La orden había llegado a oídos de todos los soldados involucrados. Todos ellos ya se hallaban presentes en la sala de trono, serios pero tranquilos. En el trono el rey Daylon I esperaba la llegada de Sir Rodas en compañía de los dos hombres que aún no llegaban: Sir Grendell y el capitán Joseph D'Aubigne. A su lado, con mirada preocupada y el corazón acelerado por la ansiedad, el herborista Rensic Debril estaba sentado en el piso, vigilado por los seis pares de ojos de los guardias reales a los costados. Finalmente las puertas se abrieron y entraron con paso firme los tres hombres de armas. Sir Rodas se detuvo un paso después que sus dos acompañantes e hizo una reverencia para saludar a su señor.
- He cumplido con vuestro mandato, mi Rey. Presentes en esta sala se encuentran la escuadra de seis hombres, con el capitán Joseph D'Aubigne en su cabeza; Sir Grendell, segundo al mando de la segunda división, y quien le habla: comandante de la segunda división y vuestro hombre de confianza...
- Ya dejad las formalidades, Rodas -el rey se veía muy tranquilo, pero era evidente su interés por la situación actual -, y sugiero que nos dirijamos de inmediato a los que nos reúne...
- ¡Lo que os ha contado ese traidor son todas mentiras! -interrumpió Sir Grendell, indicando a Rensic, quien dio un respingo con el vozarrón del caballero. Sir Rodas se llevó la mano al rostro mientras el rey sonreía sarcásticamente. Había una pequeña razón para la que Daylon le pidiera explícitamente a Sir Rodas que no le advirtiera el verdadero motivo por el que estaba siendo citado. Un anzuelo que el pez había mordido y tragado por completo.
- ¿Y qué es lo que el joven Rensic me ha contado? ¿Cómo lo sabéis? -Sir Grendell quedó sin palabras-. Claro, a menos que lo que me ha dicho sea verdad, es la única explicación que me queda a esto. Que os ha sorprendido conspirando en mi contra, y que habéis enviado a vuestro capitán Joseph D'Aubigne para eliminar a mi más leal consejero Matt Jarlians. Nadie tuvo la oportunidad de deciros todo aquello...
Mientras su rey hablaba, Sir Rodas no sabía exactamente qué pensar, ni cómo actuar. No cabía en su cabeza la posibilidad de tamaña traición, de su más cercano. Pero tenía que darle tiempo, tenía que darle el tiempo que obviamente el rey no estaba dispuesto a darle para aclarar la situación. Interrumpió sin tener nada claro aún.
- Yo le hablé de todo aquello, mi rey, camino hacia acá. No creí que fuera importante...
D'Aubigne sonrió. Una jugada no esperada de Sir Rodas, que venía de maravillas. Obviamente aquello era una mentira. Sir Rodas guardó un hermético silencio durante todo el camino hacia el palacio. El rey guardó silencio, mirando con decepción al jefe de seguridad. Obviamente tampoco esperaba una intervención de ese tipo.
- Habéis ignorado una orden directa de vuestro rey, Dargar...
- Estáis equivocado, mi rey. Sir Grendell no es el enemigo.
- ¿Ahora vos sois el conocedor de la verdad, Dargar? -el rey había elevado la voz-. ¿Tanta libertad os he dado para que ahora vengas a decirme qué hacer y en qué creer?
- Oui, Monsieur Rodas -habló D'Aubigne. La mirada del rey y de los otros dos caballeros se centraron en él -. Creo que es tiempo de hablar con la verdad. No tiene caso seguir ocultando lo que el roi ya sabe.
El rey, al escuchar al capitán volvió a mirar a Dargar, quien se encontró con sus ojos. ¿De qué se trataba todo esto? Había mentido para protegerlos ¿y ahora ellos le delatan? Daylon halló inmediatamente la verdad en la mirada temerosa del caballero. Su mirada volvió a cambiar su centro cuando Sir Grendell habló.
- Es cierto, es cierto. Dejemos ya las mentiras -. El capitán D'Aubigne hizo un gesto con la mano y todos los soldados de su división desenvainaron y se movieron lo suficientemente rápido como para tomar desprevenidos a los guardias reales, desarmarles y dejarles boca abajo en el suelo. El rey no perdió de vista al caballero que hablaba-. Es cierto, me he adelantado y he subestimado vuestra inteligencia, Daylon. Todo lo que os ha contado ese idiota de allá -señalando a Rensic- es verdad.
