Apenas cruzó la puerta, un frío repentino le hizo llevarse de inmediato la mano derecha al brazo contrario. Al tacto comprendió de lo que se trataba: había sido alcanzado por la espada del capitán D'Aubigne, y ahora la sangre fresca enamaba del corte recién hecho. Pero no tuvo ninguno de los efectos que en algún momento pensó que podría tener o había tenido. No se sintió mareado, ni le dieron náuseas, ni ningún malestar relacionado con ver sangre, como le había pasado en ocasiones anteriores. Esta vez siguió con la mente despejada, concentrado en lo que debía hacer a toda costa, dejando la sangre, el dolor y toda debilidad en segundo plano.
Luego de un segundo de inspeccionar su herida, comenzó a correr hacia el primer salón del palacio, preguntándose sobre la gravedad del corte. Si bien el dolor no era tan intenso, la sangre que brotaba era no menor.
A sus espaldas, pocos segundos después oyó cómo las puertas de entrada se abrían con fuerza, y luego cómo los gritos y pasos escandalosos de los guardias le chirreaban en los oídos. Volteando la vista sólo un segundo se percató que D'Aubigne era más rápido, más silencioso y seguramente más mortífero que cualquiera de los otros dos.
En las puertas que daban al primer salón del palacio, dos guardias reales observaban la escena, creándose un cuadro de lo que estaba sucediendo. Rensic por su parte, sólo podía intentar una cosa para evadirlos. Ya un poco más cerca, les gritó suplicando por ayuda.
- ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Ellos creen que soy yo el criminal...! -intentó parecer lo más desesperado que sus capacidades estriónicas le permitían.
Los guardias reales, al ver que el pequeño venía con el brazo herido e implorando por una mano amiga, dudaron un poco. El hecho de huir de la autoridad luego de una llamada de alerta era sospechoso, sin duda... pero era Rensic, un cuidadano más que conocido en toda la capital justamente por su docilidad y apego a las reglas. Además venía herido, y clamando por ayuda. ¿Qué era exactamente lo que estaba pasando? ¿Quién era el bueno y el malo, la víctima y el victimario? Era una situación que les desconcertaba.
Llegando ya frente a los guardias reales, Rensic pareció desvanecerse y parecía que caía al suelo producto de un desmayo, lo que terminó por hacer que los guardias finalmente bajaran la guardia. No desenvainaron jamás sus espadas y corrieron en dirección al caído Rensic. Mas al momento de socorrerlo, el estudiante reaccionó y con rapidez recuperó el paso, los bordeó y continuó corriendo hacia el interior del palacio. Tras la sorpresa y el engaño de Rensic, las iniciales lástima y credibilidad se transformaron en decepción y rabia. Pronto también ellos dos estaban tras sus pasos. Ahora Rensic estaba siendo cazado por dos guardias reales, dos de seguridad ciudadana y el mismísimo capitán D'Aubigne.
Pero la fatiga comenzaba a apoderarse del cuerpo del pequeño herborista. En sólo unos minutos había corrido más que en los últimos años. Necesitaba encontrar al rey antes de que las fuerzas finalmente le abandonaran por completo, y no quedaba mucho tiempo para que aquello ocurriera. Pero encontrándose en territorio hostil, no hallaría en su camino sino más y más enemigos.
Al entrar, al final del pasillo central del salón de honores se hallaba la gran puerta que daba directamente al salón del trono, lugar en el que el rey solía dar audiencias a quienes así lo pidieran, la que era resguardada por al menos cuatro guardias, que por suerte no le habían visto. La puerta se hallaba cerrada, y no habían estandartes ni banderines que indicasen que el rey se encontrara en el trono con algún invitado, por lo que optó por escabullirse por una de las muchas puertas a los costados. Tuvo la mala suerte de tomar una puerta que llevaba a un largo pasillo con paredes decoradas con algunos cuadros recientes y retratos del rey Daylon I y otros personajes clave en la conquista y restauración de Brekarth. Al final del mismo, una puerta de madera modesta era opacada por la presencia de una imponente escalera de piedra que ascendían en espiral hacia niveles superiores.
La pequeña puerta era una buena opción para intentar eludir a sus perseguidores. Sin embargo, si su objetivo era hallar al rey, permanecer escondido mientras el palacio se llenaba de soldados buscándole era una idea que no le agradaba para nada. La escalera entonces... pero estaba cansado, demasiado como para subir todos esos escalones interminables. Quizás esconderse para descansar y recuperar el aliento no era tan mala idea después de todo...
