rodas tocara la puerta y le llevara en presencia del rey. Esperaba ya que al llegar al salón del trono estuviera ahí el capitán y sus hombres, listos para dar el golpe. Esperaba ya que el reinado de Daylon llegara a su fin.

Y la puerta se abrió, y Sir Rodas entró con gravedad. Dos guardias reales le acompañaban. Habló inmutable.

- Cid, nuestro Rey desea aclarar algunos hechos con vos. Requiere de vuestra presencia en el salón del trono en este momento. Haced el favor de acompañarme.

- ¿De qué se trata esto, Dargar? -preguntó Grendell, aparentando sorpresa.

- Hay algunos inconvenientes en la versión de los hechos respecto al caso de Matt Jarlians que han dado vuestros hombres. El rey desea más detalles. Además, hay otro asunto del que desea hablar, quizás un poco más delicado. Cuando estemos en presencia de su Majestad lo averiguaréis.

- Muy bien, estoy con vos. No hay nada a lo que debo temer.

- Espero que no, amigo.

- Todo saldrá bien, ya lo veréis.

Sir Grendell se adelantó y salió del despacho, seguido por los dos guardias y dejando a Sir Rodas pensativo. Sir Grendell, después de todo, había sido un gran compañero en los tiempos gloriosos de Radeas y en más de una contienda lucharon juntos protegiéndose las espaldas. Era el hombre en quien más confiaba, quizás más que en su rey, a expensas de lo que ello significaba. Esperaba en el fondo de su alma que las palabras de Grendell se hicieran realidad; que todo se trate de un mal entendido y que el pequeño herborista finalmente pague por todas sus mentiras. Dejó el despacho y cerró la puerta tras de sí, y en la habitación sólo quedó su esperanza que se consumía junto a la última vela encendida.



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