- Oui, oui -habló D'Aubigne-. Acabar con Monsieur Jarlians fue un trabajo que de verdad esperaba que fuera algo más difficile, pero fue un trabajo realmente fácil. Ver su cara de dolor cuando mi acero perforaba su torso fue... délicieux.
- Y los planes del golpe iban marchando a la perfección -retomó Sir Grendell-, aunque siempre supe que no sería una tarea fácil. Y ahora incluso que el idiota ése -señalando otra vez a Rensic- arruinó lo que esperábamos hacer en un mes, vuestra citación nos ha permitido adelantar nuestros planes.
El rey escuchaba las palabras del capitán y Sir Grendell desde su trono sin mostrar sorpresa. Su mirada seguía fija en los tres hombres que estaban frente a él. Por otra parte, Sir Rodas había quedado petrificado. Todo era verdad. Su amigo Cid era un traidor y el capitán D'Aubigne había asesinado a sangre fría a Jarlians. La ira comenzó a apoderarse de él y perdiendo la consciencia de sus actos llevó su mano derecha a la espada en su costado, decidido a desenfundar y acabar él mismo con los desgraciados. Sin embargo, el rey nunca supo el pensar de su jefe de seguridad y amigo. Sólo le vio junto a los otros dos traidores, preparándose para desenfundar su espada. Vio después de todo a un tercer traidor que intentaba usar su espada en su contra.
Por lo mismo, el rey se levantó violentamente y apenas Sir Rodas hubo desenfundado su espada, estiró su brazo izquierdo hacia él y usó la única de sus habilidades que no había desaparecido con el sello de Madul. Tomó al caballero por sorpresa y pronto estuvo volando por los aires. Rápidamente usó su otra mano para desenvainar la espada que llevaba asegurada en su cinturón. En el uso del extraño y casi desconocido arte de la telequinesis, Daylon siempre se ha mostrado como un aventajado. Inmediatamente dirigió su mano a los traidores que mantenían inmóviles a los guardias reales, y en un gran esfuerzo empujó a un par lo suficiente como para que sus defensores se levantaran y tomaran sus armas, listos para liberar al resto.
Sir Rodas rodó por el piso al mismo tiempo en que el capitán D'Aubigne y Sir Grendell con sus armas empuñadas arremetían contra el rey en conjunto. La técnica menos trabajada del caballero fue fácilmente evadida, no así el impecable embiste del capitán, el que Daylon no pudo evadir y el metal de las espadas en el salón retumbó estrepitósamente. Un segundo golpe lateral de Sir Grendell obligó al rey a dar un paso al costado, justo en el lugar donde D'Aubigne había dirigido una de sus temibles estocadas. Sin posibilidad de evitar el golpe, el rey usó su poder una vez más y llevó la misma espada de Sir Grendell para bloquear el ataque, al mismo tiempo en que dejaba su arma despejada para contraatacar.
Así lo hizo. Daylon lanzó un corte, y el capitán apenas pudo esquivarlo. Sir Grendell no corrió igual suerte y viéndose mal parado luego de la última jugarreta psíquica de su rey no pudo evadir ni bloquear, recibiendo el corte en el torso y cayendo hacia atrás. Fue un segundo de respiro para los combatientes, luego de lo cual, con Grendell de pie de nuevo, D'Aubigne listo para atacar y Daylon atento a los movimientos de ambos, todo estaba listo para continuar.
Quizás el único pero de la habilidad del rey era las veces que podía usarla sin que su mente recibiera demasiado estrés. Tres veces ya comenzaba a rozar su capacidad, por lo que en nuevos ataques usarla una vez más provocaría un aturdimiento que podría resultar fatal dada la situación. Debía entonces arreglárselas simplemente con su habilidad en el arte de la espada. Pero en ese tema D'Aubigne mostraba un nivel superior al esperado. La insistencia de las arremetidas del capitán sumada a los imprecisos pero poderosos ataques de Sir Grendell no le daban oportunidad de responder. Por suerte, la herida de Sir Grendell había sido suficiente para relentizar sus movimientos y a cada momento se llevaba la mano izquierda a la herida en el pecho.
