El día estaba hermoso. El sol en lo alto irradiaba su luz y calor sobre las copas de los árboles, aún húmedas por la tranquila lluvia del día anterior. Se podían oír no muy lejos el jugueteo de los pájaros y el suave aroma de las bayas de Adaril. Un hombre joven, delgado y con cabello corto caminaba sonriente por entre los matorrales siguiendo el dulce olor de las deliciosas bayas, hasta llegar donde ellas y cortar con sumo cuidado sólo las necesarias para satisfacer su hambre. Había salido temprano de su cabaña en medio del Aleith para realizar el camino acostumbrado en la búsqueda de la comida que la madre naturaleza le tenía para cada día. Su nombre hace mucho tiempo no se había pronunciado, desde que su maestro perdiera su vida dos años atrás. Desde entonces había desaparecido para el mundo, consiguiendo una vida tranquila y pacífica en las vecindades del pueblo amigo elfo. Glisser Mancine, el espadachín que participó hace tiempo en la conquista de Brekarth, y que se hizo famoso por su espada mágica, había cambiado la vida de la victoria por una pacífica en los bosques del norte. El arma que le había dado popularidad había perdido sus encantos con el sello que Madul plantó en Brekarth, lo que le aliviaba de toda esa efervescencia que había provocado en los locales. Se había entregado desde ese momento a un entrenamiento clásico utilizando su espada como cualquiera otra, mejorando increíblemente sus habilidades y templando su espíritu con el de la naturaleza. La muerte de su maestro, Mouthren había sido sin dudas lo más difícil que había debido enfrentar en el último tiempo, pero supo sobrellevarlo sereno, sin entrar en conflicto con su entorno. La vida de Glisser era en ese entonces, plácida, tranquila, pacífica y sin nada de qué quejarse.
Cuando cortó la última baya que necesitaba, el brillo del sol fue bloqueado. Diose la vuelta rápidamente y frente a él vio a un hombre alto, con su cabeza rapada y enormes tratuajes en toda su piel. Vestía una túnica de tela roja como el fuego y sosteniendo en sus manos tenía un bastón de madera tallado cuidadosamente. Si bien no le reconocía exactamente, no tenía dudas de que se trataba de un miembro de la antigua orden de los Magos Rojos. Dejó la cesta con la que recolectaba el alimento y llevó su mano diestra a la empuñadura de su querida espada que descansaba en su espalda.
- Tranquilo, guerrero, no he venido a estos lugares a pelear -habló oportunamente el aparecido, viendo reflejadas en los ojos del joven espadachín las intenciones de desenvainar -. Es una época tranquila la que hemos vivido los últimos años, pero temo que pronto aquello va a terminar, y he venido hasta aquí para advertirte.
- Advertirme qué -respondió Glisser, sin perder de vista al hechicero -, ¡la presencia de tu gente en esta tierra nunca ha sido una buena señal!
- Mi nombre es Tagh Amarath, uno de los más antiguos Magos Rojos que aún siguen con vida, más antiguo que incluso el poderoso Madul. Si he venido hasta este lugar es porque la vida tal como la conocemos está en peligro, y esta vez es real.
- ¿De qué estás hablando? ¡La vida siempre estará en peligro mientras tu orden exista!
- Exacto -Amarath dio unos pasos hacia adelante -. El líder de nuestra orden Madul, como bien has de saber, es un poderoso hechicero, capaz de fusionar el plano espectral y el real de tal manera de no distinguir el uno del otro. Por eso el fuego que crea es tan poderoso, por eso es más ardiente, más destructor que cualquier otro hechicero. Pero Madul es más que un hechicero, más que el líder de la orden de los Magos Rojos.
- No entiendo palabra de lo que estás diciendo, pero si has venido a contarme todo lo que adoras a tu líder, será mejor que te largues...
- Entiendo tu incomprensión, joven guerrero. Madul es más que todo lo que conocemos. Él es parte de un círculo mucho más sagrado, él es uno de los seis guardianes de Istal, el supremo protector de la vida.
- ¡Ja! ¿Me quieres decir que Madul es de los buenos?
- Por el contrario. Madul hace tiempo ha perdido su norte. Ha utilizado el poder que Istal le ha otorgado a su conveniencia, y ha caído en la influencia del Áspero. Se ha convertido en uno de sus agentes y ahora pretende acabar con todo lo que conocemos.
- Ustedes sí que están locos, ¿cómo pretendes que crea en semejante cuento? En mi vida he oído hablar de ese tal Istal y de ese Áspero que mencionas. No sé qué buscas en este lugar ni qué quieres que yo haga, pero no dejaré que disperses tu destrucción en este lugar.
- Eres pieza importante en todo esto, Glisser, como todos nosotros. He venido a advertirte de la oscuridad que se avecina y has preferido no oír. Ha sido tu decisión, pero sé que pronto cumplirás con tu destino, la razón por la que has vivido hasta ahora. Llegado el momento nos volveremos a ver, joven guerrero, y cuando aquello ocurra, harás lo correcto.
