miércoles, 4 de junio de 2008

La aguja de la desconfianza III

Si bien en un comienzo las huellas eran confusas, a medida que avanzaban los dos jinetes las marcas se iban acentuando hasta ser evidentes: era el camino seguido por la escolta durante su travesía, en palabras hacia Cuset, aunque el desvío del norte no lleva ni cerca. El rostro suspicaz con el que el rey había proseguido después del cruce había ido desapareciendo para dar paso a un rostro sumamente serio, y luego a notorios gestos de enfado. La mentira de Rodas, Grendell o D'Aubigne, cualquiera en realidad, se evidenciaba más en cada paso de los caballos.

El silencio seguía siendo un patrón común en el viaje. Daylon ocupaba su mente en pistas que le permitieran señalar al verdadero traidor (o a los verdaderos traidores) y en señales que le indiquen dónde, cuándo y cómo habían sucedido en realidad los acontecimientos de la tarde anterior. Sir Rodas por su parte se empeñana en intentar leer los pensamientos de su rey y comprender sus gestos, sin conseguir demasiadas pistas sobre qué ocurriría pronto con el capitán D'Aubigne, Sir Grendell o él mismo. Su silencio prolongado alimentaba su ansiedad en los hechos.

Finalmente, dejando un pequeño grupo de solitarios árboles atrás, Daylon notó que las marcas de la carreta dejaban el camino zigzagueante que se desviaba levemente hacia el oeste, para seguir en línea recta hacia un acantilado. Detuvo la marcha e inspeccionó las huellas detenidamente, intentando razonar lo que él ya sabía: Jarlians había acabado aquí sus días, seguramente tras ser lanzado al abismo sin una segunda oportunidad. Desmontó su fiel corcel y dio unos pasos en la tierra alborotada hace relativamente poco. No le costó mucho tiempo hallar algunas manchas de sangre repartidas por el sitio.

- ¡Ja! Al menos Matt no ha caído sin saber de la imperdonable traición.

Dargar había bajado también de su caballo y se había acercado lo suficiente a su rey como para notar también las manchas de sangre y comprender a tiempo el significado de sus palabras.

- Mis disculpas, mi rey, pero siento que estáis adelantándote a los hechos. No sabemos a ciencia cierta que fue lo que pasó en este lugar.

Un segundo de silencio. Daylon se volteó sin comprender el origen de tanta ingenuidad en su caballero y amigo. ¿A quién había confiado la seguridad del reino?

- No me estoy adelantando a nada, amigo Rodas. Aquí fue atacado mi consejero Matt Jarlians, y las ruedas de la carreta terminan donde comienza la caída terrorífica por aquel abismo. ¿De verdad vos no lo comprendéis?

Al contrario, comprendía perfectamente la situación, pero se negaba a creerlo. No podría asegurar nada mientras no hubiera evidencia de una traición por parte de su más leal compañero.

- Sin embargo, mi Rey, no hay pruebas con las que condenar a nadie. El cuerpo de Jarlians no ha sido encontrado aún...

Daylon le hizo un gesto con la cabeza, indicándole hacia el precipicio mientras sonreía sarcásticamente.

- Estimo que abajo encontraréis toda la evidencia que necesitáis para convencerte de la realidad. Una vez que aquello ocurra, sólo espero que procedáis según vuestros valores, y que nunca olvidéis a quien le habéis jurado lealtad -hizo una pequeña pausa mientras volvía a montar su caballo -. Es tiempo de averiguarlo.

Rodas hizo lo mismo y ambos continuaron el camino que se desviaba al oeste, que se había inclinado un poco y seguía un corredor en círculos, cambiando así regularmente su orientación desde el noroeste hasta el este. En poco tiempo, pisaron la misma tierra que habían observado desde lo alto de la meseta.

Ambos se detuvieron ante el espectáculo. Trozos de madera astillada esparcida por todo el lugar, un montón de tela grisácea rasgada cubría pobremente algunos trozos de madera que seguían atados a ella. Una armadura real se hallaba abollada mientras de sus espacios huecos se desprendía un montón de paja. Alguno que otro objeto metálico ponía un toque distinguido a una escena que sin duda mostraba una gran catástrofe. Un rastro de sangre sobre algunas rocas era la pista que andaba buscando Daylon, y no tardó en encontrarla justo en medio de todo el desastre. Pero esa sólo eso. No había un cuerpo, no había más que un poco de sangre seca ya por la intensidad del sol que había reinado el cielo durante todo el día. El cuerpo de Jarlians no se hallaba en aquél lugar. Sir Rodas hizo avanzar caballo unos pasos más adelante, entrando en el rango visual de Daylon.

- No hay un cuerpo, mi Rey. Será imposible condenar a nadie dado el caso...

El rey clavó la mirada en Rodas, quien dejó de hablar al instante. Los ojos del rey brillaban intensamente, como si contuviera una inmensa ira. Sin embargo habló serenamente.

- No digáis lo que me es posible y lo que no, Dargar. Podría aseguraros que la rata de Grendell está detrás de toda esta farsa. Y es posible que esté recibiendo ayuda y apoyo de alguien más.

Listo, al fin el nombre había salido. No cabía espacio para la duda ya, el rey Daylon I pensaba seriamente que uno de sus oficiales estaba urdiendo planes en contra de la nación, en contra de su gente y en contra de su rey.

Súbitamente, el rey apartó la mirada y arrió su caballo por donde había venido.

- Es todo, Rodas. Ya he visto todo lo que quería ver. Tengo la impresión de que el no encontrar el cuerpo de Matt aquí es un buen indicador, una buena señal. Ahora regresemos a la ciudad, no vaya a ser que aquellos "criminales" nos vayan a emboscar a nosotros también.

- Sí, mi Rey -la verdad es que Rodas no sabía qué decir. Al parecer nada que pudiera añadir haría cambiar de idea a Daylon, por lo que prefirió pensar en las acciones a seguir de ahora en adelante. Su intuición le advertía de los líos en los que se estaba entrometiendo, pero... aún confiaba en Grendell, aún sentía que todo había sido planeado por alguien más para provocar paranoia entre los poderes de Caerllion. Y estaba resultando, la aguja de la desconfianza ya había sido clavada.



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