Luego de varios segundos en el ir y venir de espadas, en un descuido de la parte atacante, Daylon logró poner a Sir Grendell entre D'Aubigne y él, lo que logró que las arremetidas cesaran por un segundo más. D'Aubigne, viendo ya a su compañero como un obstáculo más que una ayuda, le apartó con fuerza hacia un costado y lanzó un nuevo ataque. Daylon, agotado, sabía que si las cosas continuaban así, terminaría cayendo. Había que correr riesgos entonces, así que usó sus últimas energías mentales para obligar al cuerpo de Sir Grendell a interponerse una vez más, sólo que ahora una espada iba en la misma dirección.
La sangre se regó en la fina alfombra del salón. Sir Grendell había recibido el impacto de lleno del arma de su aliado en la espalda y un tajo le recorría desde el hombro izquierdo hasta la cintura. El rey, aturdido, dio un paso atrás dejando al caballero caer frente a él gritando de dolor. D'Aubigne maldijo al aire al mismo tiempo en que veía a sus camarades ceder ante la guardia real. Además, Sir Rodas se había reincorporado y finalmente su espada estaba en sus manos, lista para ser usada. Ahora que Grendell había caído, el capitán, aunque era hábil, no contaba con la ayuda que requería para acabar con el rey, con Sir Rodas y con los guardias reales que habían tomado ventaja; no con todos a la vez. Dio una señal a sus camaradas que aún estaban en pie, los cuales luego de unos segundos de dudas, comenzaron la retirada hacia fuera del palacio. Sir Rodas lanzó un ataque que derribó a uno de los fugitivos, pero no logró detener a D'Aubigne y al resto, que ya se perdían tras la gran puerta que en momentos de paz daba la bienvenida a los visitantes al bello salón del trono. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejar que D'Aubigne dejara la ciudad. Comenzó a correr tras él, decidido a acabar con su carrera y con su vida.
Al rey se le nubló la vista por un segundo. Ya había abusado demasiado de su poder y la cabeza le parecía que iba a estallar en cualquier momento. Cuando pudo ver con cierta claridad otra vez, sólo divisó a D'Aubigne dejando el salón, y Sir Rodas corriendo tras él. El rey intentó dar un paso hacia ellos, pero sintió de inmediato un mareo que le hizo tambalear tropezando, apoyando una rodilla en el piso, y el cuerpo yendo hacia adelante, sostenido sólo por su espada que se incrustaba en la madera bajo la alfombra. Dos guardias que aún seguían en pie después del enfrentamiento con los hombres de D'Aubigne tuvieron la intención de seguir a los que acababan de salir, pero se detuvieron en la entrada. Lo importante ahora era socorrer al rey.
Sir Grendell con suma dificultad se puso de pie y tomó su espada. La herida en el pecho sangraba, y la de su espalda aún más, pero aún tenía la energía y la voluntad para terminar con lo que se había propuesto. Los guardias se apresuraron en asistir a su rey, pero éste les señaló con una mano que se detuvieran.
- Os pido por favor que no os involucréis en este asunto entre Grendell y yo.
Los guardias no sabían cómo actuar. Por una parte, Daylon estaba con una rodilla en el piso, de espaldas a Sir Grendell, quien tenía un arma en su mano con toda la intención de utilizarla en su contra, pero el rey aún así les había pedido que no intercedieran. Para su calma, al menos estaba enterado de que el traidor estaba ya de pie otra vez. Los dos vieron entonces como su rey se ponía de pie y se giraba para quedar frente al hombre que había atentado contra su vida.
- Hoy no voy a caer, Daylon -hablaba débil Grendell-. Esta espada destruirá vuestro corazón y los Duvet recuperarán su legítimo lugar en el trono. Juro que éste será el fin de los Ambrós en el poder... ¡para siempre!