Ya había tomado una decisión cuando la puertecita se abrió y de ella apareció Sir Rodas, general de la 2ª división de Caerllion, superior de D'Aubigne, superior de Grendell. Rensic frenó en seco su carrera. De hecho, el fluir de su mente también se detuvo drásticamente preso del fugaz pánico de la nueva situación ¡Seguramente Sir Rodas estaba ahí para cazarle también!
Pero Sir Rodas, sin notar aún la presencia del científico ya que tenía la mirada clavada en el piso mientras tranquilamente cerraba la puerta de madera tras él, estaba sumido en sus propios pensamientos, que apuntaban a la conversación de ayer con su rey. Tras levantar la mirada para iniciar su marcha, vio a unos 20 pasos de él a un Rensic con una expresión que jamás le había observado con anterioridad. Llevaba su brazo herido, y sus ropas manchadas con la que suponía su propia sangre.
- ¿Rensic? ¿Qué hace él aquí?
Las palabras del caballero hicieron reaccionar al estudiante, quien sin prestar atención a lo que había dicho Sir Rodas apresuró su andar por la escalera en espiral, subiendo los escalones con una energía que no creía que tuviera aún. En el fondo del pasillo ya se divisaban los perseguidores.
Subía lo más rápido que sus fatigadas piernas le permitían. En algunos momentos los peldaños le parecían interminables, pero la urgencia del escape y de seguir con vida era una fuerza que hacía en cada momento olvidar todo lo demás. Llegó al siguiente nivel, en donde un corredor con innumerables puertas a sus costados finalizaba con otra escalera en espiral que llevaba tanto hacia el cielo como hacia el nivel inferior. Corrió hacia la primera puerta y trató de abrirla, mas estaba cerrada. Probó una segunda y lo mismo, y la tercera también estaba cerrada. Teniendo en la mente que con cada intento iba perdiendo distancia con sus perseguidores, finalmente abandonó la idea de encontrar una puerta abierta y comenzó a correr hacia la siguiente escalera en espiral, pero en mitad del viaje, una mano le tomó de los ropajes deteniendo su marcha, y luego le lanzó hacia una de las puertas que ahora se hallaba abierta.
La puerta se cerró suave, y el sonido de una llave en la cerradura fue lo último que se oyó en el pasillo ahora desierto.
Luego de un segundo de inspeccionar su herida, comenzó a correr hacia el primer salón del palacio, preguntándose sobre la gravedad del corte. Si bien el dolor no era tan intenso, la sangre que brotaba era no menor.
A sus espaldas, pocos segundos después oyó cómo las puertas de entrada se abrían con fuerza, y luego cómo los gritos y pasos escandalosos de los guardias le chirreaban en los oídos. Volteando la vista sólo un segundo se percató que D'Aubigne era más rápido, más silencioso y seguramente más mortífero que cualquiera de los otros dos.
En las puertas que daban al primer salón del palacio, dos guardias reales observaban la escena, creándose un cuadro de lo que estaba sucediendo. Rensic por su parte, sólo podía intentar una cosa para evadirlos. Ya un poco más cerca, les gritó suplicando por ayuda.
- ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Ellos creen que soy yo el criminal...! -intentó parecer lo más desesperado que sus capacidades estriónicas le permitían.
Los guardias reales, al ver que el pequeño venía con el brazo herido e implorando por una mano amiga, dudaron un poco. El hecho de huir de la autoridad luego de una llamada de alerta era sospechoso, sin duda... pero era Rensic, un cuidadano más que conocido en toda la capital justamente por su docilidad y apego a las reglas. Además venía herido, y clamando por ayuda. ¿Qué era exactamente lo que estaba pasando? ¿Quién era el bueno y el malo, la víctima y el victimario? Era una situación que les desconcertaba.
