La noche había terminado, y los primeros rayos del sol se asomaban por las puntas de la cadena montañosa de Qweldor al norte. Las pesquisas que Aisac y Rensic estuvieron haciendo durante toda la noche no habían arrojado muchos resultados sobre el culpable de la desaparición de Milton. Estaban cansados y Mildred les había prohibido ir a descansar hasta que hubieran encontrado algo que les llevara hacia su hermano. Una orden inhumana y particularmente extraña de un hombre que se toma sus problemas con prudencia, y no suele comprometer a sus estudiantes. Se hallaban entonces los dos sentados en la sala contigua al despacho de Mildred Schellden esperando a que saliera del mismo y les dejara ir a dormir o que milagrosamente Milton apareciera, lo que sea para cerrar los ojos al menos un par de horas.
Pero la espera era larga, y Aisac no pudo soportarla. Apoyado sobre la mesa, el joven aprendiz cayó rendido y se puso a dormir. Rensic le miraba en silencio, deseando poder hacer lo mismo, pero su sentido de responsabilidad e intrínseco temor le impedían cerrar los ojos. Mas el sueño ya era irresistible. "Sólo un momento... no será mucho..." intentaba convencerse para al fin dormir un poco, aunque sabía que no lo iba a hacer.
Finalmente la puerta del despacho de Mildred se abrió, suavemente y casi sin hacer ruido. De su interior apareció la cabeza de la organización sosteniendo en sus manos su clásico bastón y un sobre. Mildred cerró con suavidad la puerta y observó luego a los dos jóvenes, sinceramente sorprendido, más que por ver a Aisac durmiendo, por ver a Rensic despierto aún.
- Vaya, me sorprende verlo aún con los ojos abiertos, joven Rensic.
- S...seguí sus instrucciones, señor.
- Bien, aunque deberás aprender a no acatar órdenes de un hombre fuera de sus cabales -Mildred parecía más tranquilo que hace un par de horas -. Ya pronto podrá ir a dormir, lo aseguro; sólo necesito que me haga un pequeño favor.
Rensic levantó sus lentes para frotarse los ojos, los volvió luego a su lugar y se puso de pie limpiándose las ropas. Mildred levantó la carta que llevaba mientras proseguía.
- Deseo que le entregue esta carta a Sir Rodas. Es de suma importancia y debe leerla lo antes posible. Luego de ello, puede dormir cuanto guste.
- S... sí, señor. Gracias.
Rensic dio un par de pasos hacia adelante para tomar el documento, y luego bajando la cabeza se escabulló por el pasillo para emprender su camino hacia la prefectura, lugar en donde esperaba encontrar al caballero. Pensaba en el camino sobre Mildred, sobre cómo habían tan pocas cosas que podían sacarle de su tan particular forma de ser; sin duda su mayor debilidad era su hermano Milton, a quien respeta y vela por su seguridad en todo momento, aunque muchas veces vea contrariados sus planes y estrategias. Definitivamente Milton es la única persona por quien Mildred sería capaz de dejarlo todo.
El camino hacia la prefectura fue expedito. Pronto comunicó a los guardias sobre la razón de su presencia, y ellos le explicaron que en esos momentos Sir Rodas se encontraba en una audiencia con Sir Grendell y el capitán D'Aubigne.
- Lo siento, pidió que no se le interrumpiese. Pero ya llevan tiempo en el despacho de Sir Grendell, puede ser que pronto salga. Si desea puede esperar, o bien entregarme el sobre para que yo se lo haga llegar apenas termine.
- E... está bien. Puedo esperar -la verdad es que dudaba que pudiera, el sueño era terrible, pero Mildred le había dicho que él le entregara la carta, y él se la entregaría -... ¿dónde podría...?
La puerta del despacho de Sir Grendell se abrió y tanto el guardia como Rensic dirigieron la mirada. Sin cerrar aún la puerta, Sir Rodas les miraba con cara extrañada. No era común ver a un joven de la Organización Schellden en la prefectura. Rensic se apresuró y de a brincos llegó al lado del caballero.
- S... señor Rodas, el señor Mildred le envía esta carta. Dice que es importante, y que... *aah* -de verdad estaba cansado, y no pudo evitar bostezar en medio de su frase. A Sir Rodas no pareció molestarle, es más, esbozó una sonrisa. Estiró el brazo para tomar la carta que Rensic le extendía.