Cargó lleno de ira y con una fuerza renovada al tambaleante rey, en un golpe poderoso directo a su corazón. Pero el ataque fue relentizado por el evidente dolor provocado por sus heridas. Incluso en el estado en el que estaba, el rey fue capaz de evitar el ataque hincándose en el piso, empuñando su espada con ambas manos, apuntando su filosa punta hacia el vientre de Sir Grendell. Sin darle ningún respiro, gritó con fuerza y arremetió con decisión. Su espada rápidamente perforó el cuerpo del caballero, asomándose sangrienta tras él. Así los dos estaban ahí, en un abrazo espeluznante de dolor y agonía.
Esta vez Sir Grendell no hizo ningún ruido. Los dos se mantuvieron inmóviles cuales estatuas por un breve instante. Algunas palabras en voz baja deDaylon a Sir Grendell comenzaron a fluir.
- Habéis traicionado a vuestro rey, y habéis traicionado la confianza de todo hombre y mujer de Caerllion, que pusieron ciegamente en vuestras manos su seguridad. Sin embargo, a pesar de todos los pecados que habéis cometido, no os guardo rencor alguno. Estoy seguro de vuestra virtud, pero habés perdido el rumbo y habéis tomado el camino errado. Que vuestro atormentado espíritu halle la paz y encuentre su camino al paraíso. Ve con Dios...
La espada fue retirada bruscamente, mientras el rey daba un paso hacia atrás. A su vez, Sir Grendell retrocedía mientras soltaba su arma y llevaba sus manos a la herida en su estómago que estaba derramando la poca sangre que quedaba en sus venas. Intentó hablar una primera vez, pero las fuerzas le faltaron y cayó de rodillas al suelo. No había perdido de vista la mirada compasiva del hombre a quien había fracasado en eliminar, y le miraba con ira. Intentó hablar una segunda vez, pero no fueron palabras lo que salió de su boca, sino más sangre. Resignado cerró los ojos con fuerza mientras sus dientes rechinaban. En sus últimos momentos, pensaba en los tiempos mejores, cuando el rey Swor Duvet gobernaba con sabiduría la hermosa Radeas. Cómo su mentor Sir Onidas le había enseñado los valores de un caballero, y cómo voluntariamente había decidido dejarlos atrás para que los buenos tiempos de Radeas tuvieran una nueva oportunidad.
Había fracasado. Había fracasado completamente y ahora estaba muriendo. Sus sueños de una nación justa habían sido destruidos y poco a poco consumidos por el dolor. Unas lágrimas se asomaron por los ojos aún cerrados del caballero, rehusándose orgullosas a caer. Era evidente la frustración en el rostro del caballero, y esa frustración fue su última expresión antes de caer de frente y dejar de moverse. Sir Grendell había muerto.
- He cumplido con vuestro mandato, mi Rey. Presentes en esta sala se encuentran la escuadra de seis hombres, con el capitán Joseph D'Aubigne en su cabeza; Sir Grendell, segundo al mando de la segunda división, y quien le habla: comandante de la segunda división y vuestro hombre de confianza...
- Ya dejad las formalidades, Rodas -el rey se veía muy tranquilo, pero era evidente su interés por la situación actual -, y sugiero que nos dirijamos de inmediato a los que nos reúne...
- ¡Lo que os ha contado ese traidor son todas mentiras! -interrumpió Sir Grendell, indicando a Rensic, quien dio un respingo con el vozarrón del caballero. Sir Rodas se llevó la mano al rostro mientras el rey sonreía sarcásticamente. Había una pequeña razón para la que Daylon le pidiera explícitamente a Sir Rodas que no le advirtiera el verdadero motivo por el que estaba siendo citado. Un anzuelo que el pez había mordido y tragado por completo.
- ¿Y qué es lo que el joven Rensic me ha contado? ¿Cómo lo sabéis? -Sir Grendell quedó sin palabras-. Claro, a menos que lo que me ha dicho sea verdad, es la única explicación que me queda a esto. Que os ha sorprendido conspirando en mi contra, y que habéis enviado a vuestro capitán Joseph D'Aubigne para eliminar a mi más leal consejero Matt Jarlians. Nadie tuvo la oportunidad de deciros todo aquello...
Mientras su rey hablaba, Sir Rodas no sabía exactamente qué pensar, ni cómo actuar. No cabía en su cabeza la posibilidad de tamaña traición, de su más cercano. Pero tenía que darle tiempo, tenía que darle el tiempo que obviamente el rey no estaba dispuesto a darle para aclarar la situación. Interrumpió sin tener nada claro aún.