Llegando ya frente a los guardias reales, Rensic pareció desvanecerse y parecía que caía al suelo producto de un desmayo, lo que terminó por hacer que los guardias finalmente bajaran la guardia. No desenvainaron jamás sus espadas y corrieron en dirección al caído Rensic. Mas al momento de socorrerlo, el estudiante reaccionó y con rapidez recuperó el paso, los bordeó y continuó corriendo hacia el interior del palacio. Tras la sorpresa y el engaño de Rensic, las iniciales lástima y credibilidad se transformaron en decepción y rabia. Pronto también ellos dos estaban tras sus pasos. Ahora Rensic estaba siendo cazado por dos guardias reales, dos de seguridad ciudadana y el mismísimo capitán D'Aubigne.
Pero la fatiga comenzaba a apoderarse del cuerpo del pequeño herborista. En sólo unos minutos había corrido más que en los últimos años. Necesitaba encontrar al rey antes de que las fuerzas finalmente le abandonaran por completo, y no quedaba mucho tiempo para que aquello ocurriera. Pero encontrándose en territorio hostil, no hallaría en su camino sino más y más enemigos.
Al entrar, al final del pasillo central del salón de honores se hallaba la gran puerta que daba directamente al salón del trono, lugar en el que el rey solía dar audiencias a quienes así lo pidieran, la que era resguardada por al menos cuatro guardias, que por suerte no le habían visto. La puerta se hallaba cerrada, y no habían estandartes ni banderines que indicasen que el rey se encontrara en el trono con algún invitado, por lo que optó por escabullirse por una de las muchas puertas a los costados. Tuvo la mala suerte de tomar una puerta que llevaba a un largo pasillo con paredes decoradas con algunos cuadros recientes y retratos del rey Daylon I y otros personajes clave en la conquista y restauración de Brekarth. Al final del mismo, una puerta de madera modesta era opacada por la presencia de una imponente escalera de piedra que ascendían en espiral hacia niveles superiores.
La pequeña puerta era una buena opción para intentar eludir a sus perseguidores. Sin embargo, si su objetivo era hallar al rey, permanecer escondido mientras el palacio se llenaba de soldados buscándole era una idea que no le agradaba para nada. La escalera entonces... pero estaba cansado, demasiado como para subir todos esos escalones interminables. Quizás esconderse para descansar y recuperar el aliento no era tan mala idea después de todo...
Ya había tomado una decisión cuando la puertecita se abrió y de ella apareció Sir Rodas, general de la 2ª división de Caerllion, superior de D'Aubigne, superior de Grendell. Rensic frenó en seco su carrera. De hecho, el fluir de su mente también se detuvo drásticamente preso del fugaz pánico de la nueva situación ¡Seguramente Sir Rodas estaba ahí para cazarle también!
Pero Sir Rodas, sin notar aún la presencia del científico ya que tenía la mirada clavada en el piso mientras tranquilamente cerraba la puerta de madera tras él, estaba sumido en sus propios pensamientos, que apuntaban a la conversación de ayer con su rey. Tras levantar la mirada para iniciar su marcha, vio a unos 20 pasos de él a un Rensic con una expresión que jamás le había observado con anterioridad. Llevaba su brazo herido, y sus ropas manchadas con la que suponía su propia sangre.
- ¿Rensic? ¿Qué hace él aquí?
Las palabras del caballero hicieron reaccionar al estudiante, quien sin prestar atención a lo que había dicho Sir Rodas apresuró su andar por la escalera en espiral, subiendo los escalones con una energía que no creía que tuviera aún. En el fondo del pasillo ya se divisaban los perseguidores.
Subía lo más rápido que sus fatigadas piernas le permitían. En algunos momentos los peldaños le parecían interminables, pero la urgencia del escape y de seguir con vida era una fuerza que hacía en cada momento olvidar todo lo demás. Llegó al siguiente nivel, en donde un corredor con innumerables puertas a sus costados finalizaba con otra escalera en espiral que llevaba tanto hacia el cielo como hacia el nivel inferior. Corrió hacia la primera puerta y trató de abrirla, mas estaba cerrada. Probó una segunda y lo mismo, y la tercera también estaba cerrada. Teniendo en la mente que con cada intento iba perdiendo distancia con sus perseguidores, finalmente abandonó la idea de encontrar una puerta abierta y comenzó a correr hacia la siguiente escalera en espiral, pero en mitad del viaje, una mano le tomó de los ropajes deteniendo su marcha, y luego le lanzó hacia una de las puertas que ahora se hallaba abierta.
La puerta se cerró suave, y el sonido de una llave en la cerradura fue lo último que se oyó en el pasillo ahora desierto.
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