- Muchas gracias, joven Rensic. La leeré en la brevedad. Ahora será mejor que vaya a dormir -y luego dirigiéndose al guardia -. Necesito que informe a los hombres de la escuadra del capitán D'Aubigne que al atardecer...
Ambos comenzaron a caminar hacia otro sector de la prefectura. D'Aubigne había cumplido su misión y ya podía dormir. Al girarse, sin embargo, vio que la puerta del despacho de Sir Grendell había quedado abierta. La curiosidad le picaba, esa curiosidad que le había llevado por el camino científico, no una vez le ha llevado a situaciones complicadas; pero no lo podía evitar. "Sólo cerraré la puerta" fue su pensamiento consciente, pero era seguro que antes de hacerlo no podría evitar echar una mirada al interior.
Así lo hizo. Llegó hasta la puerta y vio en el interior al caballero Cid Grendell sentado frente a una mesa de madera, conversando despreocupadamente con el capitán Joseph D'Aubigne. Ninguno de los dos parecía haber notado que la puerta había quedado abierta y que alguien les observaba detrás de ella.
- ... un buen trabajo, en realidad. Nadie de los no involucrados sospecha nada, salvo por excepción siempre, nuestro querido Rey.
- Oui, monsieur. Tomó un poco más de tiempo eliminar a Jarlians, pero no fue difícil, para nada. Además, que hiriera a uno de mis camarades ayudó bastante a ocultar la verdad.
¿Eliminar a Jarlians? Rensic apenas podía creer lo que acababa de escuchar. Sintió de inmediato que el sueño que tenía desaparecía y un sudor frío comenzaba a recorrer sus sienes. El corazón se le aceleraba y la respiración se le entrecortaba.
- Magnífica labor, Joseph, sabía que podía contar contigo. Es más, Rodas sigue cumpliendo su papel. Todo está marchando a la perfección. Ya pronto nuestro falso rey caerá y Feliad podrá tomar el trono que siempre le perteneció.
¿Qué fue lo que le pasó a Jarlians? Rensic estaba confundido, y obviamente asustado. No podía comprender que una de las pocas personas que le han tratado especialmente bien haya sufrido algo terrible. ¿Con eliminar se refería a... matar? Y lo peor, ¿eliminado por un... soldado de Caerllion? Joseph D'Aubigne, ordenado por Sir Grendell... ¡de qué se trataba todo esto! Había algo dentro del propio Rensic que se negaba a creer lo que sus oídos habían captado. Todo esto se trataba de una conspiración contra el rey Daylon I, y en primer lugar había que borrar del mapa a su principal colaborador y aliado. Sí, de eso se trataba todo, una conspiración.
Pero la espera era larga, y Aisac no pudo soportarla. Apoyado sobre la mesa, el joven aprendiz cayó rendido y se puso a dormir. Rensic le miraba en silencio, deseando poder hacer lo mismo, pero su sentido de responsabilidad e intrínseco temor le impedían cerrar los ojos. Mas el sueño ya era irresistible. "Sólo un momento... no será mucho..." intentaba convencerse para al fin dormir un poco, aunque sabía que no lo iba a hacer.
Finalmente la puerta del despacho de Mildred se abrió, suavemente y casi sin hacer ruido. De su interior apareció la cabeza de la organización sosteniendo en sus manos su clásico bastón y un sobre. Mildred cerró con suavidad la puerta y observó luego a los dos jóvenes, sinceramente sorprendido, más que por ver a Aisac durmiendo, por ver a Rensic despierto aún.
- Vaya, me sorprende verlo aún con los ojos abiertos, joven Rensic.
- S...seguí sus instrucciones, señor.
- Bien, aunque deberás aprender a no acatar órdenes de un hombre fuera de sus cabales -Mildred parecía más tranquilo que hace un par de horas -. Ya pronto podrá ir a dormir, lo aseguro; sólo necesito que me haga un pequeño favor.
Rensic levantó sus lentes para frotarse los ojos, los volvió luego a su lugar y se puso de pie limpiándose las ropas. Mildred levantó la carta que llevaba mientras proseguía.
- Deseo que le entregue esta carta a Sir Rodas. Es de suma importancia y debe leerla lo antes posible. Luego de ello, puede dormir cuanto guste.
- S... sí, señor. Gracias.