- Yo le hablé de todo aquello, mi rey, camino hacia acá. No creí que fuera importante...
D'Aubigne sonrió. Una jugada no esperada de Sir Rodas, que venía de maravillas. Obviamente aquello era una mentira. Sir Rodas guardó un hermético silencio durante todo el camino hacia el palacio. El rey guardó silencio, mirando con decepción al jefe de seguridad. Obviamente tampoco esperaba una intervención de ese tipo.
- Habéis ignorado una orden directa de vuestro rey, Dargar...
- Estáis equivocado, mi rey. Sir Grendell no es el enemigo.
- ¿Ahora vos sois el conocedor de la verdad, Dargar? -el rey había elevado la voz-. ¿Tanta libertad os he dado para que ahora vengas a decirme qué hacer y en qué creer?
- Oui, Monsieur Rodas -habló D'Aubigne. La mirada del rey y de los otros dos caballeros se centraron en él -. Creo que es tiempo de hablar con la verdad. No tiene caso seguir ocultando lo que el roi ya sabe.
El rey, al escuchar al capitán volvió a mirar a Dargar, quien se encontró con sus ojos. ¿De qué se trataba todo esto? Había mentido para protegerlos ¿y ahora ellos le delatan? Daylon halló inmediatamente la verdad en la mirada temerosa del caballero. Su mirada volvió a cambiar su centro cuando Sir Grendell habló.
- Es cierto, es cierto. Dejemos ya las mentiras -. El capitán D'Aubigne hizo un gesto con la mano y todos los soldados de su división desenvainaron y se movieron lo suficientemente rápido como para tomar desprevenidos a los guardias reales, desarmarles y dejarles boca abajo en el suelo. El rey no perdió de vista al caballero que hablaba-. Es cierto, me he adelantado y he subestimado vuestra inteligencia, Daylon. Todo lo que os ha contado ese idiota de allá -señalando a Rensic- es verdad.
- Oui, oui -habló D'Aubigne-. Acabar con Monsieur Jarlians fue un trabajo que de verdad esperaba que fuera algo más difficile, pero fue un trabajo realmente fácil. Ver su cara de dolor cuando mi acero perforaba su torso fue... délicieux.
- Y los planes del golpe iban marchando a la perfección -retomó Sir Grendell-, aunque siempre supe que no sería una tarea fácil. Y ahora incluso que el idiota ése -señalando otra vez a Rensic- arruinó lo que esperábamos hacer en un mes, vuestra citación nos ha permitido adelantar nuestros planes.
El rey escuchaba las palabras del capitán y Sir Grendell desde su trono sin mostrar sorpresa. Su mirada seguía fija en los tres hombres que estaban frente a él. Por otra parte, Sir Rodas había quedado petrificado. Todo era verdad. Su amigo Cid era un traidor y el capitán D'Aubigne había asesinado a sangre fría a Jarlians. La ira comenzó a apoderarse de él y perdiendo la consciencia de sus actos llevó su mano derecha a la espada en su costado, decidido a desenfundar y acabar él mismo con los desgraciados. Sin embargo, el rey nunca supo el pensar de su jefe de seguridad y amigo. Sólo le vio junto a los otros dos traidores, preparándose para desenfundar su espada. Vio después de todo a un tercer traidor que intentaba usar su espada en su contra.
Por lo mismo, el rey se levantó violentamente y apenas Sir Rodas hubo desenfundado su espada, estiró su brazo izquierdo hacia él y usó la única de sus habilidades que no había desaparecido con el sello de Madul. Tomó al caballero por sorpresa y pronto estuvo volando por los aires. Rápidamente usó su otra mano para desenvainar la espada que llevaba asegurada en su cinturón. En el uso del extraño y casi desconocido arte de la telequinesis, Daylon siempre se ha mostrado como un aventajado. Inmediatamente dirigió su mano a los traidores que mantenían inmóviles a los guardias reales, y en un gran esfuerzo empujó a un par lo suficiente como para que sus defensores se levantaran y tomaran sus armas, listos para liberar al resto.