- Hey, cómo sabes mi nombre... oye, ¡espera!
Amarath se dio media vuelta y un segundo después se perdió entre los árboles circundantes saltando como una gacela, tan rápido como un lobo. Glisser no estaba seguro de lo que había ocurrido, ni del significado de todo lo que el hechicero le había contado. Alejó la mano de su espada y cogió el cesto que había dejado en el suelo, y saboreando una de las deliciosas frutas que había recolectado, comenzó su camino a su hogar.
Primero fue un olor extraño, como a incienso. Luego el aire se enrareció notablemente y el olor se hizo más fuerte. Llegó a un claro que le permitió divisar a la distancia una columna de humo negro que se alzaba en el cielo, obstaculizando los rayos del sol y oscureciendo el día. Algo ardía. «Oh no...», la columna negra provenía de la misma dirección que su humilde cabaña. Dejó caer la cesta y comenzó a correr lo más rápido que podía, siendo el olor del humo y la densidad del mismo mucho mayor a medida que se acercaba. Finalmente divisó la destrucción, cómo los verdes y hermosos árboles del Aleith estaban ardiendo frente a él. El fuego estaba consumiendo todo a su paso a una velocidad sorprendente. Abriéndose paso por las llamas, Glisser al fin llegó al lugar en donde estaba su cabaña, sólo para ver el doloroso espectáculo de verla envuelta por el fuego abrasador. «Esto no puede estar pasando...», corrió hasta llegar frente a la puerta y la golpeó con fuerza, aunque cedió con facilidad. En el interior sus muebles, sus alimentos, sus recuerdos, estaban quemándose rápidamente. La madera incandescente del techo comenzaba a caer en el interior destrozando todo bajo ella. Glisser pasó como pudo en el infierno en el que estaba y llegó hasta una habitación, en donde la espada de Mouthren, su maestro, se hallaba colgada en la pared. La aseguró entre sus manos y se disponía a salir de la cabaña que se estaba desplomando. Vio con el rabillo del ojo una caja que se hallaba justo al lado de donde la espada de su maestro se hallaba. Era algo importante también, algo único. No dejaría que aquello se perdiera con el fuego. La tomó bruscamente y saltó por la ventana justo cuando el techo crujía y caía sobre su cabeza. Un segundo más tarde habría quedado sepultado bajo la ardiente madera.
Sacudiendo las astillas que habían quedado en sus ropas y sacando con algo de dolor las que se habían incrustado en su carne, Glisser veía cómo su hogar era destruido junto con todo lo que le rodeaba. El calor era insoportable y pronto estuvo corriendo otra vez, huyendo del fuego que destruía el bosque que le había acogido por tanto tiempo. Llegando al río que había a unos pocos cientos de metros de su hogar, cayó de rodillas en la orilla y se mojó la cara para bajar la temperatura. A su lado, su espada, la de su maestro y la pequeña caja de madera estaban a salvo del fuego que amenazó con acabar con ellas. Una vez más tranquilo, buscó responsables. La rabia se apoderó de él cuando un nombre se le vino a la mente.
- ¡Amarath, te arrepentirás de haber hecho esto!
Glisser aseguró ambas espadas en su espalda y tomó la caja en sus manos. Comenzó a caminar entonces hacia el camino del oeste, que le llevaría hasta Tabeas, en busca del hechicero que acababa de arruinar su dulce vida de paz y tranquilidad.
Cuando cortó la última baya que necesitaba, el brillo del sol fue bloqueado. Diose la vuelta rápidamente y frente a él vio a un hombre alto, con su cabeza rapada y enormes tratuajes en toda su piel. Vestía una túnica de tela roja como el fuego y sosteniendo en sus manos tenía un bastón de madera tallado cuidadosamente. Si bien no le reconocía exactamente, no tenía dudas de que se trataba de un miembro de la antigua orden de los Magos Rojos. Dejó la cesta con la que recolectaba el alimento y llevó su mano diestra a la empuñadura de su querida espada que descansaba en su espalda.
- Tranquilo, guerrero, no he venido a estos lugares a pelear -habló oportunamente el aparecido, viendo reflejadas en los ojos del joven espadachín las intenciones de desenvainar -. Es una época tranquila la que hemos vivido los últimos años, pero temo que pronto aquello va a terminar, y he venido hasta aquí para advertirte.
- Advertirme qué -respondió Glisser, sin perder de vista al hechicero -, ¡la presencia de tu gente en esta tierra nunca ha sido una buena señal!
- Mi nombre es Tagh Amarath, uno de los más antiguos Magos Rojos que aún siguen con vida, más antiguo que incluso el poderoso Madul. Si he venido hasta este lugar es porque la vida tal como la conocemos está en peligro, y esta vez es real.
- ¿De qué estás hablando? ¡La vida siempre estará en peligro mientras tu orden exista!
