jueves, 5 de junio de 2008

Conspiración II: Hacia el palacio.

Necesitaba salir de ahí. Era al menos lo único que sabía que debía hacer. Intentando no hacer ruido alguno para que ni Sir Grendell ni D'Aubigne le descubrieran, comenzó a dar uno a uno sus pasos hacia atrás. Mantenía su vista en los dos sujetos dentro de la habitación cerciorándose de que su presencia no había sido captada en absoluto...

...pero Rensic era algo torpe, siempre lo ha sido, y un paso en falso y hubo caído hacia traás, llevándose consigo un jarrón con plantas del que intentó aferrarse para evitar la caída. Pero sus esfuerzos por no caer fueron insuficientes.

Detuvo su respiración, y juntó los ojos con fuerza, como si buscara con aquello reducir de alguna forma el estrenduoso sonido del jarrón quebrándose en mil pedazos. Al abrir los ojos, vio tras la puerta aún entreabierta al capitán D'Aubigne y Sir Grendell mirándole fijamente. Luego de un breve silencio en el que estudiante sólo atinó a sonreír, los dos hombres de armas se miraron, y Sir Grendell hizo una seña a lo que el capitán asintió y comenzó a caminar hacia la puerta con su mano izquierda en la empuñadura de su fina espada. Rensic supo de inmediato cuál había sido la orden.

El sueño ahora sí que había desaparecido por completo. De hecho, jamás en su vida había estado más despierto. Antes de que D'Aubigne diera un paso fuera de la habitación, Rensic ya se hallaba de pie, y corriendo hacia fuera del edificio. Tropezando incontables veces con uniformados, sólo pensaba en salir de ahí, de salvar su pellejo, de contarle a alguien lo que había oído, alguien de confianza y que sepa qué hacer dada la complicada noticia. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida: un gran guardia le tomó del hombro y le detuvo.

- ¡Epa! ¿Cuál es la prisa, amigo?

Apenas fue detenido, Rensic miró hacia atrás, desde donde con paso calmado el capitán D'Aubigne se venía acercando, aún con su espada en su funda. Regresó la mirada al guardia.

- L... la verdad es q... que tengo prisa... -Rensic estaba trastabillando más de lo acostumbrado -. R... recordé algo que debo hacer en... en el instituto a... ahora mismo... S... si me permite...

- ¡Ami Débril! Bonjour -D'Aubigne se había acercado lo suficiente como para hablar y ser oíodo sin la necesidad de gritar -. Con usted deseaba hablar... ¿por qué huia?

El guardia miró a Rensic entrecerrando los ojos, con sospechas fundadas. Rensic interpretó aquella mirada algo así como "con que algo que hacer en el instituto, ¿eh?", por lo que se apresuró en responder.

- N... no huia, para nada. S... sólo recordé algo que debo atender... con urgencia...

- No, no, mon ami Débril. Usted y yo tenemos una charla amistosa pendiente, y permítame agregar que la información que tiene puede comprometer de sobremanera la seguridad de Caerllion, y es algo que no puedo permitir. Sígame.

Rensic estaba atrapado, asustado. Sabía que si le seguía, seguramente significaría su fin; lo mismo sucedería si intentaba escapar y le atrapaban. No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre las ventajas y desventajas de cada opción. Al mismo tiempo que D'Aubigne se giraba en dirección hacia donde venían y el guardia parecía algo distraido observando al capitán, el miedo decidió por él. Con rapidez se escabulló entre el guardia y D'Aubigne y comenzó a correr hacia la salida.

Al mismo tiempo en que el guardia daba la señal de alarma, Rensic atravesaba los dos pilares de piedra que adornaban la entrada y corría a todo lo que sus piernas daban en dirección a palacio. La alarma de prófugo comenzó a sonar en pocos segundos. Por la avenida principal Rensic seguía su carrera esquivando a los transeúntes que se quedaban quietos intentando comprender lo que estaba sucediendo. Más atrás un grupo de cuatro guardias le seguían el paso mientras pedían que alguien ayudara en la captura del herborista.

Casi llegando al mercado, los gritos de los perseguidores alertaron a dos guardias que bloqueaban el camino, al mismo tiempo en que las campanillas de la guardia comenzaban a sonar en toda la ciudad. A esas alturas todo Caerllion estaba al tanto de un prófugo. Viendo Rensic su camino por la avenida principal hacia el mercado bloqueado, tomó una ruta entre algunas casas para adentrarse en un sector de numerosos caminos y pasajes. Tomando un camino totalmente aleatorio, esperaba que los guardias perdieran su pista, pero al dar la vuelta en un pasaje, se halló de frente con dos guardias que iban en su dirección, con sus armas desenfundadas. La respiración de Rensic se cortó mientras los dos uniformados se habían detenido para examinarlo, sin mostrar signo alguno de agresividad. El estudiante comprendió de inmediato de que se trataba y aquello le daba una valiosa oportunidad. Sin pensarlo más, señaló hacia el lugar de donde venía.