Sir Rodas rodó por el piso al mismo tiempo en que el capitán D'Aubigne y Sir Grendell con sus armas empuñadas arremetían contra el rey en conjunto. La técnica menos trabajada del caballero fue fácilmente evadida, no así el impecable embiste del capitán, el que Daylon no pudo evadir y el metal de las espadas en el salón retumbó estrepitósamente. Un segundo golpe lateral de Sir Grendell obligó al rey a dar un paso al costado, justo en el lugar donde D'Aubigne había dirigido una de sus temibles estocadas. Sin posibilidad de evitar el golpe, el rey usó su poder una vez más y llevó la misma espada de Sir Grendell para bloquear el ataque, al mismo tiempo en que dejaba su arma despejada para contraatacar.
Así lo hizo. Daylon lanzó un corte, y el capitán apenas pudo esquivarlo. Sir Grendell no corrió igual suerte y viéndose mal parado luego de la última jugarreta psíquica de su rey no pudo evadir ni bloquear, recibiendo el corte en el torso y cayendo hacia atrás. Fue un segundo de respiro para los combatientes, luego de lo cual, con Grendell de pie de nuevo, D'Aubigne listo para atacar y Daylon atento a los movimientos de ambos, todo estaba listo para continuar.
Quizás el único pero de la habilidad del rey era las veces que podía usarla sin que su mente recibiera demasiado estrés. Tres veces ya comenzaba a rozar su capacidad, por lo que en nuevos ataques usarla una vez más provocaría un aturdimiento que podría resultar fatal dada la situación. Debía entonces arreglárselas simplemente con su habilidad en el arte de la espada. Pero en ese tema D'Aubigne mostraba un nivel superior al esperado. La insistencia de las arremetidas del capitán sumada a los imprecisos pero poderosos ataques de Sir Grendell no le daban oportunidad de responder. Por suerte, la herida de Sir Grendell había sido suficiente para relentizar sus movimientos y a cada momento se llevaba la mano izquierda a la herida en el pecho.
Luego de varios segundos en el ir y venir de espadas, en un descuido de la parte atacante, Daylon logró poner a Sir Grendell entre D'Aubigne y él, lo que logró que las arremetidas cesaran por un segundo más. D'Aubigne, viendo ya a su compañero como un obstáculo más que una ayuda, le apartó con fuerza hacia un costado y lanzó un nuevo ataque. Daylon, agotado, sabía que si las cosas continuaban así, terminaría cayendo. Había que correr riesgos entonces, así que usó sus últimas energías mentales para obligar al cuerpo de Sir Grendell a interponerse una vez más, sólo que ahora una espada iba en la misma dirección.
La sangre se regó en la fina alfombra del salón. Sir Grendell había recibido el impacto de lleno del arma de su aliado en la espalda y un tajo le recorría desde el hombro izquierdo hasta la cintura. El rey, aturdido, dio un paso atrás dejando al caballero caer frente a él gritando de dolor. D'Aubigne maldijo al aire al mismo tiempo en que veía a sus camarades ceder ante la guardia real. Además, Sir Rodas se había reincorporado y finalmente su espada estaba en sus manos, lista para ser usada. Ahora que Grendell había caído, el capitán, aunque era hábil, no contaba con la ayuda que requería para acabar con el rey, con Sir Rodas y con los guardias reales que habían tomado ventaja; no con todos a la vez. Dio una señal a sus camaradas que aún estaban en pie, los cuales luego de unos segundos de dudas, comenzaron la retirada hacia fuera del palacio. Sir Rodas lanzó un ataque que derribó a uno de los fugitivos, pero no logró detener a D'Aubigne y al resto, que ya se perdían tras la gran puerta que en momentos de paz daba la bienvenida a los visitantes al bello salón del trono. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejar que D'Aubigne dejara la ciudad. Comenzó a correr tras él, decidido a acabar con su carrera y con su vida.
Al rey se le nubló la vista por un segundo. Ya había abusado demasiado de su poder y la cabeza le parecía que iba a estallar en cualquier momento. Cuando pudo ver con cierta claridad otra vez, sólo divisó a D'Aubigne dejando el salón, y Sir Rodas corriendo tras él. El rey intentó dar un paso hacia ellos, pero sintió de inmediato un mareo que le hizo tambalear tropezando, apoyando una rodilla en el piso, y el cuerpo yendo hacia adelante, sostenido sólo por su espada que se incrustaba en la madera bajo la alfombra. Dos guardias que aún seguían en pie después del enfrentamiento con los hombres de D'Aubigne tuvieron la intención de seguir a los que acababan de salir, pero se detuvieron en la entrada. Lo importante ahora era socorrer al rey.