- Exacto -Amarath dio unos pasos hacia adelante -. El líder de nuestra orden Madul, como bien has de saber, es un poderoso hechicero, capaz de fusionar el plano espectral y el real de tal manera de no distinguir el uno del otro. Por eso el fuego que crea es tan poderoso, por eso es más ardiente, más destructor que cualquier otro hechicero. Pero Madul es más que un hechicero, más que el líder de la orden de los Magos Rojos.
- No entiendo palabra de lo que estás diciendo, pero si has venido a contarme todo lo que adoras a tu líder, será mejor que te largues...
- Entiendo tu incomprensión, joven guerrero. Madul es más que todo lo que conocemos. Él es parte de un círculo mucho más sagrado, él es uno de los seis guardianes de Istal, el supremo protector de la vida.
- ¡Ja! ¿Me quieres decir que Madul es de los buenos?
- Por el contrario. Madul hace tiempo ha perdido su norte. Ha utilizado el poder que Istal le ha otorgado a su conveniencia, y ha caído en la influencia del Áspero. Se ha convertido en uno de sus agentes y ahora pretende acabar con todo lo que conocemos.
- Ustedes sí que están locos, ¿cómo pretendes que crea en semejante cuento? En mi vida he oído hablar de ese tal Istal y de ese Áspero que mencionas. No sé qué buscas en este lugar ni qué quieres que yo haga, pero no dejaré que disperses tu destrucción en este lugar.
- Eres pieza importante en todo esto, Glisser, como todos nosotros. He venido a advertirte de la oscuridad que se avecina y has preferido no oír. Ha sido tu decisión, pero sé que pronto cumplirás con tu destino, la razón por la que has vivido hasta ahora. Llegado el momento nos volveremos a ver, joven guerrero, y cuando aquello ocurra, harás lo correcto.
- Hey, cómo sabes mi nombre... oye, ¡espera!
Amarath se dio media vuelta y un segundo después se perdió entre los árboles circundantes saltando como una gacela, tan rápido como un lobo. Glisser no estaba seguro de lo que había ocurrido, ni del significado de todo lo que el hechicero le había contado. Alejó la mano de su espada y cogió el cesto que había dejado en el suelo, y saboreando una de las deliciosas frutas que había recolectado, comenzó su camino a su hogar.
Primero fue un olor extraño, como a incienso. Luego el aire se enrareció notablemente y el olor se hizo más fuerte. Llegó a un claro que le permitió divisar a la distancia una columna de humo negro que se alzaba en el cielo, obstaculizando los rayos del sol y oscureciendo el día. Algo ardía. «Oh no...», la columna negra provenía de la misma dirección que su humilde cabaña. Dejó caer la cesta y comenzó a correr lo más rápido que podía, siendo el olor del humo y la densidad del mismo mucho mayor a medida que se acercaba. Finalmente divisó la destrucción, cómo los verdes y hermosos árboles del Aleith estaban ardiendo frente a él. El fuego estaba consumiendo todo a su paso a una velocidad sorprendente. Abriéndose paso por las llamas, Glisser al fin llegó al lugar en donde estaba su cabaña, sólo para ver el doloroso espectáculo de verla envuelta por el fuego abrasador. «Esto no puede estar pasando...», corrió hasta llegar frente a la puerta y la golpeó con fuerza, aunque cedió con facilidad. En el interior sus muebles, sus alimentos, sus recuerdos, estaban quemándose rápidamente. La madera incandescente del techo comenzaba a caer en el interior destrozando todo bajo ella. Glisser pasó como pudo en el infierno en el que estaba y llegó hasta una habitación, en donde la espada de Mouthren, su maestro, se hallaba colgada en la pared. La aseguró entre sus manos y se disponía a salir de la cabaña que se estaba desplomando. Vio con el rabillo del ojo una caja que se hallaba justo al lado de donde la espada de su maestro se hallaba. Era algo importante también, algo único. No dejaría que aquello se perdiera con el fuego. La tomó bruscamente y saltó por la ventana justo cuando el techo crujía y caía sobre su cabeza. Un segundo más tarde habría quedado sepultado bajo la ardiente madera.
Sacudiendo las astillas que habían quedado en sus ropas y sacando con algo de dolor las que se habían incrustado en su carne, Glisser veía cómo su hogar era destruido junto con todo lo que le rodeaba. El calor era insoportable y pronto estuvo corriendo otra vez, huyendo del fuego que destruía el bosque que le había acogido por tanto tiempo. Llegando al río que había a unos pocos cientos de metros de su hogar, cayó de rodillas en la orilla y se mojó la cara para bajar la temperatura. A su lado, su espada, la de su maestro y la pequeña caja de madera estaban a salvo del fuego que amenazó con acabar con ellas. Una vez más tranquilo, buscó responsables. La rabia se apoderó de él cuando un nombre se le vino a la mente.
- ¡Amarath, te arrepentirás de haber hecho esto!
Glisser aseguró ambas espadas en su espalda y tomó la caja en sus manos. Comenzó a caminar entonces hacia el camino del oeste, que le llevaría hasta Tabeas, en busca del hechicero que acababa de arruinar su dulce vida de paz y tranquilidad.
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