- ¡Por aquí se fue! ¡Atrápenlo! ¡Me dio mucho miedo!

Rensic intentó parecer lo más convincente posible, y funcionó. Los dos guardias, sin siquiera detenerse a analizar la información, prosiguieron su marcha hacia donde el estudiante les había señalado. Pronto dieron la vuelta al pasaje, y Rensic volvió a respirar, aliviado. Tras una inspiración larga, continuó su camino zigzagueando por los pasajes. Al menos cuando se oyó, no se pareció convincente... ¿habrá ayudado su evidente miedo, o habría sido su apariencia inofensiva? Seguramente ambas, pero no disponía del tiempo para ahondar en más reflexiones.

Pronto en un desvío llegó al mercado, el lugar perfecto para perderse y no ser ubicado, al menos con tanta facilidad. Pudo relajar su paso y respirar tranquilo por un momento. Pronto empezó a oír lo que las personas a sus alrededores decían.

- Dicen que el criminar que andan buscando es ese muchacho de la Organización Schellden, Rensic. -decía un vendedor de frutas.

- No puede ser. ¿Ese joven tan pacífico? ¿Qué pudo haber hecho? -comentaba una cliente del puesto de venta.

- ¡Dicen que es un espía! - agregó un hombre que pasaba -, ¡que le vende informes y reportes de seguridad de Caerllion a Surgas!

- ¿Y por qué haría algo así? Dígame. - cuestionó la mujer.

- ¡Es obvio! ¡Rensic es surgasino! ¿No lo sabía? -señaló el hombre.

- ¿Surgasino ese joven? Está bromeando. No tiene la apariencia de uno.

- Aunque lo sea, lleva años viviendo aquí, no creo que se trate de un espía -acotó el vendedor.

- Pues por eso lo buscan, al menos. Y si no fuera culpable de algo, no tendría nada que temer y no hubiera huido -dijo el hombre.

- Es verdad... pero pudo haberse asustado... -pensó la mujer en voz alta.

Obviamente la verdad no la sabía nadie más que él y los involucrados. Y no podía llegar y contarla, menos en ese momento en el que todos los soldados en Caerllion andaban tras su pista. Pero al fin esa característica de Rensic de pasar tan inadvertido le había servido como una ventaja. Aunque ya todo Caerllion sabía que era buscado, pasaba entre las personas e incluso tropezaba con algunas de ellas y su presencia no era advertida. Como pudo fue guiando sus pasos por el mercado hasta el punto más conveniente para reducir al mínimo el campo abierto que necesitaría cruzar para llegar al palacio. Miró por última vez hacia todos lados asegurándose de no avistar a ningún guardia en el camino antes de lanzarse. Corrió como nunca por las calles, doblando en cada esquina rezando por que estuviera vacía, y aparte de un pobre anciano que era incapaz de ver más allá de su nariz ni recordar más allá de su última respiración, no tuvo mayores dificultades para llegar a un pasaje lateral que le permitía ver la entrada a palacio sin ser visto. A pesar del alboroto ocasionado por la alarma en la ciudad, dos enormes agentes de seguridad permanecían resguardiando la entrada, atentos e inmóviles. "¡Obvio! ¡Jamás dejarían el palacio sin protección!" pensó el estudiante. Siendo la única entrada que conocía, comenzó a abandonar la idea de siquiera intentar entrar.

Una mano tocó su hombro, tras lo que dio un respingo y se dio rápidamente la vuelta, levantando las manos y poniendo cara de espanto. Vio entonces frente a él a su compañero Aisac, su compañero en la Organización Schellden, quien se hallaba parado frente a él con una sonrisa sarcástica tan característica de él llenando su cómico rostro.

- ¡Qué lío! Ni yo me puedo imaginar lo que alguien como tú podría haber hecho para ser buscado de esta forma. Que me he dormido un ratito y mira cómo terminas, ¿acaso debo cuidar de ti en todo momento? ¡Ja ja! -Aisac se veía menos serio de lo que la situación ameritaba -. ¿Y qué se supone que hiciste?

Rensic seguía sin hablar. De hecho, aún no reaccionaba a las palabras de su compañero. Aisac tuvo que insistir un par de veces para que Rensic pestañara.

- ¿M... me entregarás... a ellos? -preguntó, como si no hubiera escuchado nada.