Rensic dio un par de pasos hacia adelante para tomar el documento, y luego bajando la cabeza se escabulló por el pasillo para emprender su camino hacia la prefectura, lugar en donde esperaba encontrar al caballero. Pensaba en el camino sobre Mildred, sobre cómo habían tan pocas cosas que podían sacarle de su tan particular forma de ser; sin duda su mayor debilidad era su hermano Milton, a quien respeta y vela por su seguridad en todo momento, aunque muchas veces vea contrariados sus planes y estrategias. Definitivamente Milton es la única persona por quien Mildred sería capaz de dejarlo todo.
El camino hacia la prefectura fue expedito. Pronto comunicó a los guardias sobre la razón de su presencia, y ellos le explicaron que en esos momentos Sir Rodas se encontraba en una audiencia con Sir Grendell y el capitán D'Aubigne.
- Lo siento, pidió que no se le interrumpiese. Pero ya llevan tiempo en el despacho de Sir Grendell, puede ser que pronto salga. Si desea puede esperar, o bien entregarme el sobre para que yo se lo haga llegar apenas termine.
- E... está bien. Puedo esperar -la verdad es que dudaba que pudiera, el sueño era terrible, pero Mildred le había dicho que él le entregara la carta, y él se la entregaría -... ¿dónde podría...?
La puerta del despacho de Sir Grendell se abrió y tanto el guardia como Rensic dirigieron la mirada. Sin cerrar aún la puerta, Sir Rodas les miraba con cara extrañada. No era común ver a un joven de la Organización Schellden en la prefectura. Rensic se apresuró y de a brincos llegó al lado del caballero.
- S... señor Rodas, el señor Mildred le envía esta carta. Dice que es importante, y que... *aah* -de verdad estaba cansado, y no pudo evitar bostezar en medio de su frase. A Sir Rodas no pareció molestarle, es más, esbozó una sonrisa. Estiró el brazo para tomar la carta que Rensic le extendía.
- Muchas gracias, joven Rensic. La leeré en la brevedad. Ahora será mejor que vaya a dormir -y luego dirigiéndose al guardia -. Necesito que informe a los hombres de la escuadra del capitán D'Aubigne que al atardecer...
Ambos comenzaron a caminar hacia otro sector de la prefectura. D'Aubigne había cumplido su misión y ya podía dormir. Al girarse, sin embargo, vio que la puerta del despacho de Sir Grendell había quedado abierta. La curiosidad le picaba, esa curiosidad que le había llevado por el camino científico, no una vez le ha llevado a situaciones complicadas; pero no lo podía evitar. "Sólo cerraré la puerta" fue su pensamiento consciente, pero era seguro que antes de hacerlo no podría evitar echar una mirada al interior.
Así lo hizo. Llegó hasta la puerta y vio en el interior al caballero Cid Grendell sentado frente a una mesa de madera, conversando despreocupadamente con el capitán Joseph D'Aubigne. Ninguno de los dos parecía haber notado que la puerta había quedado abierta y que alguien les observaba detrás de ella.
- ... un buen trabajo, en realidad. Nadie de los no involucrados sospecha nada, salvo por excepción siempre, nuestro querido Rey.
- Oui, monsieur. Tomó un poco más de tiempo eliminar a Jarlians, pero no fue difícil, para nada. Además, que hiriera a uno de mis camarades ayudó bastante a ocultar la verdad.
¿Eliminar a Jarlians? Rensic apenas podía creer lo que acababa de escuchar. Sintió de inmediato que el sueño que tenía desaparecía y un sudor frío comenzaba a recorrer sus sienes. El corazón se le aceleraba y la respiración se le entrecortaba.
- Magnífica labor, Joseph, sabía que podía contar contigo. Es más, Rodas sigue cumpliendo su papel. Todo está marchando a la perfección. Ya pronto nuestro falso rey caerá y Feliad podrá tomar el trono que siempre le perteneció.
¿Qué fue lo que le pasó a Jarlians? Rensic estaba confundido, y obviamente asustado. No podía comprender que una de las pocas personas que le han tratado especialmente bien haya sufrido algo terrible. ¿Con eliminar se refería a... matar? Y lo peor, ¿eliminado por un... soldado de Caerllion? Joseph D'Aubigne, ordenado por Sir Grendell... ¡de qué se trataba todo esto! Había algo dentro del propio Rensic que se negaba a creer lo que sus oídos habían captado. Todo esto se trataba de una conspiración contra el rey Daylon I, y en primer lugar había que borrar del mapa a su principal colaborador y aliado. Sí, de eso se trataba todo, una conspiración.
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