Sir Grendell con suma dificultad se puso de pie y tomó su espada. La herida en el pecho sangraba, y la de su espalda aún más, pero aún tenía la energía y la voluntad para terminar con lo que se había propuesto. Los guardias se apresuraron en asistir a su rey, pero éste les señaló con una mano que se detuvieran.
- Os pido por favor que no os involucréis en este asunto entre Grendell y yo.
Los guardias no sabían cómo actuar. Por una parte, Daylon estaba con una rodilla en el piso, de espaldas a Sir Grendell, quien tenía un arma en su mano con toda la intención de utilizarla en su contra, pero el rey aún así les había pedido que no intercedieran. Para su calma, al menos estaba enterado de que el traidor estaba ya de pie otra vez. Los dos vieron entonces como su rey se ponía de pie y se giraba para quedar frente al hombre que había atentado contra su vida.
- Hoy no voy a caer, Daylon -hablaba débil Grendell-. Esta espada destruirá vuestro corazón y los Duvet recuperarán su legítimo lugar en el trono. Juro que éste será el fin de los Ambrós en el poder... ¡para siempre!
Cargó lleno de ira y con una fuerza renovada al tambaleante rey, en un golpe poderoso directo a su corazón. Pero el ataque fue relentizado por el evidente dolor provocado por sus heridas. Incluso en el estado en el que estaba, el rey fue capaz de evitar el ataque hincándose en el piso, empuñando su espada con ambas manos, apuntando su filosa punta hacia el vientre de Sir Grendell. Sin darle ningún respiro, gritó con fuerza y arremetió con decisión. Su espada rápidamente perforó el cuerpo del caballero, asomándose sangrienta tras él. Así los dos estaban ahí, en un abrazo espeluznante de dolor y agonía.
Esta vez Sir Grendell no hizo ningún ruido. Los dos se mantuvieron inmóviles cuales estatuas por un breve instante. Algunas palabras en voz baja deDaylon a Sir Grendell comenzaron a fluir.
- Habéis traicionado a vuestro rey, y habéis traicionado la confianza de todo hombre y mujer de Caerllion, que pusieron ciegamente en vuestras manos su seguridad. Sin embargo, a pesar de todos los pecados que habéis cometido, no os guardo rencor alguno. Estoy seguro de vuestra virtud, pero habés perdido el rumbo y habéis tomado el camino errado. Que vuestro atormentado espíritu halle la paz y encuentre su camino al paraíso. Ve con Dios...
La espada fue retirada bruscamente, mientras el rey daba un paso hacia atrás. A su vez, Sir Grendell retrocedía mientras soltaba su arma y llevaba sus manos a la herida en su estómago que estaba derramando la poca sangre que quedaba en sus venas. Intentó hablar una primera vez, pero las fuerzas le faltaron y cayó de rodillas al suelo. No había perdido de vista la mirada compasiva del hombre a quien había fracasado en eliminar, y le miraba con ira. Intentó hablar una segunda vez, pero no fueron palabras lo que salió de su boca, sino más sangre. Resignado cerró los ojos con fuerza mientras sus dientes rechinaban. En sus últimos momentos, pensaba en los tiempos mejores, cuando el rey Swor Duvet gobernaba con sabiduría la hermosa Radeas. Cómo su mentor Sir Onidas le había enseñado los valores de un caballero, y cómo voluntariamente había decidido dejarlos atrás para que los buenos tiempos de Radeas tuvieran una nueva oportunidad.
Había fracasado. Había fracasado completamente y ahora estaba muriendo. Sus sueños de una nación justa habían sido destruidos y poco a poco consumidos por el dolor. Unas lágrimas se asomaron por los ojos aún cerrados del caballero, rehusándose orgullosas a caer. Era evidente la frustración en el rostro del caballero, y esa frustración fue su última expresión antes de caer de frente y dejar de moverse. Sir Grendell había muerto.
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