- ¡Ja ja! Deberías saber que no. Me gustan que las reglas se rompan, tú sabes, pero en mi vida se me habría ocurrido meterme con la guardia. Cuando escuché que te buscaban me quedé muy sorprendido, y al asomarme por la ciudad te vi entrando al mercado. Aún no puedo imaginar qué pudiste haber hecho para tener a toda la guardia ocupada en tu rastro.

Rensic respiró hondo y dio un gran suspiro, aliviado. Acomodó sus anteojos y habló ya más tranquilo.

- D... digamos que estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado, y escuché una conversación que no debería haber escuchado y... alguien importante pretende evitar que de lo que yo me enteré llegue a otros oídos.

- ¿Qué? ¿Alguien de poder en alguna polémica y se arma tanto lío? No te creo...

- S... se trata de una conspiración... en contra del Rey...

Palabras directas, que pillaron a Aisac por sorpresa de la misma forma en que en su momento habían tomado desprevenido a Rensic. Pálido y silencioso como nunca, Aisac era incapaz de digerir la idea.

- Bromeas, ¿verdad? - intentaba de alguna forma convencerse de eso a sí mismo -. Algo hiciste que no quieres que me entere e inventas disparates, ¡eso es!

- N... no... no se trata de una broma.

Aisac estudió por un momento la mirada seria y determinada con la que Rensic le observaba. Al fin la idea comenzaba a colarse en las posibilidades de Aisac, y con ello comenzaba a emocionarse: la sonrisa estaba de vuelta en su rostro.

- Q... quieren silenciarme, Aisac, y para ello no dudarán en matarme si es necesario. D... debo hablar con el rey directamente para informarle acerca de la traición de Sir Grendell en su contra. Es lo más seguro que tengo por hacer.

- Espera... ¿Sir Grendell está detrás de la conspiración?

- Aunque cueste creerlo...

- ¡Genial! Esto se pone cada vez mejor.

Rensic no comprendía ni pizca por qué el hecho de que su vida estuviera tan en peligro creara tanta emoción en su compañero. En cualquier otro momento le podría haber parecido molesto, pero tenía toda su mente en lo que debía hacer.

- Pero con esos dos gigantones en la entrada, veo difícil que pueda pasar... me atraparán y me destrozarán como una pajilla...

- No te preocupes por eso -interrumpió Aisac, relajadísimo, evidenciando su confianza -. Yo me encargo de ellos, tú sólo atento, y actúa rápido cuando llegue la oportunidad, ¿vale?

- Pero...

Rensic no alcanzó a expresar sus dudas cuando Aisac ya había salido del pasaje hacia los guardias. En un momento oportuno comenzó a correr y a gritar.

- ¡Ayuda! Necesito de vuestra ayuda... sé dónde está escondido el criminal, pero no puedo detenerlo solo. ¡Síganme antes de que escape!

Sus palabras y su tono eran convincentes, demasiado. Sus gestos naturales que llamaban a los guardias a que le siguieran eran perfectos. Tan convincente era que incluso el mismo Rensic no estaba seguro de si se trataba de una artimaña para alejarlos o de una traición y los llevaría hasta él. Se hallaba preparado para correr, hacia la puerta o por entre los pasajes, según fuera el caso.

- ¡Vamos, rápido, antes de que escape! -para su alivio, señalaba en una dirección distinta a la suya.

Los guardias dudaron un segundo si seguirle o no. Las reiteradas insistencias del muchacho ejercían una presión inexplicable sobre ellos. Después de todo, no tenía razones para estar mintiendo, y si lo hacía, pagaría muy caro luego. Finalmente accedieron y comenzaron a seguirle. Rensic apenas sintió que estaban lo suficientemente lejos, corrió hacia la entrada y empezó a tirar de la puerta, demasiado pesada para un débil ciudadano como él. Ya la había movido unas cuantas pulgadas cuando una voz conocida le hizo estremecer.

- Monsieur Debril, ¿qué pretende usted hacer?

Rensic se dio la vuelta para contemplar al capitán D'Aubigne ahora frente a él, con la mano en la empuñadura de su espada aún envainada.

- No pretenderá un criminal como usted incomodar al Rey, ¿verdad?

La frente del herborista estaba empapada. Miró cómo a lo lejos los guardias engañados por Aisac se habían percatado de todo y volvían con rapidez al lugar, con sus espadas desenfundadas. Una vez más el miedo decidió por él, y en un rápido movimiento volteó para intentar colarse por la puerta apenas abierta. Al mismo tiempo, la fina y elegante espada del capitán D'Aubigne centelleaba por el aire, cortando tela y carne a su paso, derramando sangre y golpeando fuerte contra la maciza puerta de madera y hierro. Rensic ya no se hallaba frente a él.

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